Son las palabras que llenan una hoja

Estoy delgada, y qué

In 600 on 9 febrero 2012 at 11:49

Hay mujeres flacas, delgadas, lo que se entiende por normal –entre delgada y gorda-, gordas y muy gordas. Entre estas variables se cuela la cortesía del rellenita, gordita, flaquita, y-ta-l y cual. Y, limitando la medición por los extremos, nunca buenos, toman forma dos enfermedades: la anorexia y la obesidad.

Hay mujeres gordas. Muchas mujeres gordas. Muchas más que delgadas. Al menos en España, que es de lo que hablamos. No tienes más que pasearte por la calle para comprobar que, a la mayoría, le sobran algunos kilos. Pero, oigan, no pasa nada. A muchos hombres les gustan entradas en carnes. Aunque se les llamen gordas. También hay mujeres flacas, sobre las pasarelas. Jóvenes escuálidas que calzan las tallas más bajas siendo ellas las más altas.

Estoy harta de escuchar que las gordas son normales o rellenitas, o que las flacas son delgadas; incluso que las normales son gordas. Llamemos a las cosas por su nombre. Y sí, lo siento, el sistema métrico ha cambiado con la llegada de nuevos modistas. Lo que hace 50 años era normal, hoy es gorda. Y lo que se entiende en la actualidad como el modelo, antes se veía con desagrado.

Cuando mi abuela me enseña las fotos de sus años de estudiante, veo todo caras redondas. Carrillos que dan ganas de pellizcarlos. También Hollywood buscaba el siglo pasado a mujeres con cara de huevo o de galleta para enamorar a los espectadores en las salas de cine. Algo parecido pasaba con la publicidad, en la que se repite casi el mismo niño o la misma niña de ojos tan redondos como su cabeza. Hoy, ocurre lo contrario. Los Ángeles prefiere patas de flamenco que de pollo. Las agencias de publicidad diseñan anuncios que casi parecen de dos dimensiones. Y la sociedad se esfuerza por ahuecarse los mofletes. Los modistas abandonaron a las gordas, que pasaron a exhibirse en los museos, para sacar a la palestra un espectro hasta entonces poco deseado. El de las flacas. Supongo que en su día causaría tanto furor como repelús, pero lo cierto es que el chip ya nos ha cambiado. Ahora se buscan vientres planos, rodillas marcadas, espaldas con filo. Vivimos el imperio de lo ‘light’, de las dietas, en un eterno régimen.

Mientras por la Cibeles se siguen paseando fantasmas, la sociedad –creo que el anuncio de Dove le puso chispa a la mecha- reclama desde hace algún tiempo que tan bonitas son las grasas como los huesos. O más. Con relativa frecuencia las conversaciones toman ese giro dovediano que denuncia la tiranía de las tallas bajas. Creo que, detrás, hay mujeres desesperadas bajo peores regímes, como el de la Sandía o del yogur. Féminas torturadas por dietas poco milagrosas.

Sean ellas u otras –u otros-, quienes pergeñan este movimiento, deberían morderse la lengua. Comenten, como los del “prohibido prohir”, el pecado que denuncian. Porque desprecian a las mujeres delgadas. Miran con rencor a las nuevas modelos, como echándoles la culpa de pesar poco.

Rijámonos por lo que se lleva ahora, y no por lo del siglo pasado. Hay mujeres flacas, delgadas, normales, gordas y muy gordas. A los modistas les gustan las primeras, niveles de televisión que se exigen a sí mismas las chicas de ahora. Luego, a cada hombre le gusta una cosa. A algunos les van gordas, a otros flacas y la mayoría se encuentra cómodo con las de el medio. Aunque no todas están en ese nivel. Llamemos a las cosas por su nombre. Total, la belleza que más interesa ni se ve en los huesos ni se aprecia en las carnes.

Cosas de sabios

In 600 on 4 febrero 2012 at 2:58

Llevo días dándole vueltas a algo y aún no estaba decidida a escribirlo, pero como mi compañera de página me mete prisa -parece haber olvidado sus meses de sequía literaria-, creo que es hora de ordenar ideas. Todo empezó, para no variar en mis rutinas, hace un par de domingos. En el País Semanal había un reportaje sobre Stephen Hawking por su 70 aniversario; un tío muy listo, muy físico, muy cosmólogo y muy divulgador científico y es esto último lo que me interesa, lo de sus divulgaciones. Ese mismo domingo, en XLSemanal, el pensamiento de Eduardo Punset también versó sobre su colega Hawking; reflexionaba sobre la respuesta del británico a lo siguiente: “¿El estudio de la teología y la filosofía es hoy una pérdida de tiempo?”. La contestación: “Sin duda”.

Cualquier otro día este hecho me habría enfadado tanto que habría dejado de leer, como bien intuirán los que me conocen. Sin embargo, aparqué las emociones y dejé mis ideas en la retaguardia. Llevan tiempo luchando por salir y he decidido darles la libertad. Mi tesis es sumamente prepotente, mas no creo superar la soberbia de Hawking. Podría alegar que igual que hay científicos como los médicos que salvan vidas, también hay teólogos como los sacerdotes que salvan almas. A más de uno no le hará falta más argumento; pero me sobra espacio y me voy a dar el gusto.

Los científicos en su importantísima labor investigadora han logrado hazañas que nos hacen la vida fácil, cómoda y segura y no es mi intención restar méritos. Pasan la vida intentando conseguir un objetivo y surgen dos opciones: los casos extraordinarios en los que se logra y llueven los premios y florecen las publicaciones, -ojo que no venga otro y mande al traste la teoría… pensemos en aquel átomo indivisible-. La otra opción, la mayoritaria, es que nunca se consiga llegar a meta y la frustración sea inmensa. La idea es que tras gastar sumas ingentes de dinero, tras robar horas al sueño y tras pasar una vida en el laboratorio, nunca podrá estar seguro de lo indiscutible de su tesis. He aquí el gran problema de la ciencia, que, salvo las matemáticas, no es exacta ni, menos, absoluta y es esto lo que pocos científicos admiten: su premisa básica de universalidad no siempre se va a cumplir.

La ventaja de la fe (cualquier fe) es que no se sabe algo, sino que se cree en algo y esa creencia profunda e individual es la que la hace universal y absoluta. Sin gastar un céntimo y pensando con el mismo afán de trascendencia que el físico más laureado. Y lo más importante: el filósofo admite abiertamente las ideas de la ciencia, de hecho, le interesan y las estudia porque no le suponen amenaza alguna. Y hay científicos como Hawking que no tienen otra arma contra lo que no entienden que la deslegitimación porque les es imposible asumir que puede haber algo universal sin explicación científica. Los hay listos, pero también los hay sabios. Y como no estoy hablando exclusivamente de Dios, sino del amor, de la belleza o de la justicia, qué pena me da Hawking porque sabe que todo sus sistema de “creencias” se puede desmoronar en cualquier momento; de hecho, en su defensa hay que decir que admite la incertidumbre, ¡hasta en eso hay altivez! Yo nunca tendré ese miedo y en mi sistema filosófico de “creencias” tampoco hay incertidumbre. Ergo, gano yo.

Nota: Menos mal que no todos los científicos son como Hawking. Punset piensa más o menos como yo. O yo, más o menos como Punset…

Desde la puerta de la redacción

In 600 on 27 enero 2012 at 11:24

Desde que trabajo en la edición online del Diario apenas veo cómo la rotativa de la versión de papel se pone en marcha. Claro que eso es bueno, porque significa que puedo hacer algún encargo, tomar una caña o cenar con paz y ver un rato la tele antes de meterme en la cama. Pero también hace que la profesión pierda parte de su romanticismo.

Hay días que se me regala, en cambio, un horario entre tardío y nocturno. Cuando hay elecciones, por ejemplo, o cuando los aficionados al fútbol se concentran en los bares para sufrir hasta medianoche un empate entre el Real Madrid y el Barcelona. Entonces, llego a la redacción masticando un bocadillo de pan seco y tortilla de chistorra que por suerte unos chinos vendían en un bar de pinchos abierto a horas de puticlub. Y, cuando termina de pasar con esfuerzo el último mordisco, me enciendo un cigarro rezando para que el gestor de contenidos de la web no me dé ningún problema.

Mientras le doy la primera calada, veo a un hombre entre fuera y dentro de la nave donde se imprime nuestro buque de guerra. También él se lleva la mano a la boca cada cierto tiempo. Lo hace con golpes secos, como si se lanzara cacahuetes a la garganta. Después de un rato me doy cuenta de que se está chupando dos dedos para pasar las páginas del recién nacido Diario. Como no le veo muy bien a través de los coches que se congelan en el parking, subo el primer peldaño de mis escaleras y, con un poco más de altura sobre las carrocerías de escarcha, me doy cuenta de que no pasa las hojas del periódico, sino tarjetas blancas que agrupa con clips cada cierto tiempo. Casi puedo contar con el oído cuántas incluye en cada paquete. Mientras tanto él se pensará que fumo como un carretero, aunque lo cierto es que el frío hace la mitad del trabajo.

Además de la rotativa y de la redacción, hay cerca otro edificio en el que hace poco entré para recoger una botella de vino que algunos dejaron ahí como protesta por cosas que yo no entiendo. Ahí dentro hay rollos gigantes de papel canadiense que trae la última distribuidora de España. El hombre que repartía las botellas me explicó que ahora apenas emplean dos o tres bobinas para dar a luz, por las noches, al diario. Encima del bosque muerto, me dijo, está la farmacia que mantiene con vida al periódico a base de entregas con las que hemos intoxicado a nuestros lectores.

A estas horas, la luz de parte del almacén está encendida y me pregunto si habrá alguien preparando los callejeros de la próxima entrega. Debajo, a punto de salir hacia el parking, una furgoneta calienta motores. A lo mejor la están cargando de callejeros para que los distribuya por kioskos, cafeterías y vídeo-clubs donde se alarga el coma de la prensa.

Tengo sueño, pero no me importa. El sonido de las cadenas que pasan con periódicos me recuerda por qué me gusta esta profesión. Algo que, con mi horario cargado de teletipos, casi se me había olvidado. Algún día me atreveré a entrar en la rotativa para ver de cerca cómo se hace nuestro periódico. Si hasta ahora no lo hecho es porque me da miedo. No el hombre de la rotativa, que sigue en su sitio chupándose los dedos, sino empalmar con un día de trabajo. En el que ahora entro, atravesando el corredor de la muerte, sin saber dónde acabará nuestro papel y adónde iremos nosotros.

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