Son las palabras que llenan una hoja

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Pedro 7300 CGP

In 600 on 31 mayo 2012 at 10:06

Trabaja desde 1993 dentro de un coche blanco, metiéndose por las calles de Madrid abriendo rutas como un topo. En el parasol de su asiento un crucifijo de plata se balancea hacia delante y hacia atrás cuando cambia de marcha. No lleva GPS a la vista. Le decimos la calle y saca el vehículo -en la orilla de la acera- rumbo a nuestra casa. Pedro es callado, como todos los taxistas. Mira hacia delante, pensativo, y curiosea hacia los lados cuando se detiene en los semáforos. En la mano izquierda lleva dos anillos de oro, uno en el meñique y otro en el anular. Viste camisa de cuadros de manga corta y en la cara le asoma una sonrisa.

Este taxista conduce a una media de 25 personas a donde le dicen. A unos al trabajo, a otros a un restaurante o a casa, y a veces recoge a pasajeros del aeropuerto. Cuando eso pasa, cuando se acerca a Barajas para hacer una carrera de las largas, casi siempre le toca esperar entre una y dos horas hasta que carga con un viajero en los asientos traseros de su oficina móvil.

La mayoría de traslados se los adjudica desde la emisora de radio, que localiza a los conductores en un mapa. Así, los taxistas que merodean la zona donde se encuentra el viajero escuchan la señal y uno de ellos se acerca a recogerlo. De vez en cuando también se acerca a las paradas de taxis, más para descansar que para hacer negocio.

Antes los taxistas podían trabajar hasta 24 horas. En ese caso, el portador de la licencia contrataba a otro conductor y se dividían el horario. Ahora, en cambio, pueden trabajar un máximo de 18. Por eso Pedro, que hace un tiempo contrató a un joven para que cubriera el turno de mañana, en la actualidad trabaja sólo. Y se puede meter panzadas de horas y horas conduciendo, hasta que el cuerpo aguante. De ahí que las paradas estén pensadas para ellos.

Este martes, Pedro trabaja de noche. El viento de fuera se cuela dentro del taxi generando una agradable brisa entre las ventanas. Desde aquí no se oye la conversación de los pasajeros. Una pantalla de plástico aísla al conductor del cliente, por si al viajero le da por sacar una navaja. Para él sólo parece existir la carretera, también cuando habla. Entre frase y frase se le cuelan resoplidos. Lleva casi 20 años en el negocio. Toda la vida contando los segundos que tarda el semáforo en volver a ponerse de color verde.

Lo mejor que le puede pasar en un día de trabajo, confesaba durante la ruta, es no tener que esperar entre los viajes, sino dejar a un pasajero y que se embarque uno nuevo. Aunque es difícil empalmar una carrera con la siguiente en una ciudad con 16.000 taxistas. Y alguno más, si se cuentan los que se la dan de licenciados. El falso taxista suele ir al aeropuerto a recoger a extranjeros que desconocen el color de los taxis madrileños. Porque los de pega transportan al cliente en su vehículo particular.

En esa marea blanca de lucecitas verdes, el coche de Pedro es sólo uno más. El que lleva la matrícula 7300 CGP. Cuando le pregunto si le gusta lo que hace me dice que sí. Más le vale. Cuando en 1993 decidió que esa iba a ser su profesión, se hipotecó la vida. Y es que la licencia de taxista, que pasa a ser suya hasta la muerte, cuesta 150.000 euros. Por eso es más que bueno acordarse de dejarles propinas.

Pasajeros al tren

In 600 on 28 mayo 2012 at 21:22

Llevaba unos días pensando en si sería capaz de escribir una entrada en Seiscienas sólo con las uñas, quiero decir con el móvil, y resulta que lo estoy consiguiendo. Tendríais que ver lo que tengo delante. Una pantalla de chichinabo casi del todo cubierta por un cuadrado blanco en el que escribo. Aunque tengo que reconocer que esta aplicación de WordPress es bastante avanzada. Permite insertar fotos, hacer un link, mirar las estadísticas, moderar vuestros esporádicos comentarios…y marearme un rato.

Ahora viajo a Madrid en tren. En ese mismo tren que tantos fines de semana nos trajo a Guillermo desde la capital. En alguno de los vagones que devuelve a Bárbara a casa de sus padres en sus menos frecuentes pero constantes visitas. Me pregunto si acabarán por privatizar nuestra Red Nacional de Ferrocarriles de España, ahora que todo está tan mal, que sólo hay dinero público para empujar a Bankia a la superficie. Y me pregunto también qué ocurriría con el color de las bolsitas de los auricularers si nuestros trenes blancos los compra Inglaterra o Francia. Quizá pasan de ser moradas a ser de color azul, blanco y rojo. Aunque, puestos a cambiar, mejor que modifiquen otras cosas, como que haya cobertura o Internet.

Un pasajero se quejaba una vez porque en China, ya se estuvieran muriendo de hambre, todos los trenes ofrecían Internet libre. Seguro que este señor hizo como el común de los mortales: viajar tres días a Beijin, tomar un único tren y dárselas de entendido. Pero más allá de su experiencia aislada, lo cierto es que es un fastidio desaprovechar las horas de viaje para perder el tiempo en el ordenador.

Cuando se viaja en tren se descansa más que una semana en la playa. Sabes que, en las próximas horas, no vas a solucionar todo lo que agobia tu vida. Solo una cosa te preocupa por encima de todas: descansar. Si no te toca sentarte en las últimas plazas del vagón, hay suficiente espacio para estirar las piernas, dar la vuelta a la cintura para apoyarte en el otro lado de la cadera y para subir las piernas al sillón. No hace falta quitarse los zapatos. Con algo de suerte te duermes sin que nadie te dé un golpe al cruzar por el pasillo. Descubres por la ventana edificios en los que nunca te hubieras fijado. Cerca del tren viven las clases bajas y matorrales que a veces arañan la carrocería.

En los trenes se lee, se lee mucho. Hay buena luz, buen ambiente, mucho tiempo. Y se descansa. Casi no hace falta ponerse los auriculares para entender la trama de la película que nunca se repite, a diferencia de lo que pasa en los autobuses. Da pena el sistema para ver películas en los autobuses, por muy de primera clase que algunos se llamen. Las pantallas son siempre demasiado pequeñas y las ponen demasiado lejos y tan altas que verla resulta más un sacrificio que un entretenimiento. Si la televisión nació para educar, entretener e informar, en el caso de los autobuses nació también para santificarnos. En los trenes en cambio hay varias pantallas por vagón. Y cada asiento tiene su altavoz.

Llevo cerca de dos años cogiendo trenes con frecuencia. Todos me parecen iguales, una maravilla. Casi siempre me duermo mientras el vagón se tambalea a su paso por las vías. El tren, lento y constante, avanza con su traqueteo. Y en él, como en una gran mecedora, los pasajeros caen uno a uno, si no en los libros, en un sueño que les aleja de la rutina y del cansancio.

En un rincón del cementerio

In 600 on 15 mayo 2012 at 15:44

En la parte vieja del cementerio de Berichitos de Pamplona hay un rincón oculto para los vivos. Una plaza flanqueada por San Pablo, San Pedro, San Ramón y San Antonio y en la que crece hierba fresca. El terruño apenas se aprecia desde estas cuatro calles porque un ejército de panteones lo rodea como protegiéndolo de los cotillas. Aunque, si uno anda listo, puede colarse por el hueco que dejan entre sí los guardaespaldas de piedra.

Entonces, al asomarte a la plaza verde, descubres, esparcidos por el suelo, montículos de tierra y pequeñas cruces que crecen en su cabecera. Debajo descansan los cuerpos de bebés y niños, la mayoría sepultados durante los años 80. Unos murieron a los pocos días de nacer, otros vivieron meses y algunos se despidieron con dos, cuatro, cinco años. Conoces a Lara, a Mikel, a Pablito y las inscripciones con las que sus padres les dedicaron las últimas palabras; aunque a la mayoría de insignias se le han caído letras plateadas. Algunas sepulturas están marcadas por piedras o con vallas de un palmo de altura, pero la mayoría de veces resulta complicado sortearlas porque solo se identifica la tumba con una cruz. Hay decenas de ellas, algunas con niños que rezan de perfil y de rodillas; otras con fotografías, otras sólo de hierro. Todas indican, desde hace 30 años, el lugar donde descansan los cuerpos más pequeños del cementerio.

Ahora tendrían más o menos mi edad, me digo mientras paseo sobre ellos preguntándome de que habrán muerto, dónde andarán sus padres; si ellos seguirán vivos y vienen a rezarles o si se han olvidado de sus hijos. Y –como hace la razón cuando conceptualiza- por inercia pienso en la Pamplona de los muertos, en la que 1.000 cuerpos duermen el sueño eterno directamente bajo la hierba mientras 15.000 descansan en nichos y 2.000 se deshacen dentro de columbarios.

En cierto sentido, el cementerio de Pamplona es como un gran hotel; un lugar de paso con capacidad para 23.000 cuerpos. Cada día, la hospedería de los muertos recibe entre 5 y 6 huéspedes. Uno de cada cuatro va a parar a los nichos, uno de diez a los panteones y de cada doscientos –léase de forma literal lo que sigue- uno se entierra. Así que, en el rincón del cementerio que nos ocupa, se registra buena parte del 0,5% de inhumaciones que se efectúan bajo tierra.

Algunos de estos niños nacerían casi muertos. Enfermos. Pero al menos se les dejó nacer y ahora tienen su sitio en el camposanto. Quizá, si en 1985 no se hubiera aprobado la primera ley del aborto en España, habría más tumbas como estas, pequeñas. Pero nadie entierra a los bebés que dejan de respirar fruto de una interrupción voluntaria del embarazo.

En 2008, doscientos años después de que se inaugurara este cementerio, 765 mujeres de Navarra renegaron de su maternidad. Para justificarse alegaban que no era conveniente para su salud o para la salud del feto. Supongo que ese día saldrían de la consulta tristes. La mayoría eran solteras, pero algunas no. Casi tres de cada diez de ellas volvería a casa con su marido. A lo mejor cenaron juntos. A lo mejor lloraron juntos. Puede que pensaran en el cuerpo pequeño de su bebé. En cómo se desharían de él los médicos. Quizá algunas parejas están ahora arrepentidas. Es posible que lloren, como algunos padres ante la tumba de sus hijos, pero que lloren solos en la casa; algunas noches, al mirar a los hermanos de ese bebé que murió sin ver la luz, que desapareció sin ser enterrado.

Hay mucha gente buena

In 600 on 25 abril 2012 at 10:34

Cuando uno se harta del ser humano tiende a quejarse de la gente. Que si es mala, imbécil, que no aguanto a la gente. Por eso yo me desvinculo del monstruo social diciendo, al protestar, que yo no soy la gente.

Detesto a la sociedad por muchos motivos. Uno de ellos –intrínseco a mi trabajo- es cuando tengo que salir a la calle y buscar víctimas que quieran hablarme frente a la cámara de vídeo. Odio que, a las tres de la tarde, alguien me diga que no puede contestarme porque tiene que irse a comer. Como si los periodistas no comiéramos. Durante la ola de frío siberiano hubo quien no quiso pararse dos minutos para decirme cómo estaba soportando la ventisca porque se le había metido el frío hasta los huesos y quería llegar a casa. “¡Es que tengo mucho frío!”, se alejaban pasando de largo; como si los periodistas no nos enfriáramos. Otros levantan la mano y, con la boca cerrada, me mandan a paseo sin preguntarse siquiera si regalo billetes de 500 euros, como en algunos concursos de la tele. Ante este perfil de ciudadano me defiendo dejándole con la duda de si iba a darles un premio. Entonces, algunos se bloquean debatiéndose entre el orgullo y la humildad.

Una vez, en el aeropuerto de Nueva York, me acerqué a una chica joven que hacía encuestas en inglés dentro de una tienda libre de impuestos. Teníamos prisa, así que nadie del grupo quiso pararse a escuchar qué quería: un agujero en el estómago les impulsaba a buscar sitio en un restaurante. “Seguid sin mí, ahora os localizo”, les dije un momento. Me acerqué a la joven.

– Cuando viajas en avión, ¿utilizas alguna almohada?

– No

– ¿Utilizas algún accesorio para dormir en el avión, como un antifaz o calcetines?

– Tampoco

– ¿Conoces la marca ‘nubecilla’ (digamos)?

– No

Alguna pregunta más cerraba el cuestionario. A cambio, la joven me dio un sobre con 20 dólares en metálico. Cuando el grupo me preguntó si la chica seguía en su sitio, algunos mantuvieron el orgullo y otros se lo comieron con patatas y volvieron a buscarla.

Mi empresa no se dedica a vender almohadas de aire en los aeropuertos. Se supone que trabajo en un medio de comunicación que expone las demandas de la sociedad. Cuando le pregunto a alguien si ha subido la factura del gas en su casa, no es para que lo sepa Repsol sino para informar a los lectores, entre los que esa misma persona debería encontrarse.

Por fortuna, a cada idiota le contrarresta un puñado de gente buena. Personas que –por seguir con el ejemplo de mi trabajo- te contestan con buena cara. O no te responden, pero piden disculpas por su timidez. Algunos se tragan el mal rato para que el periodista, calado bajo el agua, pueda volver a la redacción. Incluso les tiembla la voz en el vídeo. Pero les compensa.

Siento una alegría profunda cuando me topo con gente buena. Hace dos meses se me perdió la cartera antes de que pudiera darme cuenta. La mujer que la encontró en la calle buscó mi apellido en las páginas blancas y llamó a mis tíos, que me contactaron, para devolverla. La semana pasada –sí, pierdo cosas constantemente- me desapareció el móvil del bolsillo en un bar, de madrugada. Dos horas después, escribieron desde mi móvil a un compañero para entregármelo de vuelta al día siguiente. El teléfono, un Smartphone, apenas tenía una semana.

Admito, pues, que a pesar de los imbéciles, hay mucha, mucha gente buena. Lo digo yo, servidora.

¿Hasta cuándo?

In A tinta fría on 16 abril 2012 at 12:46

Da igual cuánto tiempo pase, la edad que tenga o el tiempo que haga.  Hay cosas que no cambian nunca. Como el levantarme todos los días con la diatriba de abandonar las sábanas definitivamente o sucumbir a los brazos de Morfeo. De pequeña pensaba que, de mayor, habría adquirido hábitos que contribuirían a evitarme los dilemas desde tan temprano. Pero no ha sido así. Ahora tengo más dilemas, de mayor envergadura y a todas horas del día.

Desde que comenzó el año estoy a dieta. Ya sé que es lo típico que se dice el 1 de enero cuando a uno no le cabe más turrón en el cuerpo. Pero yo me lo propuse el 9 de enero y he cumplido bastante bien: van 9 kilos (esperemos que el 9 no sea un presagio).

Mi dieta no es la Dunkan, tan alabada y desprestigiada según se hace y deshace. Mi dieta es la NUNKAN: nunkan más comeré azúcar, aceites, fritos, embutidos y nunkan más me iré a la cama sin haber hecho ejercicio. Más que una dieta es “un plan alimenticio” que debo seguir hasta que la muerte nos separe.  No me quejo porque coma poco, ni por el menú, ni por el ejercicio… ¡Bueno un poco sí, pero no es eso lo peor!

La cuestión es que ya han pasado 3 meses largos y sigo levantándome a diario con la duda de si hoy haré o no haré bien el régimen. Cada vez que me acerco a la cocina me pongo nerviosa y valoro una y otra vez las consecuencias de probar esos dulces o comerme una deliciosa y acartonada “tostada” de arroz rancio que solo sabe a sal. Y repito el proceso innumerables veces, cada vez que me corresponde hacer una de mis cinco comidas (ya sé, cinco parecen muchas… pero no lo son).

Cada vez que me invitan mis amigos a hacer un plan: otro dilema. Si voy, como lo que comen todos o me hago la rara con un filete y ensalada. Voy comida, cenara y recenada o me expongo a no encontrar un menú que se ajuste a las exigencias de mi guión… Me lo como, no me lo como. Me quiere, no me quiere.

A ver, tres meses son muchos días… Pensé que con el tiempo amaría el deporte y que en tan solo un par de semanas correría cual gacela liberada de Cizur al Perdón, ida y vuelta, varias veces. Pero no. Todavía no corro y, cuando lo intento, parezco más una gallina alborotando un corral que un antílope.  Camino, a buen paso, eso sí, mientras paseo a mi perra: a ella es la que más ha notado mi nuevo plan y mi cómplice en mis exhaustivas caminatas. Ella también ha bajado de peso y parecen encantarle nuestro paseos. A mí siguen sin gustarme. Aunque baje de peso.

Eso es, por ahora lo único que ha cambiado. He bajado.

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Su último día

In 600 on 15 abril 2012 at 18:46

Los que habían ido a verle no le hablaban. Solo asomaban la cabeza sobre la cama para ver su cuerpo delgado, envuelto en sábanas hasta el pecho cubierto de un pijama azul, del color de sus ojos cerrados. A veces se susurraban entre ellos. Otras veces se detenían a escuchar su respiración pausada que una mascarilla de oxígeno le robaba de la garganta. La que más hablaba era la abuela, colocada a su lado derecho, hacia donde le caían flexionadas las dos piernas. “¡Mira cómo me aprieta la mano!”, exclamaba para que todos vieran cómo aún se mantenía vivo lo que habían empezado juntos hacía 70 años.

Los abuelos se conocieron en Pamplona y se casaron en Madrid, en la iglesia San Fermín de los Navarros, en 1947. Un álbum de fotos con tapas de terciopelo granate e iniciales de plata repite, en blanco y negro, las escenas de aquel día. En las últimas hojas, hay una foto que les sacaron desde dentro del coche. La abuela despliega una gran sonrisa y, a su lado, como recién entrado en el vehículo, el abuelo se deja caer en el asiento mirando despistado a la cámara.

Pudo hacerlo, pero la abuela no se enamoró de sus ojos. De hecho le echó el gancho al abuelo viéndolo desde lejos en una iglesia. Después se conocieron oficialmente –a ella le gusta decirlo de ese modo- gracias a Espronceda. Las hermanas Baleztena les habían convocado en su casa; a él para dar una conferencia sobre poeta y , a ella, para ilustrar el discurso con unos versos. Así, con viento en popa a toda vela, se embarcaron en el matrimonio.

La tripulación creció con los años hasta sumar otros siete marineros. Por eso, en las fotos que cogen polvo en su salón de casa se extiende una gran familia alrededor de la pareja. Luego los marines salieron cada uno a descubrir mundo y la abuela volvió a cocinar para dos.

Para entonces, mucha gente conocía al abuelo. Llegó a ser el diputado foral más joven y viajó con el brazo de San Francisco Javier por Roma, China, Japón, India, Estados Unidos… En ese viaje debió de pegársele en el corazón la máxima que convirtió al santo, porque en los años 50 dejó la política activa. En parte porque no hacía carrera –era un perdedor que ganaba elecciones- y en parte porque necesitaba ganar un sueldo. El cinturón apretaba y la política o se pagaba con favores o se vivía con vocación de misionero.

Conforme se hacía mayor en casa, algunos conocidos de esos años iban a visitarle a su salón. Aunque el abuelo también salía a la calle. A los 90 todavía tenía fuerzas para hacer cosas importantes, como viajar a San Martín de Unx, donde le pusieron su nombre a una plaza del pueblo donde se crió. O la vez que mi madre empujó su silla de ruedas hasta Diputación para que Miguel Sanz le entregara una placa. En 2007, también sobre ruedas, celebró con su mujer en Leyre las bodas de diamante.

En el álbum de aquel día hay una foto parecida a la del primer enlace. Solo que esta vez la despistada es la abuela. La saca el fotógrafo desde un lado, muy de cerca. El abuelo mira a la cámara, sin soltar la mano de su mujer, que mira al suelo. “¡Cómo me hubiera gustado morirme aquel día!”, recuerda ella. “Me había prometido que llegaríamos juntos a los 100 años”, protestaba el día que le dejó sola.

Murió a los 94, el 22 de marzo de 2012, tercer día de primavera.


Tu despedida de soltera

In 600 on 17 marzo 2012 at 1:34

Mi mejor amiga se casa y estoy más feliz que una codorniz; ¡ah no! que era una perdiz. En cualquier caso, siempre he envidiado la felicidad inexplicable de tal ave. La cuestión, se casa mi colega de aquí al lado, quien ha intentado colarnos un post que realmente es una dura advertencia dirigida exclusivamente a sus amigas y puede que, de rebote, una forma de tranquilizar al futuro marido por la esperada, afamada e inminente despedida de soltera. Te has cubierto las espaldas como una campeona.
Dicho esto, advierto que en mi caso, este post está única y especialmente dedicado a ti. Ya te he manifestado mi costernación tras leer tu escrito, pero ahora ahondaré en mis sentimientos. Primero, quiero reprocharte el aviso, dado que parece que no conozcas a tus amigas y que creas que tus amigas no te conozcan a ti. Y segundo y mucho más importante: desgraciadamente tú en tu despedida de soltera no tienes ni voz ni voto. Y punto. Es lo que manda la tradición y las tradiciones se respetan.
Una despedida de soltera es, creo, algo mucho más importante de lo que aparenta; ya no es que sea el momento en el que te despides de tu soltería, sino que es el punto y final de tu vida tal y como la conocías. Duro, pero cierto. Será como aquello de los Adioses y Bienvenidas que decía Benedetti. Habrá lágrimas por lo que dejas atrás y habrá júbilo por lo que te espera. Será una celebración tan íntima haya dos, cinco o cincuenta personas. Será algo tan tuyo, tan por ti y tan para ti que no deberías ni pensar en ello hasta que llegue.
Si te queremos disfrazar lo haremos, pero tranquila que no pensaremos más que en ti. Si queremos viajar, viajaremos, pero tranquila que será uno de los mejores viajes de tu vida. Si queremos ponerte algo en la cabeza, no dudes que también lo haremos, pero tranquila que sólo será un sombrero (uno que te quepa). Y todo lo que queramos hacerte se hará, pero tranquila porque siempre estaremos pensando que tiene que ser la mejor fiesta de tu vida. Obviamente, la mejor antes de tu boda.
Y habrá aspectos de tu no tan sutil amenaza anterior que obedeceremos y otros que ni se nos pasaran por la cabeza tenerlos en cuenta. Si quieres bailar, estaremos presentes en tu último baile como soltera y si quieres jugar, estaremos presentes en tus últimos juegos como soltera. Y si pretendes que por alguna casualidad te vamos a dejar ganar por ser la homenajeada y por mucho que te guste la victoria , te lo tendrás que ganar a pulso. Ese trivial, ese póquer, esos bolos, ese futbolín o esos dardos a los que jugaremos tendrás que ganarlos con sangre y sudor. Pero ten siempre en cuenta que tus rivales van a ser tus mejores amigas, las que, igual que tu marido, estarán toda la vida a tu lado; cerca o lejos, pero siempre contigo. Y que lo importante no es ganar o perder, lo importante será, como en tu futuro matrimonio, PARTICIPAR. Pero no creas que la cosa queda ahí, porque para jugar cualquier partida hay que luchar, hay que sufrir, hay que enfadarse y gritar y hay que reirse y saltar. Hay, sobre todo, que arriesgar.
Así que piensa que de todas las partidas de tu vida, la más importante aún no ha llegado y en esa, en la gran partida que te espera no va a haber perdedores. Y es eso lo que vamos a celebrar el día de tu despedida de soltera.

Mi despedida de soltera

In 600 on 16 marzo 2012 at 11:40

Todos nacemos solteros. Luego vamos conquistando las cuatro etapas de desarrollo, hasta la muerte. Detrás de nuestra soltería, en cambio, se consuma todo lo contrario. Algo a lo que algunos llegan como vocación, dejando atrás su soledad de cuerpo, abandonando el camino de los que se dedicarán a vestir santos. Hasta que llega ese momento, hasta que los novios se dan el sí definitivo, todavía queda celebrar algo más que la boda: su adiós a la soltería.

Ahora que me faltan pocos meses para despedirme de ese estado, mis amigas me preguntan de qué manera quiero decirle “hasta pronto” a la parte de mi vida que se ha construido junto a ellas.

Cuando pienso el plan que más me gustaría, me vienen a la cabeza imágenes de chicas haciendo el tonto por los bares. En esos recuerdos breves, todo me parecería normal si la protagonista no fuera disfrazada, quizá de novia, quizá de rana, y si sus amigas no llevaran diademas raras en la cabeza. Y pienso lo incómoda que me sentiría vestida de ninja en una discoteca cuando un cuerpo extraño se agita sobre mi cabeza. Creedme que detesto la manera generalizada en que las mujeres se despiden de la nunca más soltera. En esa línea, se han puesto de moda ahora las “tupper sex”. Bajo ese nombre se esconde una suerte de profesora con maletín que imparte clases no recomendadas con todo tipo de artilugios.

Cuando pienso en la gran variedad de lo que pueden hacerme, se me ponen los pelos como escarpias, así que sirva de recomendación que a mi, lo siento, no me van ese tipo de eventos.

Quiero despedirme de la vida de soltera que he llevado. No me hace falta disfrutar del último torso desconocido porque nunca me he perdido en uno de esos. Mucho más me han seducido el Peche-con-naranja o las fichas negras del póker. Dejemos a los bomberos para apagar otro tipo de incendios.

Si alguien ha pensado en rodearme de cacharros extraños, que sepa que todos esos inventos me provocan rechazo. Estemos a lo que estamos, que esa noche no se celebra la despedida del gusto sino de la novia.

Tampoco necesito que me vistan de vaca para sentirme especial. Ya es suficiente disfrutar así la última noche del año como para repetir la Nochevieja en verano. Además, ¿cómo voy a imitar a los bailarines rusos si llevo una ubre gigante en la entrepierna?

La despedida de soltera no se tiene que convertir en una noche de venganza. “Como te casas, hideputa, te vas a enterar de lo que es el matrimonio, ¡toma entrante!”. Si nos remitimos al significado etimológico “despedida de soltera”, ese día se celebra, por todo lo alto, el adiós de la vida que ha llevado la novia hasta la fecha. Y vosotras, amigas, ya sabéis lo que he estado haciendo.

Me encantan los juegos de mesa y, sobre todo, ganar. Así que, por un día, podéis dejarme tener la razón en todo: en que la pregunta está mal, en que Gonzalo hace trampas, en que el tiempo ha pasado… Podéis dejarme organizar por un día: “Tú, haz esto; tú, lo otro”, o hacer conmigo esos planes extraños que tanto me gustan, como ir a una casa rural para salir hacia el bosque y tumbarnos en un montículo de hojas llenas de arañas. O ir juntas a andar en caballo entre los viñedos y visitar una bodega para salir de ahí como una cuba.

Sí, también podemos hacer el tonto por los bares. Pero dejad que ponga la rareza yo sola, como hemos hecho hasta la fecha.

La filfa del chocolate suizo

In 600 on 12 marzo 2012 at 11:12

Me he aficionado al café de McDonalds. A su tamaño, perfecto para llenar un mediodía; al recipiente de cartón y plástico con el que se puede beber sin tener demasiado cuidado; a su sabor arábico y tostado; a la leche templada con que siempre lo pido; a su precio de una moneda. Pero, por encima de todo, me he enamorado del McAuto. Me encanta no tener que aparcar, poner el ticket de la zona azul y esperar frente a la barra de un bar para que me sirvan un café negruzco, con la leche abrasiva que me hierve la lengua y retrasa mi vuelta al trabajo. Sin embargo, no siempre puedo utilizar ese servicio. A veces el sistema tradicional es más cómodo porque me pilla más de paso y, además, no todos los McDonals tienen McAuto.

Aparte del café, me encandila que lo sirvan desde las ocho de la mañana hasta medianoche. Así los madrugones se hacen más llevaderos cuando tengo que ir hacia el centro porque, casi de camino, cruzo por un McDonalds. Y las noches de verano se alargan con cafés-helado.

Pero me estoy entreteniendo con todo esto. Solo señalaba lo rico del café para contar que el otro día descubrí –en McDonalds, precisamente- que lo del chocolate suizo es una filfa.

Entré a pie porque no había McAuto. Hacía demasiado frío como para que la policía, que merodea la zona con frecuencia, se bajara del coche, así que dejé el mío junto a los contenedores. Nada más entrar en el restaurante –eran horas de legañas- un palé lleno de cajas con panes de hamburguesas entorpecía la ruta hacia el mostrador. (A saber cuánto tiempo después de fabricadas nos llevamos esas rebanadas al estómago). Me equivoqué al pensar que no habría nadie. Una sudamericana con gorra vaciaba bolsas y bolsas de patatas fritas dentro de un congelador. “Espere un segundito, ¿quiere?”. (Pues no, no quiero, entra mucho frío por la puerta abierta y voy a llegar tarde al reportaje). Tras el mostrador, todo estaba ordenado. (Huele a menta artificial). Las baldosas del suelo estaban libres de huellas, como el cristal que hay donde se recalientan las patatas fritas. La bandeja de pedidos también brillaba en esas horas tan tristes para las cajas registradoras. (¿Y si me pido una Cheese burger? Siempre hay estómago para una de esas).

“Buenos días, ¿qué le pido?”. “(Pídeme perdón por tardona), un café con leche templada, por favor”. “La leche sale directamente de la máquina”. “(Qué bien, porque sale templada), como sea”. El tema de la leche templada es mucho más serio de lo que cualquier barman puede pensarse.

En eso, entra un hombre que piensa que el garito está cerrado. “No, está abierto (¿no ves que estoy con las monedas en la mano?)”. El café llega a mis manos y me pongo a disolver el azúcar sin moverme del mostrador. Mientras, el hombre decide su desayuno. “¿Esto qué es?”, pregunta. “Son pastelitos de chocolate suizo”, le dice la de la gorra. “Suizas serán las vacas, porque desde donde yo sé, el cacao necesita un clima tropical para crecer”. “Bueno, es chocolate Milka”, se defiende la pobre india. “Milka o no, el chocolate no puede crecer en Suiza. Suizas serán las vacas” (así que no me claves tres moneditas por una mierda de bollo que lleva en el expositor más que un rollito de primavera en el bar de unos chinos), parecía que pensaba (un tío más amargo que los cafés de carretera). “Es que tengo un tío brasileño” (¡hombre, claro!, y yo un tío en América).

Estoy delgada, y qué

In 600 on 9 febrero 2012 at 11:49

Hay mujeres flacas, delgadas, lo que se entiende por normal –entre delgada y gorda-, gordas y muy gordas. Entre estas variables se cuela la cortesía del rellenita, gordita, flaquita, y-ta-l y cual. Y, limitando la medición por los extremos, nunca buenos, toman forma dos enfermedades: la anorexia y la obesidad.

Hay mujeres gordas. Muchas mujeres gordas. Muchas más que delgadas. Al menos en España, que es de lo que hablamos. No tienes más que pasearte por la calle para comprobar que, a la mayoría, le sobran algunos kilos. Pero, oigan, no pasa nada. A muchos hombres les gustan entradas en carnes. Aunque se les llamen gordas. También hay mujeres flacas, sobre las pasarelas. Jóvenes escuálidas que calzan las tallas más bajas siendo ellas las más altas.

Estoy harta de escuchar que las gordas son normales o rellenitas, o que las flacas son delgadas; incluso que las normales son gordas. Llamemos a las cosas por su nombre. Y sí, lo siento, el sistema métrico ha cambiado con la llegada de nuevos modistas. Lo que hace 50 años era normal, hoy es gorda. Y lo que se entiende en la actualidad como el modelo, antes se veía con desagrado.

Cuando mi abuela me enseña las fotos de sus años de estudiante, veo todo caras redondas. Carrillos que dan ganas de pellizcarlos. También Hollywood buscaba el siglo pasado a mujeres con cara de huevo o de galleta para enamorar a los espectadores en las salas de cine. Algo parecido pasaba con la publicidad, en la que se repite casi el mismo niño o la misma niña de ojos tan redondos como su cabeza. Hoy, ocurre lo contrario. Los Ángeles prefiere patas de flamenco que de pollo. Las agencias de publicidad diseñan anuncios que casi parecen de dos dimensiones. Y la sociedad se esfuerza por ahuecarse los mofletes. Los modistas abandonaron a las gordas, que pasaron a exhibirse en los museos, para sacar a la palestra un espectro hasta entonces poco deseado. El de las flacas. Supongo que en su día causaría tanto furor como repelús, pero lo cierto es que el chip ya nos ha cambiado. Ahora se buscan vientres planos, rodillas marcadas, espaldas con filo. Vivimos el imperio de lo ‘light’, de las dietas, en un eterno régimen.

Mientras por la Cibeles se siguen paseando fantasmas, la sociedad –creo que el anuncio de Dove le puso chispa a la mecha- reclama desde hace algún tiempo que tan bonitas son las grasas como los huesos. O más. Con relativa frecuencia las conversaciones toman ese giro dovediano que denuncia la tiranía de las tallas bajas. Creo que, detrás, hay mujeres desesperadas bajo peores regímes, como el de la Sandía o del yogur. Féminas torturadas por dietas poco milagrosas.

Sean ellas u otras –u otros-, quienes pergeñan este movimiento, deberían morderse la lengua. Comenten, como los del “prohibido prohir”, el pecado que denuncian. Porque desprecian a las mujeres delgadas. Miran con rencor a las nuevas modelos, como echándoles la culpa de pesar poco.

Rijámonos por lo que se lleva ahora, y no por lo del siglo pasado. Hay mujeres flacas, delgadas, normales, gordas y muy gordas. A los modistas les gustan las primeras, niveles de televisión que se exigen a sí mismas las chicas de ahora. Luego, a cada hombre le gusta una cosa. A algunos les van gordas, a otros flacas y la mayoría se encuentra cómodo con las de el medio. Aunque no todas están en ese nivel. Llamemos a las cosas por su nombre. Total, la belleza que más interesa ni se ve en los huesos ni se aprecia en las carnes.

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