- ¿Sí?
- Buenos días. Publicidad.
- ¿Síí?
- Publicidad.
- ¿Qué?
- ¡Publicidad! ¿Me puede abrir?
- ¿Qué?, ¿quién es?
- ¡¡¡Publicidad!!!
- ¿¿La policía??
- Propaganda, señora.
- ¿Qué?¡No le entiendo!
- PRO-PA-GAN-DA
- ¡Ah! Propaganda. Vale.
Clic.
- …. Muchas gracias.
Voy a hacer un llamamiento a todos: abrid al repartidor. Por favor. Sé perfectamente que es una faena que llamen por la mañana a casa mientras estás viendo la televisión, sentado en el sofá o incluso durmiendo, te levantas para ver quién es y resulta ser la famosa propaganda… Más que una faena, es una putada, pero ¡es que ya estás levantado! ¡Tienes el telefonillo en la mano! ¡Y has contestado! ABRE, no te cuesta absolutamente nada. Apretar un botón. Piii. Ya está. No ha sido tan duro. Luego ya puedes volver a tu sitio acordándote de toda la parentela del repartidor, que él no se va a enterar y su familia tampoco. Aquellos que no abren (y siento si es el caso de alguno de los lectores) lo hacen con muy mala baba. Y estoy hablando de portales que ni tienen un portero que se ocupe del tema ni un buzón destinado a tal uso, aquellos portales en los que no te queda más remedio que llamar; porque puedo prometer y prometo que si puedo evitar el encontronazo con los vecinos, lo hago. Nunca llamo demasiado pronto, porque pienso en quienes tienen esas sábanas con poderes mágicos que impiden salir de la cama antes de las diez y media de la mañana. Y nunca insisto con toques largos, simplemente rozo levemente el botón, lo cual suele ser señal inconfundible de ¡¡PROPAGANDA!!
Ahora voy a hacer un segundo llamamiento: educación. Me he dado cuenta que este será muchísimo más complicado. Doy los buenos días, pido las cosas por favor, abro puertas y ayudo con las bolsas en cuanto se da la ocasión. Y esa señora que te ha agradecido con una sonrisa que le subieras los tres kilos de patatas y los ocho litros de leche escaleras arriba y que te ha dicho lo guapa que eras, esa misma dama en cuanto tú, amable y también sonriente, osas sacar el panfleto de turno y comienzas a depositarlo en el interior de los buzones… su rostro se convierte en una mueca de asco, gira la cara, se marcha altiva con su compra y ni se le ocurre contestar a tu educado “hasta luego, buenos días”. Ni qué decir tiene de aquéllos que te pillan in fraganti y a los que no te ha dado tiempo de hacerles ningún favor porque cuando persisto con mi insistente BUENOS DÍAS y mi sonrisa, ellos te miran, los que lo hacen, y pasan de largo como si no tuvieras derecho a existir. Y ya no voy a comentar sobre los que te regañan y pasan a tu lado murmurando sobre la lastra que suponen esos repartidores para la sociedad.
Y después de todo, pienso que la que ha madrugado y la que tiene que recorrer cada calle dos veces, normalmente con mucho calor o con mucho frío y con una mochila al hombro llena de propaganda, soy yo. Soy yo la que no tiene muchos motivos para sonreír el lunes por la mañana a gente desconocida y soy yo la que se pasa las horas haciendo un trabajo que no me realiza en absoluto por unos puñeteros euros. Y son los demás los que se enfadan porque se han tropezado conmigo en el portal y no dan los buenos días a la primera persona que se encuentran. Vaya forma más inútil de comenzar el día.




