Son las palabras que llenan una hoja

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¿Nombre?

In 600 on 28 febrero 2010 at 8:58

Ahora que Rocío por fin ha dado a luz, el nombre del niño ha quedado fijado, al menos por ahora, en Juan (Juanito para los más cercanos). La decisión no ha sido fácil, ni siquiera porque es el nombre del padre. Uno pensaría que si la criatura finalmente se va a llamar como algún familiar, la decisión menos complicada que inventarse el nombre… Esto sólo ocurre en las familias más tradicionales y faltas de creatividad donde todas las mujeres se llaman María y todos los hombre Javier… ¡No hay tu tía! (literalmente).
En otras casas el nombre se presta a discusión. Por el lado de la madre, hubo un tío abuelo, Gumersindo se llamaba, que fue una excelente persona y lamentablemente no tuvo hijos, motivo por el cual algún sobrino nieto está en la obligación de llamar a su primogénito así. Hay que fastidiarse, aunque lo quieras mucho, Gumersindo será. El padre, por su parte tiene que ceder ante la presión, pero sobre todo ante la promesa de que el nombre más feo de alguno de sus antepasados recaerá sobre su siguiente hijo. Un caso ejemplar es el de mi amigo José Antonio: su abuelo murió en la cárcel junto a José Antonio Primo de Rivera, y desde entonces, todos los primogénitos de la familia alternan entre el nombre del abuelo y José Antonio. Menos mal que al menos el nombre es bonito.
Leyre, mi hermana, tuvo una amiga que se llamaba Federica. No está mal, es un nombre bonito, incluso de la realeza, si se quiere. Ahora bien, su hermano se llamaba Mariano. ¿No hubiera sido más fácil llamar Federico al niño y Mariana a la niña? Pues no. Mariano y Federica. El género no respondía a motivos ancestrales, sino más bien al mero hecho del gusto. Que cuando los padres se encaprichan, no hay nada que hacer.
En España se llevan mucho los nombre religiosos y/o de objetos inanimados por igual: Inmaculadas, Soledades, Rosas y Hortensias… incluso algún astro se escapa también, de vez en cuando, a la pila bautismal. Los casos más paradigmáticos se dan en euskera: Aritz (roble), Lorea (flor) y Hodei (nube). Ahora bien, si lo que se busca es exotismo, basta con acercarse a Latinoamérica: que te casas con una fan de Michael Jordan, pues le pones a tu hijo Maikel Yordan de Jesús González; que la primera risa del niño es viendo a los teletoobies , pues lo llamamos Teletuby Pérez. No, no se extrañen, que el Latinoamérica los niños se bautizan casi para hacer la comunión, o sin casi.
En ocasiones el amor de los padres hacia diferentes familiares, famosos y/u objetos de moda condena a sus hijos a la más absoluta infelicidad. Nombres como Penélope, con un impúdico diminutivo, u Horacio que tiene (póngase aquí la palabra que se desee) en el espacio han hecho llorar a más de uno.
La elección del nombre es difícil, y debe ser realizada con cuidado para evitar rimas malsonantes y combinaciones de nombre-apellidos dañinas para la salud mental del niño (Monica Bayo, por ejemplo) Pero, al final, todo esfuerzo resulta inútil una vez que los hijos empieza el colegio y sus amigos deciden rebautizarlo con el apodo “Pichu” o “El greñas”. Entonces, después de tanto romperse la cabeza, ya no hay nada que hacer.
Por eso, yo sugiero que le dé al niño el nombre le dé la gana: Optimus, Megatron, Bimbo, Bonifacio, Yasuri, Lacuisha… Con un poco de suerte sus amigos lo llamarán Juan.

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Vecinas

In Calamares en su tinta on 24 febrero 2010 at 11:18

Ya tenía ganas de encontrar una buena excusa para charlar de unas cuantas. Y me ha venido regalada esta mañana. Les cuento: llego al portal con el bolso al hombro, que contiene su respectivo monedero, móvil, estuche, agenda, manual de Historia del Periodismo español y libro de Empresa Informativa; la carpeta bajo el brazo intentando que los apuntes no encuentren ningún resquicio por el que escapar y, además, el paraguas goteando, esta bendita ciudad es lo que tiene, que es tan verde por algo. Por suerte, el portero es un hombre atento y en días húmedos tiene la bondad de dejar la puerta abierta para no complicar al personal. Total, que entro y atisbo en el ascensor a tres vecinas hablando relajada y alegremente de sus cosas, una de ellas con el carro de la compra, especie en extinción, dicho sea de paso, por lo que siempre me alegra ver que aún quedan trastos de esos por ahí. Pero mi gozo en una cueva. Decido que voy a tener que esperar al otro ascensor porque las cuatro y el carro no cabemos. Pero ojo a la sorpresa cuando me doy cuenta de que la puerta que obstruye la dueña del carrito marca que está en el cero. Yo me quedo ahí, esperando algún gesto. Pase, pase, que ella no sube. Ni me miran, igual que tampoco me habían devuelto un educado “buenas tardes”. Así que intento meterme tras el carrito con un escueto “disculpe”, le doy al botón, la puerta se abre, entro y me sigue mi querida vecina.

-Yo que me había cogido la bufanda y tampoco hace tanto frío.

-No.

-Pero la lluvia es muy incómoda, ¿verdad?

-Sí.

-Bueno, adiós maja.

Ni cuenta se había dado, la colega. Ahora imaginen qué habría pasado en el caso contrario: una vecina llega y se encuentra conmigo, dos chicas más y una mochila interceptando su camino hacia el ascensor. Pues como saben lo que hubiera ocurrido, no digo más.

Así que sí, a ustedes les digo: son unas maleducadas. A las que miran al cielo y suben las primeras en el autobús. A las que tienen pase MIP, Muy Importantes Personas, en la pescadería y se cuelan sin ningún tipo de disimulo. A las que no saludan en el rellano porque se creen las condesas de la comunidad, a no ser, eso sí, que vayan acompañadas; ante todo, quedar bien. A las que se hacen las locas y ni sujetan la puerta del portal ni esperan a que lleguemos al ascensor. A las que sólo hablan para quejarse con un ¡hay que ver! Y a las que gritan al viento eso tan famoso de qué groseros son los jóvenes de hoy en día. Pues sí señoras, con el ejemplo que nos dan no esperen una reverencia cada vez que las veamos.

Y sí, digo ustedes féminas porque la mayoría de sus esposos, por suerte, siguen siendo unos caballeros.

Su camino y el mío; el de Santiago

In 600 on 23 febrero 2010 at 4:13

Este relato ha quedado finalista en el concurso Peregrinas por el Camino de Santiago, con el título “Su camino y el mío”

El monte navarro está entre Pamplona y Puente la Reina. En medio de la tercera etapa del Camino de Santiago.

Todos los días, aunque sea en coche, recorro una parte del Camino de Santiago. Siempre la misma. Es el tramo que me acerca de casa a la universidad y que me devuelve de las aulas a estar con mi familia. Conmigo, unas veces de espaldas y otras de frente, caminan a diario peregrinos. Suelen ir en hilera, con más de veinte kilómetros en las piernas y diez kilos en la espalda, con ganas de llegar al albergue de Cizur Menor en su camino hacia Puente la Reina. Ese trecho, donde para mí comienzan y acaban los días, son dos kilómetros de curvas que suben y bajan. A veces me dan ganas de gritarles: ¡Venga! ¡Que queda poco! O un ¡Aúpa Induráin!, a quienes van en bicicleta. El trayecto lo cierran dos reliquias: un puente romano, cercano a la ciudad, y un castillo del siglo XVII que hay en el pueblo. Cerca del puente pusieron un cartel alentador: “Cizur Menor, 2km”. Unos cuantos se rinden a sus pies; tiran las mochilas al suelo y se sientan en la hierba salvaje que crece a un lado de la acera. Más allá de la señal, hay algún que otro banco rojo, descolorido y astilloso que algunos toman por trono: extienden las piernas, se remangan y campan a sus anchas. A veces, veo en un extremo de la acera una mochila sin peregrino. Éste aparece al poco de entre unos arbustos, con cara de haberse quitado otro peso de encima. De vez en cuando, si voy hacia casa, me ofrezco para acercarles al albergue. Sobre todo cuando llueve, que en Navarra es muchas veces. Hace poco, conducía mi coche hacia casa cuando me topé con un anciano. Llevaba un bastón en cada mano y bajaba la carretera por mi carril, paso a paso, sin prisa y sin miedo, con complejo de ser un automóvil.

Bon suar, ¿Puenteh la Geina? − me preguntó cuando bajé la ventanilla del copiloto. Me temí tener que llevarle hasta allá, así que até en corto.
Bon suar. Je vais a Cizur. Si vous voulez je peux le porter al albergue−. Pasaba los setenta años y olía a musgo, a calle, a peregrino de verdad. Tardó diez minutos en meterse al coche.
Mersi bocup, mersi bocup… Mi nombge es Gamón.
− El mío Paula, enchanté. ¿Qué hace andando a estas horas? Quésque vous faites walking at this time?
Pegdí a mis compañegos en Saint Jean Pied de Port. Ahoga andó soló paga cogeglos.

Cuando llegamos al albergue, le indiqué con el dedo la puerta. Le dije que no sabía si estaba abierto, pero que de todos modos gritara, que en España se consiguen así las cosas. Pero no quiso bajarse del coche.
− Es peligroso andar por ahí tan tarde…− intenté convencerle.
Ne m´importe pas. Yo ahoga andag, no dogmig.

Le acerqué a la falda de El Perdón. Le dije que, detrás del monte, caminando un rato largo, estaba Puente la Reina. El viento era fortísimo y sólo se veía hasta donde llegaban las luces del coche. Volví a sugerirle la vuelta al albergue, pero se negó. Antes de que se fuera, y chapurreando un francés de bachillerato, le pedí que rezara por una cosa. Le deseé suerte y, cuando ya se había bajado del coche, le pregunté si llevaba linterna. Enseñándome el teléfono decía:
Le movil! Le movil!

Antes de desaparecer en la oscuridad del camino, cuando las largas del coche casi no le alcanzaban, se giró para despedirse. Esa noche no hice otra cosa que rezarle a su ángel de la guarda.

MENUDO DESCUBRIMIENTO II

In 600 on 20 febrero 2010 at 13:58

Elige la misma mesa, deja el bastón en el mismo sitio, se acerca a la barra y pide “descafeinado de cafetera”. Intenta esperar de pie, pero se cansa y acaba por volver a su mesa y sentarse. Sabe que, al final, le llevaré el café a la mesa, como todos los domingos… Aunque siempre trata de llevárselo él. La misma rutina: revuelve el café, enciende el cigarro y se queda quieto, mirándome mientras atiendo a otros clientes. He llegado a pensar que durante ese rato piensa cuidadosamente su próximo comentario.

Justo entonces, improvisa una escena completamente surrealista y absurda. Más propia de una obra de Ionesco que de la vida real:

– Oye, ¿tú qué haces?– le dice a una niña de unos cuatro años que revolotea alrededor de una mesa aledaña, donde su madre intenta leer el periódico.
–Voy al cole.
–¿Eres maestra? ¡Jo!, qué suerte tienen tus alumnos de tener una maestra tan guapa.
La niña, confundida, se sonríe y luego, un poco asustada, le dice:
–No, voy a aprender.
–Es verdad, que vas a clase conmigo. ¿No te acuerdas de mí? Vamos juntos a clase.
Le arranca un pequeño chillido a la niña que, incrédula, se vuelve hacia su madre con cara de interrogación. Luken sólo me mira y se echa a reír.

Episodios como éste lo han convertido en mi visita favorita de los domingos. Ha conseguido que mis amigos, más que por el café gratis, acudan también a verme, siempre alrededor de la una, para ver qué dice Luken esta semana. Todo empezó cuando Paula, que vino a visitarme sin conocer a Luken, se creyó, pobre ilusa, la historia de que Luken es teólogo y organizador de safaris. Y decidió escribir una columna sobre su encuentro. Por su parte, Lydia quedó prendada del personaje y quiso venir a conocerlo. Él, feliz por la fama recién adquirida, intentó no defraudar. Le preguntó a Lydia que de dónde era y si conocía su pueblo. De ahí saltó a su nacimiento: “Cuando nací pesé solo 450 gramos. No me cabía el alma, por eso soy un desalmado”. La conversación duró poco más. Duró exactamente hasta que su hermana, que en esa ocasión lo acompañaba, le escuchó decir: “Mi problema es que tengo muy buena memoria: me acuerdo hasta de cuando me daban el pecho”. Hasta el siguiente domingo.

Sus historias, tan graciosas y ocurrentes como falsas, dejan boquiabierto a cualquiera. Es casi más fácil comprender que, a pesar de su cáncer, siga fumando, que el hecho de que con su edad e historial médico pueda tener tal sentido del humor. Su hermana, que lo suele recoger después de misa, me contó una vez que sus ingresos en la Clínica no duran más de un par de días. Los constantes piropos que lanza a las enfermeras, sus chistes y sus ganas de fiesta hacen que le den el alta, más por su buen estado de ánimo que por su salud.

“¿Sabes qué me gustaría probar? Tus labios a la plancha”. Un comentario que si viniera de otra persona me haría sonrojar, viniendo de él, siempre me arranca una sonrisa. “Anoche fue la mejor noche de mi semana: soñé contigo”. Sus cumplidos nunca cesan, y aunque se repitan, no pierden la gracia.

Todos los domingos, tres piernas anuncian su llegada. Bajito, de ojos saltones y sonrisa amplia y cuarteada por la edad. Su espalda encorvada hace sospechar una vida plagada de trabajo. ¿Edad? Se suma 10 años para que le digamos: “¡Qué bien se conserva!”. Todos los días me pregunta si conozco su pueblo, y siempre contesto que no. ¿Alzheimer? Ganas de hablar. Y sobre todo ganas de reírse.

Nuevos expertos

In Calamares en su tinta on 16 febrero 2010 at 16:43

Cuando voy sola en autobús me lo paso pipa porque me creo una espía descubriendo códigos secretos entre simples pasajeros. Sí, creerán que estoy loca, pero si leo, me mareo. El otro día me topé con algo sorprendente: una chica que rondaba ya el cuarto de siglo  le decía a su amiga: “Ese no es un mensaje de contestar al momento… espera un poco y hazle sufrir”. Yo, perpleja, me dediqué a investigar sobre el asombroso mundo de los ‘sms’ y llegué a algo mucho más sorprendente: el fascinante universo de las llamadas perdidas.
Sólo con llamadas perdidas hablamos mil cosasPrimero hay que clasificar personas. Unas hacen una llamada perdida para que las llames porque no tienen saldo suficiente; otras llaman como queriendo decir: “Hola, que sepas que me acuerdo de ti”; incluso las hay que dan avisos del tipo: “Hola, a ver si te acuerdas de mí, porque yo, como ves, sí que lo hago y por eso te acabo de hacer una perdida”. También, me he dado cuenta de que hay familias que tienen el método desarrolladísimo: un tono es “compra el pan”; dos, “llego tarde, haz tú la comida”; tres es “ve a buscar a los niños”. Uno largo, dos cortos y otro largo es “se me ha hecho tarde en la peluquería así que no voy a poder ir al médico con el crío, ve a buscarlo a natación, llévalo al ambulatorio y no lleguéis tarde, por favor, que me ha costado mucho conseguir la cita”. Y así, innumerables combinaciones.

Después hay que tener en cuenta la hora… las connotaciones son inmensas y existen verdaderos expertos en este sutil idioma. Si cualquier día laborable en hora laborable recibes un casi inaudible pitido en tu teléfono, alguien letrado en el tema te dirá: “Nada, seguro que se ha equivocado, es que Fulanito tiene móvil nuevo y todavía no lo controla bien”. Si descubres una llamada perdida un viernes a horas intempestivas, tu fiel amiga y sabedora de significados ocultos te aclarará que: “Seguro que Menganito está en la discoteca y se ha acordado de ti”. Y si el momento elegido es, por ejemplo, un domingo a las diez de la noche, quien tengas al lado -siempre hay alguien- dirá nervioso: “Uy, ¿a estas horas?, ¿un domingo? Yo creo que le pasa algo, será mejor le llames”.

Las situaciones también cambian según el grupo social. Una adolescente dirá: “Tía, qué fuerte, Sergio me acaba de hacer una perdida” A lo que la interlocutora responde: “¿Y qué ha pasado?”. Y la amiga (muy ofendida): “Pues eso, tía, que me ha hecho una perdida”. Llámenme maniática, pero esto es raro.

Hasta se puede medir el tiempo con las llamadas, pero no se confíen, no es fácil…Un amigo dice que va a buscarte y que cuando salga de su casa te hace una perdida. Entonces, tú comienzas a hacer cálculos que suelen rozar la esquizofrenia: vale, sale de casa, baja al garaje y con la hora que es, pillará atasco, así que…calculo quince minutos desde la perdida hasta que llegue… Pero sigues cavilando: no, porque como él sabe que habrá atasco, puede que vaya por la circunvalación y entonces está en cinco minutos… O: no, porque a estas horas seguramente tendrá que llevar a su hermana a ballet y entonces son unos veinte minutos… Al final, bajas pronto y tienes que esperar, o decides ir con tranquilidad y tomarte tu tiempo y entonces tu amigo te ha hecho ocho perdidas. En este caso el significado lo descifro hasta yo: “Joder, baja ya, que te estoy esperando, ¿no te he dicho que te hacía una perdida al salir de mi casa?”.

Tras mis investigaciones y tener amigos que llevan cuatro años con un euro de saldo, he llegado a la conclusión que ahora comparto con ustedes: la gente tiene mucha jeta.

ANTES DE QUE SE MUERAN

In A tinta fría on 16 febrero 2010 at 0:45

Cuando nací, ellos ya eran viejos. Ahora que yo cumplo más de veinte, los dos siguen igual que entonces. En esos años sólo ha cambiado una cosa. Por lo demás, uno y otro visten con la misma ropa. La abuela tiene unas pocas faldas que no entienden de colores, y varias chaquetas de punto, de algodón y lana. El abuelo tiene por lo menos dos pantalones. Unos gris marengo que se pone en invierno y unos beige para cuando se aleja la primavera. El resto son camisas: las de ella de seda, a veces estampadas con rayas, y las de él de algodón azul clarito, como sus ojos. Hace tiempo que la abuela no sale de casa, no quiere que los vecinos vean que le cuesta mantenerse en pie. Desde entonces se dedica a cocinar y a tomar tentempiés. Cuando no está en la cocina enseñándole a hacer guisos a las rumanas que les atienden, está en el baño; y si no en el salón. Ahí es donde los dos ven pasar lo que les queda de vida. Hace no mucho les compraron dos butacas de esas que tienen un mando para subirlas o bajarlas. Están puestas a cada lado de una mesita de cristal rectangular que hay en el centro del salón, delante de un sofá grande. Al lado del abuelo hay un cenicero; al lado de la abuela un vasito de coca-cola, un plato con pastas y una agenda, un calendario, varios periódicos, libros, alguna caja, un listín telefónico, el teléfono, una campanilla, el pastillero, flores secas y muchas cosas que ella encuentra de máxima utilidad. Una vez me regaló una caja llena de postales escritas por desconocidos. La abuela lee muchísimo y sabe recitar poesías eternas. Siempre que termina le pido el título, pero luego nunca me acuerdo. Hasta que vuelve a recitarla. El abuelo también ha leído mucho, sobre todo de política. Por eso el salón, los cuartos, la casa entera está llena de libros, enciclopedias, diccionarios, manuales y papeles de todas las materias. Casi siempre que un periódico vende libros por fascículos, se suscriben a la entrega. También cuando salen películas. Desde sus sillones ven juntos la tele, rezan el rosario y reciben las visitas. Sé que se morirán sentados en esos butacones nuevos. Parece que el tiempo no pasa para ellos, pero ya están cerca de cumplir los cien años, que no pueden decirse de soledad. Me fastidia. Hace un par de años descubrí lo mejor de esos dos abuelos. Cuando me dejo caer por ese salón, yo también me adueño de un sofá, verde duro y con orejeras. Puedo estar varias horas mirando cómo se duermen y les baila la cabeza hasta volver a dormirse. A mí también me entra el sueño. Entonces entiendo por qué dos personas pueden estar así por muchos años sin cansarse. Desde su rincón, el abuelo casi centenario piropea a la abuela cada cierto tiempo. Ella hace como que no ha oído y deja caer sus ojos en el periódico; pero por dentro se sonríe. Otras veces la abuela suelta algún comentario hiriente y él protesta por lo alto; pero en el fondo se sonríe. En cierto modo fue inteligente quien puso las dos butacas separadas por la mesita de cristal rectangular. Yo se lo agradezco, porque así el sofá verde de cuero duro sólo cabe en una esquina. El mejor ángulo del salón. Hace varios años ese sitio estaba reservado para los mayores. Los pequeños teníamos que ir al cuarto de jugar, a aburrirnos con indios de plástico barato que guardaban en una bolsa de basura. Me asustaban las tardes de domingo. Eso no ha cambiado, y aún me cuesta aparecer en la Calle Amaya algún fin de semana. Pero ahora que ya soy mayor y no me afectan las leyes de la butaca verde, veo las cosas desde otro ángulo. Y sólo deseo parecerme a ellos.

ZÂHID

In Calamares en su tinta on 11 febrero 2010 at 0:58

Fui a buscar un pastor y encontré un vendedor de hachís. Así, sin querer, de camino a Artajona.

Una mañana, sin nada mejor que hacer, unas amigas decidimos ir de excursión, como en los viejos tiempos. Vimos un rebaño de ovejas a cinco kilómetros del destino y la curiosa conductora paró el coche. ¿Por qué? No tengo ni idea. Sólo sé que tras estacionar en la cuneta, mis compañeras (que ya no amigas) emprendieron el camino campo a través. Yo intentaba evitar que pisaran siembras ajenas por respeto al trabajo de otros, y más en tiempos de crisis.

Ovejas y piñas

Si les soy sincera, soy la típica urbanita: ir al cine, al centro comercial, arriesgar la vida en los semáforos, coger autobuses congestionados… Sí, me gusta eso y si llueve mejor porque no hay tanto insecto. Pero, claramente, no les iba a decir a mis decididas acompañantes (mi estima hacia ellas disminuía por momentos) que parecían cabras descarriadas y que una cafetería de Artajona nos esperaba con las puertas abiertas; sino que, como excusa, les expliqué que yo de pequeña ya había tenido la gran oportunidad de brincar entre pastos, esto es cierto, y que no era nada fuera de lo normal. No me hicieron caso y subieron monte arriba. Sí, es un pleonasmo, pero es que yo intentaba subir monte abajo. Al final las seguí, porque tenía la extraña sensación de que si no iba, me iba a perder una gran historia. Llegamos a un claro y ahí estaban. Las ovejas.

-¡Ojo con el perro!

-¡Cuida con el flash que se asustan!

-¿Y si el pastor se cabrea?

Los perros ni se inmutaron, las ovejas nos miraban atentas como preguntándose “¿Y éstas qué coño hacen aquí?”. Yo las miraba dándoles la razón. Y el pastor, lejos de enfadarse, vino al encuentro porro en mano, “¡Hola chicas!”. Ahí pasamos la mañana y mis amigas volvieron a recuperar su rango de “amigas”.

Zâhid, diecisiete años en Italia, dos de ellos entre rejas. Pastor de 800 ovejas y vendedor de droga. Marroquí y con menos dientes de lo normal. Lo único que quiere es que su jefe le consiga los papeles para poder volver a Marruecos y seguir vendiendo droga porque no tiene miedo y en el monte admite que se está volviendo loco.

Yo no busqué y encontré a Zâhid y mi historia, mientras que la policía le sigue la pista y no le localiza. Así que por favor, guárdenme el secreto.

CAPÍTULO 27

In 600 on 9 febrero 2010 at 17:04

Era alto, delgaducho, con el pelo negro, orejas visibles, y nariz judía, típica judía; tenía los ojos caídos, negros y grandes. Un tío sin más. Tuvo algún hijo y se casó dos veces. Antes había estado en la guerra o algo así y ya parecía que le gustaba escribir. Bueno, de todos modos sólo escribió algún cuento y una novelucha sin fotos ni nada en la portada, “El Guardián entre el centeno” se llamaba. Probablemente habrán oído hablar de ella. Yo la leí, era bastante buena y el tío este se hizo famoso y todo, no se vayan a creer. Hablaba de un chico que habían expulsado de un colegio y que se marchó a Nueva York y que quería saber dónde metían a los patos cuando se congelaba el lago de Central Park. Y que quería mucho a su hermana. Y que se metía con todo el mundo. Yo creo que no encajaba bien en ningún sitio, estaba un poco solo el muchacho y, al final, termina en un psiquiátrico; pero a mí no me pareció loco, sólo un poco raro.

Se me ha olvidado decirles que el escritor se ha muerto. Tenía casi cien años, así que tampoco es tan raro. Pues se ha armado un revuelo bastante grande, cosa que no entiendo porque ha debido ser por causas naturales. Ahora se habla de él, que pienso yo que no sé de qué van a hablar porque se ha debido pasar cuarenta años sin salir de su barrio. Bien que hacía, así no tenía que dar explicaciones a nadie. Bueno, imagino que a sus amigos sí. Me cae bien, aunque yo tampoco lo conozco porque ya les digo, que no hablaba con mucha gente ni salía en la tele ni nada. Por eso no entiendo a esa gente que se inventa la vida de los demás y que cuenta cosas que no son suyas. No los aguanto, parece que no tienen historias propias que contar y siempre hablan de otros. Son unos aburridos. Un día, conocí a un chico que era así, Jorge creo que se llamaba y se pasaba todo el día paseando por los pasillos del colegio haciéndose el simpático y luego iba contando cotilleos de todo el mundo. Bueno, pero da igual, esto no les interesa.

Pues nada, que me da pena que el escritor se haya muerto, era bueno. Me imagino cómo será cuando yo me muera y espero que alguien pueda decir que hice algo bueno, o que escribí una gran historia; pero que no se inventen cosas, ni que nadie viva a mi costa. ¡Jo!, la verdad es que no me quiero morir, pero todos moriremos algún día, ¿no? Puede que cuando me muera descubra a dónde van los patos cuando se congela el lago de Central Park.
Capítulo 27

EPÍLOGO

…Si Salinger no nos quiso desvelar sus secretos, no intentemos entender quién era, cómo vivía o por qué desapareció; sino que sigamos en silencio, porque ese silencio habla y dice todo lo que Salinger quiso que supiéramos. Callen y escúchenlo hasta que nos vuelva a llamar desde la estantería. Allí encontraremos un libro menudo, sin ilustración en la portada, como de clase media, de esos que pasan desapercibidos hasta que los conoces. Eso será todo, porque sólo podremos averiguar quien fue Salinger a través de sus palabras. O quizá no. Sus secretos se los ha llevado a la tumba, así que no molestemos a los muertos, no vaya a ser que se despierten.

Ya saben, no cuenten nunca nada a nadie. Si lo hacen empezarán a echar de menos a todo el mundo.

Acompáñame al médico

In 600 on 9 febrero 2010 at 1:48

Un profesor nos ofreció hacer encuestas a la gente a cambio de algún dinero. Como tengo previsto hacer un viaje, era una oportunidad de oro; sobre todo porque cobraríamos a diez euros la encuesta. Como la oferta era tan atractiva y nosotros demasiado pobres, nos ofrecimos once estudiantes; así que cada uno tendría que hacer tan solo cuatro encuestas. El trabajo me supo a poco y me quedé con ganas de más dinero fácil, por eso me presté para hacer una quinta que iba dirigida a una persona sin estudios de ninguna clase. Sencillo: una tarde de bares y seguro que encuentro a algún hombre de puro y pacharán un poco rebelde y muy trabajador.
-¿Usted acabó los estudios de primaria?
-Sí, bueno, yo estudié el bachillerato; es que nos obligaban.
-Pues nada, no sirve para la encuesta.
-¿Por qué no te vas por ahí, a Berriozar, y coges a algún jitanico?
Y otro:
-A mí me dieron… ¿cómo se llama ese papel que te dan cuando acabas?
-Diploma.
-Eso, yo lo tengo por ahí; pero vamos, como si no hubiera hecho nada. ¿Por qué no rellenas tú misma las preguntas?
Hasta las seis de la tarde…

Volví después de un par de horas al mismo bar con la esperanza de que, como la lluvia había amainado y el bar es conocido, algún vejete se habría animado a salir de casa. Y encontré cerca del local a una señora de la posguerra.
-Perdone, buenas tardes…
-¡Ay, ay! ¿Me ayudas a entrar en casa? Es que se me ha olvidado el paraguas y no puedo abrir la puerta.
-Sí claro, yo la ayudo, pero…
-Verás, tengo que ir a que me pongan una inyección porque me duele mucho la cabeza. Hace años que me duele mucho y a veces voy para que me quiten el dolor. Pero la chica no quiere acompañarme y no le importa que me vaya sola.
-¿Y por qué no le dice a la chica que le acompañe y punto?
-¿Tú puedes acompañarme?
Sin quererlo, estaba dentro de su casa intentando convencer a la chica sudamericana, para que se fuera con la anciana de chaqueta y falda al centro de salud. “Le dije a la señora que la acompañaba después de quince minutos… Tiene que esperar a que le hagan efecto los medicamentos”. Entre frase y frase, la señora se escapaba por la puerta.
-Vamos, vamos; que luego ella nunca me lleva.
-No, mire, siéntese un rato en el sofá y espere un cuarto de hora. Ella ha prometido que le llevaría al hospital y, si no, a dar un paseo. Verá cómo sí que le acompaña.

Me dio pena dejarla triste, con esos ojos azules agrandados por unas gafas bifocales y amarillentas. Pero yo tenía que trabajar, así que bajé de nuevo al bar y me senté a tomar una coca-cola para hacer tiempo: los buenos cazadores esperan a sus presas una eternidad. En la pared de enfrente había una cristalera, varios ordenadores y una pantalla perfecta para televisar partidos de fútbol; o un documental sobre animales de las Galápago. En ese momento, un cangrejo de pinza gigantesca le arrancaba el lomo a un pez muerto; al poco, una especie de cigüeña bebía de un charco mugriento; así que dejé de verlo cuando las iguanas mordían una foca o algo parecido. Había mucho ruido y no aparecían viejos. Antes de irme vi por el cristal un paraguas gigantesco y una pareja de mujeres. Reconocí a la sudamericana, pagué y me fui a casa conociendo algo mejor que los resultados de una encuesta imposible.

Una recomendación

In 600 on 5 febrero 2010 at 2:34

“Vagón-bar” es un libro de José Francisco Sánchez que les recomiendo. En las columnas que me han gustado he puesto un post-it amarillo y uno verde en las que no. Resultado: cinco a dos. Me restaba hacer una criba para que el final del partido fuera empate a uno; pero como llevo treinta minutos intentando cambiar el marcador y no hay manera, he decidido mantener ganador al equipo amarillo.

Tarjetas rojas del encuentro. Sin culpa, sin perdón no llega a convencer. Me explico. Es una buena columna, la enumeración de pecados y pecadillos da que pensar y el final es, aunque previsible, tajante y honrado. El problema es que una se queda con ganas de más profundidad. Maneras de morir es la que menos me ha calado, simplemente porque no me interesaba. Se me puede achacar que no me gusta pensar en reflexiones sobre la muerte o porque me da pánico. Mentira. Tenía que elegir alguna y aquí está; creo que el cuarto párrafo es confuso y hay saltos bruscos entre ideas o, simplemente, que no es un relato fascinante.

Las mejores jugadas. Las narraciones sobre personas cercanas son apasionantes, hay muchas y alguna es especialmente buena. Sin embargo, creo que cuando se escribe sobre una persona querida es muy difícil hacerlo mal porque, al final, son homenajes y no hay más remedio que homenajear como es debido. Entre ellas, me quedo con JB+ y el motivo es bien absurdo: yo también tengo un amigo JB (uno que hace honor a su nombre, pero con moderación) y ya se sabe que la cercanía siempre es un punto a favor; es una historia de fidelidad y constancia que resulta entrañable. De él es otra de las impactantes, sencilla, ilustrativa y educativa; es una de esas historias que, irremediablemente, te llevan a pensar en otra cosa. En este caso, en mi padre y en lo que me ha enseñado. Pienso que Paola y Pedriño es el gran tesoro del libro, emociona poco a poco, tiene un ritmo pausado con toques de humor y arranca una sonrisa al final; y eso es lo que más admiro cuando leo una columna: esa sonrisa que dura unos segundos más y no me deja empezar la siguiente hoja como si nada hubiera pasado.

Aún me quedan dos tantos. Uno es Dígale que la quiere mucho y es por una razón personal: ya leí esta columna hace tiempo. No creo que fuera en 1994 porque en aquellos tiempos iba a cumplir ocho años y, aunque la vocación de periodista lleva tiempo acompañándome, dudo que a esas edades anduviera ya leyendo columnas. Sería en algún otro momento y en algún otro lugar, pero me marcó y nunca la volví a encontrar. Hasta hoy. Así que, por eso, porque lleva en mi memoria muchos años, tendrá que tener algo. En los últimos minutos del partido se marcó un gol de campeonato: Van Gaal, porque una se siente identificada cuando se habla de pisos de estudiantes y porque una columna que consigue arrancar carcajadas merece la pena.

Para terminar, mi elección es el PRÓLOGO. Brillante. Porque la primera frase te hace seguir leyendo irremediablemente, es de esas  que piensas “Esto tiene que ser bueno”. Porque lo que presentía cuando leía se contestaba un párrafo más abajo, que piensas “Parece que me está escuchando”. Y porque el último párrafo confirmó lo que sospeché dos páginas antes. Efectivamente, terminé el libro, elegí más columnas buenas que malas y no las comenté detalladamente porque, aunque el profesor López-Pan lo haya mandado, no soy quién para ir analizando lo que escribe Paco Sánchez. Faltaría más.

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