Son las palabras que llenan una hoja

¿Nombre?

In 600 on 28 febrero 2010 at 8:58

Ahora que Rocío por fin ha dado a luz, el nombre del niño ha quedado fijado, al menos por ahora, en Juan (Juanito para los más cercanos). La decisión no ha sido fácil, ni siquiera porque es el nombre del padre. Uno pensaría que si la criatura finalmente se va a llamar como algún familiar, la decisión menos complicada que inventarse el nombre… Esto sólo ocurre en las familias más tradicionales y faltas de creatividad donde todas las mujeres se llaman María y todos los hombre Javier… ¡No hay tu tía! (literalmente).
En otras casas el nombre se presta a discusión. Por el lado de la madre, hubo un tío abuelo, Gumersindo se llamaba, que fue una excelente persona y lamentablemente no tuvo hijos, motivo por el cual algún sobrino nieto está en la obligación de llamar a su primogénito así. Hay que fastidiarse, aunque lo quieras mucho, Gumersindo será. El padre, por su parte tiene que ceder ante la presión, pero sobre todo ante la promesa de que el nombre más feo de alguno de sus antepasados recaerá sobre su siguiente hijo. Un caso ejemplar es el de mi amigo José Antonio: su abuelo murió en la cárcel junto a José Antonio Primo de Rivera, y desde entonces, todos los primogénitos de la familia alternan entre el nombre del abuelo y José Antonio. Menos mal que al menos el nombre es bonito.
Leyre, mi hermana, tuvo una amiga que se llamaba Federica. No está mal, es un nombre bonito, incluso de la realeza, si se quiere. Ahora bien, su hermano se llamaba Mariano. ¿No hubiera sido más fácil llamar Federico al niño y Mariana a la niña? Pues no. Mariano y Federica. El género no respondía a motivos ancestrales, sino más bien al mero hecho del gusto. Que cuando los padres se encaprichan, no hay nada que hacer.
En España se llevan mucho los nombre religiosos y/o de objetos inanimados por igual: Inmaculadas, Soledades, Rosas y Hortensias… incluso algún astro se escapa también, de vez en cuando, a la pila bautismal. Los casos más paradigmáticos se dan en euskera: Aritz (roble), Lorea (flor) y Hodei (nube). Ahora bien, si lo que se busca es exotismo, basta con acercarse a Latinoamérica: que te casas con una fan de Michael Jordan, pues le pones a tu hijo Maikel Yordan de Jesús González; que la primera risa del niño es viendo a los teletoobies , pues lo llamamos Teletuby Pérez. No, no se extrañen, que el Latinoamérica los niños se bautizan casi para hacer la comunión, o sin casi.
En ocasiones el amor de los padres hacia diferentes familiares, famosos y/u objetos de moda condena a sus hijos a la más absoluta infelicidad. Nombres como Penélope, con un impúdico diminutivo, u Horacio que tiene (póngase aquí la palabra que se desee) en el espacio han hecho llorar a más de uno.
La elección del nombre es difícil, y debe ser realizada con cuidado para evitar rimas malsonantes y combinaciones de nombre-apellidos dañinas para la salud mental del niño (Monica Bayo, por ejemplo) Pero, al final, todo esfuerzo resulta inútil una vez que los hijos empieza el colegio y sus amigos deciden rebautizarlo con el apodo “Pichu” o “El greñas”. Entonces, después de tanto romperse la cabeza, ya no hay nada que hacer.
Por eso, yo sugiero que le dé al niño el nombre le dé la gana: Optimus, Megatron, Bimbo, Bonifacio, Yasuri, Lacuisha… Con un poco de suerte sus amigos lo llamarán Juan.

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  1. Y donde quedaron Usmail, Usnavy, Denis o Denefiu………..
    No debemos perder nuestra raices…..

  2. Me ha gustado mucho. Y es muy cierto lo de los nombres en Latinoamérica. Los más raros que me he encontrado son Iloveny ( I love New York) y Silver Osorio.

  3. ¡¡¡Pecadora!!!

  4. El tema es sugerente, y está bien explotado. Con gracia. En mi opinión, el ritmo mejora conforme avanza el texto. Creo que las líneas iniciales podrían ganar en dinamismo, y suprimiría uno de los dos “ahora” que hay en la misma frase, la primera de la columna. Tampoco me convence alguna coma ni el siguiente renglón: “Uno pensaría que si la criatura finalmente se va a llamar como algún familiar, la decisión menos complicada que inventarse el nombre…”. Pero vamos, minucias.

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