Son las palabras que llenan una hoja

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POBRE GARZÓN

In Tintarías on 24 marzo 2010 at 21:17

Me sorprende la cultura del pueblo español y los niveles insospechados de estupidez a los que se puede llegar en nombre del saber y la libertad. Me causa fascinación que más de cien escritores, músicos y actores firmen un manifiesto en el que expresan su “preocupación social” por el acoso legal al juez Baltasar Garzón.
Aunque vivamos en democracia, no todo es, ni debe ser, democrático. La libertad de expresión nos permite opinar y hablar de lo que queramos. Pero no nos da vía libre para decidir o actuar de acuerdo a nuestras opiniones. Mucho menos, para proceder democráticamente en cuestiones en las que los profesionales son los únicos que conocen los criterios para decidir. Nadie que no sea médico debería opinar sobre si un enfermo de cáncer debe recibir tal o cual tratamiento. Del mismo modo, nadie que no sea un profesional del derecho puede decir si una causa debería abandonarse o perseguirse, por mucho que sea madre de un actor galardonado o hijo de Rita la Cantaora.
Los firmantes son miembros de un colectivo de artistas, cuyas opiniones políticas, como colectivo, son cuando menos irrelevantes, y, cuando más, irreverentes. Según ellos “la sociedad identifica y agradece la dedicación de Garzón y su lucha contra la delincuencia, el terrorismo y la corrupción”. Ahora bien, la sociedad agradece la dedicación y la lucha contra la delincuencia, el terrorismo y la corrupción por parte de cualquier magistrado. Es más, lo que realmente hay que agradecer, es que no desechen la causa contra uno de sus colegas, porque eso significaría que la Justicia en España va peor de lo que todos pensábamos. Si el Tribunal Supremo se negó a archivar el caso Garzón, acusado de prevaricación, cohecho e interceptación legal de comunicaciones, no le faltarán motivos. Y muy buenos tienen que ser, porque por lo general, entre bomberos, no se pisan las mangueras. Ya se ve que no es moco de pavo que después de recibir dinero de Botín durante su estancia en Nueva York, Garzón instruyera la causa de su mecenas.
El Tribunal Supremo es el único capacitado por ley, según el artículo 160 de la Ley Orgánica del Poder Judicial, para “dirigir la inspección de los Juzgados y Tribunales en los términos establecidos en la propia ley”. Dicha ley no contempla que la opinión pública o el iluminado de turno decidan qué causas se deben seguir y cuáles no. Y creo que tampoco debería contemplarlo. Los artistas son libres para participar públicamente del debate político. De acuerdo. Pero la Justicia no se elige en las urnas, y eso hay que tenerlo muy presente.
La cúpula de abanderados de la cultura española se justifican diciendo que “las dimensiones de inconcebible acumulación que está tomando el caso” les hacen temer que pueda llegar hasta los tribunales internacionales y que se pueda quebrar la confianza en las instituciones. Es raro que estos librepensadores se adhieran a tan incoherente postura, que sería como decir que no hay que juzgar a un sacerdote para no quebrar la confianza en la Iglesia. Y seguro que ninguno defendería tal postura con la misma vehemencia. ¡Qué abogados, los de Garzón!
Supongo que ese es el problema de la democracia. Todos creemos que podemos, y debemos, opinar. Pero no le faltaba razón a Ortega y Gasset cuando escribió: “La democracia, como democracia, es decir, estricta y exclusivamente como norma del derecho político, parece una cosa óptima. Pero la democracia exasperada y fuera de sí, la democracia en religión o en arte, la democracia en el pensamiento y en el gesto, la democracia en el corazón y en la costumbre es el más peligroso morbo que puede padecer la sociedad”.

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Una esquirla de 306 metros

In 600 on 24 marzo 2010 at 17:34

En el siglo XVI, muchos barcos surcaban Londres por las aguas del Támesis. Barcos con altos mástiles de madera y velas anchas hoy convertidas en motores ruidosos que manchan el río y la belleza de una ciudad centenaria. Miles de turistas cruzan el Puente de Londres todos los días, pero casi ninguno baja la mirada al agua. La gran mayoría pierde la vista en el horizonte norte, en la cúpula de la Catedral de San Pablo, por ejemplo. Sin embargo, dentro de un par de años, los turistas cruzarán el río en dirección contraria para admirar de cerca el tamaño de la Torre Shard. Aún no lo hacen porque este edificio cuenta ahora con tan sólo 20 pisos de altura. Pero cuando lo terminen, en 2012, tendrá 87 plantas distribuidas a lo alto de 306 metros. La Torre Shard: el edificio más alto de Londres y de la Europa del 2012.

Su arquitecto es muy conocido, quizá no tanto por su nombre, Renzo Piano, como por diseñar junto con su compañero Richard Rogers el Pompidou, obra con la que comenzó su exitosa carrera. A partir de ahí, el italiano ha ido construyendo edificios por el mundo entero. Menos en Sudamérica y la Antártida, sus obras se yerguen en todos los continentes, sobre todo en Europa. En París ha diseñado hasta diez edificios y, profeta en su tierra, seis obras en Génova, de las que una es su estudio. Pero volvamos a Londres. Allí descansan dos piezas suyas: un bloque de edificios de colores situado en Candem Town y la torre que todavía germina. Cuando acabe de crecer, la Torre Shard estará cubierta de cristal y tendrá forma de pirámide. A pesar de su diseño moderno, Renzo Piano dice que le recuerda a los chapiteles del sigo XVI o al mástil de un barco de aquella época. Por esto último, el lugar donde se construye parece muy apropiado: fondeando a orillas del Támesis. Sobre todo, encaja en la ciudad, y es que Londres es un lugar que admite estilos tanto modernos como clásicos; en los que la mole del Tate Modern se eleva al compás de una reconstrucción del teatro original de Shakespeare, que se quemó en el siglo XVII. La nueva torre es un centro acristalado de algo más que negocios y que se tornará azul, gris, rosáceo o naranja dependiendo del cielo que se refleje en sus ventanales. Además de 24 pisos de oficinas, en el edificio habrá apartamentos, un spa, restaurantes, hoteles y una galería que ocupará los cuatro últimos pisos utilizables. Se espera que por esa galería pasen dos millones de turistas al año. En el London Eye, que parece más una rueda de bicicleta que una órbita ocular, se dejan caer unos tres millones y medio de personas a lo largo del año. Cada una paga  unos doce euros por subirse a ella y alcanzar los 135 metros de altura que tiene la rueda. La Torre Shard aún no cobra una libra por acceder a su galería, pero seguro que lo hace en cuanto pueda. Si la entrada a la galería tuviera el mismo precio que la del London Eye, en menos de dos décadas recaudaría los más de 350 millones de euros que cuesta su construcción. Y, si duplica el precio a 20 libras con la excusa de que mide mucho más, se conseguiría ese dinero en menos de diez años. El caso es si debería tener ese precio subirse a la auténtica torre de Mordor y, ahora sí, al verdadero ojo de Londres sin que le quiten al turista el suyo de la cara.

Israel: un país

In Calamares en su tinta on 23 marzo 2010 at 18:17

Israel, hace poco más de un año, bombardeó Gaza porque Hamás había roto una tregua lanzando cohetes contra objetivos israelíes; también invadió la Franja por aire y por tierra. La guerra terminó el 18 de enero de 2009 tras veintidós días de enfrentamiento.  Ahora vuelve a suceder lo mismo: Hamás lanza un cohete e Israel responde con bombardeos. Dejando a un lado asentamientos, Obamas y Netanyahus, la historia se repite.

¿Por qué Israel se ha convertido en un país tan poco valorado?, ¿por qué hay un clima de antisemitismo generalizado?, ¿por qué la causa palestina provoca tantas simpatías? Puede que la razón sea que en menos de un mes murieron más de mil personas (las cuentas difieren entre las fuentes palestinas e israelíes, pero todos asumen que se superó el millar). Además, puede que sea porque de esas víctimas, el porcentaje de militares del Ejército [israelí] fue mínimo y el de civiles israelíes, nulo. También puede ser porque sabemos quién tiene las piedras y quién los tanques, quién tiene el apoyo de Estados Unidos y quién no. Y por eso, es natural al ser humano, hay un posicionamiento del lado del más débil. Seguramente la razón subyace en que no se comprende la respuesta desproporcionada de Israel. Pero todo en esta vida está a una escala de grises, el problema radica en que el conflicto en Gaza es negro oscuro: el acuerdo se torna imposible.

Ahora bien, en el otro frente los bombardeos masivos se justifican porque Hamás es un grupo terrorista y hay que defenderse. Porque los misiles israelíes no van dirigidos a hospitales, sino a los coches aparcados a su lado, repletos de armamento de Hamás. Porque cuando atacan un colegio se debe a que los terroristas están ahí primero disparando. Porque cuando muere un miembro de la Luna Roja suele ser causa de que los milicianos le han utilizado como escudo humano. O porque tienen que demostrar su fuerza ante el peligro, ya no sólo de Hamás, sino también de Hezbolá, de  Al Qaeda y de Irán. Recuerden que al final Goliat murió derrotado por la piedra de David.

Seguiremos viendo día tras día noticias sobre las crueldades del conflicto palestino-israelí porque los periódicos, en especial los de izquierdas, necesitan noticias sobre el Estado israelí –que no Estado judío–  igual que los países árabes necesitan que Gaza se mantenga como está para justificar de algún modo sus acciones. El panorama es negro, también,  porque se podrá hacer cambiar de parecer a muy poca gente. Puede que se necesite un poco más de información para ver las cosas más equitativamente, que no de forma  contraria, porque no hay excusa para, es verdad, la desproporción de los ataques contra Palestina. Algo más de información para valorar a un país que es líder en tecnología con el mayor porcentaje de ingenieros por habitante y líder en agricultura con sandías creciendo en el desierto; un país que ha tenido en su gobierno ministros árabes; un país en el que no todos son rabinos con kipá por la calle, un país en el que hay discotecas y un país al que va la Oreja de Van Gogh de concierto. Un país, al fin y al cabo, que es una de las pocas democracias de Oriente Próximo. Sólo por eso, habría que admirarlo, tan solo un poco.

Explicaciones no, información

In 600 on 17 marzo 2010 at 20:07

Lo mínimo que podía exigir España a Venezuela era explicaciones.  Ni es la primera vez que se descubre que los etarras campan a sus anchas por la tierra de Bolívar, ni es la primera vez que los nexos entre la guerrilla colombiana y el Comandante venezolano salen a la luz. La relación entre ETA y las FARC no es sino la consecuencia lógica de que Chávez los cría y ellos…

En 2002 el Gobierno de Venezuela  entregó a los etarras Sebastián Etxaniz y Juan Víctor Galarza a la justicia española. Ambos etarras habían obtenido la nacionalidad venezolana, motivo por el cual, después de su extradición, los abogados de Galarza presentaron una denuncia contra el Estado de Venezuela por “deportación ilegítima”. La negociación entre los abogados y el gobierno chavista finalizó con un pacto para indemnizarlos con 325.000 euros, según publicó aquellos días la agencia VascoPress. Independientemente de la cantidad o de la forma de pago, sorprenden dos cosas: la facilidad con que se nacionaliza la gente en Venezuela, y el descaro con que el gobierno de Chávez negocia con terroristas.

¿Un caso aislado? En 2001, José María Ballestas, miembro del ELN (ejército de Liberación Nacional) fue capturado en Venezuela. Su extradición no fue posible gracias a la intervención de Luis Miquilena, Ministro del Interior venezolano en aquel entonces. En 2005, Juan José Martín Vega, “El Chigüiro”, fue capturado en la República Bolivariana y extraditado meses después con el consiguiente berrinche de Hugo Rafael. En 2006 fue Albeiro Alonso Jiménez Ramírez, “El comandante Jiménez” el apresado, sólo por nombrar algunos de los casos más sonados.

El territorio venezolano es cada vez más fértil para la germinación de campamentos de las FARC. La frontera oeste con Colombia está plagada de narco-colombianos nacionalizados. “El Ángel”, pseudónimo que utilizan los guerrilleros para referirse a Chávez, no sólo los nacionaliza en menos que canta un gallo (de alguna manera tiene que ganar las elecciones) sino que, además, les proporciona la vía perfecta para la distribución de la coca hacia Europa y Estados Unidos.

¿Qué gana Chávez? La muerte de Raúl Reyes (FARC) en 2008 desveló algunos de los secretos mejor guardados sobre las relaciones Venezuela-Colombia. En los ordenadores se encontraron emails en los que los guerrilleros informaban a Reyes sobre el interés mostrado por el gobierno venezolano en conseguir entrenamiento para las milicias bolivarianas.  Quid pro Quo.

El gobierno español se ha apresurado a puntualizar que no solicita explicaciones sino información al gobierno venezolano. ¿Información? El triángulo de amor Chávez-las FARC-ETA está en los medios desde hace 10 años. Solo hacía falta unir las piezas. ¿Qué pasa? ¿Nos da miedito pedir explicaciones? Suena mal y es políticamente incorrecto… Quizás sea necesario encontrar una fórmula menos brusca, más adecuada al carácter latino, cercano y barriobajero de Chávez: “Huguito Rafael, mi amor, ¿nos das una explicacioncita?”.

Día de hombres

In A tinta fría on 16 marzo 2010 at 4:26

Todos los días son días de padre, si tienes hijos. Si no, puede tomarse la fecha oficial del día del padre como el día del hombre que falta en nuestro calendario. Como ocurre en Bulgaria con el día de la madre, que coincide con la de la mujer; lo mismo que en Rumanía, Rusia, Serbia y otros países. En España, donde aún queda algo de catolicismo, el día del padre es el día de San José, padre adoptivo de Jesús (el crucificado) y patrono de los seminaristas (futuros curas). Y no es, como muchos imbéciles pueden pensarse, un día inventado por El Corte Inglés. Padres y madres los ha habido desde el origen de la especie y, desde que el hom-ujer pasó a ser griego y algo más culto, se ha homenajeado la pater-mater-nidad. Pero desde que el mundo es más estadounidense que mundo, la mayoría de cosas se remontan al continente americano. Los Yankees fueron los primeros en oficiar un día para sus padres y para las madres que les parieron. A diferencia del Génesis (primer libro de la Biblia), en el que viene primero Adán, se ofició antes el día de la madre. Quien lo impulsó fue Anna Jarvis, nacida en Virgia del Este en 1864. Cuando murió su padre, en 1902, la familia se trasladó a Filadelfia, aunque la casa de Virgina se conserva todavía hoy como museo.

Tres años más tarde, después de que su madre muriera el 9 de mayo, peleó incansable para que se celebrara el día de, no sólo la suya, sino de todas las madres. En 1914, el presidente Woodrow Wilson fijó un día nacional para todas ellas: el correspondiente al segundo domingo de mayo; aunque en España se celebra el primero. Lo que Anna Jarvis nunca esperó es que su homenaje se convirtiera en una fiesta comercial. Tanto se disgustó que las malas lenguas (Wikipedia) dicen que presentó una demanda en 1923 para que se suprimiera la festividad. Durante una reunión de madres que, además de tener hijos en la guerra, vendían claveles (flor simbólica del día de la madre), Anna Jarvis se enfureció tanto que tuvieron que arrestarla por disturbios. Con la misma intensidad con la que promovió la fiesta oficial, luchó para que la misma se eliminara.

La historia del Día del Padre, cosa de hombres, es mucho más sencilla. La maniobra la llevó a cabo otra mujer, también americana. Sonora Smart Dodd, original del Estado de Washington, quiso conmemorar la figura de su padre. La mujer del Señor Smart murió dando a luz a su sexto hijo, así que el hombre solo sacó adelante a la familia, hasta que murió un 19 de julio. Su hija, que comenzó festejando únicamente la honorable figura de su padre, logró que el presidente Calvin Coolidge reconociera el Día Oficial del Padre en 1924; que acabaría celebrándose el tercer domingo de junio. En España se celebra el viernes, igual que en Honduras, Italia, Portugal y otros países.
Hay lugares en los que la fiesta cae en enero y otras partes en las que se celebra en diciembre. Pero, sea con el calendario gregoriano, como con el islámico o el chino el Día del Padre se celebra en muchas partes del mundo, como el de la madre. A Anne Jarvis o a la Señorita Smart les movían los sentimientos; al Corte Inglés el dinero y a los religiosos San José. Qué importa. Todos los días sois padres. Peor aún: todos los días sois hombres… Muchas felicidades.

Dejad que los niños se acerquen…a otros

In Calamares en su tinta on 9 marzo 2010 at 23:51

No me gustan los niños. Aún no tengo edad como para que alguien se preocupe de que nunca haya tenido instinto maternal, así que todavía hay esperanza para que mi madre sea abuela y mis amigas tengan un sobrino al que malcriar. No me gustan los niños por el concepto mismo de niño en sí: ser que no piensa en lo que hace, que toca todo lo que se le pone a tiro y que soluciona sus dilemas morales llorando. Que obra con poca reflexión y advertencia, dice el DRAE en una de sus acepciones. Pero además, hay padres que me gustan menos todavía: esos padres que se van de tapas y dejan a sus vástagos correteando por el bar o aquéllos que permiten que su retoño precioso juegue al escondite en el Carrefour. Ejemplos hay miles, ya me entienden.

El otro día no era momento para que el bebé estuviera allí, como si fuera uno más. Pero el caso es que ahí estaba el puñetero, metido en su coche de capota impermeable. Como el lugar era frío, aún llevaba puesto el plumífero azul marino y rojo. Tenía un libro de “Los medios de transporte” de la colección “Mis primeros pasos en el mundo”, ediciones SALVAT, para más señas. Era sorprendente porque el renacuajo no contaba con la edad suficiente para entender una sola palabra de lo que ahí se decía, pero su madre, inculcándole el valor de la lectura, se lo dio, o simplemente era una manera de entretenerle para que no diera mucho mal; pero bueno, estaba con su primer libro. A ver si hay suerte y le dura la afición. Pues ahí estaba, tirando el libro al suelo, emitiendo sonidos que solo entienden las madres y dando golpes por todos los sitios. Y yo al lado, de pie, estoica. Pensé en cambiarme de sitio, pero el espacio estaba muy lleno y, además, no quería hacer ruido, que con el niño ya bastaba. A todo esto, la madre iba a lo suyo y como mucho le cogía la pequeña, suave y adorable manita de bebé en algún momento. Aún así, el mocoso continuaba llamando la atención moviendo el carro atrás y adelante, izquierda y derecha, si hubiera podido, también lo hubiera movido arriba y abajo.

Total, que ya más pendiente del crío que de lo que tenía que estar, la paciencia empezaba a escasear en mi interior; seguía firme, pero cada vez menos tolerante. No sé si la madre se dio cuenta y lo hizo por mí, por el resto del auditorio o por ella misma, pero se agachó y le dijo a su hijo, en bajo, pero algo enfadada: “Escucha la palabra de Dios, Josito”.

Y no se lo van a creer, pero el niño se calló sin, obviamente, haber entendido nada de esas cinco palabras. Debió de ser el ambiente porque Josito, pegó un manotazo a la capa impermeable que le cubría, sacó las manos por el agujero y no volvió a emitir sonido alguno en toda la misa.

Caricias de carrocería

In Tintarías on 9 marzo 2010 at 21:35

Chocar el coche. Un evento mundialmente temido y que todos hemos experimentado más veces de las que nos gustaría admitir. Ocurre el día menos pensado, aunque existen testimonios de personas que han profetizado sus propias colisiones… ¡Ellos sabrán!

Siempre existe un factor común a todo choque: Un conductor – el otro, claro está – que es oligofrénico y tiene la culpa de todo. Es un papel evidentemente intercambiable y subjetivo, pero nunca atribuido al propio narrador de la historia.

Sólo hay dos posibles situaciones: la del conductor cabreado, y la del conductor humilde. Rara vez se dan casos mixtos. El conductor cabreado se baja inmediatamente del coche, y casi sin evaluar los daños insulta al piloto del otro vehículo, al más puro estilo de Esperanza Aguirre. En ocasiones, la ira hace que incluso sea necesaria la presencia de la policía.
El conductor humilde, o más bien la conductora, pues nunca se han visto ejemplares masculinos de esta estirpe, se baja del coche y se echa a llorar. No se llame a engaño el lector, la humilde damisela también piensa que el otro es idiota, pero procura conseguir aprovecharse de su estupidez para conmoverlo. La humildad solo aflora si el otro conductor es hombre. Porque entre mujeres, solo aflora el instinto de supervivencia, y la primera en contactar con un hombre que le diga cómo proceder, gana.
Los motivos de una colisión también dependen del sexo. En los hombres lo más frecuente son los piques imaginarios a los que otros coches los incitan. Para las mujeres suelen estar relacionados con un retrovisor, una llamada de teléfono y el delineador de ojos cuya punta se rompe justo cuando el semáforo cambia a verde. Situaciones aparentemente nimias pero que cobran un gran protagonismo a la hora de recapitular lo sucedido. Porque los choques, a pesar de ser desagradables, deben ser relatados.
No se sabe si son peores las colisiones madrugadoras o las nocturnas. Las primeras fastidian el día completo a ambos conductores, y por consiguiente a todos sus allegados, que deben sufrir en silencio el relato de un evento cuyas dimensiones guardan una relación inversamente proporcional al interés de los que lo escuchan. Cuanto menos interés muestre el familiar, mayores son los esfuerzos de la víctima para expresar la espectacularidad del encontronazo. Los choques nocturnos dificultan el efecto catártico del relato, puesto que por la hora el número de oyentes es reducido. Lo cual hace que la narración se prolongue durante días o incluso semanas.
Solo hay un tipo de colisión de la que nadie habla. La leve caricia que se hace en un parking cuando la víctima no está presente. Una rayita. Un besito si se quiere. El agresor evalúa el daño y abandona el parking sin dejar sus datos. Cuando el afectado se percata del desperfecto, se cabrea y mira alrededor intentando buscar un culpable. Al final siempre se aleja con el convencimiento de que, de haber sido él, hubiese dejado una nota…Sí, seguro.

Margen de error

In 600 on 9 marzo 2010 at 18:43


Hay dos formas de ver una concentración, manifestación, protesta o apoyo del tipo que sea. En horizontal o en vertical. Y por lo mismo, dos maneras de contar a quienes se congregan. Dos cuentas que, fuera de toda coincidencia, salen disparatadamente diferentes.
El sábado hubo en Pamplona tres manifestaciones. Una contra el aborto, otra independentista y una más de trabajadores. La Policía contó así: 2.800 euskalherrianos, 1.500 obreros y más de 1.000 defensores de la vida en todas sus semanas. Los manifestantes, desde sus altavoces, se contaban de esta otra manera: 5.000 los primeros, 3.000 los segundos y 2.000 los terceros. ¿Dos puntos de vista? O los policías que se encargaban del recuento aquella tarde eran un puñado de tuertos o los convocantes una panda de extasiados. Cuál de las dos medidas sea la correcta, depende de lo que uno quiera creer o crea. Pero lo que ocurrió en Pamplona pasa siempre en toda España. El domingo, hubo una gran convocatoria en defensa de la vida en todas las comunidades del país. Tomando como referencia la capital, el día siguiente salieron en los medios datos nada emparentados. Por un lado, los organizadores aplaudían la presencia de más de medio millón de personas y, por otro, la empresa Lynce, especialista en el recuento de asistentes a las aglomeraciones urbanas, los cifraba en torno a 10.000. ¡50 veces menos!…o más. Algo parecido ocurrió en la manifestación provida del 17 de octubre del año pasado. Entre las dos fuentes, organizadores y empresa, había una diferencia de casi 40 veces la cifra. Por encima, o por debajo. Pero ese tipo de recuentos afecta a todos los campos. El mes pasado, los manifestantes madrileños en contra del retraso de la jubilación eran 60.000 y poco más de 15.000 al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto. Para qué seguir. Cuando uno está entre la muchedumbre, dejándose las cuerdas y gritando a bocajarro la misma frase durante una, dos o las horas que se tercien, necesita motivarse. Pero también al día siguiente, cuando enciende la televisión o abre el periódico en el que intenta descubrir lo que vivió el día pasado. Entonces, se viene abajo porque no entiende los resultados y se pregunta si, como a tantos otros, quizá por descuido, a él tampoco le contaron. Ante tal situación, debe preguntarse si esa tarde bebió más chiquitos o claritas de la cuenta, porque él hubiera jurado que eran muchos, muchos diez miles los que le empujaban, los que elevaban con él pancartas y protestas. Ante ese panorama del día siguiente, ante esas páginas del periódico que sea, que le convenzan a uno de que los números nunca mienten. Entre tanta cifra contradictoria y tanto organizador motivado, aparece una empresa que decide organizarlo todo. Hacer ciencia social, rigurosa, exacta, fiable. Como un lince volador, se lanza a las alturas, saca fotos y luego hace mosaicos con ellas. Empieza poniéndole un píxel a cada persona. De esa manera, convirtiendo a los manifestantes en puntitos de colores, hacen un mosaico pintoresco de manchas que tienen distinta densidad. Cada mancha equivale a 1.000 personas. Luego, suman todo, establecen un porcentaje de error (porque la ciencia tiene sus peros) que oscila entre el 10 y el 15 por ciento, y pasan a ser la fuente más fiable de datos. Pero, ¡qué carajo le pasa a los organizadores? ¿Miran como ven las moscas? También puede ser que esos métodos tan científicos de algunas empresas tengan la misma rigidez que lo que atrae tanto a esos insectos. Como dijo Churchill: “Hay verdades, medias verdades, mentiras y estadísticas”. Para cuando los números no engañen.

Diálogo con un americano

In 600 on 2 marzo 2010 at 2:38

Matt es alto como las secuoyas que crecen cerca de su casa en Washington, y sano y robusto como ellas. Pero, cada vez que viaja de España a los Estados Unidos para visitar a su familia, la deja preocupada porque, de puro flaco, lo ven siempre medio enfermo. Como si sus fibras se debieran a los productos europeos. Aunque su físico no le descubra, yo sé que Matt sigue siendo un zampa-bollos. Solo que en España no hacemos bollería tan rica y barata como la americana, así que, como estadounidense abandonado a un solo dulce, se resigna con los cereales. Puede decirse que la dieta de Matt se sostiene con base en los cereales de miel, miel y canela, cubiertos con azúcar −frosted, como dirían los americanos−, de frutos secos y pasas, con vainilla, cereales de máxima fibra −alpiste, vamos− y todo tipo de cosas crujientes que puedan ahogarse en un bol de leche entera, pasteurizada, con natas y bien de grasa. Eso es lo que, en parte, engorda a los americanos y lo único que mantiene a Matt con vida: la leche entera, sin Nesquik ni Cola-Cao, y que sabe a vaca. Eso y cereales.

− Lo malo de estas cajas de cereales es que son muy pequeñas. En los Estados Unidos son el doble de grandes, y hay muchos más tipos −dice mientras se lleva una cucharada de crispies de chocolate a la boca.
− Es que aquí no comemos tantos como allí.
− Ya, pero no lo digo sólo de los cereales. En realidad, todo aquí es más pequeño. Eso es algo que me llamó mucho la atención cuando vine de Estados Unidos, en serio. Las cosas son más pequeñas aquí.
− Hombre, también tenéis más espacio allí para guardarlas. Tenéis unas despensas que son como esta cocina.-Matt se queda pensativo.
− Sí…en Europa se aprovacha más el espacio.
− Claro, por eso vamos a la compra una vez por semana, no es que nos guste. Vosotros cogéis el coche un día, llenáis el maletero hasta arriba y no volvéis al supermercado en un mes.
− Lo que quiero decir es que en Europa aprovachais mejor el espacio en todo. Los vasos los ponéis dentro del armario en montón de pisos, así chuck-chuck −gesticula poniendo una mano sobre la otra− y os caba todo. En una casa americana eso no te importa. Siempre caba todo.
− Bueno, es que las casas en América son más grandes y están más distribuidas por el territorio. Aquí construimos en vertical y allá en horizontal. Tener en un piso una despensa como las vuestras sería una pérdida de espacio y de dinero. ¡Sabes cuánto dinero vale el metro cuadrado en la ciudad?
− Qué raro…nunca había pensado que todo era pequeño por eso− dice mientras juega con la cuchara como si hubiera tenido una idea. Después seguimos comiendo los dos hasta que Matt vuelve a decir:
− ¿Sabes otra cosa que me llamó la atención de Europa? Los váteres, aquí funcionan mejor. No sé si sabes que los descubrió un tío que se apedillaba Crapper. Por eso, cuando dices, en inglés, que algo es una mierda dices que es un “crap”.
− Qué mal que se acuerden de ti por eso… Oye, quizás funcionan mejor en Europa porque, como las ciudades están más concentradas, las cañerías tienen que recorrer menos espacio.
− Es posible −dice Matt sorprendido por la buena idea− nunca se me había ocurrido.
− O, ahora que pienso más, puede que sea porque los europeos comemos menos.
A los dos se nos salió la leche por la nariz.

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