Son las palabras que llenan una hoja

Caricias de carrocería

In Tintarías on 9 marzo 2010 at 21:35

Chocar el coche. Un evento mundialmente temido y que todos hemos experimentado más veces de las que nos gustaría admitir. Ocurre el día menos pensado, aunque existen testimonios de personas que han profetizado sus propias colisiones… ¡Ellos sabrán!

Siempre existe un factor común a todo choque: Un conductor – el otro, claro está – que es oligofrénico y tiene la culpa de todo. Es un papel evidentemente intercambiable y subjetivo, pero nunca atribuido al propio narrador de la historia.

Sólo hay dos posibles situaciones: la del conductor cabreado, y la del conductor humilde. Rara vez se dan casos mixtos. El conductor cabreado se baja inmediatamente del coche, y casi sin evaluar los daños insulta al piloto del otro vehículo, al más puro estilo de Esperanza Aguirre. En ocasiones, la ira hace que incluso sea necesaria la presencia de la policía.
El conductor humilde, o más bien la conductora, pues nunca se han visto ejemplares masculinos de esta estirpe, se baja del coche y se echa a llorar. No se llame a engaño el lector, la humilde damisela también piensa que el otro es idiota, pero procura conseguir aprovecharse de su estupidez para conmoverlo. La humildad solo aflora si el otro conductor es hombre. Porque entre mujeres, solo aflora el instinto de supervivencia, y la primera en contactar con un hombre que le diga cómo proceder, gana.
Los motivos de una colisión también dependen del sexo. En los hombres lo más frecuente son los piques imaginarios a los que otros coches los incitan. Para las mujeres suelen estar relacionados con un retrovisor, una llamada de teléfono y el delineador de ojos cuya punta se rompe justo cuando el semáforo cambia a verde. Situaciones aparentemente nimias pero que cobran un gran protagonismo a la hora de recapitular lo sucedido. Porque los choques, a pesar de ser desagradables, deben ser relatados.
No se sabe si son peores las colisiones madrugadoras o las nocturnas. Las primeras fastidian el día completo a ambos conductores, y por consiguiente a todos sus allegados, que deben sufrir en silencio el relato de un evento cuyas dimensiones guardan una relación inversamente proporcional al interés de los que lo escuchan. Cuanto menos interés muestre el familiar, mayores son los esfuerzos de la víctima para expresar la espectacularidad del encontronazo. Los choques nocturnos dificultan el efecto catártico del relato, puesto que por la hora el número de oyentes es reducido. Lo cual hace que la narración se prolongue durante días o incluso semanas.
Solo hay un tipo de colisión de la que nadie habla. La leve caricia que se hace en un parking cuando la víctima no está presente. Una rayita. Un besito si se quiere. El agresor evalúa el daño y abandona el parking sin dejar sus datos. Cuando el afectado se percata del desperfecto, se cabrea y mira alrededor intentando buscar un culpable. Al final siempre se aleja con el convencimiento de que, de haber sido él, hubiese dejado una nota…Sí, seguro.

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  1. ¡Qué dura la realidad! Menos mal que cambiaste el título de esta columna, porque una cuadrilla de indigentes intelectuales -especialmente uno- pensaba llamarla ¡caricias! (a secas… qué poca imaginación)

  2. Al hablar desde la propia experiencia, la conductora más avezada en embestir columnas, vuelve a sus orígenes con un relato cautivador, que sólo refleja su profunda experiencia en lo que a actrices de telenovela suramericana se refiere. Dos lagrimitas, un batir de pestañas y a correr……. te la comiste

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