Son las palabras que llenan una hoja

Dejad que los niños se acerquen…a otros

In Calamares en su tinta on 9 marzo 2010 at 23:51

No me gustan los niños. Aún no tengo edad como para que alguien se preocupe de que nunca haya tenido instinto maternal, así que todavía hay esperanza para que mi madre sea abuela y mis amigas tengan un sobrino al que malcriar. No me gustan los niños por el concepto mismo de niño en sí: ser que no piensa en lo que hace, que toca todo lo que se le pone a tiro y que soluciona sus dilemas morales llorando. Que obra con poca reflexión y advertencia, dice el DRAE en una de sus acepciones. Pero además, hay padres que me gustan menos todavía: esos padres que se van de tapas y dejan a sus vástagos correteando por el bar o aquéllos que permiten que su retoño precioso juegue al escondite en el Carrefour. Ejemplos hay miles, ya me entienden.

El otro día no era momento para que el bebé estuviera allí, como si fuera uno más. Pero el caso es que ahí estaba el puñetero, metido en su coche de capota impermeable. Como el lugar era frío, aún llevaba puesto el plumífero azul marino y rojo. Tenía un libro de “Los medios de transporte” de la colección “Mis primeros pasos en el mundo”, ediciones SALVAT, para más señas. Era sorprendente porque el renacuajo no contaba con la edad suficiente para entender una sola palabra de lo que ahí se decía, pero su madre, inculcándole el valor de la lectura, se lo dio, o simplemente era una manera de entretenerle para que no diera mucho mal; pero bueno, estaba con su primer libro. A ver si hay suerte y le dura la afición. Pues ahí estaba, tirando el libro al suelo, emitiendo sonidos que solo entienden las madres y dando golpes por todos los sitios. Y yo al lado, de pie, estoica. Pensé en cambiarme de sitio, pero el espacio estaba muy lleno y, además, no quería hacer ruido, que con el niño ya bastaba. A todo esto, la madre iba a lo suyo y como mucho le cogía la pequeña, suave y adorable manita de bebé en algún momento. Aún así, el mocoso continuaba llamando la atención moviendo el carro atrás y adelante, izquierda y derecha, si hubiera podido, también lo hubiera movido arriba y abajo.

Total, que ya más pendiente del crío que de lo que tenía que estar, la paciencia empezaba a escasear en mi interior; seguía firme, pero cada vez menos tolerante. No sé si la madre se dio cuenta y lo hizo por mí, por el resto del auditorio o por ella misma, pero se agachó y le dijo a su hijo, en bajo, pero algo enfadada: “Escucha la palabra de Dios, Josito”.

Y no se lo van a creer, pero el niño se calló sin, obviamente, haber entendido nada de esas cinco palabras. Debió de ser el ambiente porque Josito, pegó un manotazo a la capa impermeable que le cubría, sacó las manos por el agujero y no volvió a emitir sonido alguno en toda la misa.

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  1. Un artículo muy ameno y muy cierto, a salvo la trascendencia del acto que la autora deja al final del texto en el aire.
    Vd. también fue/es niña y, seguramente algo de ello persiste en su interior. La forma de ver las cosas que pone Vd. de manifiesto en sus artículos, lo revela.
    Vd. cuando escribe, de modo siempre fácil y expresivo, no puede evitar, porque se le apodera, esa forma divertida de ver las cosas, de hacerlas simpáticas; es el otro lado de cada situación, que Vd. no rechaza y no debe evitar porque ese estilo da frecura a sus textos.
    Los niños, por definición deben ser lo que son y no estatuas, que es lo más triste; siempre compensa esa mirada límpida y cristalina de unos ojos grandes y blancos: ¿cabe más ingenuidad?. Esta es la grandeza del pequeño. Observe cómo las personas ancianas, tienen unos ojos pequeños y el blanco de su mirar entornado se encuentra con dispersas “venillas”, que no son sino reflejo mismo de la vida que les ha tocado vivir. A mi, personalmente, me conmueven y me inspiran un profundo respeto unos y otros.
    Féliz maternidad para cuando le llegue.
    Enhorabuena.

  2. Como siempre, los que molestan son los mayores: o bien permaneciendo impasibles o bien extralimitándose en hacer callar a las criaturillas. Los niños nunca molestan en misa. Palabra de cura!!!

  3. Jejeje, que a todos los que fuimos a misa con mamá nos tocó hacer lo mismo en su momento.

  4. En nuestra parroquia, Cizur Menor, es imposible asistir a misa un domingo a la una ya que debido a las numerosas FAMILIAS NUMEROSAS aquello parece más un refugio anti-bombardeos que otra cosa. Los niños campan a sus anchas pasillo arriba y abajo, los cochecitos entorpecen el paso por el estrecho camino cuando llega la hora de ir a recibir al SEÑOR y sus madres, como estatuas inmóviles parecen no enterarse de que sus “cariñosssss” hacen que mi alma comience a incendiarse en las llamas del infierno, y sienta que mi momento de recogimiento y acercamiento a Dios se ha vuelto todo lo contrario. Se despierta el monstruo que llevo dentro y tranquilamente haría menudillos pero no con los niños…….. con sus padres.

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