Son las palabras que llenan una hoja

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Pues sí, LA ROJA

In 600 on 6 junio 2010 at 20:01


Quería hablar del Mundial y quería haber esperado a los actos de apertura o al día 16 con el primer partido de la Selección. Sin embargo, hoy se me ha adelantado la ocasión con la entrevista de MARCA a Mariano Rajoy que titulaba con una cita directa del “mejor” opositor que tenemos en este país: “La roja es un factor de unidad nacional de primer orden”. Toma esa. Así que, analicemos la frase porque se las trae. (Dejaría el enlace a la entrevista completa, pero como no soy suscriptora, ¡ah!… la crisis).

Causa. Elemento. Circunstancia. Principio. Agente. Miren si hay palabras que ha sido mucho mejor optar por FACTOR. Ahí, para que suene a crisis. Es para desarrollarlo y decir que es un factor que supondrá un incremento del capital en el sector comercial de ventas deportivas en los establecimientos españoles dedicados a tal negocio que ayudará a combatir este crecimiento negativo en el que nos encontramos. Tampoco Unidad española ni Unidad de españoles, no vaya a ser que se levanten voces gritando que Rajoy ha aprovechado el Mundial para hacer una apología del franquismo. Aunque, aún así, siempre habrá gente que no le guste el fútbol y que además guste de meterse en todos los saraos y diga que a ellos La Roja no les une a nada y que de hecho, ya que está, prefiere ver cómo gana cualquier otro país antes que ver un triunfo de España. La última elección podría haber sido principal, eminente, superior. Pero no. Ha sido PRIMER ORDEN, cual agenda del día para el congreso: la discusión sobre los nuevos presupuestos del estado será un tema de primer orden…

Total, que lo único que salvo de la frasecita de Rajoy es lo de LA ROJA, con eso no tengo nada que objetar porque me da absolutamente igual que algunos quieran identificar el adjetivo como partidista o socialista. Ya me he encontrado grupos en las redes sociales del tipo Yo animo a España o a la Selección española, pero no a La Roja, lo cual me parece una categórica gilipollez y lo digo aquí y también se lo diré a algunos compañeros y amigos que no han dudado en unirse a ellos. Si no vais a apoyar a LA ROJA allá vosotros. Yo en el inminente Mundial me voy a pasar los rollos políticos por la nariz, dicho educadamente. Y sí, animaré a la Selección la llamen como la llamen, a ver si ahora todo lo rojo lo vamos a identificar únicamente con el PSOE, con el comunismo o con Marx; y olvidarnos que el rojo también es el color de nuestra bandera que pertenece a todos, políticos incluidos. Porque creo que el fútbol está ya demasiado politizado como para buscar más temas de discordia. Y yo iré de rojo por nuestra Selección y porque el día 11 de julio espero poder lucir mi camiseta de España en una esperadísima final, coincidiendo, además, con las fiestas de San Fermín; así que iré de rojo por partida doble y animaré al equipo y seguramente lloraré si pierden –y también si ganan, para qué mentir- y esperaré que los bilbaínos vuelvan a gritar ¡viva la guardia civil! a las puertas del cuartel como pasó cuando ganamos la Eurocopa aprovechando la circunstancia y me iré a la primera fuente que pille a celebrar el triunfo o el fracaso. Me da igual. Porque para eso estamos, para intentar unirnos aunque sea sólo en esto y animar a España. Ahora sólo falta que tengan que lucir la segunda equipación en algún partido que, ¿saben de qué color es? Azul.

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¡Que le corten la cabeza!

In 600 on 2 junio 2010 at 17:46

Es fácil encontrar restaurantes italianos. Cocinas que se dedican en cuerpo y alma a cocer tallarines, raviolis, tortellini, fetuccini y cualquier cosa que termine en “i”; vocal con la que se construye el plural masculino en esa lengua, hermana alegre de la nuestra. Lo que no es tan fácil es dar con chefs que saben hacer pizza a la italiana, con la masa fina y crujiente, al punto de sal, aceite, prosciutto y mozzarella; y que encuentran su contradicción en los restaurantes basura que llevan por nombre el de esa comida que inventaron los romanos, que llevaban un pan cargado de tropezones variados a través de largas caminatas que les conducían a la guerra y a la muerte.

Mi familia dio con un buen restaurante de esos hace pocos años. Desde entonces, es uno de nuestros lugares favoritos de domingo, día en el que, si el Señor descansó, las familias decidieron reunirse para acabar hasta los cojones. Este domingo fue uno de esos. Mi madre está en París con mi hermano pequeño, así que la orquesta la dirigía mi padre, o la mal-dirigía para ser sinceros de boca y corazón. Mesa para siete, en el comedor del fondo, donde varios cuadros trazan a grandes rasgos azules la silueta de mujeres sin pudor. En una de las paredes hay ventanas y en la otra una pantalla gigante y apagada, cuatro veces más grande que la televisión encendida donde se ve la carrera de Fórmula 1. Cinco pizzas para sendos estómagos y dos arroces con almejas para quienes no fían el paladar a una tostada redonda. El bocado entra sólo, pasan las tres de la tarde y mi madre lleva en París varios días. En nuestra mesa rectangular se hacinan los platos, los vasos, los codos y las patadas por debajo; mientras que la de enfrente es redonda, sus comensales están holgados, son nueve y tres no pasan del metro de estatura. Resulta fácil distinguir los matrimonios, aunque no están sentados por parejas. Los tres niños a un lado. Después dos mujeres, tres hombres y una última mujer antes de volver a los niños. Una de las féminas se ha empeñado en cantar canciones de Bob Esponja, por si acaso íbamos a aburrirnos los comensales de todo el restaurante. Tiene poca memoria, ni siquiera se sabe el comienzo de un estribillo de siete palabras, pero aún menos sentido de la música y del ridículo. Si en lugar de esa, cantara la canción de los teleñecos, muchos la confundirían con la famosa cerdita Pegui. El hombre que hay a su lado está moreno, como morena y blanca tiene la melena. En la mejilla, como el casco de un soldado romano, caen firmes dos patillas de pelo plateado. Se levanta de un sobresalto. Estira el brazo. Apunta con el índice derecho a los niños: “¡Que le corten la cabeza!”. Se sienta. Se levanta y grita: “¡Que le corten la cabeza!”. Se sienta. “¡Que le corten la cabeza!”. “¡Que le corten la cabeza!”. “¡Que le corten la cabeza!”. Y al unísono, en el postre, los niños le arrancan de cuajo la cabeza al pingüino que escondía dentro helado de vainilla. Como conmocionado por el espectáculo de Alicia en el País de las Maravillas, se sintió reina de corazones. Después de su orden y el desorden que causaron él, su mujer y sus amigos, haciendo sonidos de cerdo, de cigüeña y de tortuga, si me apuran; indigestó al comedor entero.

Hay quienes viven para sus hijos y no dejan vivir al resto. Algún día, alguien hará de ese hombre un pingüino relleno de vainilla.

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