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10 formas de morir en Argentina

In 600 on 31 agosto 2010 at 18:33

¡Hola a todos! Estoy de vuelta de vuestras vacaciones, que no de las mías, porque llevo un mes de clase. Sé que no he escrito nada en mucho tiempo, pero tampoco lo ibais a leer porque seguro que el sol de España os tendría ocupados con asuntos mucho más interesantes.  Aquí estoy y si creéis que  voy a contar las maravillas de Buenos Aires, estáis totalmente equivocados. Me niego a hacer un retrato de sus gentes, una descripción de sus calles o una reflexión sobre “Vivir en el extranjero: una gran experiencia”. Prefiero contar otras cosas que, seguro, son más útiles.

Dicen que Argentina, pese a estar en Latinoamérica, es un país muy europeo. Psee. También se comenta que  casi se ha recuperado del famoso Corralito. Psee, psee. Hay rumores de que la seguridad ha mejorado… Lo dudo; de hecho, empeora por momentos. Y ya no me refiero a que todos y cada uno de los días que llevo acá (veis que ya me manejo a la perfección con el léxico porteño) ha habido un atraco, un secuestro o un asesinato. Haberlos, haylos. Sin embargo, hay otras formas de morir mucho más autóctonas con las que el visitante, que se halla inmerso en plena cultura argentina, se sentiría más feliz de terminar su vida:
1. Morir atropellado por cualquier medio de automoción, desde camiones a bicicletas; pero sobre todo por taxistas -aquí, tacheros- que desconocen el concepto  paso de cebra. Yo, por mi buen hacer español, me lanzaba al asfalto como si creyera que alguien iba a parar; cuán ilusa era; hasta que empecé a plantearme que iba a morir arrollada cualquier día.
2. Morir al bajar de un colectivo (autobús, guagua, villavesa, como lo queráis llamar) porque paran en marcha. Pero, ¡ojo! porque avisan con un cartel que reza: “Las puertas se abrirán cuando el vehículo circule a 5 km por hora”.
3. Morir al caer de las pasarelas por las que una está disfrutando del paisaje de Iguazú, porque las ínfimas barandillas de madera que se estilan en el lado argentino -la parte brasileña se salva- no inspiran demasiada confianza.
4. Morir ahogada. Y esto tiene dos vertientes: morir ahogada por las goteras que te caen cuando llueve de forma inabarcable o morir ahogada cuando pisas una baldosa y te hundes inevitablemente.
5. Morir resbalando por mierda de perro. Aquí lo de las bolsitas de plástico no es costumbre nacional y esas aromáticas trampas mortales siembran todas las calles allá donde vayas.
6. Morir intoxicado por el zumo que amablemente te sirven en los autobuses de larga distancia. Corre la leyenda urbana de que nunca limpian el recipiente de donde lo sirven.
7. La número 6 tiene su ramificación en morir de inanición por no ingerir alimento alguno en los trayectos de autobús que duran unas 10 horas de media…
8. Morir arrollada por un paseador de perros. Suelen llevar a unos 12 chuchos cada uno con sus 12 respectivas correas y si a esto se le añade la forma de manejar (conducir) en los pasos de peatones, las losas sueltas y las miles de deposiciones caninas, la muerte queda asegurada para el viandante.
9. Morir de vergüenza cuando dices alguna palabra en tu querido idioma natal y resulta que aquí tiene una connotación sexual. Una se acostumbra rápido a evitar dichos vocablos, pero de vez en cuando se escapan y suele ser delante de un profesor, de la madre de un amigo o del banquero con el que intentas hacer una cuenta y pretendes parecer una chica seria y responsable
10. Morir del susto. No hay más explicación. Sucede varias veces al día debido a diversas causas que se merecen otra columna completa.

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