Son las palabras que llenan una hoja

El ángel Jiménez

In 600 on 22 noviembre 2010 at 13:15

César no se parece nada al emperador romano. Quizá un poco, en el tamaño de las orejas y los pelos rizados que le caen como un flequillo húmedo sobre la frente. Aunque sería mucho aventurar. Este César no lleva armadura ni capa ni sandalias, sino unas zapatillas negras con cordones blancos, un pantalón de chándal negro, una sudadera también negra y una melena que no podía ser de otro color. En lugar de la capa, le cubre la espalda un abrigo azulón forrado con polar y tuneado por fuera con grises y blancos. Este César tampoco tiene una espada, sino una perra de pueblo que esconde el rabo entre las piernas. Más allá del emperador, la imagen de nuestro César se aleja de la que han proyectado al mundo otros romanos. Romanos de este siglo de igualdad y fraternidad. Por ejemplo, de todos aquellos que, hace poco más de un mes, en el metro de Roma, dejaron pasar el cuerpo de Maricica Hahaianu como quien deja atrás un semáforo rojo en un paso de peatones.

Si ese suceso se convirtió en vergüenza del género humano, el que protagonizó hace unos días César Jiménez Jiménez trae consigo el orgullo de ser persona.

César vive con sus padres en Tudela, la segunda ciudad de Navarra, y acostumbra a pasear a su perra cuando se apagan las farolas. Quizá hacía tanto frío que sacaba a la perra a hacer eso que dice el refrán, además de para que estirara las patas. El caso es que sería el único que andaba por esa calle a las ocho y media de la mañana. Entonces, aguantando el frío de un amanecer de noviembre, Jiménez oyó que una mujer pedía auxilio. Me imagino la escena: el joven desperezándose, con las manos en los bolsillos y la perra a pocos pasos, quizá fumándose un cigarrillo y pensando que le quedaban un par de manzanas para regresar a casa con sus padres, cuando escucha que una mujer pide la ayuda de alguien. En ese momento, sintiéndose interpelado de forma directa, César corrió al número 7 de esa calle de Tudela por la que pasaba y comenzó a llamar a los timbres. Alguien le abrió. Subió las escaleras hasta el primer piso. La puerta estaba cerrada. Él se puso frente a ella y la tiró de una patada. Entró. El humo no le dejaba ver nada. Pero entró. Y tampoco veía nada. Pero siguió hacia dentro, hasta que se topó con la anciana. Entre el humo, descubrió que la abuela tenía la cara negra y el pelo chamuscado. La cogió, quizá en brazos, quizá de la mano, y la sacó de ese infierno de casa.

De ahí, la mujer fue en ambulancia al hospital, desde donde aseguró que Jiménez era un ángel. César se quedó por ahí, o volvió a esa parte para contarle a los medios lo ocurrido. Entonces, encontró a los bomberos, que aparecen en la foto del periódico en un segundo plano. El primero lo ocupa la perra, a la izquierda, y un poco más atrás, con una sonrisa grisácea y pisando la manguera del camión que hay detrás, sonríe César. “Te la has jugado, chico”, o algo parecido debieron de advertirle los apaga-fuegos. César dijo que no lo había pensado, como si la llamada de la mujer pidiendo auxilio actuara sobre él del mismo modo que el sonido de la campanilla en el perro de Pavlov. Como sabía a fuego lo que debía hacer, no tuvo que pensarlo. De hacerlo, quizá hubiera dejado atrás a Irene Moracho Sanz como se deja atrás un semáforo en rojo.

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  1. Está bien el relato, parece escrito con la aceleración propia de la reacción que describe: la inclinación del ser humano hacia el bien. César seguramente no conocía a la anciana y, probablemente, a menudo se habrán cruzado en la calle, dada la proximidad del entorno que se infiere del contexto narrativo. Sobran a mi modesto parecer expresiones y faltan otras que hubieran dado mayor rotundidad al momento. Por ejemplo, subió “precipitadamente” las escaleras, o, la sacó de ese infierno. En cualquier caso, no seré yo el que diga que no es estupendo el artículo, y si no, ¿digan los comentaristas cuanto más se leería la prensa diaria si las noticias se escribieran en “allegro vivacce” como ésta?.

  2. Voy a comentar. Debiera haberlo hecho hace… “De hacerlo [haberlo pensado], quizá hubiera dejado atrás…”. Paula, un poco injusta con el pensar… El Ángel Jiménez había pensado mucho en situaciones como estas. Tantas, como sus padres le habían formado en las virtudes; como había soñado situaciones fabulosas; como… Ya lo tenía pensado. De no ser así, habría seguido con su perra. Me ha gustado el relato. La prensa debe airear los pequeños momentos heroicos.

    • Bueno, es lo que quería decir. Una virtud, un hábito operativo bueno, no precisa de reflexión. Claro: en el momento donde se reclama la acción inmediata. Pero, igualmente, muy agudo José Antonio…

  3. Lychu, pones tres links sugerentes. Me he visto obligado a releerlos. Y mantengo mi postura… con la salvedad de “Antes de que se mueran”. Tienes razón, quizá está a la altura de esta columna. Así es Paula: cada lectura de sus textos, aunque sea por enésima vez, continúa maravillándote.

  4. Muy bueno, Paula, me ha encantado el texto: el arranque (aunque igual un poco largo), el recurso del semáforo en rojo tomado al final, la escena de normalidad de César paseando al perro y echando un pitillo (aunque pongas el “me imagino”, da igual, es muy buena). En fin, gran texto.

    • Me alegro, lo primero, de verte por aquí asomado. Tomo nota del inicio del texto, no había caído en la cuenta. El primer párrafo es el que más veces se lee en un texto, y es difícil objetivarlo una vez que se ha compuesto todo lo que viene después. No se me había ocurrido. Gracias por tu comentario, J bayo B

  5. Lychu, no lo digo por la historia en sí, sino por cómo lo cuenta. Creo que es un estilo depurado, directo y que apela al lector. Indícame, por favor, otros textos -con un link, o como sea- que te parezcan mejores.
    Un beso!!

  6. Me parece increíble como lo cuentas, pero no me parece ni de lejos lo mejor que has escrito, y no lo digo porque esta esté mal, sino porque tienes otras mucho mejores. Llamadme fría o cínica o bruta o lo que queráis, pero no creo que sea la gran historia…

  7. Ya era hora!!!!!!!!

  8. Lo mejor que te he leído, Paula, en muchísimo tiempo, si no en toda mi vida. Dosis perfectas de reflexión y acción. Bravo.

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