Son las palabras que llenan una hoja

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Doce meses de terror

In 600 on 8 diciembre 2010 at 20:23

¡Hola! Me voy a salir del guión por una vez y no voy a escribir una columna trabajada, cuidada y correcta, aunque tampoco es que me salgan siempre así de bien, más quisiera yo. Sí que me mantendré en las seiscientas palabras bajo pena de que Paula me abra un consejo de guerra por escribir seiscientas cuatro. Simplemente voy a hacer un típico post de un blog, un post en cuanto a post… sí, como el ente… Y así me despido por unos días porque me voy de vacaciones. Sé que doy mucha envidia, pero me da igual, ya lo siento.

La cuestión fundamental de esta publicación es que ¡nuestro blog acaba de cumplir un año! Qué mayor se está haciendo y parecía que no iba a arrancar jamás; si soy sincera, no le tenía ninguna fe; es decir, que no ponía la mano en el fuego ni por mí ni por mis compañeras. Sin embargo, he aquí doce meses de supervivencia a nosotras mismas, que somos un invierno más maduras, más sabias, seguramente más puntillosas y menos simpáticas, por eso de que se nos pasó el furor inicial. Sé que el primer post es de enero de 2010, pero ya en diciembre del 2009 lanzamos SEISCIENTAS al maravilloso mundo de la red como un gran regalo de Navidad. Todo empezó por tener un lugar donde compilar las columnas que escribíamos para la facultad y terminó obligándonos a publicar aunque no hubiera una nota de por medio; a veces lo hacíamos mejor, otras peor y otras bastante mal, a veces demasiado pronto y otras demasiado tarde; pero siempre volvíamos. Y lo mejor, es que los lectores también.

Por eso quiero agradecer a todos  nuestros fieles seguidores que hayan estado ahí contando sus impresiones y enseñándonos a mejorar y a pensar las cosas detenidamente. Tengo la certeza de que muchos nos leíais porque estabais amenazados y os sentíais presionados, pero seguís teniendo un gran mérito, si no fuera por vosotros nos hubiéramos desanimado pronto. Muchísimas gracias a los más fieles, que no han fallado en ninguna ocasión; a Jose Antonio por sus ánimos y por sus felicitaciones, y a Guillermo por sus consejos, por sus correcciones y por ser nuestro editor personal. A las familias de Joyce y de Paula que siempre tenían un comentario acertado, y a la mía que aunque nunca escribió nada, sé que tampoco faltaron a una cita (muchas gracias, papá). Al resto de nuestros amigos que también encontraron un hueco en sus apretadas agendas para dedicarnos unos minutos, a los visibles por comentar y a los invisibles por meternos presión cuando no escribíamos nada; sabemos quiénes sois porque nos lo dice un mapa, os estamos vigilando. A los profesores que se vieron en la obligación de leernos porque la señorita Zubiaur les perseguía por los pasillos de la Biblioteca dando nuestra dirección. A todos aquellos lectores que por casualidad y por despiste cayeron aquí. Pero sobre todo a mis acompañantas de columna, a Joyce por meterse en el lío y comprometerse a escribir (a ver si nos ponemos las pilas, por cierto) y a Paula por ser la que siempre tiró del carro y por erigirse la relaciones públicas del grupo (hasta tarjetas hizo).

En fin, que como este lugar nos ha traído muchas más alegría que disgustos aquí seguiremos por mucho tiempo escribiendo de estas pequeñas cosas que nos pasan, que no sé si interesan o no, pero que intentamos hacer lo mejor posible.

Feliz cumpleaños y Feliz Navidad anticipada a todos. Yo me voy a la playa, que aquí está llegando el verano y hace mucho calor.

Esplendor perdido

In 600 on 3 diciembre 2010 at 10:30

Por fin fui al Café Tortoni, el más famoso de Buenos Aires, dicen. Tras cuatro meses mis pasos terminaron en el número 825 de la Avenida de Mayo para desayunar con mis amigas un martes con la esperanza de no encontrarme con una fila de gente en pantalón corto y una cámara de fotos colgada al cuello… Hacía mucho calor y no eran ni las diez, pero mi querida presidenta decidió no cambiar la hora porque no quería problemas con las provincias del sur o algo así. Total, que llegué tras sortear el tráfico peatonal de las estrechas aceras de Microcentro alentada a vivir la velada sin sentirme una extranjera más. Abrí las puertas como si fuera un ritual, busqué a mis amigas sin casi reparar dónde entraba y pedí al camarero un jugo de naranja con mediaslunas. Todo bien porteño, como verán.



El Café emigra a la época de Borges y Gardel sin mirar necesariamente los bustos que gobiernan la entrada al baño o las esculturas a lo museo de cera de la esquina. Por las mesas, por los asientos, por las vidrieras del techo, por las fotos en sepia, por la caja registradora de hace ochenta años; por la elegancia de los camareros, perfectos en su disfraz de servidores de grandes mentes del pasado. Reina una simpleza que se rompe cuando la distinción de esos mozos se pierde en cuanto una pareja de brasileños piden que les hagan una foto; y cuando llevan cuatro jarras de cerveza a los ingleses del fondo (recuerden la hora que es); y cuando el vestuario más refinado de los clientes son unas chanclas de playa. Todo cambia, ya no es posible escuchar los ecos de un tango de Gardel o recordar las palabras de Borges.

Pero yo también caigo y paseo con mi cámara entre las mesas, retrato algún rostro que aún es porteño y fácil de reconocer; observo detalles y saco más fotos hasta que un camarero veterano me pregunta si soy fotógrafa -será porque llevo una réflex… o porque voy bien vestida y no parezco turista- le respondo que lo intento y me dice lo linda que soy  y que parezco una bailarina de tango. Cambio rápido de tema y cuando curiosea qué hago allí, aprovecho para contarle que llevo mucho tiempo en Buenos Aires en un intenso intento de alejarme del groso de turistas que le roban toda la magia al lugar. Parece que lo consigo porque abre una cortina para que vea un pequeño teatro que esconden al fondo con un piano que hace mucho que no toca un tango. Pero los avispados turistas se percatan rápido de mi descubrimiento y hacen otra fila para la foto sentados en una silla convenientemente colocada en el escenario sin ni siquiera mirarse en los ajados espejos en los que un día se miraron los grandes poetas. Mi fiel admirador camarero me persigue para enseñarme una foto del Rey don Juan Carlos cuando estuvo allí… Y, sin remedio, me siento una turista más que tiene que advertir dónde está. Y es que nadie se da cuenta de que no hace falta ver las fotos ni las esculturas ni el retrato de Gardel ni el libro de firmas ilustres para saber que está en el Café Tortoni.

Me voy triste porque no ha sido la experiencia que esperaba y me voy decepcionada cuando en una mesa hay un alemán comiendo un bife de ternera con papas fritas y hablando con la boca llena. Once menos cuarto de la mañana, señores. Once menos cuarto de la mañana un martes en el Gran Café Tortoni.

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