Son las palabras que llenan una hoja

Esplendor perdido

In 600 on 3 diciembre 2010 at 10:30

Por fin fui al Café Tortoni, el más famoso de Buenos Aires, dicen. Tras cuatro meses mis pasos terminaron en el número 825 de la Avenida de Mayo para desayunar con mis amigas un martes con la esperanza de no encontrarme con una fila de gente en pantalón corto y una cámara de fotos colgada al cuello… Hacía mucho calor y no eran ni las diez, pero mi querida presidenta decidió no cambiar la hora porque no quería problemas con las provincias del sur o algo así. Total, que llegué tras sortear el tráfico peatonal de las estrechas aceras de Microcentro alentada a vivir la velada sin sentirme una extranjera más. Abrí las puertas como si fuera un ritual, busqué a mis amigas sin casi reparar dónde entraba y pedí al camarero un jugo de naranja con mediaslunas. Todo bien porteño, como verán.



El Café emigra a la época de Borges y Gardel sin mirar necesariamente los bustos que gobiernan la entrada al baño o las esculturas a lo museo de cera de la esquina. Por las mesas, por los asientos, por las vidrieras del techo, por las fotos en sepia, por la caja registradora de hace ochenta años; por la elegancia de los camareros, perfectos en su disfraz de servidores de grandes mentes del pasado. Reina una simpleza que se rompe cuando la distinción de esos mozos se pierde en cuanto una pareja de brasileños piden que les hagan una foto; y cuando llevan cuatro jarras de cerveza a los ingleses del fondo (recuerden la hora que es); y cuando el vestuario más refinado de los clientes son unas chanclas de playa. Todo cambia, ya no es posible escuchar los ecos de un tango de Gardel o recordar las palabras de Borges.

Pero yo también caigo y paseo con mi cámara entre las mesas, retrato algún rostro que aún es porteño y fácil de reconocer; observo detalles y saco más fotos hasta que un camarero veterano me pregunta si soy fotógrafa -será porque llevo una réflex… o porque voy bien vestida y no parezco turista- le respondo que lo intento y me dice lo linda que soy  y que parezco una bailarina de tango. Cambio rápido de tema y cuando curiosea qué hago allí, aprovecho para contarle que llevo mucho tiempo en Buenos Aires en un intenso intento de alejarme del groso de turistas que le roban toda la magia al lugar. Parece que lo consigo porque abre una cortina para que vea un pequeño teatro que esconden al fondo con un piano que hace mucho que no toca un tango. Pero los avispados turistas se percatan rápido de mi descubrimiento y hacen otra fila para la foto sentados en una silla convenientemente colocada en el escenario sin ni siquiera mirarse en los ajados espejos en los que un día se miraron los grandes poetas. Mi fiel admirador camarero me persigue para enseñarme una foto del Rey don Juan Carlos cuando estuvo allí… Y, sin remedio, me siento una turista más que tiene que advertir dónde está. Y es que nadie se da cuenta de que no hace falta ver las fotos ni las esculturas ni el retrato de Gardel ni el libro de firmas ilustres para saber que está en el Café Tortoni.

Me voy triste porque no ha sido la experiencia que esperaba y me voy decepcionada cuando en una mesa hay un alemán comiendo un bife de ternera con papas fritas y hablando con la boca llena. Once menos cuarto de la mañana, señores. Once menos cuarto de la mañana un martes en el Gran Café Tortoni.

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  1. A mi me gusta mucho Lidia!!! Sobre todo la imagen del alemán masticando patatas con la boca abierta.

  2. A lo mejor no te gustan los cafés de Buenos Aires porque yo no estoy ahí para hacerte compañía. En septiembre me pasaba, quizá porque tú andas lejos o porque había dejado de fumar, quizá por ambas cosas; me ocurría que el café tenía un sabor más amargo.
    Y ahora mi crítica: tienes alguna falta (“y, sin remedio,” la ‘y’ en mayúscula, más adelante “donde está.” con tilde, “nadie se da cuenta DE que”, y esta rima interna mejorable “no ha sido la experiencia que esperaba y decepcionada”). Me encanta el tema y las fotos,me gusta la espontaneidad. Pero creo que si le das otra vuelta, haces de esta columna un tango.

    • Efectivamente será por tu ausencia, no lo dudo, de verdad.
      Mañana mismo corrijo las faltas, pero no le puedo dar más vueltas, ¿sabes por qué? Porque ya lo hice!!!!! Es que escribí la de 800 palabras y tuve que recortar, de hecho mi versión original era bastante mejor, pero sabía que me ibas a matar, últimamente no soy capaz de quedare en las 600…

  3. Es que los cafés ya no son lo que eran… Las tertulias establecidas han pasado, en la mayor parte de los casos, a grupos de trabajo en Facebook u otras cosas peores. Si pides un café y te sientas a leer un libro, en el momento en el que has consumido la negra infusión, sobras del lugar… Cafés para los recuerdos, cafés para los turistas, cafés para las fotografías. Aún queda un café de los de verdad. Creo que lo he encontrado y está en Pamplona.
    Lydia, muchas gracias por tu historia!

  4. Hola Willi! y porque no he escrito sobre el Café La Biela, porque sería otra gran condena. No me están gustando los cafés de Buenos Aires, qué le voy a hacer

  5. Maravillosa descripción del Tortoni que leo mientras nieva intensamente sobre el campus de la Universidad.

    Cuando estuve en el Tortoni había una reunión de poetas en el saloncito tras la cortina que leían en alto sus poemas. Afortunadamente era septiembre y ya no había turistas en chancletas.

    ¡Sigue escribiendo!

    • Jaime, qué suerte encontrarte con aquella reunión, hubiera pagado por estar en un ambiente así; pero ya no es lo que era, una pena.
      Muchas gracias por tu comentario!!

  6. Bien, Lychu. Es una gran condena ésa, la de ser aparentemente un turista más, pero en el fondo tener un comportamiento y una actitud que se alejan del cliché.
    Te decepcionó, pero al mismo tiempo se ve que te conmovió. Me ha gustado mucho.

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