Son las palabras que llenan una hoja

El hombre del gatillo

In 600 on 18 enero 2011 at 2:00

La primera vez que vi sus dientes en un vaso de agua me di un susto de muerte. Me la encontré sin querer, la dentadura, flotando gigantesca dentro de un vaso de cristal sobre el lavabo. Entonces, caí en la cuenta de que no todo podía ser natural en la sonrisa de un hombre de 93 años. Después me he acostumbrado a verle cada día más delgado, hundido en el centro de una cama que él y todos detestamos. A oír que vuelve en ambulancia al Hospital, a donde ya le han conducido demasiados viajes.

Pero mi abuelo es fuerte. Siempre ha vuelto a casa. Y cuando vuelve a estar entre sus cosas, con la comida de siempre, dentro de su sillón y de la ropa de todos los días; también él mismo vuelve a encontrarse dentro de sí. Parece que, cuando se lo llevan deprisa entre ruidosas sirenas, el búlgaro que se encarga de moverle de un lado para otro o la búlgara que cocina y cuida la casa o los mismos ambulancieros se dejaran en el dormitorio la mitad de su alma.

Las veces que le cambian el reloj por una tira de esparadrapo y una sonda, la camisa por una bata y le ponen a su habitación un número y un compañero que no es la abuela, le cambian además muchas cosas. Cosas de las que apenas se dan cuenta médicos y enfermeras. Res cogitans que solo echan de menos quienes ya sabían de su existencia. Sobre la camilla, su cuerpo parece todavía más cuerpo.

En una ocasión, todavía no había cumplido los 20, le creyeron muerto. El abuelo, que ha vivido el siglo de las guerras mundiales, decidió subirse de adolescente a un camión que pasó por su pueblo reclutando voluntarios para la guerra española. Hijo único de madre viuda, subió al vehículo y se marchó a pegar tiros y –esto lo supo más tarde- fue a hartarse de comer sardinas en lata. Nunca le he preguntado si mató a alguien. Y él nunca me lo ha contado. En la única historia de guerra que relata sobre un muerto, él es el protagonista.

Se había quedado dormido bajo la sombra de un árbol. Entonces, otros guerrilleros lo agarraron de las botas y le arrastraron a una fosa, donde se despertó rodeado de cadáveres. Más bien le despertó un hombre que, delicado como un hombre, intentaba sacar provecho de las botas que ya no iba a necesitar un muerto.

Tras aquella primera muerte, ha vivido muchos años más. El abuelo, como los gatos, sobrevive a muchos sustos. Porque, después de aquel, han venido unos cuantos más. Como también han renacido los disparos. En los últimos años, se ha hartado de pegar tiros. Sobre todo a familiares. El Hospital es uno de los escenarios favoritos del abuelo para acometer crímenes severos.

Aprisionado entre los barrotes de la cama de hospital, el único movimiento que se le tolera es el de reclinarse. De vez en cuando le incorporan en la cama y descubre a dos o tres o unas cuantas más cotorras bien molestas. Entonces, con sigilo sobre la sábana, como el león en la sabana, saca la pistola. Pocos se dan cuenta y, para cuando lo hacen, ya se ha llevado por delante a media bandada. Lleva años practicando ese estilo de tiro en el salón de casa, de donde le secuestran para curarle y donde se olvidan de recoger la mitad de su alma. A él, en cambio, nunca se le olvida sacar de casa el revólver. Por si acaso. Uno nunca sabe dónde van a aparecer enemigos.

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  1. Resulta relativamente fácil comentar un texto, esto he creído yo siempre hasta ahora que te “toca” tan cerca. No es cierto, no es fácil cuando lees con tanta intensidad interior, estás tan cerca del personaje del relato, que eres su sombra en la narración. Cruda realidad a la que la autora no ha puesto más que dolor y desgarro, la lucha de un hombre por la supervivencia que, aunque nada diga la autora, se deja a las manos del Todopoderoso. Una recomendación cambia “ambulancieros” por “camilleros”. Paula, brillante, un texto vibrante, hermoso y poderoso. 10.

  2. Paula… pese a lo que te diga Guillermo, es de lo mejorcito que has escrito (ultimamente Willy y yo diferimos mucho respecto de tus columnas). Pero más allá del hecho de que eres una gran escritora, se nota que le has puesto todo tu corazón y toda tu alma, esa que vas recogiendo de tu abuelo cuando a él se la intentan quitar. Y esta es la mejor forma de devolvérsela.

    • ¡jaja! Que te inspiras, Lydia! Muchas gracias. Un día me gustaría escribir un libro sobre esto. O un cuento. U otra columna. Quizá una nota. Una frase. Pocas palabras. Es un tema del que no me despego.
      Por cierto, está bien que difieras de Guillermo porque así se compensan mis escritos.

  3. Genial!

  4. El estilo tiene mucho ritmo, creo. Utilizas con sabiduría la puntuación y el contenido resulta más que atractivo. Me recuerda a Irène Némirovsky Única pega: ¿lo escribiste tal vez demasiado rápido?

    • Qué va, lo escribí por la noche. Quizá sea eso. La cabeza, a esas horas, ya sabes: un hervidero donde los párrafos se entremezclan para separarse, para reencontrarse o acabar en la papelera. Es eso. Y el límite de 600. Gracias por la crítica y por descubrir a esa escritora. Unav tiene todas sus obras, así que habrá que.

  5. Grande!!! De contar!!! Yo quiero perfiles así en el proyecto -nuestro proyecto- que llevamos entre manos.

    • Los tendrás José Antonio, y tendrás un buen diseño, una memoria empresarial magnífica, un estudio de los competidores excepcional y muchos buenos ratos. Eso sí, tendrás que dejarme participar en todo… 😉

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