Son las palabras que llenan una hoja

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365 días y 4 horas

In 600 on 21 julio 2011 at 0:22

Hace un año que rompieron mis dos maletas -que ya es mala pata- en algún aeropuerto de este globo de tierra y agua en el que vivimos. Creo intuir en cuál fue, pero me voy a abstener de señalar con el dedo; ya sabéis, quien esté libre de pecado
Hace un año que pasé demasiadas horas llenando esas maletas con todo lo que os podáis imaginar; desde el bañador hasta múltiples gorros, bufandas y guantes monísimos, para que luego “las olas de frío polar” fueran de cinco grado ¡¡sobre cero!! Que me dieron ganas de mandar a alguno a Pamplona en diciembre.
También hace un año que pasé un julio a cinco grados.
Hace un año que viajé más de diez horas volando sobre agua y nada más que agua, hasta que llegó la selva, y nada más que selva. Y yo, allí arriba… durmiendo cual oso hibernando en su guarida. Lo confieso: lo último que recuerdo antes de empezar a parpadear muy despacio es sobrevolar Canarias y porque lo veía en esas pantallitas último modelo que tienen los aviones y que deberían modernizarse ya (primero que alguien haga algo con el teletexto y luego que se ponga con las tecnologías avioniles). Me desperté con el desayuno y una azafata que, por cierto, no me quiso cambiar a primera clase y por eso me cae mal; una azafata, digo, que me informaba que estábamos a cincuenta minutos del destino.
Hace un año que tuve que mentir por primera vez a la policía aduanera diciéndole que sólo venía de vacaciones. Lo que tuve que hacer a los tres meses, justo el día que caducaba mi visa de turista, os lo cuento en otro momento.
Hace un año que comprendí realmente lo que es intentar ser estafada por un conductor de autobús; no me dejé engañar, ¡qué os pensáis?
Hace un año que tuve una verdadera discusión sobre política con un taxista y en un país del que no tenía mucha idea. Gané yo, por si alguno lo dudaba.
Hace un año que crucé la avenida más ancha del mundo y no me di cuenta; recordad que estaba manteniendo un acalorado debate.
Hace un año que compartí desayuno con una amiga a la que hacía mucho tiempo que no veía y en un sitio al que volvería todas las noches de los martes.
Hace un año que descubrí que una ciudad puede vivir ajena a los pasos de cebra y señales de tráfico; de hecho, descubrí que una ciudad puede vivir sin ambos.
Hace un año que me desilusioné porque los mitos rara vez son realidad. Aunque luego me sorprendería cómo la realidad siempre supera a los mitos.
Hace un año que me asusté ante lo nuevo.
Hace un año que caminé en el hemisferio sur. Nunca me fijé si el agua gira al revés cuando cae por el desagüe.
Hace un año que mis ojos vieron un río que parecía un mar, una ciudad que parecía una colmena y un país que no tiene comparación.
Hace un año que llegué a Buenos Aires. Mi Buenos Aires querido. Una ciudad con alma en la que conseguí sentirme una porteña más. Y lo conseguí justo en el momento en el que fui consciente de que estaba cruzando la avenida más ancha del mundo. Ese instante llegó tarde, demasiado. Cuando tuve que volver.

PD: he decidido aprovechar el blog para recomendar otros siempre que pueda. Hoy os dejo ¿Por qué no?, de esa amiga que me invitó a desayunar hace un año y que ahora vuelve a sufrir esas olas de frío polar.

De harina y agua

In 600 on 19 julio 2011 at 15:00

Está hecho el pan y la pizza. Y Marianna, que es tan buena como el primero.

Se ganó la confianza de la familia el día que dejó de cocinar los macarrones con azúcar. Aunque yo todavía sufro que en lugar de café siga haciendo brea, y eso que trabaja por las tardes en una cafetería de la que le gustaría salir corriendo como Forest Gump.

Hace ya dos o tres años –nunca llevo bien la cuenta de nada- que vino a hacer las américas a España. Entonces, se sujetaban en su nariz unas gafas redondas y amarillentas, distintas a las que enseña ahora, cuando ve el horizonte de otra manera; a veces, como por encima de una hoguera, aunque trata de camuflarlo bajo los nuevos rectángulos de opaco cristal. Por eso –yo soy la única que lo sabe- Marianna necesita un vicio para alegrarse de vez en cuando la mañana. Y para aguantar días de 12 horas de trabajo fuera de casa, de Bulgaria, lejos de problemas.

La vida de Marianna se parece a la comida que nos prepara en casa después de pelearse con el aspirador y antes de reconciliarse con la plancha. Solo ella es capaz, como Mary Poppins en su bolso, de sacar de la despensa todo lo que necesita. De sus dotes como cocinera surgen por días platos costosos, otros más humildes,  de vez en cuando dulces y siempre contundentes. El menú es más laborioso cuanto mejor tiene el día. Más aún: he detectado que cuando le invade la alegría por dentro, hace bizcochos.

En mi casa está contenta. Ella también, pero sobre todo mi madre, que la endiosa. En cierto sentido, Marianna tiene cualidades divinas, ya que siembra orden donde hay caos y, por añadido, es omnisciente. Sabe dónde están los leotardos azules de canalé, el cargador del móvil, el DNI y hasta cuándo lavó mi última camiseta o la prenda de alguno de mis seis hermanos.

Por eso tiene las manos ásperas, las piernas siempre cargadas y dura la espalda. Por eso y porque sobre ella carga una hipoteca, un marido parado –entiéndase- y dos hijos que le hacen crecer las canas. Aunque desde hace años las camufla bajo un tinte color arcilla que compra en el supermercado durante alguna de sus dos tardes medio libres al mes.

Después de dos años, todavía le arranca el español en la boca. Incluso Matt –para quien la servidora se encuentra ‘rabiante’ de belleza- se atreve a corregirle de cuando en vez. Cosa que me encanta, tanto por uno como por otra. Sobre todo porque aquélla se lanza a la piscina de nuestra gramática como lo exige el Pictionary. Yo, que hago de traductora a pesar de que no siempre lo requiera la situación, acierto algunas veces y otras me da la razón –como hacen con el mismo fin quienes me conocen un poco.

Pude que esta señora sea la vigésimo novena en aprender dónde se guardan los trapos de la cocina. Y no será la última. Las dos anteriores, Milagrosa y Asunción, han ido quedando atrás como adjetivos de un verso para Marianna, con la que volverá a terminarse otra estrofa.

Lo mismo nos pasará con ella, que se irá en el peor momento. Porque siempre es malo el momento en el que marcha al destierro la que es buena. Más aún ahora que ya se ha amoldado a nuestras cosas y se amasado con ellas como una de esas masas que prepara. Y es que Marianna está hecha de ese mismo material con el que hace magia. De harina y agua, una genial pasta.

Mis errores

In 600 on 12 julio 2011 at 16:44

De saber que todo el mundo se equivoca a experimentar que uno mismo lo ha hecho, hay una lección; que yo acabo de recibir por primera vez. Lo digo sin orgullo. Porque no es lo mismo equivocarse en aspectos donde se es un profesional de la vida, que en otros en los que uno se encuentra sumergido en condición de novato. Así, se pueden tener errores como hija o como periodista. Yo acabo de estrenarme en estos últimos. Y lo he hecho con un traje de gala.

Ahora hace ya unos días de eso. Me ocurre con frecuencia empezar un escrito y acabarlo semanas más tarde, como hago con todas las cosas.

Pero el fallo persiste. Aún podéis leerlo en la web, ese lugar eterno donde se medio esconden nuestros orgullos y humillaciones. Para facilitaros el trabajo, os remito a mi metedura de pata pinchando aquí, como se aventuran a decir los más anticuados paletos, con todo mi resprecio.

El tema comenzó como de costumbre. ‘Elena –mi jefa, le digo- me consta que hay una fuga grande en una calle importante y que los vecinos no tienen agua –ella me mira como esperando a que escupa un sapo- y he pensado, bueno… que podría ir a ver qué pasa, de quién es el problema –y esas 5 uvedobles que se repiten en el Periodismo como un condimento’. Ella me dice que sí, para no perder el hábito.

Salgo a la calle. Me planto en los portales. Engancho al primero que pasa, al segundo, al tercero. Pregunto y pregunto dando eso tan feo que dicen, y vuelvo al rato. Al día siguiente. Al otro. Llamo, llamo y llamo, en fea cadena y, cuando se me ha deshinchado la vena, vuelvo a la redacción para escupir los sapos por los dedos e irme intranquila a casa.

El día que me equivoqué, el primer día de una babilónica escalera, le sucedió a mi reportaje lo mismo que al conejo en la chistera. A la hora del segundo café del día desapareció del podio donde lo habían colocado. En su lugar, en vez de un ramo de flores, salió en portada una rectificación.

Me preocupé. A pesar de que digan que rectificar es de sabios y de que haya estudiado Filosofía. Sobre todo, de la acusación particular: el poco rigor informativo de mis sapos. ‘Vaya –pensé o exclamé o dije, si no me acuerdo ni de cuántos años tengo- vaya’.

Releí la noticia y con ella le di eso tan horrible a gente con criterio. Mi defensa: ‘Ya explicas que el problema no es suyo –de quienes pidieron que anduviéramos como los cangrejos- si bien –mis defensores siempre se andan con reservas- el titular es desacertado’. Ahora mismo no recuerdo si esa defensa fue la que yo me hice o la que alegaron mis abogados, cómo voy a saberlo si hay veces que se me olvida poner el agua en la cafetera.

Bajé la cabeza después de que el diario se quitara el cinturón ante la audiencia. Me preocupé más de un día. Quizá dos, hasta darme a mí misma el adjetivo. Pero mi primer error, uno de esos que llevan ‘h’, como diría Alvira, me sirve para entender dos cosas. (En todo lo malo puede hurgarse lo menos malo).

Una, que éste es sólo el primero de una metralleta de sapos que siempre hay que disparar con rigor informativo. Y otra más; que se puede hacer algo de sabios también cuando no es necesario. Cuando hay quienes llaman así a un croar que les molesta solo cuando se le pone delante un micrófono.

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