Son las palabras que llenan una hoja

De harina y agua

In 600 on 19 julio 2011 at 15:00

Está hecho el pan y la pizza. Y Marianna, que es tan buena como el primero.

Se ganó la confianza de la familia el día que dejó de cocinar los macarrones con azúcar. Aunque yo todavía sufro que en lugar de café siga haciendo brea, y eso que trabaja por las tardes en una cafetería de la que le gustaría salir corriendo como Forest Gump.

Hace ya dos o tres años –nunca llevo bien la cuenta de nada- que vino a hacer las américas a España. Entonces, se sujetaban en su nariz unas gafas redondas y amarillentas, distintas a las que enseña ahora, cuando ve el horizonte de otra manera; a veces, como por encima de una hoguera, aunque trata de camuflarlo bajo los nuevos rectángulos de opaco cristal. Por eso –yo soy la única que lo sabe- Marianna necesita un vicio para alegrarse de vez en cuando la mañana. Y para aguantar días de 12 horas de trabajo fuera de casa, de Bulgaria, lejos de problemas.

La vida de Marianna se parece a la comida que nos prepara en casa después de pelearse con el aspirador y antes de reconciliarse con la plancha. Solo ella es capaz, como Mary Poppins en su bolso, de sacar de la despensa todo lo que necesita. De sus dotes como cocinera surgen por días platos costosos, otros más humildes,  de vez en cuando dulces y siempre contundentes. El menú es más laborioso cuanto mejor tiene el día. Más aún: he detectado que cuando le invade la alegría por dentro, hace bizcochos.

En mi casa está contenta. Ella también, pero sobre todo mi madre, que la endiosa. En cierto sentido, Marianna tiene cualidades divinas, ya que siembra orden donde hay caos y, por añadido, es omnisciente. Sabe dónde están los leotardos azules de canalé, el cargador del móvil, el DNI y hasta cuándo lavó mi última camiseta o la prenda de alguno de mis seis hermanos.

Por eso tiene las manos ásperas, las piernas siempre cargadas y dura la espalda. Por eso y porque sobre ella carga una hipoteca, un marido parado –entiéndase- y dos hijos que le hacen crecer las canas. Aunque desde hace años las camufla bajo un tinte color arcilla que compra en el supermercado durante alguna de sus dos tardes medio libres al mes.

Después de dos años, todavía le arranca el español en la boca. Incluso Matt –para quien la servidora se encuentra ‘rabiante’ de belleza- se atreve a corregirle de cuando en vez. Cosa que me encanta, tanto por uno como por otra. Sobre todo porque aquélla se lanza a la piscina de nuestra gramática como lo exige el Pictionary. Yo, que hago de traductora a pesar de que no siempre lo requiera la situación, acierto algunas veces y otras me da la razón –como hacen con el mismo fin quienes me conocen un poco.

Pude que esta señora sea la vigésimo novena en aprender dónde se guardan los trapos de la cocina. Y no será la última. Las dos anteriores, Milagrosa y Asunción, han ido quedando atrás como adjetivos de un verso para Marianna, con la que volverá a terminarse otra estrofa.

Lo mismo nos pasará con ella, que se irá en el peor momento. Porque siempre es malo el momento en el que marcha al destierro la que es buena. Más aún ahora que ya se ha amoldado a nuestras cosas y se amasado con ellas como una de esas masas que prepara. Y es que Marianna está hecha de ese mismo material con el que hace magia. De harina y agua, una genial pasta.

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  1. Me encanta como buscas inspiración en las cosas más sencillas, para luego transformarlas en algo brillante. Felicidades a ti por lo escrito y a Mariana por tener la suerte de compartir su vida con la de tu familia. BRAVOOOOOOO!!!!!!!!!

    • Me parece que llego más que tarde a leer estos comentarios en los que acabo de reparar (eso es porque Lydia los acepta sin decirme esta boca) Muchas gracias María Jesús. Ahora ya tengo uno casi a punto de salir del horno. A ver si lo cuelgo antes de hacerlo yo misma. Me encanta que disfrutes con estas historias.

      • Deja de culparme por tus errores porque acabas de admitir que no cuidas este blog como se merece… Y yo sí. (Chincha)

  2. He leido, mejor, he devorado el artículo y he terminado nostálgico. No se quienes son las dos mujeres de la fotografía, pero podría deducir que son las dos partes de 600, la harina y el agua, y en este orden vista desde la izquierda. Guardan cierta empatía, cierta identificación mental y afectiva con el mutuo estado de ánimo. Esa Señora y la Autora reparandado en ella, merecen todo nuestro respeto. Un artículo que es un tributo, un justo reconocimiento a estas personas de cuyos servicios, siempre impagables, depende la felicidad del matrimonio. Esa mujer, Marianna, no es una empleada de hogar responsable del servicio doméstico. Es más, mucho más, es el ama que cuida a la familia más allá de su trabajo ordinario. Yo, de niño, tuve la enorme fortuna de tener un ama. Aún recuerdo cuando mojaba un pañuelo de tela en su lengua para limpiarme, una herida, el zapato o la frente. Fenomenal, Paula, sobre todo porque no has necesitado utilizar palabras de grueso calibre, a lo Arturo Pérez Reverte, que tanto te agrada, para expresarnos tus buenos sentimientos. Es evidente que quieres mucho a Marianna y esta mujer honrada, por lo que nos cuentas, bien se lo merece. Enhorabuena por Marianna.

    • Es pena que firmes como anonimo -perdonad las tildes pero el ordenador en el que escribo es estadounidense. Solo espero que no seas el Lucero del Alba que ha venido con un pseudonimo para confundirnos. Gracias por tus palabras y espero verte por aqui mas veces -no te pedire que tantas como actualizamos el blog, porque serian pocas. Aunque va acelerado…

  3. jaja, hurra, José Antonio. Bueno, y Paula. Y Lychu!!

  4. No soy de los afortunados, quienes pudieron apreciar las mieles -y nunca mejor dicho- de estos ricos postres tan búlgaros, como poco vulgares (por lo que decís, amiga Paula). La emoción que se ha despertado en las distintas partes constituyentes de mi primario aparato digestivo y de mi todavía complicada psicología son tan brutales que, sin mediar más deliberación, me voy a la pastelería. Paula, querida, por favor, no hagas de tus 600 palabras un ejercicio de poder. En esta ocasión me has doblegado. ¿Era eso lo que querías? Pues lo has conseguido, embaucadora.

    • Me ha gustado: “estos ricos postres tan búlgaros como poco vulgares”. Quería rendirle un homenaje a esta señora con lo único que se me da bien: rellenar 600 (sobre todo cuando vamos en carrera, ¿eh Lidia?). Ahora sí que me comería un dulce, un salado o un búlgaro. ¡Qué hambre! Gracias JA. Y Guillermo.

      • Querida, sé que nunca has pecado de soberbia, no va contigo ni nunca lo hará; pero tampoco hay que pasarse. Has de saber que si lo único que se te diera bien fuera rellenar 600 no habrías llegado donde estás, hay mucha sabiduría detrás de tus palabrejas. Tómate esto como un cumplido y no te acostumbres porque sabes que no soy muy dada a los grandes elogios, aunque de vez en cuando te dedique un post.

      • jaja. Hombre, también se me da bien pelear… Me lo tomo como un cumplido. Servidora.

  5. jaja, un nuevo post lleno de chispa. Consigues que el lector gravite y palpe a Marianna.

    Y la ortografía es ya casi, casi perfecta!! Salvo por lo de Mary Poppins, como bien dice Lychu, que hasta donde yo sé también va con i latina y dos pes.

    • Ya lo he corregido, antes de que se presente por aquí alguien más con una piedra en la mano. Bueno, pues se lo leí a ella y me dijo: “Nunca pensaría que ibas a escribir por mi!”, de donde podría deducirse que también le gusta escribir y le he copiado o que el español va en graciosa primera marcha. Veo que no fallas Guillermo. Gracias por volver por aquí

  6. Querida, ya era hora que le escribieras un post a Mariana, que lo que se merece es un monumento y no por estar día tras día en tu casa, sino por aguantarte a ti.
    Tres cosas: Mary Poppins no se escribe asá, se escribe así. Doy fe de la repostería casera búlgara que de vez en cuando se puede degustar en Zubiaur’s house. Y por último, una pizca de azúcar en el tomate da a los macarrones un gusto especial; pero sólo una pizca.

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