Son las palabras que llenan una hoja

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Una mañana cualquiera

In 600 on 22 septiembre 2011 at 17:16

Nueve de la mañana. Y por su cara, eso era madrugar demasiado. Buenos días. Entró directa a la barra para abrir el periódico regional de turno mientras pedía un cortado a ese chino que sonreía a todos los clientes. Atenta al diario, pasaba páginas hasta que se detenía en alguna para analizarla; pero era algo aleatorio, sin sentido aparente. Cuando el risueño camarero le sirvió el café, ella se fue, sin mirarlo, hacia una mesa vacía. Mientras seguía informándose escuchaba algo con unos cascos. De Iphone, de Ipod, de Ipad o de Ipud. Pero también miraba de refilón la televisión de la esquina, la de las noticias, no la otra, que había dos. Puede que lo que escuchara fuera la radio y no el hit del verano… Quién sabe. Sin embargo, no dejaba de levantar la vista para observar al chico del taburete, que también bebía café, que tampoco miraba al chino y que también leía un periódico; lo acechaba con esos ojos macilentos que el rímel y un poco de raya negra no habían conseguido disimular. Lo vigiló hasta que él, que no estaba nada mal, se levantó y se fue. No le siguió con la mirada, pero se dirigió veloz hacía el hueco vacío que había dejado el misterioso joven. Cogió el periódico y volvió a su sitio. Diario deportivo. Misma operación: pasar páginas casi sin fijarse y detenerse fortuitamente de vez en cuando. Terminó de leer. Habían pasado unos doce minutos.

Abrió el bolso para sacar un ordenador portátil, lo encendió y se conectó a la red; la página de inicio era otro diario. Nacional. Recorrió la pantalla aproximadamente durante un minuto y comenzó a abrir muchas pestañas. Una red social. Otra. Otra. Y otra. Una página de correo electrónico. Y otra. Y una tercera. Y estaba ensimismada. Escribe, se ríe y se sonríe; pone mala cara y vuelve a sonreír, se pone seria y se ríe… Habían pasado unos cuarenta minutos.

Casi eran las diez cuando miró el móvil y escribió algo. Al mismo tiempo seguía con el ordenador, y con el teléfono, y otra vez con la pantalla. Y también con los cascos, y con sus dos pantallas. Otra chica llegó a la mesa para saludarla y ella, al principio, no apagó el portátil. La amiga curioseó rápidamente las portadas de los periódicos de la mesa, pidió un café y se sentó. Comenzaron a conversar, pero ella, la primera, nuestra chica, cogió otra vez el móvil y escribió algo, se rió y lo dejó; y volvió a hablar, pero otra vez vibró el móvil. La otra chica, la segunda, la amiga, puso mala cara; pero ella también tenía el móvil en la mesa y también lo miró y al final también escribió algo. Habían pasado unos veinte minutos.

Y así, una chica que parecía gustarle estar informada, está atrapada con la tecnología. Así, ligar en un bar al punto de la mañana es misión imposible. Así, una conversación entre amigas dura un cuarto de hora. Así, desayunar fuera de casa se convierte en algo insoportable. Y así, no hay nada más asocial que alguien enganchado a las redes sociales. Vaya paradoja, ¿eh? Esto último me lo dijo un amigo informático que se pasa el día trabajando con ordenadores y que después de cenar sigue pegado a la pantalla tumbado en el sofá, mientras su novia ve la televisión desde el otro. Pero él se ha dado cuenta de lo que pasa.

Yo aún no había caído en la cuenta de tal gran verdad. Y yo soy la chica del bar. Ella, la primera, nuestra chica.

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Johnny… La gente está muy loca

In Tintarías on 21 septiembre 2011 at 22:51

Hace un mes estuve en Líbano. Tierra impresionante donde las haya, por su historia, sus paisajes y sobre todo por su gente. Los líbaneses hacen esfuerzos sobrehumanos por comunicarse con cualquiera. En árabe, libanés, francés, inglés e incluso se mandan aluna frase en español. Una de esas noches de verano más húmedo que una pecera, mientras bailábamos en Sky Bar (la discote más chic de Oriente Medio) tuve una epifanía gracias a un libanés. La frase no es suya, ni la canta él… y casi no la sabe pronunciar, pero es la pura Verdad: La gente está muy loca. Nunca había oído la canción en cuestión pero el ritmo da igual. Es verdad y punto.

Hace un par de días me citó un señor conocido de mis padres en su despacho. Yo no sabía muy bien qué quería de mí este honrado caballero y ciertamente tampoco tenía demasiado interés. Me lo tomé como una de esas situaciones en las que no quieres hacer quedar mal a tus padres, que le han hablado tan bien de ti y a quienes la humillación no les dejaría vivir durante 3 días seguidos.

El caso es que fui, no sin antes intentar concertar una hora que no me hiciera perder todo el día, aunque finalmente prevaleció, cómo no, la que propuso el señor.

Mientras ponía el ticket de la hora, recibí una llamada de mi madre, quien me alertó del disgusto monumental del empresario que llamó a mi casa para quejarse de que yo, osada de mí, había intentado modificar la hora para no faltar a mis deberes doctorales, familiares, éticos y religiosos y de toda índole. Mal comienzo.

Una vez en su despacho, sólo me preguntó una cosa: “¿Eres más de Filosofía o de Periodismo?”. A lo que respondí que de las dos.
– “Pues no eres el perfil que busco”.
– “Vale, muy bien”. Yo ni sabía que era una entrevista de trabajo, pero es mejor ir al grano que así vulevo a mis deberes.

Y como ya estaba calentito por mi osadía, que ni Yolanda Barcina le pone hora a él, me soltó una sarta de profecías desastrosas: que no debería hacer el doctorado, que la universidad está en quiebra, que la vida es una desgracia, que debería dejar a mi novio y largarme a Estados Unidos que iba a estar en el paro hasta 2087… “Y madura. Tienes que madurar”.  No sé si era una entrevista o una terapia colectiva para optimistas…
Primeros 5 minutos de conversación… de conocernos…. Pero Johnny…

Cuando uno se jubila

In 600 on 21 septiembre 2011 at 12:26

Me pregunto qué tiene que sentir alguien el mismo día que se jubila después de haber trabajado durante 40 ó 50 años para una empresa. El momento, mil veces retratado por Hollywood, en que el ahora jubilado se vuelve en el umbral de la puerta de su oficina para ver cómo se queda entre los muebles un fantasma. Y se pregunta cómo ha sido capaz de dejar ahí los años sin darse cuenta. Cómo, en un instante, le cae de golpe la vida para darse cuenta de que, a partir de ahora, va a ser siempre un abuelo.

Mira la mesa, por primera vez sin papeles, ordenada, plana. Detrás de ella, en la estantería, todavía quedan carpetas de la empresa que vació hace unos días y se figura qué hará con ellas el que venga detrás de él. Quizá sea un tipo joven, con un MBA, de pantalones estrechos, camisa ajustada y un cinturón a medio camino entre la cintura y la cadera. Un chico cargado de energía que le sustituirá para cambiar también el decorado, las costumbres, sin importarle que la vida pasa como la chispa a través de una mecha. Sin intuir que, al cabo de un tiempo, terminará jubilándose también.

Mientras tanto, al que ahora le toca, entra un momento en la oficina sin soltar la manilla. Desde la puerta, pasa una brisa hacia las ventanas que mecen las cortinas de la izquierda. “Siempre ha tenido muy buena ventilación, y una moqueta agradable”. En la pared de la derecha sigue el cuadro de un pueblo de montaña, con algunas vacas y un caserío y se acuerda de que tiene que ir a visitarlo alguna vez. Echa un último vistazo a la lámpara de pie, próxima a la puerta, a la mesa con la impresora que sigue a la de trabajo y a poco más, porque ya apenas quedan solo muebles.

Al dar un paso atrás para salir, sin dejar de mirar al frente, siente que la oficina se llena de algo invisible que le vacía por dentro desde hace sólo unos segundos. Y ese rincón, que ayer parecía una parte de sí mismo, lo siente hoy del todo ajeno. “De qué voy a quejarme ahora…”

Cierra la puerta y se abre paso a lo largo del pasillo como quien se dirige sin prisa hacia lo desconocido. El camino es silencioso. A ambos lados, los compañeros prosiguen su trabajo, algunos en oficinas comunes, otros en solitario. Ya se había despedido de todos invitándoles la víspera a un aperitivo. Ellos seguirán allí. Unos más años que otros, moviéndose sin parar para mantener el mundo en pie. Ahí, como hormigas bajo el dictado de la naturaleza, sin apreciar que los días pasan de uno en uno hasta caer juntos de golpe.

Siente que, en el camino de salida, se le llena de canas la cabeza. Se quita la chaqueta. “Puede que me compre unos vaqueros y unas zapatillas”. Y se acuerda de cuando terminó la carrera; de sus amigos de entonces, a los que volvió a ver hace poco. Recuerda las lecciones recibidas en su primer trabajo como contable en una fábrica de textiles; del coche de segunda mano en el que invirtió sus primeras nóminas y que no dejaba de averiarse; de cómo fueron llegando los hijos, ahora ya casados, y la primera vez que le hicieron abuelo. También piensa en su mujer. “Pasaré tanto tiempo con ella como cuando éramos novios”. Mete la mano al bolsillo y cuenta las monedas. “Suficientes como para sorprenderla una vez más con un ramo de lirios”. Y se aleja dando un brinco.

Cómo se lleva un sombrero

In 600 on 20 septiembre 2011 at 16:03

Cuando uno se compra un sombrero tiene que saber, primero, que posiblemente haya tirado el dinero; y, luego –solo se da en el mejor de los casos-, que va a estrenarlo mucho tiempo después de adquirirlo.

Dejando a un lado disfraces y conjuntos de gala – aunque en ciertas personas resulta accesoria la diferencia- vestir un sombrero con dignidad un día cualquiera requiere, sobre todo, llevarlo con normalidad. Basta con ponérselo en la cabeza, salir a la calle y andar como si nada.

Sin embargo, cuando caminas por la acera con un sombrero, sientes que algo cambia dentro de ti. Paseas, cruzas una calle, adelantas una manzana… y a cada paso vas perdiendo la seguridad en ti mismo: “Creo que no me favorece”. Así que, en cuanto entras en la panadería o a tomarte un café, te lo quitas: cuestión de cortesía.

Antes de abandonar ese rincón de paz, donde uno se había encontrado más consigo mismo, con ese yo que hacía un rato estaba con el pijama en casa, te ves con el artilugio en la mano y dudas, pero acabas recolocándotelo sobre la cabeza. “Solo tengo que acostumbrarme”, y prosigues el camino distraído con otros pensamientos… Hasta que te ves reflejado en un escaparate. “Mejor me lo encajo más y así se me ve menos la frente”. Desde ahora –habías aguantado unos minutos como si nada- te resulta inevitable quitarte el accesorio de la cabeza, en todos los sentidos de la expresión. Pero sigues engañándote y andando, que a alguna parte ibas y a ese lugar tienes que llegar, con o sin sombrero, con o sin dignidad.

Mientras tanto, a lo largo del recorrido, algo te indica que los que se cruzan contigo no dejan de mirarte. “¿Soy yo o es que todo el mundo me está mirando?”. Por si acaso, caminas unos pasos mirando la acera. Hasta que deja de pasar gente y remontas: si otros lo han hecho, tú también puedes hacerlo.

Pero es que a todo el mundo le quedan mejor los sombreros. Entonces te viene a la cabeza –parece imposible evitar juegos de palabras- ese amigo tuyo, de esos que en realidad solo son conocidos, que lleve lo que lleve sobre la testa, ya sea un gorro, una gorra, un bombín, una cinta, un tocado, un pañuelo o las mismas gafas de sol, siempre le favorece. Y eso te hace sentir algo más ridículo; sobre todo si te cruzas con él. Aunque basta que pase por delante cualquier conocido para que te sientas bastante imbécil. Más aún si el sombrero es atrevido, digamos que de cierta ala, o de paja, cuando paseas en la ciudad. Porque en la palaya, de vacaciones, parece que hay una licencia especial para llevar cualquier cosa en la cabellera.

Pensad, por ejemplo, la de gorros de marcas como ‘Coca-cola’, ‘La Piara’ o ‘Nivea’ que os habéis podido llevar a la cabeza cuando pegaba el sol un día de agosto. Accesorios que pronto van a parar a la basura, a diferencia de esos sombreros “de ciudad” que un día nos atrevimos a meter en casa. Esos terminan por quedarse en el altillo después de haber cogido polvo en el fondo del armario. Algunos nunca vuelven a ver la luz. Salvo cuando se cambia la ropa de temporada y hay que reabrir las cajas llenas de ropa. Entonces, quizá uno vuelve a cogerlo entre sus manos después de varias estaciones y, aunque no se lo ponga jamás, solo lo regalará después de algunos años, cuando quede lejana la compra de un artilugio demasiado llamativo para ti, siempre más humilde que todo eso.

NÚMERO-LETRA

In 600 on 12 septiembre 2011 at 16:12

No lo entiendo, realmente no sé la razón -y puede que exista-, pero no comprendo el afán por titular NÚMERO-LETRA todo acontecimiento, por mínimo que sea. Ya me entendéis: 15M, 19J… Creo que es una moda de estos últimos tiempos, ¿no? Puede que todo empezara el Día D con el Desembarco de Normandía; pero día D es la designación genérica militar para todo comienzo de combate y creo que poca gente lo recuerda como 6J… Tampoco se recuerda el ataque a Pearl Harbor como el 7D… Ni Hiroshima como 6A… Con todo, en España contamos con el 23F, momento digno, pienso yo, de ser recordado así. Luego llegó el 11S y el 11M y el 7J, números y letras que todos tenemos grabados en la memoria y que nunca olvidaremos porque han marcado tres sucesos de tal magnitud que siempre deberemos recordar. Por lo que significan, por sus causas y por sus consecuencias.
Sin embargo, no veo necesario que cada año se haga lo que se hace, esos especiales, esa semana de imágenes por televisión como si tuvieran que recordarnos algo que hayamos olvidado, ¡Cómo si pudiésemos! Yo tenía 14 años y cuando llegué del colegio vi a mi madre sentada en el sofá y supe que pasaba algo porque mi madre nunca está sentada en el sofá a la hora de comer; me acerqué y la vi llorando delante del televisor, se pasó así toda la tarde y no conocíamos a nadie en Nueva York. A los 17 años recién cumplidos llegué otro día a casa y volví a ver a mi madre en la misma situación, pero ya sabía lo que había pasado y esa vez sí que conocíamos a gente en Madrid. A los 18 yo estaba en Londres ese 7 de julio. Así que, sí, me acuerdo de esas fechas, siempre me acordaré. Y este año es normal el despliegue informativo por el aniversario, igual que hoy mismo hace 10 años del día después del 11S, y el año que viene serán 11 años después del 11S y también será significativo por aquello del 11 y ya nos plantamos en 15 años después y luego 20… y así será siempre. Pero da igual, porque todos lo recordamos como si fuera ayer. Lo peor de esto es que los culpables de que esos días hayan pasado a la historia también se acuerdan y no paramos de recordárselo. Y yo me acuerdo también de que allá por 2003 mil clérigos en mil mezquitas se dirigían simultáneamente a Estados Unidos en particular y Occidente en general: “No queremos nada de ustedes excepto verlos muertos […] Decimos esto porque les odiamos con toda nuestra alma, no sólo por lo que han hecho, sino por lo que son. […] No tenemos miedo a la muerte, le damos la bienvenida, porque tenemos garantizada la felicidad eterna si morimos matándolos”. Y no me gusta que lo que para unos es el recuerdo de un fatídico día, para otros sea un día de júbilo.
Y todo esto me lleva a cuestionarme los últimos acontecimientos con título de día histórico, porque 15M se ha tomado como nombre de un movimiento. Psss, pase. Pero el 19J o las futuras elecciones el 20N y más derivados son títulos puestos de antemano, como si así se dieran más importancia de la que realmente van a tener. Desgraciadamente, el proceso es justo el contrario: primero sucede algo, normalmente nefasto, y posteriormente se recuerda con el título NÚMERO-LETRA. Hacerlo al revés me parece una forma de distorsionar la historia deliberadamente y sin razón. Y si alguien tiene otras explicaciones que me las diga, porque yo no lo entiendo.

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