Son las palabras que llenan una hoja

Cuando uno se jubila

In 600 on 21 septiembre 2011 at 12:26

Me pregunto qué tiene que sentir alguien el mismo día que se jubila después de haber trabajado durante 40 ó 50 años para una empresa. El momento, mil veces retratado por Hollywood, en que el ahora jubilado se vuelve en el umbral de la puerta de su oficina para ver cómo se queda entre los muebles un fantasma. Y se pregunta cómo ha sido capaz de dejar ahí los años sin darse cuenta. Cómo, en un instante, le cae de golpe la vida para darse cuenta de que, a partir de ahora, va a ser siempre un abuelo.

Mira la mesa, por primera vez sin papeles, ordenada, plana. Detrás de ella, en la estantería, todavía quedan carpetas de la empresa que vació hace unos días y se figura qué hará con ellas el que venga detrás de él. Quizá sea un tipo joven, con un MBA, de pantalones estrechos, camisa ajustada y un cinturón a medio camino entre la cintura y la cadera. Un chico cargado de energía que le sustituirá para cambiar también el decorado, las costumbres, sin importarle que la vida pasa como la chispa a través de una mecha. Sin intuir que, al cabo de un tiempo, terminará jubilándose también.

Mientras tanto, al que ahora le toca, entra un momento en la oficina sin soltar la manilla. Desde la puerta, pasa una brisa hacia las ventanas que mecen las cortinas de la izquierda. “Siempre ha tenido muy buena ventilación, y una moqueta agradable”. En la pared de la derecha sigue el cuadro de un pueblo de montaña, con algunas vacas y un caserío y se acuerda de que tiene que ir a visitarlo alguna vez. Echa un último vistazo a la lámpara de pie, próxima a la puerta, a la mesa con la impresora que sigue a la de trabajo y a poco más, porque ya apenas quedan solo muebles.

Al dar un paso atrás para salir, sin dejar de mirar al frente, siente que la oficina se llena de algo invisible que le vacía por dentro desde hace sólo unos segundos. Y ese rincón, que ayer parecía una parte de sí mismo, lo siente hoy del todo ajeno. “De qué voy a quejarme ahora…”

Cierra la puerta y se abre paso a lo largo del pasillo como quien se dirige sin prisa hacia lo desconocido. El camino es silencioso. A ambos lados, los compañeros prosiguen su trabajo, algunos en oficinas comunes, otros en solitario. Ya se había despedido de todos invitándoles la víspera a un aperitivo. Ellos seguirán allí. Unos más años que otros, moviéndose sin parar para mantener el mundo en pie. Ahí, como hormigas bajo el dictado de la naturaleza, sin apreciar que los días pasan de uno en uno hasta caer juntos de golpe.

Siente que, en el camino de salida, se le llena de canas la cabeza. Se quita la chaqueta. “Puede que me compre unos vaqueros y unas zapatillas”. Y se acuerda de cuando terminó la carrera; de sus amigos de entonces, a los que volvió a ver hace poco. Recuerda las lecciones recibidas en su primer trabajo como contable en una fábrica de textiles; del coche de segunda mano en el que invirtió sus primeras nóminas y que no dejaba de averiarse; de cómo fueron llegando los hijos, ahora ya casados, y la primera vez que le hicieron abuelo. También piensa en su mujer. “Pasaré tanto tiempo con ella como cuando éramos novios”. Mete la mano al bolsillo y cuenta las monedas. “Suficientes como para sorprenderla una vez más con un ramo de lirios”. Y se aleja dando un brinco.

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  1. Has clavado lo de “también piensa en su mujer. “Pasaré tanto tiempo con ella como cuando éramos novios””, pero creo que su siguiente pensamiento sería “noooooooooooooo, por favor!!”.

    • jaja, se me había escapado este comentario. Cuando uno tiene muchas mujeres es… ¿era polígamo, verdad? Pero cuando uno está casado solo con una, eso es ¡cómo se decía? Ah, mono…..tonía! Hurra por los que están casados hasta que la muerte les separe

  2. Paula, espero que mañana nos veamos para un café o lo que se tercie, quizá un tercio. Mientras tanto, mi crítica, Creo que hoy has hecho un ejercicio de estilo. Dos momentos brillantes; la secuencia “sin papeles, ordenada, plana” y la concentración temporal “siente que, en el camino de salida, se le llena de canas la cabeza”. El “plana” arroja el alma a determinado vacío. Unos zambranianos ínferos de la repetición sin sentido. Las “canas” son del más puro espíritu bergsoniano que juega con los sucesivos engrosamientos y estrechamientos del tiempo ganado y perdido a la vez. Tiempo por el que vuela el alma intentando recuperar altura una vez que despierta del “aplanamiento” impuesto por una ley laboral que corre aneja a la de la naturaleza. Sin embargo, el escrito me suena, no me parece nuevo. Si fuera tu editor, te diría: “Aquí hay oro, aplícale más fuego”. Como no lo soy, también te lo digo. Para eso están los amigos.

  3. Es un tema intrincado, claro está. Me gusta porque sacas a la palestra temas muy candentes.
    En mi opinión, el gran reto de la jubilación es cómo invertir el tiempo del que, de golpe, se dispone. Es toparse, de nuevo, con una libertad abrumadora.

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