Son las palabras que llenan una hoja

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Otra mañana cualquiera

In Calamares en su tinta on 13 octubre 2011 at 0:51
  • ¿Sí?
  • Buenos días. Publicidad.
  • ¿Síí?
  • Publicidad.
  • ¿Qué?
  • ¡Publicidad! ¿Me puede abrir?
  • ¿Qué?, ¿quién es?
  • ¡¡¡Publicidad!!!
  • ¿¿La policía??
  • Propaganda, señora.
  • ¿Qué?¡No le entiendo!
  • PRO-PA-GAN-DA
  • ¡Ah! Propaganda. Vale.

Clic.

  • …. Muchas gracias.

Voy a hacer un llamamiento a todos: abrid al repartidor. Por favor. Sé perfectamente que es una faena que llamen por la mañana a casa mientras estás viendo la televisión, sentado en el sofá o incluso durmiendo, te levantas para ver quién es y resulta ser la famosa propaganda… Más que una faena, es una putada, pero ¡es que ya estás levantado! ¡Tienes el telefonillo en la mano! ¡Y has contestado! ABRE, no te cuesta absolutamente nada. Apretar un botón. Piii. Ya está. No ha sido tan duro. Luego ya puedes volver a tu sitio acordándote de toda la parentela del repartidor, que él no se va a enterar y su familia tampoco. Aquellos que no abren (y siento si es el caso de alguno de los lectores) lo hacen con muy mala baba. Y estoy hablando de portales que ni tienen un portero que se ocupe del tema ni un buzón destinado a tal uso, aquellos portales en los que no te queda más remedio que llamar; porque puedo prometer y prometo que si puedo evitar el encontronazo con los vecinos, lo hago. Nunca llamo demasiado pronto, porque pienso en quienes tienen esas sábanas con poderes mágicos que impiden salir de la cama antes de las diez y media de la mañana. Y nunca insisto con toques largos, simplemente rozo levemente el botón, lo cual suele ser señal inconfundible de ¡¡PROPAGANDA!!

Ahora voy a hacer un segundo llamamiento: educación. Me he dado cuenta que este será muchísimo más complicado. Doy los buenos días, pido las cosas por favor, abro puertas y ayudo con las bolsas en cuanto se da la ocasión. Y esa señora que te ha agradecido con una sonrisa que le subieras los tres kilos de patatas y los ocho litros de leche escaleras arriba y que te ha dicho lo guapa que eras, esa misma dama en cuanto tú, amable y también sonriente, osas sacar el panfleto de turno y comienzas a depositarlo en el interior de los buzones… su rostro se convierte en una mueca de asco, gira la cara, se marcha altiva con su compra y ni se le ocurre contestar a tu educado “hasta luego, buenos días”. Ni qué decir tiene de aquéllos que te pillan in fraganti y a los que no te ha dado tiempo de hacerles ningún favor porque cuando persisto con mi insistente BUENOS DÍAS y mi sonrisa, ellos te miran, los que lo hacen, y pasan de largo como si no tuvieras derecho a existir. Y ya no voy a comentar sobre los que te regañan y pasan a tu lado murmurando sobre la lastra que suponen esos repartidores para la sociedad.

Y después de todo, pienso que la que ha madrugado y la que tiene que recorrer cada calle dos veces, normalmente con mucho calor o con mucho frío y con una mochila al hombro llena de propaganda, soy yo. Soy yo la que no tiene muchos motivos para sonreír el lunes por la mañana a gente desconocida y soy yo la que se pasa las horas haciendo un trabajo que no me realiza en absoluto por unos puñeteros euros. Y son los demás los que se enfadan porque se han tropezado conmigo en el portal y no dan los buenos días a la primera persona que se encuentran. Vaya forma más inútil de comenzar el día.

Hermano Sol, hermana Luna

In 600 on 13 octubre 2011 at 0:48

Puede que sea cosa del Ecologismo, pero cada vez me preocupo más por los animales.

Hasta hace poco tenía dos canarios. Ahora solo tengo uno porque el primero pasó a mejor vida: se escapó de la jaula este verano. Antes de eso, para que no se les atrofiaran las alas, les construí una destartalada voladera que coloqué en un rincón de la terraza, sobre una mesilla redonda de azulejos. Ellos pasaban ahí todo el día, mientras que yo solo unas horas a la semana. Tantas como podía. Salía fuera y los miraba sin pausa. Después fui perdiendo la ilusión. Primero de que cantara el macho; luego de adiestrarlos y más tarde de que se aparearan. Encontré que siempre hacían lo mismo. Se limitaban a moverse de rama en rama o a ahuecarse las plumas cuando no extendían las alas para matarse. Así que pasé a observarlos menos tiempo. Incluso le dejé a un compañero el canario más joven para ver si adivinaba su virilidad. Uno de esos días, cuando recordé que tenía una mascota, salí al jardín y en la jaula solo había ramas. Primero lo hizo él y luego se escaparon mis lágrimas. Unas pocas, a fin de cuentas no tengo yo edad para llorar por esas cosas. A los días me pareció escuchar cómo piaba en el jardín del vecino. Empecé a silbar para ver si lo atraía, hasta que dejé de oírle. Estos días he visto cómo el mismo gato cruzaba el jardín de mi casa dos veces con un ratón en la boca, y no dejo de pensar en Apolo.

Mientras estaba sin pájaros me dediqué a curiosear un nido de golondrinas que hay en el tejado del vecino. Y creo que Bécquer tenía razón con su “volverán las oscuras golondrinas”, porque estoy segura de que la misma pareja lo habitan de año en año, como si fuera su casa de la playa, solo que emplean sus vacaciones para criar. Desde mi observatorio –la ventana del baño- pude ver cómo con el paso del verano iban asomándose las cabezas de las crías. Por lo menos había tres. Incluso aprendí que los adultos dejan el nido y les avisan con un pitido para que se escondan si se aceran otros ejemplares. También disfruté con la defensa del nido que hacían los progenitores. En dos ocasiones vi cómo decenas de golondrinas subían lanzadas hacia el nido para caer en picado. Me entraban ganas de lanzarles el cepillo de dientes o el bote de champú para que les dejaran en paz. Pero a ver qué le explico luego al vecino. Luego llegó septiembre y se fueron todos, aunque el nido sigue ahí, esperándoles a que llegue la próxima primavera.

Pero lo mío con los animales va de mal en peor. He llegado a sentir pena por una araña minúscula a la que le da por hacer “teling” de tu cabeza al hombro. Cuando eso me pasa, agarro el hilo por la mitad y extiendo el brazo para ver dónde está el bicho. Al dar con él, lo acerco al suelo, donde ya no hay tela que valga, y dejo que se vaya con sus patas a otra parte.

Hace unos días subía las escaleras de mi casa rumbo a mi habitación cuando me topé con una especie de escarabajo. Lo miré un instante –ojo, un instante encierra la eternidad- y luego lo machaqué con mi zapatilla derecha. Sonó alto. No tanto como para silenciar los ronquidos de mi padre, en el piso de abajo, pero me asusté. Ni siquiera intenté cogerlo con un folio y soltarlo por la ventana.

Los bares de Internet

In 600 on 6 octubre 2011 at 12:20

Si no entiendes de redes sociales te lo explico en pocas líneas. De verdad, solo 600 palabras.

La mayoría de abuelos no entienden qué significa Internet. Lo ven como una realidad tan ajena a sus vidas como importante para el mundo, sobre todo porque sus hijos, sus nietos o los medios de comunicación que todavía leen en papel no dejan de hablar de ese extraño mundo. Twitter, Facebook, Google, páginas web… les cuesta comprender que hemos creado un mundo invisible.

Nosotros, en cambio, sabemos la importancia de crearse un espacio intangible. (Dame una oportunidad, sigue leyendo, que quizá no sea tan obvio lo que voy a contarte).

Desde que Internet reinventa la existencia de las cosas haciéndola más global, sabemos que, si un negocio no está en la web, tiene una existencia más reducida, más mediocre. Así, digamos, una empresa que no aparece en Google tiene más ‘no ser’ que ‘ser’. (Perdonadme).

Lo mismo que ocurre con los negocios pasa con las personas. Si no estás en Internet, parece que tu existencia se vuelve, en cierto sentido, mediocre. Y es que en realidad, existes para menos personas. Tienes menos probabilidades de compartir aficiones, gustos, pensamientos; mengua tu capacidad de conocer a otros y de tener contactos.

Pues bien, así como una empresa se da a conocer en Internet creando una página web, un individuo se abre hueco en ese mundo a través de las redes sociales. En ellas, como en el menú desplegable de una compañía, uno puede incluir tanta información de su vida como desee: fotos, opiniones, gustos o enlaces a sitios interesantes. Al crearse un espacio así muchas personas, surgen las redes. Y, al entrar en contacto unas con otras, esas redes se vuelven sociales, ya que las personas interactúan compartiendo información.

En ese sentido vuelven a diferenciarse las páginas web de las redes sociales. En las primeras se cuelga información oficial, mientras que en las segundas, la información es privada. Algo que muchos inconscientes, metidos hasta las trancas en Internet, no se paran a pensar, tomando por igual un espacio como Facebook que una página como la de la Nasa. Gente que tiene más vida virtual que vida real.

Cada vez hay más campañas que intentan concienciar a las personas de esa diferencia. Incluso hay un nuevo fenómeno, el ciberbullying, que empieza a preocupar a algunos ministerios. Lo mismo que sucede en los colegios, donde los más fuertes amedrantan a los débiles, está ocurriendo en las redes sociales, solo que de esa forma inmaterial que los abuelos no entienden.

Hay personas que dan rienda suelta a todo lo que piensan, todo lo que sienten, todo lo que les parece interesante en las redes. Algo que en la vida real, la palpable, uno solo haría con sus mejores amigos o entre familiares, donde sabe que le quieren por encima de sus rarezas.

Como no todos tus contactos en las Redes sociales, donde fácilmente puedes llegar a 200, son personas de tu confianza, mejor reservarse la intimidad para sacarla entre esos que cuentas con los dedos de una mano.

Si no, ocurre que pasas a ser raro si siempre compartes enlaces a sitios de interés. Eres un chulo si en todas tus fotos posas. Te llaman frikie si cuelgas todos tus dibujos. Y pueden llegar a hacerte eso, ciberbullying. Porque las personas no somos imparciales, y la información personal nunca es aséptica.

Dice mi madre que se le ha dado la vuelta al embudo. Ya no hace falta salir de casa a otros lugares para ampliar tu horizonte social. Ahora los bares están en Internet, en las redes sociales.

Las aventuras que me perdí

In 600 on 3 octubre 2011 at 2:27

He decidido hacer deporte y tras varios días de cábalas y muchas excusas para retrasar ese momento, concluí que lo mejor era la natación. El sábado fui a la piscina porque yo SÉ nadar. Pues resulta que nado mal… Así que en ello estoy. Esa misma tarde, un buen amigo y asiduo de estos lares me recomendó que viera una tertulia de Arturo Pérez Reverte y Jacinto Antón en la Autónoma de Barcelona; entre otras muchas cosas, hablaron de libros y me dieron qué pensar. Hoy, en su columna, Reverte también reflexionaba sobre la lectura y me ha vuelto a dar qué pensar. Seguramente no entendáis qué tiene qué ver el cloro con la literatura, pero ahora mismo lo vais a entender: yo SÉ leer, pero resulta que leo mal. O al menos, leí mal hace mucho tiempo.

Suelo devorar todo libro que cae en mis manos, estoy abierta a toda clase de recomendaciones y pido consejos muy a menudo. Sin embargo, mi criterio para sentenciar si un libro vale o no es muy simple: si engancha en las primeras páginas es bueno, si no, lo desecho. Y debo decir que el método pocas veces me falla. El factor no es simplemente el entretenimiento porque el best seller de turno o la novela policiaca tradicional las leemos todos. Pero siempre hay algo, aunque no sepa qué es, que me incita a avanzar, aunque el libro sea aburridísimo; la mayoría de las veces, es ese algo lo que lo convierte en un buen texto.

De pequeña aborrecí los libros hasta que un verano mi madre me tiró uno mientras intentaba dormir la siesta y me dijo: “Haz algo y lee, por lo menos”. Era La Piel del Tambor y yo tenía diez años. Los que me conocen, ahora entenderán la estima que le tengo a don Arturo. Simplemente, porque gracias a él, empecé a leer y descubrí que me encantaba. Pero claro, si fue ese mi primer libro, significa que me perdí mucho; me perdí las aventuras de Tintín, de Zipi y Zape y de Los Cinco, sólo conocí a Superman y a Batman por las películas y nunca leí Moby Dick. Y ahora ya no es lo mismo porque nunca jugaré a la búsqueda del tesoro ni me acostaré pensando en descubrir los nuevos mundos de esos libros que no leí.

Lo que leí a continuación fueron el resto de novelas de Reverte porque eran una apuesta segura. Luego apareció el gran mundo de “los más vendidos” y “novedades en libros de El Corte Inglés”, de ahí, que empezara a establecer un criterio. Con Harry Potter (yo lo empecé tarde) gasté muchas horas, de las que no me arrepiento en absoluto, puede que descubriendo esas aventuras perdidas de mi infancia. Después fue la universidad y Platón, San Agustín, Kant, Marx, Kierkegaard, Nietzsche y un largo etcétera que, como imaginaréis, también me hizo pasar noches en vela. También llegó el periodismo de guerra y el hallazgo de Ramón Lobo. Y ahora, que ya me toca volver a hojear esa piel de tambor que empiezo a olvidar me doy cuenta de que me faltan tantos clásicos que no sé por dónde empezar. Me falta Dostoievsky en particular y Rusia en general; Gogol fue el comienzo y pinta bastante bien. Me faltan Los Tres Mosqueteros, me faltan James Joyce y Dickens. Me faltan tantos que me agobio yo sola. A veces, sigo dudando entre Lope y Quevedo, entre Góngora y Calderón o entre Valle Inclán y Azorín…

Puede que esto de que no sabía nadar tan bien como pensaba haya sido toda una revelación.

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