Son las palabras que llenan una hoja

Cuando se aporreaban las teclas

In 600 on 7 noviembre 2011 at 0:11

Hace poco conocí a un hombre de novela en el barrio de Chueca, en Madrid. Había quedado con una amiga para retomar una tarde de conversaciones, café y paseos cuando dimos con un escaparate que nos llamó la atención.

Al otro lado de un cristal sucio como el de las farolas, se veían máquinas de escribir colocadas a la altura del pecho. Había unas cuantas, todas cubiertas con plástico de cocina que las abrigaba del polvo. En una de ellas, en la primera fila, había un trozo de papel mal cortado donde leímos: “Regalo para periodista”, escrito a mano con un rotulador.

La puerta de entrada estaba medio abierta, como esperando a que la cruzáramos. La empujamos un poco, pesaba bastante. Un poco más… y aparecimos dentro del lugar más desordenado que he visto en mi vida.

Cajas, papeles, las tripas de un montón de máquinas de escribir se amontonaban en imaginadas mesas que rodeaban las paredes de la tienda. Solo había un pasillo en forma de “u” por el que apenas pasaba una persona y que se abría paso alrededor de una gran encimera que salía de un lado para ocupar casi toda la superficie del local. Libros abiertos se apilaban sobre otros libros abiertos hasta casi alcanzar los dibujos de distintos modelos de máquinas que se esparcían amarillentos por las paredes altas.

Frente a la de entrada, alguien había arrancado otra puerta, y solo se veía el marco. Dentro, un hombre trabajaba sobre un pequeño mostrador a la luz de una lámpara. No giró la cabeza.

Buscamos el escaparate, alineado con la puerta que acabábamos de cruzar. Allí estaban nuestras máquinas de periodista. Resultaba fácil distinguirlas, eran más pequeñas, más planas y sin mucho adorno, como la que acabábamos de ver. Levanté el plástico de una de ellas. “Pluma 22”, decía una chapa. Su carcasa tenía el brillo del espacio, azul eléctrico con chipas. Cometí el error de preguntarle al hombre más detalles.

Salió de su taller. Vestía una bata azul manchada como sus manos. “Es una máquina de los años 40”, y empezó a destapar, como un titiritero, las que la rodeaban. “Esta es de los 20, esta de los 30 y aquélla de los 60. Todas funcionan. Yo no vendo algo que no funcione, al menos no a este precio. Esta otra es una joya, pero no es de periodista, no podría serlo, los periodistas andaban con máquinas más ligeras. Las metían en estos estuches, espera un momento… en estos estuches que luego también servían para llevar tus cosas. Sacas la máquina y llevas un bolso. Pero ésta no, es de principio de siglo, vale una pasta, no te diré. Es una preciosidad. Si quieres una más barata tienes que irte a las que se hicieron a partir de los 60. Ésta, por ejemplo, vale 90 euros. Todas están hechas aquí, en España. Esas, en cambio, las hago yo. Mira, mira qué preciosidad es esta máquina. Una vez una señora me preguntó que para qué servía. Pues ya lo ves, para calcular, le dije, pero si pones una cafetera aquí detrás también te sirve para hacer café, no te fastidia. Si es que, hay gente… Un día vino un italiano con un Ferrari. Quería una máquina roja. Le dije: mañana tiene aquí una máquina roja. Y la traje, ahí la tienes, espera que no recuerdo donde está. Ah sí, aquí, mira. Aquí sigue. No ha vuelto. Y otros me regatean. No señor, no. Que llevo cuarenta años en este negocio, que era de mi abuelo, que tengo piezas que no se ven” (vuelta de carro) ¡TIN!

Anuncios
  1. Ya pensabais que no iba a comentar… Lydia me lo dejó caer… Y aquí estoy.
    Paula, me ha desconcertado el modo de contar. Creo que la descripción del lugar no casa bien con, lo que yo entiendo, el clímax del escrito. Es decir, el último párrafo [el último gran párrafo. (Tin). ¡¡¡Genial!!!]. He pensado que el contraste sería la clave, pero no me parece que funcione.
    Tengo la tentación de reescribirlo, pero no lo voy a hacer: el hijo es tuyo.
    Espero veros a todos pronto. Abrazos.

    • Me alegra verte por aquí, ¡compañero! Cuando uno dice una cosa, puede que sea su opinión. Si te dicen lo mismo dos, aún puedes engangañarte pensando que no tienen razón. Pero que coincidan tres… Va a ser que tenéis razón (quizá, sí, un poquito). Le voy a echar un ojo. ¿Qué se hace si el hijo que has hecho no te gusta? Dicen que hay que quererlos como son…

  2. Está escrito desde hace dos semanas!! Lo que no estaba es publicado. Guillermo, lo siento pero no estoy de acuerdo: esas cosas las he puesto adrede. Otra cosa es que estén bien traídas o no, pero no son despistes. Esta vez has acercado demasiado la lupa y te has dado un golpe en la nariz. Y Lydia, intenté escribir ese último párrafo como él hablaba. Creo que la que mejor puede juzgarlo es María Castrillo, así que voy a ponerle el link en su facebook. Chicos, gracias por vuestras críticas, las apunto en mi memoria. Ah, no, que ahí se me pierden….

    • Yo sí que lo siento, Paula, porque, en el caso de que lo hayas puesto adrede, esos errores son más preocupantes. Simplemente no son fluidos y dificultan la lectura. A Lydia no le convencen, y a mí tampoco. No creo que haya acercado demasiado la lupa, porque ni siquiera tuve tiempo de sacarla: todo eso me llamó la atención desde el principio. Otra cosa es que te encabezones, claro.

      Lo del párrafo final sí que funciona, en cambio. Como tú dices, transmites su modo de hablar.

    • A ver Paula! Que no nos entendemos!!! El último párrafo me parece genial! El que no me convence es el cuarto….

  3. Opino exactamente lo mismo que Guillermo, deberías repasar todo ese párrafo, para ser sinceros… te lo he intentado decir por otros medios para decirte sólo aquí las cosas menos malas, pero ya parece que esto se ha convertido en un taller de escritura, lo cual me encanta! Y a ver si no tardamos tanto en escribir cosas que nos pasaron hace un mes!!!! 😛

  4. Me gusta la historia en su conjunto, y particularmente el último párrafo. Tal vez podría pulirse más algunas frases como “se amontonaban en imaginadas mesas…” o “Libros abiertos se apilaban sobre otros libros abiertos”.

    No dejéis que el blog muera, ya sabéis que tenéis un lector asiduo. Hasta el punto de que, esta vez, os leo desde el aeropuerto de Atlanta.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: