Son las palabras que llenan una hoja

Odio al castañero

In 600 on 18 noviembre 2011 at 5:15

El otoño llegó hace un rato, un largo rato. Se coló en las casas en forma de calefacción y de calcetines gordos, tiñó de gris y marrón cielo y suelo, llegó con lluvias bajo las que no es tan bonito cantar y trajo la prohibición de enseñar los pies al salir de casa. Y es que es la estación más cruel porque llega sin avisar cuando aún robas pequeños rayos al sol para intentar conservar ese bronceado que tanto trabajo costó conseguir; cuando aún se pasan las madrugadas fuera de casa al resguardo único de las estrellas y una fina rebeca. Es ese momento en el que ya te acostumbras -te malacostumbras- al verano y su rutina, cuando, de repente, la luna decide cambiar la temporada. Y hay que olvidar los bañadores en el fondo de un cajón escondido y comenzar a descubrir jerséis de cuello alto y calzado que oculta el interior.

Toda estación tiene unos rituales inconscientes que ayudan a caer en la cuenta de que ya llegaron. El invierno aparece con los guantes, las bufandas de mil colores, los gorros de lana y las orejeras y se asienta con los árboles de Navidad y el Belén, con Papá Noel y las luces de El Corte Inglés -para qué engañarnos si es así-. Y si hay suerte y el clima lo permite, el invierno llega, indiscutiblemente, con la nieve. Sin embargo, la primavera se va haciendo camino poco a poco, pidiendo permiso y sin querer asentarse del todo; se manifiesta en forma de camisas de colores, de faldas con flores, de hormonas juveniles y de un sol que realmente calienta la piel. Y, como quien no quiere la cosa, pasa sin pena ni gloria entre las vacaciones de Semana Santa y los exámenes de fin de curso para dar paso al maravilloso verano. El momento es aquel en el que uno se baña al aire libre, da igual que sea en la piscina, en la playa o, simplemente, mojando los pies en el lago del parque más cercano; pero cuando te mojas y no tienes frío al salir, es que ya se lograron las verdaderas vacaciones.

Como he dicho, el otoño muta el tiempo con ferocidad y malicia, y por eso, puede que sea la estación más difícil de encuadrar en un instante concreto. Para algunos es la mudanza de armario; para otros, el comienzo del colegio; también puede llegar con ese maldito cambio de hora que hace que los días sean demasiado cortos. Para mí, el otoño llega con las castañas. Con el encuentro con el castañero del centro de la ciudad, ese personaje que no defrauda y vuelve año tras año al mismo lugar, a la misma caseta verde oscuro en la que debe de pasar una época muy calurosa entre humo y brasas. Un otoño muy distinto al del resto. (Si alguno de mis profesores de redacción me descubriera escribiendo sobre castañeros, tendríamos algunas palabras; pero no lo he podido evitar. Pido perdón. Esto pasa por prohibirlo en su momento.)

Ya está acabando noviembre y aún no he encontrado al castañero. Por eso, todavía no me siento verdaderamente otoñal aunque lleve jerséis de cuello alto y calzado cerrado y aunque ya haya olvidado los bañadores hasta dentro de mucho tiempo. Sin el castañero y su docena de castañas en un cono de papel, vivo en una especie de limbo estacional en el que creo que me he quedado atrapada. Ni las luces de El Corte Inglés ayudan a que lo supere. No digo más. Parece que este año, el invierno será más largo para mí.

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  1. Y más largo se te hará el otoño si sigues escribiendo a las 5 de la mañana. Lychu, que tu cuerpo y tu mente descansen!!

    Por lo demás, precioso texto. Nada que objetar. Eso sí, te garantizo que hay otoños y otoños. El de aquí se aproxima al ártico. Ni el castañero querría deambular por las calles durante mucho tiempo.

    • Yuju!!!!! Ni una falta!!!! Gracias!
      Mis noches de insomnio son un gran aliado para mi capacidad creativa y, además, luego duermo mucho mejor

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