Son las palabras que llenan una hoja

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Desde la puerta de la redacción

In 600 on 27 enero 2012 at 11:24

Desde que trabajo en la edición online del Diario apenas veo cómo la rotativa de la versión de papel se pone en marcha. Claro que eso es bueno, porque significa que puedo hacer algún encargo, tomar una caña o cenar con paz y ver un rato la tele antes de meterme en la cama. Pero también hace que la profesión pierda parte de su romanticismo.

Hay días que se me regala, en cambio, un horario entre tardío y nocturno. Cuando hay elecciones, por ejemplo, o cuando los aficionados al fútbol se concentran en los bares para sufrir hasta medianoche un empate entre el Real Madrid y el Barcelona. Entonces, llego a la redacción masticando un bocadillo de pan seco y tortilla de chistorra que por suerte unos chinos vendían en un bar de pinchos abierto a horas de puticlub. Y, cuando termina de pasar con esfuerzo el último mordisco, me enciendo un cigarro rezando para que el gestor de contenidos de la web no me dé ningún problema.

Mientras le doy la primera calada, veo a un hombre entre fuera y dentro de la nave donde se imprime nuestro buque de guerra. También él se lleva la mano a la boca cada cierto tiempo. Lo hace con golpes secos, como si se lanzara cacahuetes a la garganta. Después de un rato me doy cuenta de que se está chupando dos dedos para pasar las páginas del recién nacido Diario. Como no le veo muy bien a través de los coches que se congelan en el parking, subo el primer peldaño de mis escaleras y, con un poco más de altura sobre las carrocerías de escarcha, me doy cuenta de que no pasa las hojas del periódico, sino tarjetas blancas que agrupa con clips cada cierto tiempo. Casi puedo contar con el oído cuántas incluye en cada paquete. Mientras tanto él se pensará que fumo como un carretero, aunque lo cierto es que el frío hace la mitad del trabajo.

Además de la rotativa y de la redacción, hay cerca otro edificio en el que hace poco entré para recoger una botella de vino que algunos dejaron ahí como protesta por cosas que yo no entiendo. Ahí dentro hay rollos gigantes de papel canadiense que trae la última distribuidora de España. El hombre que repartía las botellas me explicó que ahora apenas emplean dos o tres bobinas para dar a luz, por las noches, al diario. Encima del bosque muerto, me dijo, está la farmacia que mantiene con vida al periódico a base de entregas con las que hemos intoxicado a nuestros lectores.

A estas horas, la luz de parte del almacén está encendida y me pregunto si habrá alguien preparando los callejeros de la próxima entrega. Debajo, a punto de salir hacia el parking, una furgoneta calienta motores. A lo mejor la están cargando de callejeros para que los distribuya por kioskos, cafeterías y vídeo-clubs donde se alarga el coma de la prensa.

Tengo sueño, pero no me importa. El sonido de las cadenas que pasan con periódicos me recuerda por qué me gusta esta profesión. Algo que, con mi horario cargado de teletipos, casi se me había olvidado. Algún día me atreveré a entrar en la rotativa para ver de cerca cómo se hace nuestro periódico. Si hasta ahora no lo hecho es porque me da miedo. No el hombre de la rotativa, que sigue en su sitio chupándose los dedos, sino empalmar con un día de trabajo. En el que ahora entro, atravesando el corredor de la muerte, sin saber dónde acabará nuestro papel y adónde iremos nosotros.

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Resumen de nuestra actividad blogera en 2011

In Uncategorized on 26 enero 2012 at 15:30

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2011 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 3.500 veces en 2011. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 58 viajes para llevar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

Hace falta tener jeta

In 600 on 17 enero 2012 at 12:33

Hay mendigos de todo tipo. Están las clásicas rumanas que, en lugar de una varita lanza-hechizos, llevan en la mano una rama de romero. Se te acercan con un “bonita, guapa” para ver si alargas el brazo y les alquilas las hierbas y, si pasas, se alejan lanzándote males de ojo, un “zorra maldita” o cosas peores. De esas he visto muchas por Andalucía. En las ciudades con metro, en cambio, hay mendigos con tarifa, que te piden un euro a la entrada del metro para comprar el billete de tren y siguen ahí cuando vuelves a comer a casa. ¡Haber dicho que era para Rusia!

También están los que se proponen amargarte el día. Recuerdo una ocasión en la que salí a consolar a Javier a una terraza con una coca-cola. Era San Fermín, y en esas fechas las calles se llenan de artistas y de unos cuantos jetas. Se nos acercó un señor moreno para pedirnos dinero y, en su lugar, le regalamos un par de cigarros. Como la conversación se alargaba, volvió a cruzarse con nosotros para pedirnos un pitillo. Le alargamos otro. Javier seguía hablando y yo le repetía las mismas cosas, pero le apetecía que lo hiciera, así que pedimos una cerveza a medias. El señor moreno se acercó de nuevo a nosotros. Esa vez comprendió, el camarero también, que le invitáramos a largarse.

Otros mendigos, casi siempre mujeres, zarandean el bastón con una mano, estiran la otra y hunden su cabeza entre los brazos, como muriendo de vergüenza. Dan pasitos por la calle gritando “¡Ayuda, por favor!¡Ayuuuuda!”. Te entran ganas de decirles: ayuda vas a necesitar como sigas andando sin mirar al frente y te empotres contra alguna farola.

Otra cosa son los que piden en la puerta de los supermercados. A esos, por lo menos, se les puede dar comida. Algunos, incluso, llevan un carrito de tela que van llenando conforme la gente sale de hacer la compra. Hay uno en Pamplona que tiene las manos muy ásperas y al que le falta un dedo. Éste te acerca siempre el carro. Mete en la ranura un llavero que acaba en forma de moneda y te da la gran cesta metálica. A veces pienso que mejor le iría si dejara que el cliente metiera una moneda. Después, al menos, la podría pedir, o podría acompañarte al coche y devolver el carro con tal de quedarse la propina. Con la pereza que da ir a dejar en su sitio un cacharro al que le falta tracción en todas las ruedas. Pero no quiere. Ya le hice yo un cartel plastificado donde ponía: “Te subo la compra al coche a cambio de la moneda del carro”. Ni un día se lo he visto puesto, como si tuviera predilección por el llavero, o por no moverse de la entrada del hipermercado. Los que piden en la iglesia suelen hacer algo parecido abriendo y cerrando las puertas, como San Pedro.

Una vez me riñó una señora por largarle unas monedas a una vieja que pedía por las cafeterías: “He visto cómo les traen en coche y les recogen, están organizados. Dale el dinero a Cáritas”. Yo también he visto eso. Vi a un hombre aparecer en coche para recoger a su hermano inválido de una iglesia en la que siempre pide y a veces entra.

Ahora solo doy monedas al que se lo trabaja. Al resto, cigarros, comida o café. Grandes cantidades, a las organizaciones, para que ayuden al que quiera. El que no, que siga en el escenario de la calle entreteniendo a los paseantes con sus espectáculos.

La primera mancha

In 600 on 16 enero 2012 at 19:10

Últimamente, cuando le miro a la cara veo que en su pómulo izquierdo va asomándose una mancha vertical. Tiene color de cicatriz, como si un día se hubiera rascado con la huella del meñique en el moflete. A veces me entran ganas de chuparme el pulgar para borrársela y despejar el camino que recorre su sonrisa hacia una piedra preciosa.

Con el tiempo he ido examinando mejor a mi madre. La cara de ratón que pone cuando está de buena gana, pellizcándose el labio con los dientes; cómo se muerde el carrillo empujándose la cara hacia las muelas cuando se debate la sesera y la manera en que frunce el ceño y los párpados, como si le deslumbrara el sol, cuando le deslumbran los problemas.

En estos dos últimos años he descubierto que, antes que mujer, se debate entre niña y señora. Todavía conserva el gesto de llevarse las manos hacia los hombros para agarrar las asas de un bolso que le cuelga en la espalda como a los estudiantes. Y a veces le engancha a mi padre por el brazo y se apoya en su hombro cuando pasean. También aún, a pesar de la experiencia, se enfada con el mundo poniéndose de hombros sin dar una respuesta a quien le pregunta qué demonios le pasa. Y algunos días, aunque cada vez con menos frecuencia, amarra una bolsa de Mamá Noel e irrumpe en las habitaciones para llevarse a la basura lo mejor de nuestras cosas.

Hay gente de la familia que se piensa que mi madre es la mala del matrimonio. La de carácter cítrico, la mujer de la negación, la contradicción de mi padre. Y ahora, ella misma ha acabado por creerse que, antes de ser persona, se ha convertido en ese personaje.

En cambio yo sé que mamá se niega siempre dos veces. Que llena esas bolsas de plástico con nuestros vicios para sacar a relucir los valores que ella ha visto escondidos en nuestras intenciones. Y sé que, si tiene una coraza, es porque la carga en el pastillero todas las mañanas. Sí, mamá es la contradicción de mi padre porque nos deja hacer en la sombra.

Aunque cosería los bolsillos de su marido, los suyos tampoco tienen fondo. Mamá es la cruz de la moneda, aunque siempre da la cara. Y no nos permite criticar a nadie. A pesar de que siempre nos ha dejado decir palabrotas. Si pudiera todavía nos lavaría la boca con jabón, como hacía cuando los mayores aún éramos pequeños. Aunque, si de verdad pudiera, nos lavaría el alma con estropajo. O con el ananas de metal que utiliza para renovar el culo de las sartenes cuando se encuentra aburrida en casa.

Tampoco tiene fondo su apetito de verduras, cereales, yogures y cualquier cosa. Ni su ilusión por recorrer la ruta 66 de los Estados Unidos en caravana, con camisas cuadriculadas de lana; ni la idea de jubilarse los fines de semana en algún rincón de Hendaya. De retomar los inviernos de esquí en los Pirineos, de salir a decorar de nuevo la casa, de conocer Tierra Santa.

Por eso me fastidia, con cada vez más fuerza y peores ganas, mirarle a la cara y verle la primera mancha. Le crece en el lugar donde van a parar las lágrimas pesadas.

Le he oído decir que le duele, y a mi padre que va a quitársela. Eso es lo que me gustaría hacer: rascarle con un poco de fuerza el moflete para no tener que recordar, cuando le miro de frente, que va camino de cumplir los 60.

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