Son las palabras que llenan una hoja

La primera mancha

In 600 on 16 enero 2012 at 19:10

Últimamente, cuando le miro a la cara veo que en su pómulo izquierdo va asomándose una mancha vertical. Tiene color de cicatriz, como si un día se hubiera rascado con la huella del meñique en el moflete. A veces me entran ganas de chuparme el pulgar para borrársela y despejar el camino que recorre su sonrisa hacia una piedra preciosa.

Con el tiempo he ido examinando mejor a mi madre. La cara de ratón que pone cuando está de buena gana, pellizcándose el labio con los dientes; cómo se muerde el carrillo empujándose la cara hacia las muelas cuando se debate la sesera y la manera en que frunce el ceño y los párpados, como si le deslumbrara el sol, cuando le deslumbran los problemas.

En estos dos últimos años he descubierto que, antes que mujer, se debate entre niña y señora. Todavía conserva el gesto de llevarse las manos hacia los hombros para agarrar las asas de un bolso que le cuelga en la espalda como a los estudiantes. Y a veces le engancha a mi padre por el brazo y se apoya en su hombro cuando pasean. También aún, a pesar de la experiencia, se enfada con el mundo poniéndose de hombros sin dar una respuesta a quien le pregunta qué demonios le pasa. Y algunos días, aunque cada vez con menos frecuencia, amarra una bolsa de Mamá Noel e irrumpe en las habitaciones para llevarse a la basura lo mejor de nuestras cosas.

Hay gente de la familia que se piensa que mi madre es la mala del matrimonio. La de carácter cítrico, la mujer de la negación, la contradicción de mi padre. Y ahora, ella misma ha acabado por creerse que, antes de ser persona, se ha convertido en ese personaje.

En cambio yo sé que mamá se niega siempre dos veces. Que llena esas bolsas de plástico con nuestros vicios para sacar a relucir los valores que ella ha visto escondidos en nuestras intenciones. Y sé que, si tiene una coraza, es porque la carga en el pastillero todas las mañanas. Sí, mamá es la contradicción de mi padre porque nos deja hacer en la sombra.

Aunque cosería los bolsillos de su marido, los suyos tampoco tienen fondo. Mamá es la cruz de la moneda, aunque siempre da la cara. Y no nos permite criticar a nadie. A pesar de que siempre nos ha dejado decir palabrotas. Si pudiera todavía nos lavaría la boca con jabón, como hacía cuando los mayores aún éramos pequeños. Aunque, si de verdad pudiera, nos lavaría el alma con estropajo. O con el ananas de metal que utiliza para renovar el culo de las sartenes cuando se encuentra aburrida en casa.

Tampoco tiene fondo su apetito de verduras, cereales, yogures y cualquier cosa. Ni su ilusión por recorrer la ruta 66 de los Estados Unidos en caravana, con camisas cuadriculadas de lana; ni la idea de jubilarse los fines de semana en algún rincón de Hendaya. De retomar los inviernos de esquí en los Pirineos, de salir a decorar de nuevo la casa, de conocer Tierra Santa.

Por eso me fastidia, con cada vez más fuerza y peores ganas, mirarle a la cara y verle la primera mancha. Le crece en el lugar donde van a parar las lágrimas pesadas.

Le he oído decir que le duele, y a mi padre que va a quitársela. Eso es lo que me gustaría hacer: rascarle con un poco de fuerza el moflete para no tener que recordar, cuando le miro de frente, que va camino de cumplir los 60.

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  1. Bueno, admirada escritora, gracias a sus limitados textos hemos ido conociendo a la familia de Vd. Primero fue un Sra., de nombre Mariana, después, sus abuelos de Vd. y ya, en la lista postrera, su Sra. madre y, de refilón, también su padre, ¿por qué no?. Todo esto lo encontramos en la hemeroteca de “600”.
    No se si tendrá Vd. más familia, incluso algún animalillo de compañía, pero ya les anuncio a esos incautos que vayan preparándose y les exhorto al mismo tiempo para que tengan con Vd. un trato exquisito, una delicadeza sin parangón, no vaya a ser que encuentre en ellos, si acaso, alguna mota o pueda a Vd. parecérsela; un curriculum paradigmático; un porte acicalado y hasta engalanado, extremadamente pulcro; aclarada figura y estilo arreglado; maneras aseadas; cierta elegancia atildada, sin caer en lo cursi; barrido cutis; vestimenta compuesta; manejos engalanados pero no afectados, pues toda afectación es mala; sin mácula, que deslustre y desdore, ni siquiera lútea; enjabonado y lavado el ser, limpio e higiénico; y, aún con todo, así purificado, preste mucha atención y detenimiento al demoledor estudio de que será objeto sin duda, escrupulosamente esmerado, preciso y concienzudo; por ello, a su parentela aviso, reparen en su cuidado esmerado y hasta escrupuloso.

    • ¿Tiene miedo? Creo que noto algo en sus palabras… Pero le digo que de quien tiene que tener miedo no es de mi, sino de Joyce, que sólo a ella le han recriminado una entrada (la de las cocinillas). Pero hay algo que no entendido, y es si esa descripción se dirige a mi o es un apéndice del texto de arriba. Bueno, sí, en realidad me reconozco en algunos adjetivos, como en “vestimenta compuesta”.

  2. Qué oda tan elocuente y preciosa. Ojalá no lea estas líneas nunca. Mejor dicho, ojalá lo haga cuando le borres esa mancha.

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