Son las palabras que llenan una hoja

Hace falta tener jeta

In 600 on 17 enero 2012 at 12:33

Hay mendigos de todo tipo. Están las clásicas rumanas que, en lugar de una varita lanza-hechizos, llevan en la mano una rama de romero. Se te acercan con un “bonita, guapa” para ver si alargas el brazo y les alquilas las hierbas y, si pasas, se alejan lanzándote males de ojo, un “zorra maldita” o cosas peores. De esas he visto muchas por Andalucía. En las ciudades con metro, en cambio, hay mendigos con tarifa, que te piden un euro a la entrada del metro para comprar el billete de tren y siguen ahí cuando vuelves a comer a casa. ¡Haber dicho que era para Rusia!

También están los que se proponen amargarte el día. Recuerdo una ocasión en la que salí a consolar a Javier a una terraza con una coca-cola. Era San Fermín, y en esas fechas las calles se llenan de artistas y de unos cuantos jetas. Se nos acercó un señor moreno para pedirnos dinero y, en su lugar, le regalamos un par de cigarros. Como la conversación se alargaba, volvió a cruzarse con nosotros para pedirnos un pitillo. Le alargamos otro. Javier seguía hablando y yo le repetía las mismas cosas, pero le apetecía que lo hiciera, así que pedimos una cerveza a medias. El señor moreno se acercó de nuevo a nosotros. Esa vez comprendió, el camarero también, que le invitáramos a largarse.

Otros mendigos, casi siempre mujeres, zarandean el bastón con una mano, estiran la otra y hunden su cabeza entre los brazos, como muriendo de vergüenza. Dan pasitos por la calle gritando “¡Ayuda, por favor!¡Ayuuuuda!”. Te entran ganas de decirles: ayuda vas a necesitar como sigas andando sin mirar al frente y te empotres contra alguna farola.

Otra cosa son los que piden en la puerta de los supermercados. A esos, por lo menos, se les puede dar comida. Algunos, incluso, llevan un carrito de tela que van llenando conforme la gente sale de hacer la compra. Hay uno en Pamplona que tiene las manos muy ásperas y al que le falta un dedo. Éste te acerca siempre el carro. Mete en la ranura un llavero que acaba en forma de moneda y te da la gran cesta metálica. A veces pienso que mejor le iría si dejara que el cliente metiera una moneda. Después, al menos, la podría pedir, o podría acompañarte al coche y devolver el carro con tal de quedarse la propina. Con la pereza que da ir a dejar en su sitio un cacharro al que le falta tracción en todas las ruedas. Pero no quiere. Ya le hice yo un cartel plastificado donde ponía: “Te subo la compra al coche a cambio de la moneda del carro”. Ni un día se lo he visto puesto, como si tuviera predilección por el llavero, o por no moverse de la entrada del hipermercado. Los que piden en la iglesia suelen hacer algo parecido abriendo y cerrando las puertas, como San Pedro.

Una vez me riñó una señora por largarle unas monedas a una vieja que pedía por las cafeterías: “He visto cómo les traen en coche y les recogen, están organizados. Dale el dinero a Cáritas”. Yo también he visto eso. Vi a un hombre aparecer en coche para recoger a su hermano inválido de una iglesia en la que siempre pide y a veces entra.

Ahora solo doy monedas al que se lo trabaja. Al resto, cigarros, comida o café. Grandes cantidades, a las organizaciones, para que ayuden al que quiera. El que no, que siga en el escenario de la calle entreteniendo a los paseantes con sus espectáculos.

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  1. Muy bueno. Se agradecen los ejemplos. Y me ha encantado la comparación con San Pedro, por muy simple que sea.

    • Bueno, creo que va a ser la primera de algunas reflexiones en torno a la mendicidad. Lydia y yo, por mucho que diga que sus comentarios han hecho mella en mi, tenemos opiniones muy dispares e instintos muy próximos. Pero todavía tengo que demostrarle lo primero, aunque ya recordará lo que hemos hablado. ¿Sabes qué? Me parece que estoy aprendiendo algunas cosas con lo que escribo, van perfilándose las críticas y creo que me voy dando cuenta.

      • Te vas dando cuenta de que tengo razón… 😛
        Si de verdad creyera que ese sentimiento de aprender al escribir significara que vas a escribir más, te aplaudiría y haría yo misma un escrito sobre los beneficios de este noble arte; pero como, desgraciadamente sé que no volverás a darle a la tecla en mucho tiempo, me voy a ahorrar las esperanzas

  2. Veo que mis comentarios han hecho mella en ti…

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