Son las palabras que llenan una hoja

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Tu despedida de soltera

In 600 on 17 marzo 2012 at 1:34

Mi mejor amiga se casa y estoy más feliz que una codorniz; ¡ah no! que era una perdiz. En cualquier caso, siempre he envidiado la felicidad inexplicable de tal ave. La cuestión, se casa mi colega de aquí al lado, quien ha intentado colarnos un post que realmente es una dura advertencia dirigida exclusivamente a sus amigas y puede que, de rebote, una forma de tranquilizar al futuro marido por la esperada, afamada e inminente despedida de soltera. Te has cubierto las espaldas como una campeona.
Dicho esto, advierto que en mi caso, este post está única y especialmente dedicado a ti. Ya te he manifestado mi costernación tras leer tu escrito, pero ahora ahondaré en mis sentimientos. Primero, quiero reprocharte el aviso, dado que parece que no conozcas a tus amigas y que creas que tus amigas no te conozcan a ti. Y segundo y mucho más importante: desgraciadamente tú en tu despedida de soltera no tienes ni voz ni voto. Y punto. Es lo que manda la tradición y las tradiciones se respetan.
Una despedida de soltera es, creo, algo mucho más importante de lo que aparenta; ya no es que sea el momento en el que te despides de tu soltería, sino que es el punto y final de tu vida tal y como la conocías. Duro, pero cierto. Será como aquello de los Adioses y Bienvenidas que decía Benedetti. Habrá lágrimas por lo que dejas atrás y habrá júbilo por lo que te espera. Será una celebración tan íntima haya dos, cinco o cincuenta personas. Será algo tan tuyo, tan por ti y tan para ti que no deberías ni pensar en ello hasta que llegue.
Si te queremos disfrazar lo haremos, pero tranquila que no pensaremos más que en ti. Si queremos viajar, viajaremos, pero tranquila que será uno de los mejores viajes de tu vida. Si queremos ponerte algo en la cabeza, no dudes que también lo haremos, pero tranquila que sólo será un sombrero (uno que te quepa). Y todo lo que queramos hacerte se hará, pero tranquila porque siempre estaremos pensando que tiene que ser la mejor fiesta de tu vida. Obviamente, la mejor antes de tu boda.
Y habrá aspectos de tu no tan sutil amenaza anterior que obedeceremos y otros que ni se nos pasaran por la cabeza tenerlos en cuenta. Si quieres bailar, estaremos presentes en tu último baile como soltera y si quieres jugar, estaremos presentes en tus últimos juegos como soltera. Y si pretendes que por alguna casualidad te vamos a dejar ganar por ser la homenajeada y por mucho que te guste la victoria , te lo tendrás que ganar a pulso. Ese trivial, ese póquer, esos bolos, ese futbolín o esos dardos a los que jugaremos tendrás que ganarlos con sangre y sudor. Pero ten siempre en cuenta que tus rivales van a ser tus mejores amigas, las que, igual que tu marido, estarán toda la vida a tu lado; cerca o lejos, pero siempre contigo. Y que lo importante no es ganar o perder, lo importante será, como en tu futuro matrimonio, PARTICIPAR. Pero no creas que la cosa queda ahí, porque para jugar cualquier partida hay que luchar, hay que sufrir, hay que enfadarse y gritar y hay que reirse y saltar. Hay, sobre todo, que arriesgar.
Así que piensa que de todas las partidas de tu vida, la más importante aún no ha llegado y en esa, en la gran partida que te espera no va a haber perdedores. Y es eso lo que vamos a celebrar el día de tu despedida de soltera.

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Mi despedida de soltera

In 600 on 16 marzo 2012 at 11:40

Todos nacemos solteros. Luego vamos conquistando las cuatro etapas de desarrollo, hasta la muerte. Detrás de nuestra soltería, en cambio, se consuma todo lo contrario. Algo a lo que algunos llegan como vocación, dejando atrás su soledad de cuerpo, abandonando el camino de los que se dedicarán a vestir santos. Hasta que llega ese momento, hasta que los novios se dan el sí definitivo, todavía queda celebrar algo más que la boda: su adiós a la soltería.

Ahora que me faltan pocos meses para despedirme de ese estado, mis amigas me preguntan de qué manera quiero decirle “hasta pronto” a la parte de mi vida que se ha construido junto a ellas.

Cuando pienso el plan que más me gustaría, me vienen a la cabeza imágenes de chicas haciendo el tonto por los bares. En esos recuerdos breves, todo me parecería normal si la protagonista no fuera disfrazada, quizá de novia, quizá de rana, y si sus amigas no llevaran diademas raras en la cabeza. Y pienso lo incómoda que me sentiría vestida de ninja en una discoteca cuando un cuerpo extraño se agita sobre mi cabeza. Creedme que detesto la manera generalizada en que las mujeres se despiden de la nunca más soltera. En esa línea, se han puesto de moda ahora las “tupper sex”. Bajo ese nombre se esconde una suerte de profesora con maletín que imparte clases no recomendadas con todo tipo de artilugios.

Cuando pienso en la gran variedad de lo que pueden hacerme, se me ponen los pelos como escarpias, así que sirva de recomendación que a mi, lo siento, no me van ese tipo de eventos.

Quiero despedirme de la vida de soltera que he llevado. No me hace falta disfrutar del último torso desconocido porque nunca me he perdido en uno de esos. Mucho más me han seducido el Peche-con-naranja o las fichas negras del póker. Dejemos a los bomberos para apagar otro tipo de incendios.

Si alguien ha pensado en rodearme de cacharros extraños, que sepa que todos esos inventos me provocan rechazo. Estemos a lo que estamos, que esa noche no se celebra la despedida del gusto sino de la novia.

Tampoco necesito que me vistan de vaca para sentirme especial. Ya es suficiente disfrutar así la última noche del año como para repetir la Nochevieja en verano. Además, ¿cómo voy a imitar a los bailarines rusos si llevo una ubre gigante en la entrepierna?

La despedida de soltera no se tiene que convertir en una noche de venganza. “Como te casas, hideputa, te vas a enterar de lo que es el matrimonio, ¡toma entrante!”. Si nos remitimos al significado etimológico “despedida de soltera”, ese día se celebra, por todo lo alto, el adiós de la vida que ha llevado la novia hasta la fecha. Y vosotras, amigas, ya sabéis lo que he estado haciendo.

Me encantan los juegos de mesa y, sobre todo, ganar. Así que, por un día, podéis dejarme tener la razón en todo: en que la pregunta está mal, en que Gonzalo hace trampas, en que el tiempo ha pasado… Podéis dejarme organizar por un día: “Tú, haz esto; tú, lo otro”, o hacer conmigo esos planes extraños que tanto me gustan, como ir a una casa rural para salir hacia el bosque y tumbarnos en un montículo de hojas llenas de arañas. O ir juntas a andar en caballo entre los viñedos y visitar una bodega para salir de ahí como una cuba.

Sí, también podemos hacer el tonto por los bares. Pero dejad que ponga la rareza yo sola, como hemos hecho hasta la fecha.

La filfa del chocolate suizo

In 600 on 12 marzo 2012 at 11:12

Me he aficionado al café de McDonalds. A su tamaño, perfecto para llenar un mediodía; al recipiente de cartón y plástico con el que se puede beber sin tener demasiado cuidado; a su sabor arábico y tostado; a la leche templada con que siempre lo pido; a su precio de una moneda. Pero, por encima de todo, me he enamorado del McAuto. Me encanta no tener que aparcar, poner el ticket de la zona azul y esperar frente a la barra de un bar para que me sirvan un café negruzco, con la leche abrasiva que me hierve la lengua y retrasa mi vuelta al trabajo. Sin embargo, no siempre puedo utilizar ese servicio. A veces el sistema tradicional es más cómodo porque me pilla más de paso y, además, no todos los McDonals tienen McAuto.

Aparte del café, me encandila que lo sirvan desde las ocho de la mañana hasta medianoche. Así los madrugones se hacen más llevaderos cuando tengo que ir hacia el centro porque, casi de camino, cruzo por un McDonalds. Y las noches de verano se alargan con cafés-helado.

Pero me estoy entreteniendo con todo esto. Solo señalaba lo rico del café para contar que el otro día descubrí –en McDonalds, precisamente- que lo del chocolate suizo es una filfa.

Entré a pie porque no había McAuto. Hacía demasiado frío como para que la policía, que merodea la zona con frecuencia, se bajara del coche, así que dejé el mío junto a los contenedores. Nada más entrar en el restaurante –eran horas de legañas- un palé lleno de cajas con panes de hamburguesas entorpecía la ruta hacia el mostrador. (A saber cuánto tiempo después de fabricadas nos llevamos esas rebanadas al estómago). Me equivoqué al pensar que no habría nadie. Una sudamericana con gorra vaciaba bolsas y bolsas de patatas fritas dentro de un congelador. “Espere un segundito, ¿quiere?”. (Pues no, no quiero, entra mucho frío por la puerta abierta y voy a llegar tarde al reportaje). Tras el mostrador, todo estaba ordenado. (Huele a menta artificial). Las baldosas del suelo estaban libres de huellas, como el cristal que hay donde se recalientan las patatas fritas. La bandeja de pedidos también brillaba en esas horas tan tristes para las cajas registradoras. (¿Y si me pido una Cheese burger? Siempre hay estómago para una de esas).

“Buenos días, ¿qué le pido?”. “(Pídeme perdón por tardona), un café con leche templada, por favor”. “La leche sale directamente de la máquina”. “(Qué bien, porque sale templada), como sea”. El tema de la leche templada es mucho más serio de lo que cualquier barman puede pensarse.

En eso, entra un hombre que piensa que el garito está cerrado. “No, está abierto (¿no ves que estoy con las monedas en la mano?)”. El café llega a mis manos y me pongo a disolver el azúcar sin moverme del mostrador. Mientras, el hombre decide su desayuno. “¿Esto qué es?”, pregunta. “Son pastelitos de chocolate suizo”, le dice la de la gorra. “Suizas serán las vacas, porque desde donde yo sé, el cacao necesita un clima tropical para crecer”. “Bueno, es chocolate Milka”, se defiende la pobre india. “Milka o no, el chocolate no puede crecer en Suiza. Suizas serán las vacas” (así que no me claves tres moneditas por una mierda de bollo que lleva en el expositor más que un rollito de primavera en el bar de unos chinos), parecía que pensaba (un tío más amargo que los cafés de carretera). “Es que tengo un tío brasileño” (¡hombre, claro!, y yo un tío en América).

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