Son las palabras que llenan una hoja

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Hay mucha gente buena

In 600 on 25 abril 2012 at 10:34

Cuando uno se harta del ser humano tiende a quejarse de la gente. Que si es mala, imbécil, que no aguanto a la gente. Por eso yo me desvinculo del monstruo social diciendo, al protestar, que yo no soy la gente.

Detesto a la sociedad por muchos motivos. Uno de ellos –intrínseco a mi trabajo- es cuando tengo que salir a la calle y buscar víctimas que quieran hablarme frente a la cámara de vídeo. Odio que, a las tres de la tarde, alguien me diga que no puede contestarme porque tiene que irse a comer. Como si los periodistas no comiéramos. Durante la ola de frío siberiano hubo quien no quiso pararse dos minutos para decirme cómo estaba soportando la ventisca porque se le había metido el frío hasta los huesos y quería llegar a casa. “¡Es que tengo mucho frío!”, se alejaban pasando de largo; como si los periodistas no nos enfriáramos. Otros levantan la mano y, con la boca cerrada, me mandan a paseo sin preguntarse siquiera si regalo billetes de 500 euros, como en algunos concursos de la tele. Ante este perfil de ciudadano me defiendo dejándole con la duda de si iba a darles un premio. Entonces, algunos se bloquean debatiéndose entre el orgullo y la humildad.

Una vez, en el aeropuerto de Nueva York, me acerqué a una chica joven que hacía encuestas en inglés dentro de una tienda libre de impuestos. Teníamos prisa, así que nadie del grupo quiso pararse a escuchar qué quería: un agujero en el estómago les impulsaba a buscar sitio en un restaurante. “Seguid sin mí, ahora os localizo”, les dije un momento. Me acerqué a la joven.

— Cuando viajas en avión, ¿utilizas alguna almohada?

— No

— ¿Utilizas algún accesorio para dormir en el avión, como un antifaz o calcetines?

— Tampoco

— ¿Conoces la marca ‘nubecilla’ (digamos)?

— No

Alguna pregunta más cerraba el cuestionario. A cambio, la joven me dio un sobre con 20 dólares en metálico. Cuando el grupo me preguntó si la chica seguía en su sitio, algunos mantuvieron el orgullo y otros se lo comieron con patatas y volvieron a buscarla.

Mi empresa no se dedica a vender almohadas de aire en los aeropuertos. Se supone que trabajo en un medio de comunicación que expone las demandas de la sociedad. Cuando le pregunto a alguien si ha subido la factura del gas en su casa, no es para que lo sepa Repsol sino para informar a los lectores, entre los que esa misma persona debería encontrarse.

Por fortuna, a cada idiota le contrarresta un puñado de gente buena. Personas que –por seguir con el ejemplo de mi trabajo- te contestan con buena cara. O no te responden, pero piden disculpas por su timidez. Algunos se tragan el mal rato para que el periodista, calado bajo el agua, pueda volver a la redacción. Incluso les tiembla la voz en el vídeo. Pero les compensa.

Siento una alegría profunda cuando me topo con gente buena. Hace dos meses se me perdió la cartera antes de que pudiera darme cuenta. La mujer que la encontró en la calle buscó mi apellido en las páginas blancas y llamó a mis tíos, que me contactaron, para devolverla. La semana pasada –sí, pierdo cosas constantemente- me desapareció el móvil del bolsillo en un bar, de madrugada. Dos horas después, escribieron desde mi móvil a un compañero para entregármelo de vuelta al día siguiente. El teléfono, un Smartphone, apenas tenía una semana.

Admito, pues, que a pesar de los imbéciles, hay mucha, mucha gente buena. Lo digo yo, servidora.

¿Hasta cuándo?

In A tinta fría on 16 abril 2012 at 12:46

Da igual cuánto tiempo pase, la edad que tenga o el tiempo que haga.  Hay cosas que no cambian nunca. Como el levantarme todos los días con la diatriba de abandonar las sábanas definitivamente o sucumbir a los brazos de Morfeo. De pequeña pensaba que, de mayor, habría adquirido hábitos que contribuirían a evitarme los dilemas desde tan temprano. Pero no ha sido así. Ahora tengo más dilemas, de mayor envergadura y a todas horas del día.

Desde que comenzó el año estoy a dieta. Ya sé que es lo típico que se dice el 1 de enero cuando a uno no le cabe más turrón en el cuerpo. Pero yo me lo propuse el 9 de enero y he cumplido bastante bien: van 9 kilos (esperemos que el 9 no sea un presagio).

Mi dieta no es la Dunkan, tan alabada y desprestigiada según se hace y deshace. Mi dieta es la NUNKAN: nunkan más comeré azúcar, aceites, fritos, embutidos y nunkan más me iré a la cama sin haber hecho ejercicio. Más que una dieta es “un plan alimenticio” que debo seguir hasta que la muerte nos separe.  No me quejo porque coma poco, ni por el menú, ni por el ejercicio… ¡Bueno un poco sí, pero no es eso lo peor!

La cuestión es que ya han pasado 3 meses largos y sigo levantándome a diario con la duda de si hoy haré o no haré bien el régimen. Cada vez que me acerco a la cocina me pongo nerviosa y valoro una y otra vez las consecuencias de probar esos dulces o comerme una deliciosa y acartonada “tostada” de arroz rancio que solo sabe a sal. Y repito el proceso innumerables veces, cada vez que me corresponde hacer una de mis cinco comidas (ya sé, cinco parecen muchas… pero no lo son).

Cada vez que me invitan mis amigos a hacer un plan: otro dilema. Si voy, como lo que comen todos o me hago la rara con un filete y ensalada. Voy comida, cenara y recenada o me expongo a no encontrar un menú que se ajuste a las exigencias de mi guión… Me lo como, no me lo como. Me quiere, no me quiere.

A ver, tres meses son muchos días… Pensé que con el tiempo amaría el deporte y que en tan solo un par de semanas correría cual gacela liberada de Cizur al Perdón, ida y vuelta, varias veces. Pero no. Todavía no corro y, cuando lo intento, parezco más una gallina alborotando un corral que un antílope.  Camino, a buen paso, eso sí, mientras paseo a mi perra: a ella es la que más ha notado mi nuevo plan y mi cómplice en mis exhaustivas caminatas. Ella también ha bajado de peso y parecen encantarle nuestro paseos. A mí siguen sin gustarme. Aunque baje de peso.

Eso es, por ahora lo único que ha cambiado. He bajado.

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Su último día

In 600 on 15 abril 2012 at 18:46

Los que habían ido a verle no le hablaban. Solo asomaban la cabeza sobre la cama para ver su cuerpo delgado, envuelto en sábanas hasta el pecho cubierto de un pijama azul, del color de sus ojos cerrados. A veces se susurraban entre ellos. Otras veces se detenían a escuchar su respiración pausada que una mascarilla de oxígeno le robaba de la garganta. La que más hablaba era la abuela, colocada a su lado derecho, hacia donde le caían flexionadas las dos piernas. “¡Mira cómo me aprieta la mano!”, exclamaba para que todos vieran cómo aún se mantenía vivo lo que habían empezado juntos hacía 70 años.

Los abuelos se conocieron en Pamplona y se casaron en Madrid, en la iglesia San Fermín de los Navarros, en 1947. Un álbum de fotos con tapas de terciopelo granate e iniciales de plata repite, en blanco y negro, las escenas de aquel día. En las últimas hojas, hay una foto que les sacaron desde dentro del coche. La abuela despliega una gran sonrisa y, a su lado, como recién entrado en el vehículo, el abuelo se deja caer en el asiento mirando despistado a la cámara.

Pudo hacerlo, pero la abuela no se enamoró de sus ojos. De hecho le echó el gancho al abuelo viéndolo desde lejos en una iglesia. Después se conocieron oficialmente –a ella le gusta decirlo de ese modo- gracias a Espronceda. Las hermanas Baleztena les habían convocado en su casa; a él para dar una conferencia sobre poeta y , a ella, para ilustrar el discurso con unos versos. Así, con viento en popa a toda vela, se embarcaron en el matrimonio.

La tripulación creció con los años hasta sumar otros siete marineros. Por eso, en las fotos que cogen polvo en su salón de casa se extiende una gran familia alrededor de la pareja. Luego los marines salieron cada uno a descubrir mundo y la abuela volvió a cocinar para dos.

Para entonces, mucha gente conocía al abuelo. Llegó a ser el diputado foral más joven y viajó con el brazo de San Francisco Javier por Roma, China, Japón, India, Estados Unidos… En ese viaje debió de pegársele en el corazón la máxima que convirtió al santo, porque en los años 50 dejó la política activa. En parte porque no hacía carrera –era un perdedor que ganaba elecciones- y en parte porque necesitaba ganar un sueldo. El cinturón apretaba y la política o se pagaba con favores o se vivía con vocación de misionero.

Conforme se hacía mayor en casa, algunos conocidos de esos años iban a visitarle a su salón. Aunque el abuelo también salía a la calle. A los 90 todavía tenía fuerzas para hacer cosas importantes, como viajar a San Martín de Unx, donde le pusieron su nombre a una plaza del pueblo donde se crió. O la vez que mi madre empujó su silla de ruedas hasta Diputación para que Miguel Sanz le entregara una placa. En 2007, también sobre ruedas, celebró con su mujer en Leyre las bodas de diamante.

En el álbum de aquel día hay una foto parecida a la del primer enlace. Solo que esta vez la despistada es la abuela. La saca el fotógrafo desde un lado, muy de cerca. El abuelo mira a la cámara, sin soltar la mano de su mujer, que mira al suelo. “¡Cómo me hubiera gustado morirme aquel día!”, recuerda ella. “Me había prometido que llegaríamos juntos a los 100 años”, protestaba el día que le dejó sola.

Murió a los 94, el 22 de marzo de 2012, tercer día de primavera.


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