Son las palabras que llenan una hoja

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Terapia de Choque II

In Calamares en su tinta on 25 junio 2012 at 0:16

Hace tiempo me dijeron que esperaban una segunda parte, hace tiempo me reprocharon que no lo enmarcara en un mal llamado sandwich y hace tiempo que no escribo nada. He creído que eran suficientes razones para volver a estos lares y un año después, lo prometido es deuda:

– Que un recién nacido te apriete los dedos con sus manitas

– Entrar en un local climatizado cuando hay 38 grados de temperatura

– Que tu mejor amiga te diga que se casa… y llores

– Conseguir trabajo

– Recibir un mensaje inesperado de alguien que creías olvidado

– Que tu mejor amiga te diga que está embarazada… y llores

– Probar comida de otros países

– Pasear sin rumbo ni horarios

– Ver viejas fotos

– Darte cuenta de que realmente eres capaz de discutir acaloradamente en otros idiomas

– Reír sin motivo

– Una conversación con tabaco y café que se alarga hasta la madrugada sin darte cuenta

– Un reencuentro

– Releer un libro y que te guste más que la primera vez

– Oír la lluvia mientras duermes

– Regalar algo que sabes que le encantará

– Quitar la ELE de la luna trasera de tu coche

– Gritar Gooooooooooooool!!!!!!

– Comer al aire libre

– Caminar solo, acordare de algo y empezar a reír

– Ver una buena película

– El primer día de vacaciones

– Acostarte tarde y levantarte temprano

– Llegar a la parada de autobús y que justo esté llegando

– Que tu equipo se quede en primera división 😉

– Caminar por la playa

– Recordar lo que has soñado

– Tropezar y no caerte

– Hacer el último examen de la carrera

– Reír hasta que te duela la tripa

– Volver

Esto es todo por este año, no prometo una tercera parte porque no creo que haya tantísimas cosas buenas, no se debe dar mucha importancia a lo que realmente no la tiene, aunque hay que saber reconocer los pequeños placeres que nos encontramos por el camino. Sin ser partidaria de esta rebanada de pan he cumplido con el bocadillo a riesgo de parecer demasiado cursi. Yo es que soy más de tostadas, que el exceso de pan engorda.

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Un rescate de veces

In 600 on 21 junio 2012 at 17:27

Una vez –yo tendría cerca de los 12 años- me crucé con la profesora de matemáticas en el patio del colegio. Antes del descanso habíamos tenido examen de su asignatura, así que aprovechó que yo andaba despistada para sentarme a hablar en uno de los bancos de madera del recreo. Me preguntó cómo me había ido. Entonces yo era de esas que arrancan la página entera del cuaderno cuando una palabra desentona con el resto. En una de las preguntas pedía que escribiéramos en número unas cantidades que ella había escrito con letra. Fracciones, decimales… todo iba bien hasta que llegué a una cifra que nunca había oído. Ponía: escribe con números cuánto son mil millones. Me resultó imposible. No podía imaginarme esa cantidad, no me cabía en la cabeza. Era un número que me daba igual, que representaba la velocidad de las estrellas y los asteroides, y, como a mí nunca me había interesado nada fuera dela Tierra salvo la existencia de Dios, jamás había pensado en él; porque no lo necesitaba. La posibilidad de una cifra tan elevada se me antojaba tan absurda como los billetes de 500 euros.

Ahora, en cambio, nos hemos acostumbrado a hablar de grandes cifras. Nos hemos acostumbrado a hablar de miles de millones, como si entendiésemos su alcance. Desde el primer gran ajuste presupuestario de esta crisis, aprobado el primer semestre de 2010 con José Luis Rodríguez Zapatero, se nos llena la boca de euros. Entonces eran 15.000 millones, que salieron adelante a falta de un voto, la abstención de UPN, en el Congreso de los Diputados. Luego vino el ahorro de Rajoy, 16.000 millones, seguido del saneamiento a Bankia, 23.000 millones; y ahora toca el rescate, que casi triplica esa última cantidad: 63.000 millones. Voy a escribirlo con letras, para que comprendáis a vuestros hijos: sesenta y tres mil millones. Más sencillo, aunque más raro, suena sesenta y tres millardos. O 10×639*.

Para entender esas sumas de dinero no basta saber de cuántos ceros se componen. En la carrera de Periodismo se aprenden pocas cosas, pero algunas muy interesantes, como la importancia de traducir grandes cantidades numéricas al lenguaje de la audiencia. Porque no es lo mismo decir que un árbitro de fútbol corre una media de 9 kilómetros por partido que decir que en los noventa minutos recorre el campo de portería a portería 200 veces. Cuando el presidente de España anuncia un ahorro de 15.000 millones, lo que al ciudadano de verdad le importa y entiende es que tendrá que pagar más IVA, subirá el precio de la gasolina, el del tabaco o que se creará un nuevo impuesto, como el timo ecologista que encarece los vehículos diésel.

En ese sentido, Alfonso Vara, profesor de Economía para periodistas, tradujo en su cuenta de Twitter lo que supone un rescate para los españoles. Ajustando su declaración a la realidad actual, dijo que, con el dinero del rescate, se podría pagar un sueldo anual de 30.000 euros a 2,1 millones de españoles. O, con otra traducción, cada uno de los españoles, sin distinción de edad, tendría que pagar 1.340 euros para que España saque la nariz del agua.

No es lo mismo hablar de miles de millardos lejanos que de millares cercanos. Al personificar el problema del rescate, los ciudadanos se lo pueden imaginar y lo entienden, captan el alcance de los miles de millones. Y  les preocupa. A lo mejor llega un punto en el que interiorizamos tanto el rescate que se acaba creando una lista de expresiones como esta: “Te he dicho un rescate de veces que no exageres”.

(*es 63 elevado a nueve, solo que WordPress lo deforma)

C*ntras*ñas

In 600 on 14 junio 2012 at 11:56

No voy a contar ahora cuántas forman parte de mi día a día porque me da demasiada pereza, pero estoy segura de que superan la treintena. Redes sociales, correos electrónicos, aparatos electrónicos… Acordarse de cada una de las contraseñas sin confundirla más de tres veces seguidas reduce en un cincuenta por ciento las probabilidades de sufrir alzheimer.

Pongamos cuatro números. El 2357, por ejemplo. Sin volver a leerlo (no lo mires de reojo…), le aseguro que al final de este escrito no lo recuerda. Por eso hay personas muy agudas que repiten el mismo dígito cuatro veces para encender el teléfono móvil. Y tú, que eres un patán, le preguntas a tu amigo: “¿Cuál es tu contraseña?”. “1111”, te contesta. “¿Cuál?”. “1111”, te repite, como si lo más normal es que fueras gilipollas.

Si un móvil que no es tuyo te pide el código pin, lo más frecuente es que pongas 1234. Si esa clave no funciona, quizá intentas lo mismo pero al revés, 4321. O puede que te creas muy ingenioso y pruebes a escribir en diagonal, aunque en este sentido siempre falta una tecla. En cualquier caso, si al introducir alguna de estas opciones, el teléfono se enciende, no te sorprendas. Sí, hay gente más tonta que tú.

Pero el problema de adivinar las contraseñas se torna mucho más grave cuando se trata de adivinar la contraseña que tú mismo elegiste por considerarla inmejorable, fácil de recordar, breve y de nivel tres de seguridad; un rango nada fácil de conseguir.

Si escoges “galleta” para definir tu clave, date por muerto. Para mejorar el grado de seguridad, a “galleta” tendrás que añadirle, por lo menos, tu fecha de nacimiento “galleta1987”. Para elevar el nivel, tendrás que intercalar mayúsculas y minúsculas, como en “GaLlEtA1987”. Pero si quieres conseguir el cinturón negro de la informática, deberías mezclar números y letras, que te quede algo así, “Ga2Ll0E8tA1985”. Seguro, muy seguro, segurísimo que se te va a olvidar.

Cuentan -en inglés ‘character’ significa tanto ‘símbolo’ como ‘personaje’- que una auditoría detectó la siguiente contraseña: DumboDonaldMickeyMinnieGoofyBatmanSupermanRobin. Se pusieron en contacto con la usuaria, una rubia, para preguntarle por qué usaba una clave tan larga. “El sistema me recomendó que utilizara ‘8 characters’ y que pusiera mayúsculas”, por lo que eligió a esos 8 personajes.

A pesar de todo, la admiro. Me parece un logro que se acordara del orden de todos ellos. A mí, en cambio, se me hace cuesta arriba el PIN de la tarjeta de crédito. El otro día me dieron una tarjeta con una nueva clave y decidí memorizarla. Sobre todo porque dos de los cuatro dígitos coincidían con los de mi Visa anterior. Pues bien, fue llegar a la gasolinera y tener que pedir dinero a mi acompañante. Así estuve dos semanas, hasta que recuperé mi número de siempre.

Cuando se te olvida la contraseña, llega la pregunta de seguridad. Los expertos asesoran que, al registrarte, nunca debes contestarla con honestidad porque facilita el trabajo de los ladrones. Pero, claro, luego te preguntan cuál es tu color favorito y no sabes si contestar Armagedon, Argentina, periquito o tu suegra.

Superar las barreras de seguridad para acceder al correo electrónico, por ejemplo, cada vez requiere más neuronas. Lo último consiste en copiar un puzle de letras distorsionadas. Los sabios dicen que sirve para evitar que un ordenador te robe la cuenta. A todos nos asalta la misma duda: ¿reconocerá las mayúsculas? Lo terrible del recuadro es que, si fallas repetidas veces, te borra la auténtica contraseña. ¡Y vuelve a recordarla! Si ni siquiera recuerdas la clave que te he dado antes.

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