Son las palabras que llenan una hoja

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La crisis textil

In 600 on 22 octubre 2012 at 16:24

En los tiempos que corren, para no desentonar, hay que hablar de crisis. Da igual el tipo, aunque por lo general todas terminan en lo mismo: el dinero. Sin embargo, yo quiero hablar hoy de un nuevo tipo de crisis, la textil. Digo nueva, pero sólo me refiero al término. Esta crisis azota todos los rincones del mundo desde hace ya algún tiempo. Desde que Mary Quant aprovechó el verano londinense para popularizar la minifalda, allá por  1964, la cuestión no ha ido a mejor.
Entiéndanme, me gustan las minifaldas. No para mí, que creo que no tengo la figura adecuada para lucirlas, por ahora. Me gustan para las mujeres delgadas y elegantes que saben llevar una pieza escueta con elegancia y salero. Y sin enseñar más de lo debido.
Sin embargo,ahora las minifaldas son ropa de anticuario. Hoy lo que se lleva es la faldamisa o la camisalda (prefiero el segundo nombre porque no se presta a confusiones religiosas). La camisalda es lo último, la fusión de camisa-falda. Una camisa más larga de lo necesario o un vestido excesivamente corto.Es una prenda que confunde a la masa consumista que por temor a parecer el príncipe de Bel-air, acaba yendo poco más que desnuda.

Estoy cansada de ver pasar a mi lado a mujeres que se han dejado los pantalones en casa. Vamos a ver: los leotardos no son pantalones. Los leggins tienen que ser muy tupidos para pasar por pantalones. Que tengas un cuerpo 10 no significa que todos tengamos que comprobarlo. Y si no lo tienes, nadie quiere saberlo.

A la crisis del largo se suma la del tejido. Entiendo que es lo que las hace más baratas, pero las camisetas de hoy son mismas que las del famoso cuento de Hans Christian Andersen “El nuevo traje del emperador”. Cumplen una dudosa función cubriendo el cuerpo porque ni son transparentes ni dejan de serlo. Es mi parecer que, por mucho que se vendan como “una” camisa, si se transparenta, cuando mucho es sólo “media-camisa”, porque le falta un forro . El forro no es el sujetador porque éste es una prenda interior, lo cual quiere decir que si se ve en el exterior, falta ropa.
A veces me gustaría acercarme a las mujeres que lucen su cuerpo con tanto orgullo y decirles: “Perdona, pero se te ha olvidado la ropa en casa”. Pero no quiero ser grosera o avergonzar a nadie frente a sus amigos. Aunque cuantas más vueltas le doy, más me convenzo del favor que les haría.
No es el puritanismo, ni es el pudor lo que me lleva a escribir estas líneas. Es la alternativa a mi crueldad. Hace unos días se me ocurrió hacer otro blog (sí, ya tengo 9, pero quería 10) en el que publicar fotos de los modelitos más nefastos que me cruzo por la calle. Probablemente tendría más éxito que con los anteriores, ya que las imágenes hablan por sí solas. Sin embargo, corría el peligro de popularizar modelos de la crisis textil o ridiculizar llamativos traseros y pechos acatarrados que ya son conocidos por toda la ciudad. De tal modo que prefiero escribir con la esperanza de que algún día, antes de salir de casa, te mires al espejo.Image

Una batalla de cristal

In A tinta fría on 15 octubre 2012 at 16:10

Entré en la sucursal de ING por el escaparate. Dentro olía a vino. Uno de los jóvenes cruzó el cristal después de romperlo a patadas y desbarató la oficina. El teclado del ordenador que atendía a los clientes en la entrada estaba a punto de caerse por una esquina de la mesa. El disco duro se asomaba hacia el vacío a su lado. En el suelo, la pantalla se tumbaba boca abajo, como un aspirador a punto de comerse los cristales que inundaban como gotas de agua la oficina. Cerca de la puerta encontré una pelota de los antidisturbios. Una bola de caucho verde parecida a las de tenis. Por uno de sus lados se abría un pequeño agujero. Pensé que se lo habría hecho el cartucho de pólvora al propulsarla desde la escopeta. Me pareció bastante pesada. Esto debe de hacer daño, imaginé. Mucho daño. Ahora sé que esas bolas han dejado 23 tuertos en las últimas dos décadas y que Europa quiere que España las retire, algo que quizá haga a finales de este año. Mientras tanto, se siguen utilizando, aunque los agentes disparan primero al suelo para que pierda fuerza en el bote hacia el objetivo. El miércoles la diana era grande. Una masa de jóvenes encapuchados y enmascarados con el cuello estirado de sus camisetas. No vi cómo empezó la batalla. Un miembro del sindicato LAB pronunciaba un discurso agitador desde la estatua de los Fueros cuando se vio aparecer fuego al final del Paseo Sarasate. En pocos minutos se revolvió el ambiente. Varios contenedores aparecían volcados de camino hacia el Parlamento de Navarra desde la estatua. Agentes y huelguistas se enfrentaron en una batalla donde por un lado saltaban pelotas verdes  y, de otro, llovían botellas de cristal. Un gran grupo de jóvenes y adolescentes lanzaba vidrios de toda clase. Botellines, litronas de cerveza, botellas de vodka volaron por los aires hacia la policía. A Iván le dio una en la cabeza. Se nos habían acercado unos agentes y los vidrios estallaban en el coche tras el que nos resguardábamos. Salimos de ahí hacia otro refugio. En esa carrera, una botella alcanzó a Iván, que se quedó inmóvil en el suelo aferrado a su cámara de fotos. Los botellazos en la cabeza pueden provocar la muerte. En la primera página de Google encuentro una decena de casos. Una botella de vino o una litrona de cerveza vacía pesa casi medio kilo. Como las escopetas, el lanzamiento de vidrios no es muy preciso. Y, desde luego, requiere fuerza en el lanzamiento. Sobre todo porque los antidisturbio solo pueden disparar pelotas desde una distancia mínima de 50 metros, lo que les deja lejos del arma enemiga. Aún así, en la huelga del 26S en Pamplona, cuatro policías resultaron heridos por cortes y contusiones. También hubo heridos entre los huelguistas. Recuerdo al joven que señalaba su cabeza, donde parecía haber recibido un porrazo, antes de entrar en la ambulancia que trasladó a Iván. Y también hubo comercios heridos que no hicieron sino estar ahí. Casi todo fueron sucursales bancarias. Como si todos los bancos tuvieran la culpa de los recortes, la subida del IVA y la bajada de salarios. Como si Fernando López o Jaime García Pons, responsables de dos sucursales agredidas, fueran culpables del rescate público a la banca. El vandalismo no trae soluciones. Resta credibilidad al resto de miles de personas que hacen huelga. Ojalá no hubiera habido disturbios.

La lección del profesor Arterton sobre el debate entre Romney y Obama

In 600 on 5 octubre 2012 at 15:52

Vino a Pamplona con una corbata roja, azul y blanca, los colores favoritos de los americanos. Seguro que ni habría reparado en que esos tres bajaban de un cuello enemigo: el de su camisa rosa. El profesor de Administración Política en la Universidad George Washington, en cambio, había analizado la noche anterior las corbatas que ahogaron a Mitt Romney y a Barack Obama en el primer debate presidencial. Esa noche, parecía que los políticos se habían intercambiado los colores. El azul siempre se ha asociado con los republicanos, mientras que el rojo es el color de los demócratas. Pues bien, en el debate el presidente llevaba una prenda azul con puntos blancos y el aspirante una roja de rayas también blancas. Un detalle significativo, como las tomas que grabaron las cámaras de televisión. El profesor del GSPM descubrió que los primeros planos le mostraban a Romney con una cabeza mucho mayor que la de su oponente. Esa diferencia sugería que el republicano estaba lleno de ideas sustanciales en comparación con el demócrata, menos corpulento en general. El propio Christopher Arterton se mostró “impresionado” con las diferencias físicas entre ambos candidatos.

El profesor de la Universidad George Washington, Christopher Arterton

El profesor de la Universidad George Washington, Christopher Arterton. Foto: CHALMETA

Dentro de la puesta en escena, el profesor confesó –contra su interés, porque él se declara demócrata- que Romney estuvo “más preparado, enérgico, organizado y sin miedo”. Los analistas dicen que el republicano lleva mucho tiempo con este tipo de discursos; desde que le nombraron cabeza del partido hace seis meses. Obama, en cambio, está… “oxidado”. Se mostró cabizbajo, desganado. “Cuando eres presidente no te hace ilusión este tipo de debates”, esgrimía el profesor. Por eso en 1992 Bush se negó al debate presidencial con Clinton, algo de lo que pronto se arrepentiría. Y es que, según Arterton, los debates de este estilo favorecen sobre todo al aspirante porque lo ponen en situación de igualdad ante el presidente. Quizá por eso hasta ahora en los debates el candidato se dirigía al presidente por su nombre. Se trataban de “míster”. Esta vez, como parte del respeto que reinó a lo largo del encuentro, Romney llamó a Obama “president Obama”.

Esos factores forman parte de una estrategia. Por ejemplo, que el demócrata no se refiriera a las últimas declaraciones polémicas de Romney sobre la población dependiente no es casualidad. Quizá la réplica del republicano habría acabado por perjudicarle. Cualquiera sabe que los preparativos de un debate son, como lo calificó Arterton, “un arte”. Aunque al experto no le gusta hablar de vencedores y vencidos, por mucho que las encuestas del día siguiente le dieran la victoria al republicano situándolo, por primera vez en la campaña, por encima del presidente. No le gusta hablar de victorias porque “cada parte tiene sus objetivos y las dos pueden ganar si los consiguen”. En ese sentido, ninguno de los candidatos hizo nada llamativo, pero tampoco cometieron grandes errores, como lapsus; “Gaps” los llamaba el profesor. Eso sí, aunque hasta el miércoles apostaba sin duda por la reelección de Obama, ahora dudaba de si estaría “alegre el día de las elecciones”.

Sobre la utilidad de este tipo de encuentros, Chris –que es como todo el mundo le llama- se mostró escéptico: “La gente está predispuesta y el debate refuerza posiciones, pero no cambia la forma de pensar”. A pesar de todo, explicó cómo había observado que, con el tiempo, un juicio acaba por convertirse en un hecho. En ese sentido, las encuestas de valor que ahora son favorables a Romney pueden convertirse en una victoria electoral. Lo haga o no, la actuación del republicano en el debate fue, confesó el demócrata, “la mejor intervención de su vida”.

Yo soy una de esas 1.325 personas

In 600 on 3 octubre 2012 at 7:55

Cuando fui a apuntarme al paro me confundí de oficina. Tenía en mente la oficina de empleo que hay en la calle Amaya porque era la que siempre aparecía en las noticias de desempleo que publicábamos en el diario. Era sólo la una del mediodía y la persiana estaba echada. Me imaginé que los trabajadores de esa oficina también habían ido al paro por un ERE en la empresa o por quiebre del negocio. Me entró la risa. En realidad sólo habían trasladado la sede a una manzana cercana.

De camino a esa otra calle sentí rabia. Rabia contra los contratos indefinidos, las indemnizaciones y la ineptitud de los que calientan la silla sin ser despedidos. De los empleados que conservan su puesto de trabajo sólo porque no sale a cuenta echarles de la empresa. Envidié la situación de los estadounidenses, llamados a superarse para mantener sus puestos de trabajo. Limitados por su propia pericia. Maldije no haber tenido siquiera la oportunidad de un contrato, aunque fuera de seis meses, pero un contrato laboral. Una recompensa al trabajo bien hecho. Al esfuerzo. Como una de esas medallas de honor que condecora la tumba de los mártires de guerra. Ni siquiera servía mi cotización desde noviembre a la Seguridad Social. Me acordé de la señora que me activó el alta. Dijo que no obtendría prestación por desempleo, pero que contaría a efectos de cantidad de años cotizados. De qué servirá eso cuando yo tenga 65 años. O 67, me da lo mismo. Si casi no hay dinero ni para pagar las pensiones del año que viene. Menudo enfado deben de tener los que llevan toda la vida cotizando y ahora ven que quizá no les llegue el dinero para pagar sus gastos a final de mes. Además, dile a alguien como yo que quizá no cobre una pensión a esa edad, si lo que le importa ahora es pagar el alquiler del mes que viene.

Por fin llegué a la sede del Inem en la calle Paulino Caballero. Esta vez no venía para pedirles a los que esperaban en la cola que me contaran su situación. Estaba ahí para aparecer en las cifras de paro. Mi minuto de gloria, un número en una de las noticias más leídas. Creo que estaré entre los 1.000 primeros números de la lista, porque eran principios de septiembre. En concreto formo parte del último colectivo que se menciona en el periódico, el “colectivo Sin Empleo Anterior”. Soy una de las 131 personas que se suben a ese carro en septiembre. Soy una de las 25.443 mujeres que se encuentran paradas en Navarra. O, como dice una conocida, “parada nunca, en todo caso desempleada”. Formo parte de los 5.332 menores de 25 años que no tienen trabajo en la comunidad foral. Más aún, soy una de las 2.414 mujeres menores de esa edad que necesita llenarse la mañana de cualquier manera. En mi caso, haciendo lo que más me gusta: reportajes.

Ese día no había nadie en la sala de espera. Puede que todo el mundo se haya apuntado ya en el paro, fantaseé. Aún así, tardaron su tiempo en atenderme. El número me llevó frente a una mujer con 20 años cotizados. Le extendí mi DNI, le hablé de mis dos carreras, de mi nivel de inglés, de todos los programas de ordenador que conozco. Ella me dijo que últimamente salían cucarachas de esa oficina. Tenía gracia porque me sentía como una de ellas. Como si yo anduviera correteando por el mundo y el sistema me persiguiera con su pie para escacharme contra el suelo.

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