Son las palabras que llenan una hoja

Una batalla de cristal

In A tinta fría on 15 octubre 2012 at 16:10

Entré en la sucursal de ING por el escaparate. Dentro olía a vino. Uno de los jóvenes cruzó el cristal después de romperlo a patadas y desbarató la oficina. El teclado del ordenador que atendía a los clientes en la entrada estaba a punto de caerse por una esquina de la mesa. El disco duro se asomaba hacia el vacío a su lado. En el suelo, la pantalla se tumbaba boca abajo, como un aspirador a punto de comerse los cristales que inundaban como gotas de agua la oficina. Cerca de la puerta encontré una pelota de los antidisturbios. Una bola de caucho verde parecida a las de tenis. Por uno de sus lados se abría un pequeño agujero. Pensé que se lo habría hecho el cartucho de pólvora al propulsarla desde la escopeta. Me pareció bastante pesada. Esto debe de hacer daño, imaginé. Mucho daño. Ahora sé que esas bolas han dejado 23 tuertos en las últimas dos décadas y que Europa quiere que España las retire, algo que quizá haga a finales de este año. Mientras tanto, se siguen utilizando, aunque los agentes disparan primero al suelo para que pierda fuerza en el bote hacia el objetivo. El miércoles la diana era grande. Una masa de jóvenes encapuchados y enmascarados con el cuello estirado de sus camisetas. No vi cómo empezó la batalla. Un miembro del sindicato LAB pronunciaba un discurso agitador desde la estatua de los Fueros cuando se vio aparecer fuego al final del Paseo Sarasate. En pocos minutos se revolvió el ambiente. Varios contenedores aparecían volcados de camino hacia el Parlamento de Navarra desde la estatua. Agentes y huelguistas se enfrentaron en una batalla donde por un lado saltaban pelotas verdes  y, de otro, llovían botellas de cristal. Un gran grupo de jóvenes y adolescentes lanzaba vidrios de toda clase. Botellines, litronas de cerveza, botellas de vodka volaron por los aires hacia la policía. A Iván le dio una en la cabeza. Se nos habían acercado unos agentes y los vidrios estallaban en el coche tras el que nos resguardábamos. Salimos de ahí hacia otro refugio. En esa carrera, una botella alcanzó a Iván, que se quedó inmóvil en el suelo aferrado a su cámara de fotos. Los botellazos en la cabeza pueden provocar la muerte. En la primera página de Google encuentro una decena de casos. Una botella de vino o una litrona de cerveza vacía pesa casi medio kilo. Como las escopetas, el lanzamiento de vidrios no es muy preciso. Y, desde luego, requiere fuerza en el lanzamiento. Sobre todo porque los antidisturbio solo pueden disparar pelotas desde una distancia mínima de 50 metros, lo que les deja lejos del arma enemiga. Aún así, en la huelga del 26S en Pamplona, cuatro policías resultaron heridos por cortes y contusiones. También hubo heridos entre los huelguistas. Recuerdo al joven que señalaba su cabeza, donde parecía haber recibido un porrazo, antes de entrar en la ambulancia que trasladó a Iván. Y también hubo comercios heridos que no hicieron sino estar ahí. Casi todo fueron sucursales bancarias. Como si todos los bancos tuvieran la culpa de los recortes, la subida del IVA y la bajada de salarios. Como si Fernando López o Jaime García Pons, responsables de dos sucursales agredidas, fueran culpables del rescate público a la banca. El vandalismo no trae soluciones. Resta credibilidad al resto de miles de personas que hacen huelga. Ojalá no hubiera habido disturbios.

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  1. Es verdaderamente lamentable, pero las protestas siempre han acabado así y, me temo, seguirán haciéndolo mientras el hombre sea hombre. Lo mejor y lo peor.

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