Son las palabras que llenan una hoja

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Harta de los viejos verdes

In A tinta fría on 18 diciembre 2012 at 20:44

He llegado a la conclusión de que esta es la única forma, quedándose ciega con el brillo de la pantalla, descubriendo las teclas del teléfono y removiéndoseme el estomago conforme el autobús atraviesa como una lanza las montañas, he decidido que esta es la única manera de mantener vivo Seiscientas; escribiendo las columnas en los ratos que voy y vengo de San Sebastián a Pamplona. Así que, además de estos viajes, estoy harta de los viejos verdes.

Hace unos días me acercaron en coche a la estación de autobús de la capital guipuzcuana, si es que puede decirse que lo que tienen en Donosti es una estación y no un tejado con cuatro asientos. Con razón me decía un amigo que había visto marquesinas más lujosas que la estación de autobuses de San Sebastián. Ese día había llegado media hora antes y hacía un frío aterrador. Por suerte no llovía. Me había puesto la capucha y el pelo rodeándome el cuello a modo de bufanda cuando se me acercó un buen hombre. “¡Hace un frío que pela!”, me dijo encogiendo el cuello como una tortuga. “¡Además con esta porquería de estación!”, protestaba. Era un abuelo bastante alto. “Yo tengo que esperar al autobús media hora, con el frío que hace…”, comenté, por decir algo.
– ¿De dónde eres bonita?
– De Pamplona
– ¡Ya sabía yo, te lo había notado, menudo acento tienes! -me molestó con una sonrisa. Su boca parecía un bosque de raíces húmedas y peladas. Me pellizcó el pómulo derecho.
– ¿Te molesta que te coja del carrillo?
– No – mentí.
– Tú también puedes cogerme, mira, ¡cógeme, cógeme! -insistió el señor. Dejé caer su moflete rápidamente. Se me removió el estómago. Cambié de tema.
– De dónde eres.
– De La Rioja, pero vivo aquí.
– Tengo que irme, hace mucho frío-. Lo hacía, pero sólo quería una excusa para largarme.
– Voy contigo -soltó el viejo.
– No.
– Pero si tengo mucho tiempo… anda, vamos.
– No, tengo que hacer llamadas personales -. Se me acercó para darme dos besos. Fue algo lento. Aún le quedaba en las comisuras saliva de la frase anterior. Primero me dio un beso en el póulo izquierdo. Sentí ganas de patearle en la entrepierna. Luego me besó la mejilla derecha.

Cuando el viejo acabó, cogí mis bártulos y me fui sin girarme a mirar si se había ido. Aún sentía sus besos. Me froté la cara con las mangas del abrigo.

Al día siguiente me acompañó esa imagen hasta el bar donde desayuno cuando llego a Sanse. Abrí el periódico y vi a Berlusconi en una foto vertical que ocupaba cuatro columnas. El artículo barajaba la imposibilidad de su vuelta al gobierno italiano y recordaba sus casi 80 años. Seguí leyendo el diario. Unas páginas después leí otro artículo. “La novia de Berlusconi”, se titulaba. Dos pequeñas columnas que ocuparían seis módulos en total y una foto del mismo tamaño. El texto daba casi igual. La imagen mostraba a una joven seria y descamisada. Se intuía una falda de tubo. Tenía las uñas largas y 29 años. Cuatro más que yo. Me volvieron a la cabeza esos besos que me arranqué la tarde anterior. Y me pregunté si podían llegar a ser agradables para alguien. Cuánto valdrian las caricias de esa joven. Vamos, el precio del asco.

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