Son las palabras que llenan una hoja

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A un español

In 600 on 12 octubre 2015 at 22:26

Si me buscan, me encuentran. Y eso que no quería hacerlo, lo prometo. Aunque he de decir que no escribo en caliente porque he tenido mi particular jornada de reflexión. Hoy, doce de octubre, ha sido un día normal para mí, estoy lejos de mi tierra y como no puedo ponerle flores al manto de la Virgen, tengo la españolidad un poco ausente. Sin embargo, ha aparecido él, con ganas de liarla y de llamar la atención, que es lo único que se le da bien porque no sabe de nada más. Me he cabreado mucho; para ser sincera, me ha jodido en el alma. Con perdón. Y lo primero que he hecho ha sido usar mis 140 caracteres en un “Me cago en tu puta madre”, con todas las letras y en mayúsculas. Con perdón otra vez. Pero no lo he hecho. Por no entrar al trapo, por no darle esa satisfacción y por respeto a una señora que nada me ha hecho. Pero, sobre todo, por educación y por dignidad. Mi dignidad. Luego ha llegado la carta de Frank Cuesta y alguna que otra petición de mi reacción a lo que desgraciadamente se ha convertido en una de las noticias del día.

Y en éstas me hallo, así que, señor Toledo, decirle que el respeto es necesario para una convivencia sana y pacífica; que esto no va de jugar a ser libres diciendo lo que le salga del prepucio sin tener en cuenta a los demás. Esto va de tener la madurez para abrir la boca cuando es necesario y de cerrarla cuando es debido. Quizá este consejo le llegue tarde, quizá no le interese la educación ni herir los sentimientos de millones de personas, pero lo que sí que debería interesarle es no parecer un falso idealista disfrazado de demagogo que va de libertino despachando mierda a quien menos quiere comprarla. Mi consejo, aunque no se lo merezca, es que deje de pensar, de opinar y de escribir. Nosotros viviremos más tranquilos y usted llevará una vida un poquito más digna. Me compadezco de los cubanos que tienen que aguantar sus impertinencias y ordinarieces diarias; haber conquistado América para que llegue gente como usted… mejor habernos quedado aquí. Siéntase afortunado si en algún momento llega a leer esto o si lo ha hecho con las reacciones a su vulgar, engreído y despreciable comentario; se deberá a que es uno de los pocos privilegiados con un Internet libre en aquella Isla Juana que bautizó Colón, si es que aún vive por allí. En su mansión. Por el bien de todos, espero que así sea, que siga bien lejos.

Pese a ser muy fan de España, de los Reyes y, sobre todo, de la Virgen del Pilar, bien es cierto que poco tenemos que celebrar, salvo las tradiciones, el orgullo patriótico o la conciencia unánime de pertenencia de unos cuantos millones de personas a uno y otro lado del charco. Cuestiones demasiado abstractas para los tiempos que corren, como ven. Así que es verdad que quien eche mano de las cifras de paro podrá enfadarse por los 800.000 euros que ha costado el desfile. Es verdad que no fuimos civilizadamente a expandir la fe -y las arcas- de sus católicas majestades allende los mares y sí, hubo asesinatos, esclavitud y violaciones por doquier. Hace más de quinientos años. Pero no, hoy no se celebra una masacre, sino un gran orgullo. El nuestro, el hispano. Pese a todo, no ofende el que quiere, sino el que puede y usted, Señor Toledo no da la talla. Nunca la da.

Boas noites, bona nit, gabon, buenas noches.

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Quiero estar casada y contigo

In 600 on 9 octubre 2015 at 12:31

Volvería a reconocerte aunque nunca te hubiese visto y aunque te mezclasen entre mil hombres. Ni siquiera tendría que hablar con todos ellos para distinguirte del grupo. Si no me hizo falta la primera vez tampoco me haría falta ahora. Te diferenciaría por la altura, la delgadez, por unos ojos claros y serenos. También por la sonrisa y por algún defecto discreto. Incluso sabría reconocerte por las zapatillas. Y cuando te hubiera descubierto, me toparía en tu camino. Tú me buscarías en los sitos donde yo me hubiese puesto como de imprevisto. Nos iríamos juntos a perder el tiempo fingiendo que no hay nada más importante que hablar de cualquier cosa. Seguro que iríamos a comprar un café en vaso de cartón para tomárnoslo a medias sobre la hierba de una plaza donde nunca antes hubiésemos estado. Todavía fumamos. Yo sacaría un cigarro de la caja metálica donde antes había caramelos y tú lo cogerías de la cajetilla que hemos compartido y te levantarías a pedirle a alguien fuego. Y así, calada tras calada, irían pasando las clases sin que nos diésemos cuenta. Te arrimarías a mi lado y nos tumbaríamos juntos sobre el césped hasta que hiciera frío. Siempre iríamos de la mano. A veces con tu brazo rodeando mi cuello y yo cogida de tu cintura. La calle sería testigo de nuestro amor y de nuestras riñas. Hablaríamos de qué pasaría si estuviésemos juntos para toda la vida. De si vivir aquí o allí. Del estilo de casa que compraríamos. De amarnos en mil sitios. Del nombre de nuestros hijos.

Hablaríamos de todo, de Literatura, de Filosofía, de Historia; también de Antropología, de Dios y de la creación del Universo; de nuestros amigos, de tu perro y de mi ropa nueva; de mis virtudes y de tus defectos; con mi madre, de la tuya…Tú me acompañarías de compras y yo a ti a la Iglesia. Haríamos excursiones a todos los bares de la ciudad. A veces discutiríamos con razón y la mayor parte del tiempo sin ella. Pero siempre me pedirías perdón y me perdonarías aunque yo no lo hiciera. Si nos hubiesen preguntado cuánto aguantaríamos así, habríamos respondido que toda la vida. Aunque tuvieras que marcharte lejos un tiempo para darte cuenta de que solo ibas a ser feliz compartiendo conmigo tus problemas. Entonces volverías desde la otra parte del mundo a buscarme. Yo no fingiría todo lo que te hubiera echado de menos, porque no nos gustaría guardar las formas y aún menos, deformarlas. Después de unos años llegaría el día de mañana, sin rodilla ni fotos, apenas sin luz; en nuestro escenario favorito, escondidos entre la gente. Te diría que sí con un beso de esos de película antigua. Y te hubiese dicho que sí a los pocos días de conocerte, la vez que viniste a buscarme en bicicleta a clases  de Latín para invitarme a cenar un bocadillo. Y es que te reconocí desde el primer instante, cuando aún tenías piel de adolescente. Desde el principio fuiste hecho para mí y yo para fundirme contigo.

Por eso siempre querríamos ser uno, una sola carne y un solo espíritu, una pieza indisoluble, seguir comiendo bocadillos y tomando cafés hasta más allá de la muerte. Con el primer beso, de noche, en la parada de un taxi, prometimos sernos fieles. Por todo eso acabaríamos siendo tres, en lugar de dos. Y cuatro, en vez de tres, y cinco incluso, aunque eso no se vea. Te diría que sí ayer, anteayer y mañana. Pero solo a ti, porque solo tú fuiste hecho para “amarme a la orilla de la chimenea”.

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