Son las palabras que llenan una hoja

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Jornada de reflexión

In 600 on 18 diciembre 2015 at 21:30

Hoy es lo que toca: reflexionar. Estas elecciones se presentan extrañas, parecen las definitivas para acabar con un bipartidismo atrofiado, pero persiste un ambiente escéptico sobre un verdadero cambio. La calidad importa más que la cantidad y este caso puede que siga sin ser una excepción. Se verá.

Hay muchos tipos de votantes, ni mejores ni peores, tan sólo guiados por objetivos e ideales diferentes. Si no hay una ley, norma o prescripción para decidir el voto, tampoco hay que juzgar las razones de nadie; para eso, entre otras cosas, somos libres.

Serán muchos los que no se van a plantear nada, votarán a quien siempre han votado, precisamente porque lo han hecho así invariablemente convencidos por tradición y firmes creencias. Por otro lado, están los que, por primera vez o como norma, razonarán las cosas en cada momento porque son conscientes de que cuatro años son cuarenta y ocho meses y mil cuatrocientos cincuenta y nueve días, o sea, muchas horas para cambiar de parecer. Ante esta perspectiva, elegirán dar un voto de castigo para todos los que han llevado este país a la situación actual; aunque en el fondo, seguirán votando lo mismo porque aún habiendo más partidos sigue habiendo muy pocas ideas nuevas. Otros, más optimistas, querrán una nueva España llena de promesas y leerán los programas electorales escrupulosamente buscando una chispa de esperanza; o los habrá que buscarán en esos cientos de páginas (aburridas y enrevesadas, en su mayoría) la plasmación de sus propias ideas. Éstos parecen iguales, pero hay una diferencia abismal; los primeros terminarán votando al menos malo; los segundos votarán en consonancia con una o dos convicciones tan fuertes que omitirán todo lo demás, sea lo que sea. También hay que tener en cuenta que unos votaran según sus internes individuales; otros, según los de sus descendientes; y algunos, tan excepcionales como necesarios, buscarán el bien general.

Sea el tipo de votante que sea, vaya a votar. O no lo haga. Pero reflexione, que el nombre no está de adorno. Piense en lo que va a hacer aunque su opción sea no hacer nada. Piense en el porqué de sus decisiones para el voto de mañana y para la vida de pasado. Piense que unas elecciones son un logro democrático de hace dos días y participe en ello.

No haga caso de lo que dicen a su alrededor. Votar es un privilegio y una obligación, pero no hacerlo también dice mucho políticamente, la abstención puede ser muy significativa. Dudar es humano y el 41% de indecisos que daban las encuestas hace una semana es signo de sensatez, así que dude mucho. Y vote a quien le dé la gana, aunque el partido en cuestión sólo se conozca en su pueblo, porque si todos hubiéramos hecho caso a eso del voto útil, los que hoy compiten por la Moncloa seguirían en su piso del centro. Y si no le convence nadie o no se fía de ninguno, vote en blanco; ya no hay bipartidismo electoral aunque sólo sea una mera cuestión numérica, así que haga oídos sordos a aquello de que el sobre vacío favorece a la mayoría. Y para terminar, tiene la opción de meter un trozo de papel higiénico en el sobre o poner el nombre de su primo en la papeleta; sin embargo, aunque no dudo de que sería el mejor presidente que este país hubiera tenido jamás, personalmente no le recomiendo el voto nulo. No sirve para nada. Ahórrese el paseo.

Yo, como he votado por correo, ya tuve mi jornada de reflexión. Pero a ustedes les conceden veinticuatro horas más. Aprovéchenlas.

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