Son las palabras que llenan una hoja

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Rowling, Tolstói y compañía

In 600 on 27 mayo 2016 at 21:40

¡Estamos que lo tiramos, señores!

¿Los votos?

No, ¡los libros!

Otro año más ha llegado la feria del libro. Mi favorita. Bueno, después de la de Abril… y de las Fallas… y de San Fermín… Hay acontecimientos cíclicos muy especiales para periodistas, columnistas, escritores y demás fauna literaria: la Navidad con el encendido de las luces del Corte Inglés y las cabalgatas de Reyes, las rebajas, el día que nieva, el día que deshiela con sus obvias inundaciones, el debate sobre el estado de la nación, el día del padre, el del libro, el de la madre, Semana Santa con sus procesiones y la disminución del paro, las rebajas otra vez, el verano con los abuelos y sus sombrillas en Benidorm y las vacaciones del Rey en Mallorca, el fin de las rebajas, las fiestas de los pueblos, la llegada del frío, los presupuestos generales y un largo etcétera. O sea, que si los políticos no dieran ruedas de prensa, tampoco pasaría nada; siempre hay algo más para escribir porque una vez entrado en el ciclo es complícadísimo salir. Pero en toda esta vorágine, la feria del libro ocupa un lugar diferente, al menos personalmente. Estos días en los que España parece que lee. Pero no.

Hace unos años, mi madre fue seleccionada para realizar un estudio a nivel europeo. Es una encuesta anual, lleva cuatro, y en todas las ocasiones, después de dos horas de preguntas, siempre me comenta lo mismo: “Cuando le he dicho que había leído 8 o 10 libros en un año se ha quedado asombrado”. A lo que añade: “Y eso que han sido pocos”. Primero, si mi madre lleva cuatro años diciendo lo mismo será porque su media de lectura está en 8 o 10 libros, así que que no vaya de literata diciendo que son pocos. Segundo, la lección número uno del encuestador es no mostrar sus opiniones durante una entrevista de este tipo, así que si lleva cuatro años poniendo cara de póker, mal entrevistador es. Tercero, y lo más importante, tenemos dos problemas, uno de cantidad y otro de calidad.

Con la regla de la cantidad otorgamos un sistema cualitativo: cuánto más mejor. Absurdo disparate. Porque no es mejor leer El Quijote que El Principito, aunque el primero pese el máximo del equipaje permitido en Iberia y el segundo sea más fino que el último móvil del mercado. Tampoco es mejor devorar en un mes los siete de Harry Potter que acabar a duras penas después de un largo verano Guerra y Paz, y me sabéis fan incondicional de Harry y sus amigos. Pero hay que ir más allá y una vez conscientes de esto también hay que ser consecuentes y saber que hay auténticos bodrios de libros. Los hay y muchos. Dicho esto, no me meto a juzgar el tema de la calidad literaria, que levanta ampollas, lo único que quiero apuntar es que no solemos saber diferenciarla y nos guiamos por cifras. Craso error. Los lectores somos el sustento de una industria complicada donde las joyas literarias se relegan a pequeñas editoriales que luchan por sobrevivir mientras otros se hacen de oro pseudoescribiendo, y entre medias están todos los demás, buenos, malos, pésimos y alguna excelente excepción. También aprovecho para incidir en el tema de la literatura fácil y difícil. “Es un libro muy fácil de leer”, he oído como argumento de defensa de algunos autores. Bueno, no estoy convencida de que sea una buena razón para comprar dicha obra, al menos para mí. Ya comenté en una ocasión que yo leo mucho, pero me faltan vidas para leer todo lo que me gustaría, además de estar muy pez en los clásicos. Algunos me dirán que es un sacrilegio, aunque opino que me estoy leyendo los que serán clásicos dentro de 100 años. O no. No estoy muy segura, y esto es a lo que quiero llegar, del criterio para denominar la grandeza de un libro. Lo único que pido es que tengáis alguno, para elegir, para leer y, sobre todo, para juzgar.

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