Son las palabras que llenan una hoja

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Crítica de la razón marina

In 600, Calamares en su tinta on 20 septiembre 2017 at 0:01

“Tengo que plantearos una cuestión: ¿los peces en el agua están mojados?” Y los rostros alrededor de una mesa mudaron a una extraña y previsible mezcla entre la sorna, la incredulidad y, me atrevería a decir, la estupefacción. Acabábamos de pedir unos refrigerios, porciones de tarta para ser más exactos, después de un día de trabajo esperando, oh ilusos, un momento de relax y desconexión. Pero tengo un amigo que las suelta así, sin anestesia. No diré su nombre ni procedencia ni profesión ni adscripción política, moral o humana. Por privacidad y, por si acaso, por su bien.

Reacción inicial de risa que en algún instante tornó en carcajada. Pero todos entramos al trapo. Sin excepción y hasta el fondo, como esas criaturas marinas feas feas que vagan por las profundidades. ¿Mojadas? Veremos.

  • ¡Pues claro que están mojados!
  • ¿Por qué? ¿Tú cuando buceas puedes decir que estás mojado o es más bien cuando sales del agua?
  • … el agua moja
  • Mojar es una reacción entre fuerzas intermoleculares. Cohesión y adhesión. El mercurio no moja el metal porque tiene más de la primera que de la segunda. El agua moja el algodón por lo contrario.
  • ¿Veis? ¿Están mojados o no? ¿Es un estado? ¿Es una cualidad?

La conversación, tras un video ilustrativo muy recomendable, acabó en unas tablas representadas en sobrecillos de azúcar moreno que anduvieron de un extremo a otro de la mesa hasta acabar enfrentados. Dos a dos. “He buscado en el diccionario los significados a ver si lingüísticamente llegaba a una conclusión válida”, llegó a decir. Sin embargo, la reflexión fue que el dato de si los peces se mojan, o están mojados o secos, no iba a cambiar nuestra vida; pero hacerse esas preguntas (y otras peores que ya tendré tiempo de comentar) sí que es significativo. ¿Por qué pensamos eso? ¿Cómo pensamos? ¡Eureka! “¡El método es la clave!”, se advirtió. Y nos vinimos arriba, mucho.

  • ¿Los peces saben que nadan?
  • ¿Los pájaros saben que vuelan?
  • Los pájaros ven que el resto de animales no levantan un palmo del suelo…
  • Entonces, si los peces ven a los cangrejos caminar ¿los peces creen que vuelan?
  • ¿Los peces saben?, ¿creen?, ¿piensan?

Y la charla duró lo que duraron las tartas. Poco. Pero hablando de peces, en el fondo y en la superficie, por aquello de seguir en el ámbito marino, y sin ser conscientes de ello, hablamos del ser y del estar, del acto y la potencia y de la sustancia y del accidente, si nos ponemos exquisitamente aristotélicos. Nos hicimos cartesianos con nuestro cogito y nuestro sum. Tanteamos el Principio de No Contradicción de forma elegantemente leibniziana. Caminamos con Frege con nuestra deducción y luchamos contra Russell con la inducción, o incluso puede que llegáramos a la abducción de Peirce. Y con conceptos, significantes y significados rondamos a Wittgenstein. Y pienso en éstos como podían haber sido otros, igual que fue el agua, como podía haber sido el fuego.

Y así, he descubierto varias cosas: que aquellos estudiantes de filosofía que fuimos no estamos solos. Que hay algo llamado ángulo de humectancia (el que forma la superficie de un líquido al entrar en contacto con un sólido, según me cuenta Wikipedia). Que el término hidrófobo se aplica a aquellos materiales a los que el agua no moja, lo contrario, por tanto, a hidrófilo; liófobo y liófilo si hablamos de otros líquidos. Y que sería una fantástica paradoja que, al final, los peces fueran hidrófobos o, peor, hidrofóbicos.

Pero sobre todo, he constatado, una vez más, que toda buena conversación aparece alrededor de una mesa. Con tarta, a poder ser.

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A los hijos que nunca tuve

In 600, A tinta fría on 28 agosto 2017 at 18:39

A veces uno tiene hijos planificados. Son como el sueldo que te llega a fin de mes, que recibes con ilusión y necesidad, pero esperándolo. Otros vienen inesperados, quizá como un billete de 500 euros que te encuentras en la calle o como un cheque que se cobra más adelante. Otras veces no llegan, bien porque no terminan la primera etapa de la vida o bien porque nunca la empiezan. Dios sabe qué le pide a cada familia, aunque nosotros pocas veces lo entendamos. Todos son hijos, aunque solo algunos acaben entre nuestros brazos.

¿Cuándo empieza la vida? Es una pregunta comprometida. A mí me gusta compararlo con un campo recién sembrado. Aunque nosotros solo veamos la planta cuando sobresale de la tierra, la semilla germina escondida del sol, de los pájaros que se las comerían.

A nuestros ojos, un hijo llega después de nueve meses de embarazo, pero la verdad es que un hijo se tiene nueve meses antes del parto. Desde que descubres que esperas un bebé, te sientes madre y subordinas tu bien al de la criatura. Dejas de tomar alcohol, o moderas su consumo, te abstienes de los embutidos, o los tomas con cautela, refríes la carne, vigilas los esfuerzos, tomas suplementos alimenticios, llevas la cuenta de las semanas, lo tienes siempre en la cabeza. De hecho están en ella antes siquiera de desearlos.

Uno pone nombre a sus hijos cuando es adolescente o hasta de pequeño. Sin embargo, no todos los hijos pensados acaban en nuestros brazos.  Es doloroso buscarlos y no encontrarlos o dar con ellos solo los primeros pasos.

Recuerdo los meses que estuve ingresada con el embarazo de Daniel. Compartí habitación con muchas mujeres. Me viene a la cabeza una chica rumana, de nombre Alina y de apellido Pop, como la música. Su novio también era rumano y trabajaba en el campo. A veces traía fruta recién cogida para compartir. Esperaban un chico, Iker, “como el portero de la selección”. Alina rompió aguas y dio a luz una noche cuando estaba de 24 semanas. Los ginecólogos le preguntaron si quería que reanimaran al bebé, aunque era probable que creciera con secuelas. Alina y su novio prefirieron que decidiera la naturaleza. Iker vivió unos minutos y luego dejó de respirar. A los dos días me enseñó una foto del pequeño. Era moreno y como un adulto en miniatura. No pesaba ni medio kilo. Ingresaron a Alina un tiempo en la tercera planta. Semanas más tarde pasó por la habitación a verme. Me traía una caja de bombones con forma de corazón.

Otros hijos se pierden en las primeras semanas de embarazo. Algunos sin darte cuenta. A veces con mucho dolor. Son abortos naturales fruto de una naturaleza bien pensada, aunque se sientan como un robo.

Yo a esos hijos míos que no he tenido entre mis brazos les diría que siempre hubiesen sido bien recibidos en casa, viniesen como viniesen. Fuesen deseados o inesperados. Les diría que también habría dejado de comer por ellos carne y bebido menos cerveza. También les hubiese cantado durante los meses de embarazo. Les hubiese bañado en el lavabo los primeros días y les hubiese dado el pecho los primeros meses, como he hecho con sus hermanos. Aunque no nos hayamos conocido, les diría, os he querido igual, desde el primer día, desde que supe que erais parte de nuestra familia. Esos hijos nos miman desde el cielo y esperan con ilusión a que me reúna con ellos allí para poder contarles cuentos.

Ellos ya saben porqué Dios pide sacrificios a todas las familias, aunque nosotros pocas veces lo aceptamos.

A quién le importan los sirios

In 600 on 18 febrero 2017 at 12:03

“Voy a contar un chiste. Una vez hablé en la Universidad Católica de Murcia y conté como mi sobrino, estudiante de ingeniería, había muerto al salir de su universidad en Siria por la explosión de un coche bomba. La UCAM consiguió una beca para traer a mi otro sobrino a estudiar a España. Le dije, ‘vamos a ver Madrid’. Yendo a Sol, en la calle Fuencarral, vio a unos jóvenes con chaleco amarillo y 10-15 perros, carteles…y me preguntó, ‘¿qué es?’. ‘Defienden los derechos de los perros, que son perseguidos, tienen sed, nadie les alimenta…’. ‘Tío’, me dijo, ‘y nosotros, como sirios, ¿no tenemos los derechos de los perros en Europa?'”. Las estatuas llenaban los bancos de la iglesia. Algunos fieles se habían quedado después de misa y otros menos fieles llegaban al segundo sermón: “Ver a un sirio es sinónimo de ver a un terrorista”. En el púlpito, un hombre vestido de clero, con un medallón dorado y un gorro tejido de cruces: el arzobispo de la Iglesia Siria Ortodoxa de Antioquía, “la primera sede puesta por Pedro, que continuó su viaje a Roma”.

“Los árabes no son sirios ni al revés. Lo hablan, pero son otro país. Los árabes son de Arabia, de otra cultura. Nosotros aprendimos árabe hace 1.400 años. En España también tenéis muchas palabras en árabe. De Norte a Sur, de Este a Oeste, miles de aldeas, pueblos, con nombres árabes”. Me vinieron a la cabeza ‘alfombra’, por ejemplo, ‘almohada’ y ‘ojalá’, o ‘Algeciras’, ‘Albacete’ y ‘Almería’. “Siria es la madre de las civilizaciones. El mundo tiene que agradecerle a Siria el alfabeto. Si eres cristiano, tienes que agradecerles a los sirios que fueran los primeros cristianos”. Cristo le escuchaba de cerca, desde atrás, dentro del tabernáculo. En silencio.

“Los cristianos en Siria viven la fe de verdad. Tienen esperanza y no viven pensando en mañana porque no existe para ellos. Si hoy sale uno de su casa a trabajar, se tiene que despedir porque no sabe si va a volver. Las madres se despiden de los hijos por si mueren en la escuela o por si ellos al volver no encuentran su casa. En Siria nos hemos acostumbrado a ver sangre”.

Mientras, Occidente mira: “El 90% de miembros del DAES no son sirios. Por eso no se puede decir que sea una guerra civil sino una guerra contra el pueblo sirio. DAES es una ideología que nació de otras ideologías terroristas de Arabia y de lo que han pensado Estados Unidos y algunos países europeos. Quieren castigar al gobierno sirio y matar el cristianismo en Oriente Medio”.

Describió Alepo, donde sobreviven 4.000 de 40.000 fábricas. Y de Damasco, donde llueven bombas sobre barrios cristianos. “No somos mendigos. No venimos a hacer turismo. Pero hemos perdido todo”.

Citó a Juan Pablo II: “Si uno es cristiano, le escucha. La Iglesia tiene dos pulmones: Oriente y Occidente. Si a uno le falta aire, el cuerpo tiene problemas”. También se acordó de Francisco: “Dijo que cada parroquia acogiera a una familia siria. En Madrid hay 15 familias y 2.000 parroquias”.

Levantó una mano y se cogió el pulgar. “Como miembros del cuerpo de la Iglesia, si un miembro nos duele, lo sentimos y ayudamos a curarlo. Hay que dar hasta que duela, como la vieja del evangelio”.

Un niño repartía cuartillas con un escrito parecido al árabe. ‘Padre nuestro en Arameo‘ ponía debajo. En el reverso, una transcripción. El arzobispo cerró los ojos y le cantó a Dios: “Di loj malcuzo hailo tuschbuhto lolam olmin”, y todos le entendimos: “líbranos del mal”.

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Nicolaos Matti Abd Alahad, Arzobispo de la Iglesia Siria Ortodoxa de Antioquía. FIRMA: Matt Kolf

 

 

 

Rowling, Tolstói y compañía

In 600 on 27 mayo 2016 at 21:40

¡Estamos que lo tiramos, señores!

¿Los votos?

No, ¡los libros!

Otro año más ha llegado la feria del libro. Mi favorita. Bueno, después de la de Abril… y de las Fallas… y de San Fermín… Hay acontecimientos cíclicos muy especiales para periodistas, columnistas, escritores y demás fauna literaria: la Navidad con el encendido de las luces del Corte Inglés y las cabalgatas de Reyes, las rebajas, el día que nieva, el día que deshiela con sus obvias inundaciones, el debate sobre el estado de la nación, el día del padre, el del libro, el de la madre, Semana Santa con sus procesiones y la disminución del paro, las rebajas otra vez, el verano con los abuelos y sus sombrillas en Benidorm y las vacaciones del Rey en Mallorca, el fin de las rebajas, las fiestas de los pueblos, la llegada del frío, los presupuestos generales y un largo etcétera. O sea, que si los políticos no dieran ruedas de prensa, tampoco pasaría nada; siempre hay algo más para escribir porque una vez entrado en el ciclo es complícadísimo salir. Pero en toda esta vorágine, la feria del libro ocupa un lugar diferente, al menos personalmente. Estos días en los que España parece que lee. Pero no.

Hace unos años, mi madre fue seleccionada para realizar un estudio a nivel europeo. Es una encuesta anual, lleva cuatro, y en todas las ocasiones, después de dos horas de preguntas, siempre me comenta lo mismo: “Cuando le he dicho que había leído 8 o 10 libros en un año se ha quedado asombrado”. A lo que añade: “Y eso que han sido pocos”. Primero, si mi madre lleva cuatro años diciendo lo mismo será porque su media de lectura está en 8 o 10 libros, así que que no vaya de literata diciendo que son pocos. Segundo, la lección número uno del encuestador es no mostrar sus opiniones durante una entrevista de este tipo, así que si lleva cuatro años poniendo cara de póker, mal entrevistador es. Tercero, y lo más importante, tenemos dos problemas, uno de cantidad y otro de calidad.

Con la regla de la cantidad otorgamos un sistema cualitativo: cuánto más mejor. Absurdo disparate. Porque no es mejor leer El Quijote que El Principito, aunque el primero pese el máximo del equipaje permitido en Iberia y el segundo sea más fino que el último móvil del mercado. Tampoco es mejor devorar en un mes los siete de Harry Potter que acabar a duras penas después de un largo verano Guerra y Paz, y me sabéis fan incondicional de Harry y sus amigos. Pero hay que ir más allá y una vez conscientes de esto también hay que ser consecuentes y saber que hay auténticos bodrios de libros. Los hay y muchos. Dicho esto, no me meto a juzgar el tema de la calidad literaria, que levanta ampollas, lo único que quiero apuntar es que no solemos saber diferenciarla y nos guiamos por cifras. Craso error. Los lectores somos el sustento de una industria complicada donde las joyas literarias se relegan a pequeñas editoriales que luchan por sobrevivir mientras otros se hacen de oro pseudoescribiendo, y entre medias están todos los demás, buenos, malos, pésimos y alguna excelente excepción. También aprovecho para incidir en el tema de la literatura fácil y difícil. “Es un libro muy fácil de leer”, he oído como argumento de defensa de algunos autores. Bueno, no estoy convencida de que sea una buena razón para comprar dicha obra, al menos para mí. Ya comenté en una ocasión que yo leo mucho, pero me faltan vidas para leer todo lo que me gustaría, además de estar muy pez en los clásicos. Algunos me dirán que es un sacrilegio, aunque opino que me estoy leyendo los que serán clásicos dentro de 100 años. O no. No estoy muy segura, y esto es a lo que quiero llegar, del criterio para denominar la grandeza de un libro. Lo único que pido es que tengáis alguno, para elegir, para leer y, sobre todo, para juzgar.

Jornada de reflexión

In 600 on 18 diciembre 2015 at 21:30

Hoy es lo que toca: reflexionar. Estas elecciones se presentan extrañas, parecen las definitivas para acabar con un bipartidismo atrofiado, pero persiste un ambiente escéptico sobre un verdadero cambio. La calidad importa más que la cantidad y este caso puede que siga sin ser una excepción. Se verá.

Hay muchos tipos de votantes, ni mejores ni peores, tan sólo guiados por objetivos e ideales diferentes. Si no hay una ley, norma o prescripción para decidir el voto, tampoco hay que juzgar las razones de nadie; para eso, entre otras cosas, somos libres.

Serán muchos los que no se van a plantear nada, votarán a quien siempre han votado, precisamente porque lo han hecho así invariablemente convencidos por tradición y firmes creencias. Por otro lado, están los que, por primera vez o como norma, razonarán las cosas en cada momento porque son conscientes de que cuatro años son cuarenta y ocho meses y mil cuatrocientos cincuenta y nueve días, o sea, muchas horas para cambiar de parecer. Ante esta perspectiva, elegirán dar un voto de castigo para todos los que han llevado este país a la situación actual; aunque en el fondo, seguirán votando lo mismo porque aún habiendo más partidos sigue habiendo muy pocas ideas nuevas. Otros, más optimistas, querrán una nueva España llena de promesas y leerán los programas electorales escrupulosamente buscando una chispa de esperanza; o los habrá que buscarán en esos cientos de páginas (aburridas y enrevesadas, en su mayoría) la plasmación de sus propias ideas. Éstos parecen iguales, pero hay una diferencia abismal; los primeros terminarán votando al menos malo; los segundos votarán en consonancia con una o dos convicciones tan fuertes que omitirán todo lo demás, sea lo que sea. También hay que tener en cuenta que unos votaran según sus internes individuales; otros, según los de sus descendientes; y algunos, tan excepcionales como necesarios, buscarán el bien general.

Sea el tipo de votante que sea, vaya a votar. O no lo haga. Pero reflexione, que el nombre no está de adorno. Piense en lo que va a hacer aunque su opción sea no hacer nada. Piense en el porqué de sus decisiones para el voto de mañana y para la vida de pasado. Piense que unas elecciones son un logro democrático de hace dos días y participe en ello.

No haga caso de lo que dicen a su alrededor. Votar es un privilegio y una obligación, pero no hacerlo también dice mucho políticamente, la abstención puede ser muy significativa. Dudar es humano y el 41% de indecisos que daban las encuestas hace una semana es signo de sensatez, así que dude mucho. Y vote a quien le dé la gana, aunque el partido en cuestión sólo se conozca en su pueblo, porque si todos hubiéramos hecho caso a eso del voto útil, los que hoy compiten por la Moncloa seguirían en su piso del centro. Y si no le convence nadie o no se fía de ninguno, vote en blanco; ya no hay bipartidismo electoral aunque sólo sea una mera cuestión numérica, así que haga oídos sordos a aquello de que el sobre vacío favorece a la mayoría. Y para terminar, tiene la opción de meter un trozo de papel higiénico en el sobre o poner el nombre de su primo en la papeleta; sin embargo, aunque no dudo de que sería el mejor presidente que este país hubiera tenido jamás, personalmente no le recomiendo el voto nulo. No sirve para nada. Ahórrese el paseo.

Yo, como he votado por correo, ya tuve mi jornada de reflexión. Pero a ustedes les conceden veinticuatro horas más. Aprovéchenlas.

A un español

In 600 on 12 octubre 2015 at 22:26

Si me buscan, me encuentran. Y eso que no quería hacerlo, lo prometo. Aunque he de decir que no escribo en caliente porque he tenido mi particular jornada de reflexión. Hoy, doce de octubre, ha sido un día normal para mí, estoy lejos de mi tierra y como no puedo ponerle flores al manto de la Virgen, tengo la españolidad un poco ausente. Sin embargo, ha aparecido él, con ganas de liarla y de llamar la atención, que es lo único que se le da bien porque no sabe de nada más. Me he cabreado mucho; para ser sincera, me ha jodido en el alma. Con perdón. Y lo primero que he hecho ha sido usar mis 140 caracteres en un “Me cago en tu puta madre”, con todas las letras y en mayúsculas. Con perdón otra vez. Pero no lo he hecho. Por no entrar al trapo, por no darle esa satisfacción y por respeto a una señora que nada me ha hecho. Pero, sobre todo, por educación y por dignidad. Mi dignidad. Luego ha llegado la carta de Frank Cuesta y alguna que otra petición de mi reacción a lo que desgraciadamente se ha convertido en una de las noticias del día.

Y en éstas me hallo, así que, señor Toledo, decirle que el respeto es necesario para una convivencia sana y pacífica; que esto no va de jugar a ser libres diciendo lo que le salga del prepucio sin tener en cuenta a los demás. Esto va de tener la madurez para abrir la boca cuando es necesario y de cerrarla cuando es debido. Quizá este consejo le llegue tarde, quizá no le interese la educación ni herir los sentimientos de millones de personas, pero lo que sí que debería interesarle es no parecer un falso idealista disfrazado de demagogo que va de libertino despachando mierda a quien menos quiere comprarla. Mi consejo, aunque no se lo merezca, es que deje de pensar, de opinar y de escribir. Nosotros viviremos más tranquilos y usted llevará una vida un poquito más digna. Me compadezco de los cubanos que tienen que aguantar sus impertinencias y ordinarieces diarias; haber conquistado América para que llegue gente como usted… mejor habernos quedado aquí. Siéntase afortunado si en algún momento llega a leer esto o si lo ha hecho con las reacciones a su vulgar, engreído y despreciable comentario; se deberá a que es uno de los pocos privilegiados con un Internet libre en aquella Isla Juana que bautizó Colón, si es que aún vive por allí. En su mansión. Por el bien de todos, espero que así sea, que siga bien lejos.

Pese a ser muy fan de España, de los Reyes y, sobre todo, de la Virgen del Pilar, bien es cierto que poco tenemos que celebrar, salvo las tradiciones, el orgullo patriótico o la conciencia unánime de pertenencia de unos cuantos millones de personas a uno y otro lado del charco. Cuestiones demasiado abstractas para los tiempos que corren, como ven. Así que es verdad que quien eche mano de las cifras de paro podrá enfadarse por los 800.000 euros que ha costado el desfile. Es verdad que no fuimos civilizadamente a expandir la fe -y las arcas- de sus católicas majestades allende los mares y sí, hubo asesinatos, esclavitud y violaciones por doquier. Hace más de quinientos años. Pero no, hoy no se celebra una masacre, sino un gran orgullo. El nuestro, el hispano. Pese a todo, no ofende el que quiere, sino el que puede y usted, Señor Toledo no da la talla. Nunca la da.

Boas noites, bona nit, gabon, buenas noches.

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Quiero estar casada y contigo

In 600 on 9 octubre 2015 at 12:31

Volvería a reconocerte aunque nunca te hubiese visto y aunque te mezclasen entre mil hombres. Ni siquiera tendría que hablar con todos ellos para distinguirte del grupo. Si no me hizo falta la primera vez tampoco me haría falta ahora. Te diferenciaría por la altura, la delgadez, por unos ojos claros y serenos. También por la sonrisa y por algún defecto discreto. Incluso sabría reconocerte por las zapatillas. Y cuando te hubiera descubierto, me toparía en tu camino. Tú me buscarías en los sitos donde yo me hubiese puesto como de imprevisto. Nos iríamos juntos a perder el tiempo fingiendo que no hay nada más importante que hablar de cualquier cosa. Seguro que iríamos a comprar un café en vaso de cartón para tomárnoslo a medias sobre la hierba de una plaza donde nunca antes hubiésemos estado. Todavía fumamos. Yo sacaría un cigarro de la caja metálica donde antes había caramelos y tú lo cogerías de la cajetilla que hemos compartido y te levantarías a pedirle a alguien fuego. Y así, calada tras calada, irían pasando las clases sin que nos diésemos cuenta. Te arrimarías a mi lado y nos tumbaríamos juntos sobre el césped hasta que hiciera frío. Siempre iríamos de la mano. A veces con tu brazo rodeando mi cuello y yo cogida de tu cintura. La calle sería testigo de nuestro amor y de nuestras riñas. Hablaríamos de qué pasaría si estuviésemos juntos para toda la vida. De si vivir aquí o allí. Del estilo de casa que compraríamos. De amarnos en mil sitios. Del nombre de nuestros hijos.

Hablaríamos de todo, de Literatura, de Filosofía, de Historia; también de Antropología, de Dios y de la creación del Universo; de nuestros amigos, de tu perro y de mi ropa nueva; de mis virtudes y de tus defectos; con mi madre, de la tuya…Tú me acompañarías de compras y yo a ti a la Iglesia. Haríamos excursiones a todos los bares de la ciudad. A veces discutiríamos con razón y la mayor parte del tiempo sin ella. Pero siempre me pedirías perdón y me perdonarías aunque yo no lo hiciera. Si nos hubiesen preguntado cuánto aguantaríamos así, habríamos respondido que toda la vida. Aunque tuvieras que marcharte lejos un tiempo para darte cuenta de que solo ibas a ser feliz compartiendo conmigo tus problemas. Entonces volverías desde la otra parte del mundo a buscarme. Yo no fingiría todo lo que te hubiera echado de menos, porque no nos gustaría guardar las formas y aún menos, deformarlas. Después de unos años llegaría el día de mañana, sin rodilla ni fotos, apenas sin luz; en nuestro escenario favorito, escondidos entre la gente. Te diría que sí con un beso de esos de película antigua. Y te hubiese dicho que sí a los pocos días de conocerte, la vez que viniste a buscarme en bicicleta a clases  de Latín para invitarme a cenar un bocadillo. Y es que te reconocí desde el primer instante, cuando aún tenías piel de adolescente. Desde el principio fuiste hecho para mí y yo para fundirme contigo.

Por eso siempre querríamos ser uno, una sola carne y un solo espíritu, una pieza indisoluble, seguir comiendo bocadillos y tomando cafés hasta más allá de la muerte. Con el primer beso, de noche, en la parada de un taxi, prometimos sernos fieles. Por todo eso acabaríamos siendo tres, en lugar de dos. Y cuatro, en vez de tres, y cinco incluso, aunque eso no se vea. Te diría que sí ayer, anteayer y mañana. Pero solo a ti, porque solo tú fuiste hecho para “amarme a la orilla de la chimenea”.

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23F, con ‘f’ de falso

In 600 on 28 febrero 2014 at 0:33

Trato de meterme en la cama pronto, antes de las doce. Así me aseguro de que oigo el despertador y me cuesta menos ponerme en pie. Pero hay veces que merece la pena dejar la cocina sin recoger o retrasar un favor porque otra cosa merece más la pena. Esta noche iba a ser el reportaje de Jordi Évole, “Operación Palace”.

Lo he cogido casi al principio. Salían ellos, todos ex asesores, ex diputados, ex periodistas, revelando que el 23F fue todo un engaño, una ficción para afianzar la Monarquía y la Democracia. No me lo podía creer. He llamado a mis hermanos, les he dicho que encendieran la televisión. En casa todos nos hemos sentado en el sofá como si nada más importara en ese momento. Daba igual que el niño llorara. En los anuncios me he metido en El Mundo y en El País y no salía nada. ¿Dónde estaban los periodistas? ¿Aún no se habían enterado?

Era raro verles a todos hablar. A Gabilondo llamar la atención sobre detalles que durante años todos hemos pasado por alto o a Garci describiendo que en el discurso del Rey, la cámara hacía zoom para intensificar su mensaje. ¿Dónde estaba Juan Carlos mientras se hacía ese reportaje? ¿Por qué no le habían entrevistado a él? Todo el mundo iba a volverse anarquista después de “Operación Palace”. Vaya timo de Democracia. Y Estados Unidos, implicado. ¡A cambio de que España entrara en la OTAN! Menudas confabulaciones. ¿Y si el caso Mónica Lewinsky también era mentira? ¿Qué pasó, en verdad, con el 11s?

Casi había empezado a dudar de la autenticidad de las pinturas en las Cuevas de Altamira cuando van y confiesan que todo el reportaje es un montaje, una sombra, una ficción. ¿Pero, y qué pasaba con Tejero? ¿También él estaba implicado en la operación o no? Entonces, ¿Suárez dimitió por la Democracia? Todo había sido una farsa. ¿Cuál va ser, a partir de ahora, la verdad sobre el 23F?

Tengo que confesar que, por un lado, me ha dado paz saber que se trataba de un montaje. Me estaba sentando muy mal verles a todos mirar a la cámara como si tal cosa, como si no hubieran escondido esa mentira durante décadas. Por otro lado, en cambio, siento un escalofrío al comprobar lo fácil que se puede manipular a la audiencia. Eso ya lo sabemos, porque se estudia en las facultades de Comunicación. Pero otra cosa es experimentarlo. ¿Está bien que una cadena juegue con sus espectadores? ¿Qué hubiera ocurrido si al comienzo se hubiera explicado que el reportaje era la simulación de algo posible, incluso probable?

La gente ya ha dejado de creer lo suficiente en los políticos como para que esto ocurriera ahora, un jueves por la noche. Insinuar que el Golpe de Estado fue un complot de los todos los partidos con escaño en el Congreso de los Diputados, que el 23F es como un Judas de plástico, es sugerir que nuestra Democracia puede ser un montaje. Una película española para no matarnos. Y, si no, que le pregunten a Garci. Ahora, cada vez que los españoles pensemos en él lo veremos como director de grandes falacias. Todos los personajes de su película, ¿actúan también en el desempeño de sus funciones? El periodista, los portavoces, los jefes de seguridad, los políticos. El Rey de España.

Ya me lo ha dicho mi hermano cuando le he llamado. “Paula, no te creas todo lo que sale en los reportajes”. ¿Deberíamos pensar que a los periodistas, como a los políticos, se les ha olvidado su compromiso con la verdad?

Las tardes de TVE

In 600 on 14 noviembre 2013 at 20:00

Lo mejor de ‘Entre Todos’ es Toñi Moreno. Quienes vemos el programa de TVE desde que se inauguró en agosto conocemos bien a su presentadora, soltera, andaluza y cuarentona.

Entre Todos

Entre Todos

A pesar de su apellido, Toñi es rubia, como cualquier otra española a la que se le antoje ese color de pelo. A veces piensa que está más guapa cuando se lo riza. Toñi ni sabe ni le gusta cocinar, aunque siempre viste con camisas anchas. Cuando un espectador llama por teléfono al programa y ofrece 1.000 euros grita ¡toma! Y flexiona una pierna en el aire como un guitarrista de rock en concierto. Si ofrecen 3.000 ó 6.000 euros se le escapa un ¡madre mía! Y trata de hacerle entrar en razón al donante. “¡Es mucho dinero María/Eva/Antonio!”, pero ninguno recula. Algunos incluso añaden ceros a la cifra. En una ocasión un hombre asturiano dueño de dos bares pasó de dar 1.000 a ofrecer 10.000 euros para ayudar a una familia que ese día salía en el programa. Así, poco a poco, una vez se consiguieron 146.000 euros para que una joven recuperara sus manos y sus pies gracias a unas prótesis biónicas.

He perdido la cuenta de cuántas sumas de 15.000 y 20.000 euros se han recabado para abrir pequeños negocios. Tiendas de alimentación, de ropa y accesorios, una churrería y un bar especializado en tortillas, una zapatería low cost, una pescadería, una tienda de congelados, otra de vestidos de novia… Y la de terapias que van a poder recibir niños con problemas cerebrales gracias a la caridad de los españoles. Toñi llama a las tardes de TVE la “fiesta de la solidaridad”. Además de abrirle a los emprendedores las puertas que les cierran los bancos, más allá de conseguir puestos de trabajo para familias que sobreviven con la pensión de los abuelos, con las tardes de TVE, sobre todo, son una lección de humanidad. Demuestran que se puede ser feliz sin manos y sin pies, que es posible conseguir un trabajo con 56 años o arreglárselas con un hijo que vive atado a una silla. ‘Entre Todos’ te enseña a perderle miedo a la parálisis cerebral, a los defectos congénitos, a la pobreza. Porque el amor suple todas esas carencias.

Hasta ahora he leído pocas críticas del programa y todas han sido negativas. El día después de su estreno, caí en una columna especializada que le achacaba el fracaso en la audiencia. Sean pocas o muchas las personas que lo siguen, son suficientes para que todas las tardes se ayuden a nuevas familias. Esta semana dos estudiantes de Trabajo Social hablaron con Toñi en directo para expresar su desprecio por una forma sensacionalista y caritativa de ayudar. Quizá ya te hayas enterado de eso porque todos los medios de comunicación de España, salvo la televisión pública, le han dedicado unas palabras al asunto. Bien podían haber empleado ese espacio y ese tiempo para alabar algunas de sus acciones. Estoy convencida de que esos lanzagranadas no han visto  ‘Entre Todos’ más de una hora. Cuanto menos, como explica mi madre, deberían alegrarse de que las tardes de TVE le quiten audiencia a otras cadenas.

Hay espectadores que confiesan haber recuperado la fe en la sociedad española desde que Toñi grita “¿Qué tengo?” y un público septuagenario contesta eufórico “¡Llamada!”. Así han entrado al programa sacerdotes y jubilados, jóvenes, empresarios, famosos como Los Morancos; gente importante, como el subdirector de no recuerdo qué aerolínea, y personas que ni siquiera dan su nombre para no desviar el protagonismo.  Un detalle que tendría alguien a quien de verdad le preocupan los demás.

Ellos también emigraron

In 600 on 21 junio 2013 at 12:43

Mi abuela materna siempre dice que cumplir años sólo sirve para tener experiencia. Y que la experiencia sólo es útil como escarmiento. Con esa idea busqué a Emillio en Zaragoza, a Javier y a su hermana María, a María Jesús, a quien todo el mundo llama Maruja, a los esposos Cándido y Pilar y a Pedro, natural de Salamanca. Porque todos estos abuelos españoles tienen algo que enseñarnos a los jóvenes de ahora, sobre todo a los que salen del país, ya que ellos hicieron lo mismo cuando apenas tenían 20 años.

Fotos: CEDIDAS

Fotos: CEDIDAS

Emilio nos recibió en su casa a las afueras de Zaragoza, en un barrio fantasma, retrato de la crisis española. Al final del pasillo estaba el salón, donde nos contó sus idas y venidas de Francia para las cosechas, su terrible año en Alemania y lo bien que le trataron en Holanda. Mientras, su mujer y uno de sus tres hijos, el sacerdote, nos prepararon una merienda con bollos, distintas clases de tartas y un fuerte café con leche sobre una bandeja. Allí nos pasamos media tarde, mientras la excavadora rugía fuera y el cierzo azotaba las ventanas. Nos marchamos con el estómago, la grabadora y la cámara de fotos rebosantes de tesoros.

Con Maruja todo fue más sencillo. Le entrevistamos en la cocina donde invierte la mayor parte del día. Nos invitó a tomar un café que casi me derritió la lengua. Después se sentó en la cabecera y respondió largamente a nuestras preguntas. Ita, como le llaman las nietas con las que vive, nos relató su viaje de ida a Venezuela con 19 años y su vuelta a España después de más de 50. Se rió recordando cómo el de su madre era un “negocio redondo” porque le encargaban coser prendas que luego nadie pagaba. También lloró la muerte de sus hermanos y se enfadó con los que se conforman con estar en paro.

María y Jesús solo nos cedieron una imagen de sus años en la Gran Manzana. En la foto, en blanco y negro, los hermanos pasean agarrados por Central Park. Debe de ser otoño. En el fondo asoman árboles pelados y ellos dos caminan alegres con abrigos largos. Su padre había sido borreguero en Virgina a principios de siglo y ellos repitieron la aventura “para ganarse el garbanzo” unas décadas más tarde, pero en Nueva York. Nos recibieron varias veces, siempre en domingo, cuando se reúnen en casa de ella al calor de la chimenea.

A los mayores no les gustan las fotografías. Lo corroboramos con Pedro, el salamantino que trabajó como relojero en Suiza, y con Petra, una anciana costurera en París que, después de dos largas visitas, acabó por cerrarnos la entrada a sus recuerdos y a su vida.

Cándido y Pilar, un matrimonio de 80 años, nos invitaron a un café en su bar de Pamplona. Nunca hubiera adivinado su edad. Ella hablaba rápido, sin que le temblara la voz, y él se levantaba a cada rato para atender con su hijo la barra del bar. Se habían conocido en Australia en los años 60 y volvieron juntos a España para casarse. Asentados en Navarra, de donde es él, fundaron una asociación de emigrantes en Australia que acabó por desaparecer.

Sus experiencias, recogidas en el reportaje “Yo también emigré”, sirven de lección a los españoles entre 16 y 64 años que se marchan ahora al extranjero para ganarse el garbanzo. A pesar de las diferencias, hay rasgos que comparten las distintas generaciones de emigrantes, como el país de destino, que se emprende desde aquí como una ruta hacia el Dorado.

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