Son las palabras que llenan una hoja

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Crítica de la razón marina

In 600, Calamares en su tinta on 20 septiembre 2017 at 0:01

“Tengo que plantearos una cuestión: ¿los peces en el agua están mojados?” Y los rostros alrededor de una mesa mudaron a una extraña y previsible mezcla entre la sorna, la incredulidad y, me atrevería a decir, la estupefacción. Acabábamos de pedir unos refrigerios, porciones de tarta para ser más exactos, después de un día de trabajo esperando, oh ilusos, un momento de relax y desconexión. Pero tengo un amigo que las suelta así, sin anestesia. No diré su nombre ni procedencia ni profesión ni adscripción política, moral o humana. Por privacidad y, por si acaso, por su bien.

Reacción inicial de risa que en algún instante tornó en carcajada. Pero todos entramos al trapo. Sin excepción y hasta el fondo, como esas criaturas marinas feas feas que vagan por las profundidades. ¿Mojadas? Veremos.

  • ¡Pues claro que están mojados!
  • ¿Por qué? ¿Tú cuando buceas puedes decir que estás mojado o es más bien cuando sales del agua?
  • … el agua moja
  • Mojar es una reacción entre fuerzas intermoleculares. Cohesión y adhesión. El mercurio no moja el metal porque tiene más de la primera que de la segunda. El agua moja el algodón por lo contrario.
  • ¿Veis? ¿Están mojados o no? ¿Es un estado? ¿Es una cualidad?

La conversación, tras un video ilustrativo muy recomendable, acabó en unas tablas representadas en sobrecillos de azúcar moreno que anduvieron de un extremo a otro de la mesa hasta acabar enfrentados. Dos a dos. “He buscado en el diccionario los significados a ver si lingüísticamente llegaba a una conclusión válida”, llegó a decir. Sin embargo, la reflexión fue que el dato de si los peces se mojan, o están mojados o secos, no iba a cambiar nuestra vida; pero hacerse esas preguntas (y otras peores que ya tendré tiempo de comentar) sí que es significativo. ¿Por qué pensamos eso? ¿Cómo pensamos? ¡Eureka! “¡El método es la clave!”, se advirtió. Y nos vinimos arriba, mucho.

  • ¿Los peces saben que nadan?
  • ¿Los pájaros saben que vuelan?
  • Los pájaros ven que el resto de animales no levantan un palmo del suelo…
  • Entonces, si los peces ven a los cangrejos caminar ¿los peces creen que vuelan?
  • ¿Los peces saben?, ¿creen?, ¿piensan?

Y la charla duró lo que duraron las tartas. Poco. Pero hablando de peces, en el fondo y en la superficie, por aquello de seguir en el ámbito marino, y sin ser conscientes de ello, hablamos del ser y del estar, del acto y la potencia y de la sustancia y del accidente, si nos ponemos exquisitamente aristotélicos. Nos hicimos cartesianos con nuestro cogito y nuestro sum. Tanteamos el Principio de No Contradicción de forma elegantemente leibniziana. Caminamos con Frege con nuestra deducción y luchamos contra Russell con la inducción, o incluso puede que llegáramos a la abducción de Peirce. Y con conceptos, significantes y significados rondamos a Wittgenstein. Y pienso en éstos como podían haber sido otros, igual que fue el agua, como podía haber sido el fuego.

Y así, he descubierto varias cosas: que aquellos estudiantes de filosofía que fuimos no estamos solos. Que hay algo llamado ángulo de humectancia (el que forma la superficie de un líquido al entrar en contacto con un sólido, según me cuenta Wikipedia). Que el término hidrófobo se aplica a aquellos materiales a los que el agua no moja, lo contrario, por tanto, a hidrófilo; liófobo y liófilo si hablamos de otros líquidos. Y que sería una fantástica paradoja que, al final, los peces fueran hidrófobos o, peor, hidrofóbicos.

Pero sobre todo, he constatado, una vez más, que toda buena conversación aparece alrededor de una mesa. Con tarta, a poder ser.

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Rowling, Tolstói y compañía

In 600 on 27 mayo 2016 at 21:40

¡Estamos que lo tiramos, señores!

¿Los votos?

No, ¡los libros!

Otro año más ha llegado la feria del libro. Mi favorita. Bueno, después de la de Abril… y de las Fallas… y de San Fermín… Hay acontecimientos cíclicos muy especiales para periodistas, columnistas, escritores y demás fauna literaria: la Navidad con el encendido de las luces del Corte Inglés y las cabalgatas de Reyes, las rebajas, el día que nieva, el día que deshiela con sus obvias inundaciones, el debate sobre el estado de la nación, el día del padre, el del libro, el de la madre, Semana Santa con sus procesiones y la disminución del paro, las rebajas otra vez, el verano con los abuelos y sus sombrillas en Benidorm y las vacaciones del Rey en Mallorca, el fin de las rebajas, las fiestas de los pueblos, la llegada del frío, los presupuestos generales y un largo etcétera. O sea, que si los políticos no dieran ruedas de prensa, tampoco pasaría nada; siempre hay algo más para escribir porque una vez entrado en el ciclo es complícadísimo salir. Pero en toda esta vorágine, la feria del libro ocupa un lugar diferente, al menos personalmente. Estos días en los que España parece que lee. Pero no.

Hace unos años, mi madre fue seleccionada para realizar un estudio a nivel europeo. Es una encuesta anual, lleva cuatro, y en todas las ocasiones, después de dos horas de preguntas, siempre me comenta lo mismo: “Cuando le he dicho que había leído 8 o 10 libros en un año se ha quedado asombrado”. A lo que añade: “Y eso que han sido pocos”. Primero, si mi madre lleva cuatro años diciendo lo mismo será porque su media de lectura está en 8 o 10 libros, así que que no vaya de literata diciendo que son pocos. Segundo, la lección número uno del encuestador es no mostrar sus opiniones durante una entrevista de este tipo, así que si lleva cuatro años poniendo cara de póker, mal entrevistador es. Tercero, y lo más importante, tenemos dos problemas, uno de cantidad y otro de calidad.

Con la regla de la cantidad otorgamos un sistema cualitativo: cuánto más mejor. Absurdo disparate. Porque no es mejor leer El Quijote que El Principito, aunque el primero pese el máximo del equipaje permitido en Iberia y el segundo sea más fino que el último móvil del mercado. Tampoco es mejor devorar en un mes los siete de Harry Potter que acabar a duras penas después de un largo verano Guerra y Paz, y me sabéis fan incondicional de Harry y sus amigos. Pero hay que ir más allá y una vez conscientes de esto también hay que ser consecuentes y saber que hay auténticos bodrios de libros. Los hay y muchos. Dicho esto, no me meto a juzgar el tema de la calidad literaria, que levanta ampollas, lo único que quiero apuntar es que no solemos saber diferenciarla y nos guiamos por cifras. Craso error. Los lectores somos el sustento de una industria complicada donde las joyas literarias se relegan a pequeñas editoriales que luchan por sobrevivir mientras otros se hacen de oro pseudoescribiendo, y entre medias están todos los demás, buenos, malos, pésimos y alguna excelente excepción. También aprovecho para incidir en el tema de la literatura fácil y difícil. “Es un libro muy fácil de leer”, he oído como argumento de defensa de algunos autores. Bueno, no estoy convencida de que sea una buena razón para comprar dicha obra, al menos para mí. Ya comenté en una ocasión que yo leo mucho, pero me faltan vidas para leer todo lo que me gustaría, además de estar muy pez en los clásicos. Algunos me dirán que es un sacrilegio, aunque opino que me estoy leyendo los que serán clásicos dentro de 100 años. O no. No estoy muy segura, y esto es a lo que quiero llegar, del criterio para denominar la grandeza de un libro. Lo único que pido es que tengáis alguno, para elegir, para leer y, sobre todo, para juzgar.

Jornada de reflexión

In 600 on 18 diciembre 2015 at 21:30

Hoy es lo que toca: reflexionar. Estas elecciones se presentan extrañas, parecen las definitivas para acabar con un bipartidismo atrofiado, pero persiste un ambiente escéptico sobre un verdadero cambio. La calidad importa más que la cantidad y este caso puede que siga sin ser una excepción. Se verá.

Hay muchos tipos de votantes, ni mejores ni peores, tan sólo guiados por objetivos e ideales diferentes. Si no hay una ley, norma o prescripción para decidir el voto, tampoco hay que juzgar las razones de nadie; para eso, entre otras cosas, somos libres.

Serán muchos los que no se van a plantear nada, votarán a quien siempre han votado, precisamente porque lo han hecho así invariablemente convencidos por tradición y firmes creencias. Por otro lado, están los que, por primera vez o como norma, razonarán las cosas en cada momento porque son conscientes de que cuatro años son cuarenta y ocho meses y mil cuatrocientos cincuenta y nueve días, o sea, muchas horas para cambiar de parecer. Ante esta perspectiva, elegirán dar un voto de castigo para todos los que han llevado este país a la situación actual; aunque en el fondo, seguirán votando lo mismo porque aún habiendo más partidos sigue habiendo muy pocas ideas nuevas. Otros, más optimistas, querrán una nueva España llena de promesas y leerán los programas electorales escrupulosamente buscando una chispa de esperanza; o los habrá que buscarán en esos cientos de páginas (aburridas y enrevesadas, en su mayoría) la plasmación de sus propias ideas. Éstos parecen iguales, pero hay una diferencia abismal; los primeros terminarán votando al menos malo; los segundos votarán en consonancia con una o dos convicciones tan fuertes que omitirán todo lo demás, sea lo que sea. También hay que tener en cuenta que unos votaran según sus internes individuales; otros, según los de sus descendientes; y algunos, tan excepcionales como necesarios, buscarán el bien general.

Sea el tipo de votante que sea, vaya a votar. O no lo haga. Pero reflexione, que el nombre no está de adorno. Piense en lo que va a hacer aunque su opción sea no hacer nada. Piense en el porqué de sus decisiones para el voto de mañana y para la vida de pasado. Piense que unas elecciones son un logro democrático de hace dos días y participe en ello.

No haga caso de lo que dicen a su alrededor. Votar es un privilegio y una obligación, pero no hacerlo también dice mucho políticamente, la abstención puede ser muy significativa. Dudar es humano y el 41% de indecisos que daban las encuestas hace una semana es signo de sensatez, así que dude mucho. Y vote a quien le dé la gana, aunque el partido en cuestión sólo se conozca en su pueblo, porque si todos hubiéramos hecho caso a eso del voto útil, los que hoy compiten por la Moncloa seguirían en su piso del centro. Y si no le convence nadie o no se fía de ninguno, vote en blanco; ya no hay bipartidismo electoral aunque sólo sea una mera cuestión numérica, así que haga oídos sordos a aquello de que el sobre vacío favorece a la mayoría. Y para terminar, tiene la opción de meter un trozo de papel higiénico en el sobre o poner el nombre de su primo en la papeleta; sin embargo, aunque no dudo de que sería el mejor presidente que este país hubiera tenido jamás, personalmente no le recomiendo el voto nulo. No sirve para nada. Ahórrese el paseo.

Yo, como he votado por correo, ya tuve mi jornada de reflexión. Pero a ustedes les conceden veinticuatro horas más. Aprovéchenlas.

A un español

In 600 on 12 octubre 2015 at 22:26

Si me buscan, me encuentran. Y eso que no quería hacerlo, lo prometo. Aunque he de decir que no escribo en caliente porque he tenido mi particular jornada de reflexión. Hoy, doce de octubre, ha sido un día normal para mí, estoy lejos de mi tierra y como no puedo ponerle flores al manto de la Virgen, tengo la españolidad un poco ausente. Sin embargo, ha aparecido él, con ganas de liarla y de llamar la atención, que es lo único que se le da bien porque no sabe de nada más. Me he cabreado mucho; para ser sincera, me ha jodido en el alma. Con perdón. Y lo primero que he hecho ha sido usar mis 140 caracteres en un “Me cago en tu puta madre”, con todas las letras y en mayúsculas. Con perdón otra vez. Pero no lo he hecho. Por no entrar al trapo, por no darle esa satisfacción y por respeto a una señora que nada me ha hecho. Pero, sobre todo, por educación y por dignidad. Mi dignidad. Luego ha llegado la carta de Frank Cuesta y alguna que otra petición de mi reacción a lo que desgraciadamente se ha convertido en una de las noticias del día.

Y en éstas me hallo, así que, señor Toledo, decirle que el respeto es necesario para una convivencia sana y pacífica; que esto no va de jugar a ser libres diciendo lo que le salga del prepucio sin tener en cuenta a los demás. Esto va de tener la madurez para abrir la boca cuando es necesario y de cerrarla cuando es debido. Quizá este consejo le llegue tarde, quizá no le interese la educación ni herir los sentimientos de millones de personas, pero lo que sí que debería interesarle es no parecer un falso idealista disfrazado de demagogo que va de libertino despachando mierda a quien menos quiere comprarla. Mi consejo, aunque no se lo merezca, es que deje de pensar, de opinar y de escribir. Nosotros viviremos más tranquilos y usted llevará una vida un poquito más digna. Me compadezco de los cubanos que tienen que aguantar sus impertinencias y ordinarieces diarias; haber conquistado América para que llegue gente como usted… mejor habernos quedado aquí. Siéntase afortunado si en algún momento llega a leer esto o si lo ha hecho con las reacciones a su vulgar, engreído y despreciable comentario; se deberá a que es uno de los pocos privilegiados con un Internet libre en aquella Isla Juana que bautizó Colón, si es que aún vive por allí. En su mansión. Por el bien de todos, espero que así sea, que siga bien lejos.

Pese a ser muy fan de España, de los Reyes y, sobre todo, de la Virgen del Pilar, bien es cierto que poco tenemos que celebrar, salvo las tradiciones, el orgullo patriótico o la conciencia unánime de pertenencia de unos cuantos millones de personas a uno y otro lado del charco. Cuestiones demasiado abstractas para los tiempos que corren, como ven. Así que es verdad que quien eche mano de las cifras de paro podrá enfadarse por los 800.000 euros que ha costado el desfile. Es verdad que no fuimos civilizadamente a expandir la fe -y las arcas- de sus católicas majestades allende los mares y sí, hubo asesinatos, esclavitud y violaciones por doquier. Hace más de quinientos años. Pero no, hoy no se celebra una masacre, sino un gran orgullo. El nuestro, el hispano. Pese a todo, no ofende el que quiere, sino el que puede y usted, Señor Toledo no da la talla. Nunca la da.

Boas noites, bona nit, gabon, buenas noches.

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Vuelta a los escenarios

In Calamares en su tinta on 28 septiembre 2015 at 15:08

Como bien sabéis, hace mucho tiempo que no escribo. Años. Así que pido perdón. A vosotros que siempre habéis sido fieles lectores, a quien está a mi lado animándome incansablemente a escribir; pero sobre todo, a mí misma, porque creedme que he sido la mayor perjudicada de mi ausencia literaria. Sin embargo, nunca cejé en la costumbre de llevar conmigo una libreta en el bolso, en cuyas páginas, desgraciadamente, no se ha anotado una palabra en treinta y ocho meses, salvo alguna lista de la compra. Se siente degradada y yo me compadezco por ella, la entiendo. Pues bien, paradojas que ocurren, en estos momentos estoy escribiendo en un folleto del castillo de Olite que visité hace un par de semanas porque la vida se ríe de mí y la inspiración me llega sin libreta a mano. Doy gracias por tener un bolígrafo porque el lápiz hubiera supuesto mi desesperación al intentar garabatear en papel cuasi-plastificado. Dios aprieta, pero no ahoga, recordadlo.

Pero a lo que vamos, ¿adivináis la causa de mi vuelta? No, lo siento, no han sido las elecciones catalanas, aunque no dudéis que volveré a ellas. Si no ha sido Cataluña… ¡Sí! Punto para los acertantes: mi admirado Arturo Pérez-Reverte ha vuelto para salvarme de las tinieblas como hizo hace quince años cuando me descubrió que la lectura puede dar más felicidad que la mayoría de las cosas. Aunque, para ser sincera, ha sido la ausencia de Reverte lo que me lleva a escribir estas letras y es que en el bar más cercano a mi casa hay un cliente – hombre, mujer, niño, anciano, terrestre o extraterrestre- que me supera en la admiración por el de Cartagena y arranca del XLSemanal sus columnas. Así que llego yo el lunes por la mañana, contenta por empezar una buena semana con un café y ganas de desafío intelectual y ¡nunca está!, ¡se la llevan! Paso del editorial a Carlos Herrera y Juan Manuel de Prada que se merecen todos mis respetos, pero ¡me falta una página! La busco por el resto del magazine con la ilusa esperanza de encontrarla en algún otro lugar, pero vuelvo al principio y encuentro los pequeños pellejos de papel prueba del delito y aunque me acuerdo de toda la familia del delincuente no puedo menos que sonreír porque haya alguien que religiosamente, semana tras semana, se esté haciendo la colección de artículos a costa del bar más cercano a mi casa; si bien, me gustaría descubrirlo para decirle que cada cierto tiempo se publica un libro recopilatorio que haría bien en comprar.

(En este punto ya estoy en el ordenador de casa porque el castillo de Olite no me ha dado para seiscientas palabras. Cuando visite Versalles, otro gallo cantará)

Pido encarecidamente que se difunda este mensaje: no arranquéis páginas de publicaciones… ¡que no son vuestras! Porque yo no voy a vuestra casa a quitaros la sección de internacional o la de deportes. Y digo más, a los que hacéis el sudoku, autodefinido, encuentralassietediferencias o similar del periódico del bar al punto de la mañana, tampoco lo hagáis. Tampoco está bien. Al menos esperad a última hora de la tarde; al menos utilizad lápiz y escribid fino; al menos… hacedlo bien. Y si el ansia puede con vosotros, venden cuadernos repletos de crucigramas en cualquier quiosco al módico precio de un euro, ciento sesenta y seis pesetas.

Pues bien, escrito esto, poco más me queda. Sé que no ganaré el Pulitzer por las cuatro chorradas que acabo de teclear, pero han supuesto mi vuelta a las letras. En estos momentos, mejor que cualquier premio.

De blanco y rojo un año más

In 600 on 5 julio 2012 at 16:52

Son las siete de la mañana y llego a la estación de autobuses de Zaragoza, ayer a última hora decidí que sí, que iba, que no soportaría verlo desde el sofá de mi casa vestida de civil. Hay demasiada gente para ser jueves a esas horas, jóvenes que cuando llegan a las dársenas se dividen, unos van hacia la izquierda, hacia los autobuses que les llevarán a Teruel; la mayoría, vestidos de blanco, giran a la derecha. Yo llevo aún los vaqueros, pero les sigo. Encuentro mi asiento y me encuentro rodeada de un grupito de  niños-jóvenes que ya van preparados para la ocasión; visten el típico peto zaraprastroso que gastamos aquí para las fiestas del Pilar, no tenemos un color fijo y cada cuadrilla suele ir como le viene en gana, la única condición es el cachirulo. Así que hay una chica que va vestida de amarillo estridente. La miro raro y pienso “Uy, mal empiezas, no pega nada”. Se pasan el trayecto hablando de cosas poco interesantes y diciendo más tacos de los necesarios, pero se les nota ese nerviosismo de quien parece que es la primera vez que se va de viaje sin sus padres. En la parada de Tudela se ponen nerviosos. -Ah, no es aún, dice uno. Y vuelven a enfrascarse en una memorable conversación sobre el vodka y el whisky. Una hora más tarde el autobús enfila Avenida Zaragoza. Son las nueve y media y por las calles ya se siente el ambiente festivo, un blanco impoluto viste a los pamplonicas un año más.

-¿Esto es Pamplona?, pregunta la chica de amarillo.

-Sí, ¿no ves cómo va la gente?, le respondo algo ofendida.

-Ah vale, gracias, me dice medio enfadada.

Se levantan todos de sus asientos y veo cómo se dispone a atarse el pañuelico al cuello. Y eso sí que no. Me acerco a ella con cautela porque creo que me ha cogido algo de tirria por mi seca contestación, pero pienso que ya que va de amarillo, por lo menos que lo demás lo haga bien. “No te pongas aún el pañuelo, hasta después del chupinazo no”. Me lo agradece de mala gana pero se lo guarda en el bolsillo. Me uno con una amiga que iba en el autobús de al lado y ponemos rumbo a San Nicolás, con nuestra maleta y nuestros vaqueros. Desentonamos un poco, pero no durará mucho. De camino tropezamos con un grupo de argentinos que se están arreglando para la ocasión. Mi amiga no se lo piensa: “La faja hacia el otro lado y el pañuelo no os lo pongáis aún, así podréis disimular un poco que no sois de aquí”.

Llegamos a la bajera donde nos esperan con el almuerzo y el vino y, ya en pleno casco, Pamplona entera se prepara para la fiesta. Cambiamos los vaqueros por el blanco y comenzamos a honrar a San Fermín. Un año más nos dan las doce menos cuarto y decidimos tras una acalorada discusión que no nos da tiempo a ir al Ayuntamiento, aunque siempre hay una que lo intenta hasta el último momento alegando que seguro que se puede pasar. Echamos a andar y pese a su insistencia nos quedamos en la plaza del Castillo.

¡GORA SAN FERMÍN!

¡VIVA SAN FERMÍN!

Y ahora sí, pañuelico al cuello, el mismo que me regalaron la primera vez. Ya está. Un año más estoy aquí. Ayer tomé una buena decisión.

………………………………………..

Son las cinco y media de la tarde y estoy terminando de hacer la maleta. Esta noche vuelvo a Pamplona. Y como todos los años, me vuelvo a poner nerviosa.

Terapia de Choque II

In Calamares en su tinta on 25 junio 2012 at 0:16

Hace tiempo me dijeron que esperaban una segunda parte, hace tiempo me reprocharon que no lo enmarcara en un mal llamado sandwich y hace tiempo que no escribo nada. He creído que eran suficientes razones para volver a estos lares y un año después, lo prometido es deuda:

– Que un recién nacido te apriete los dedos con sus manitas

– Entrar en un local climatizado cuando hay 38 grados de temperatura

– Que tu mejor amiga te diga que se casa… y llores

– Conseguir trabajo

– Recibir un mensaje inesperado de alguien que creías olvidado

– Que tu mejor amiga te diga que está embarazada… y llores

– Probar comida de otros países

– Pasear sin rumbo ni horarios

– Ver viejas fotos

– Darte cuenta de que realmente eres capaz de discutir acaloradamente en otros idiomas

– Reír sin motivo

– Una conversación con tabaco y café que se alarga hasta la madrugada sin darte cuenta

– Un reencuentro

– Releer un libro y que te guste más que la primera vez

– Oír la lluvia mientras duermes

– Regalar algo que sabes que le encantará

– Quitar la ELE de la luna trasera de tu coche

– Gritar Gooooooooooooool!!!!!!

– Comer al aire libre

– Caminar solo, acordare de algo y empezar a reír

– Ver una buena película

– El primer día de vacaciones

– Acostarte tarde y levantarte temprano

– Llegar a la parada de autobús y que justo esté llegando

– Que tu equipo se quede en primera división 😉

– Caminar por la playa

– Recordar lo que has soñado

– Tropezar y no caerte

– Hacer el último examen de la carrera

– Reír hasta que te duela la tripa

– Volver

Esto es todo por este año, no prometo una tercera parte porque no creo que haya tantísimas cosas buenas, no se debe dar mucha importancia a lo que realmente no la tiene, aunque hay que saber reconocer los pequeños placeres que nos encontramos por el camino. Sin ser partidaria de esta rebanada de pan he cumplido con el bocadillo a riesgo de parecer demasiado cursi. Yo es que soy más de tostadas, que el exceso de pan engorda.

Tu despedida de soltera

In 600 on 17 marzo 2012 at 1:34

Mi mejor amiga se casa y estoy más feliz que una codorniz; ¡ah no! que era una perdiz. En cualquier caso, siempre he envidiado la felicidad inexplicable de tal ave. La cuestión, se casa mi colega de aquí al lado, quien ha intentado colarnos un post que realmente es una dura advertencia dirigida exclusivamente a sus amigas y puede que, de rebote, una forma de tranquilizar al futuro marido por la esperada, afamada e inminente despedida de soltera. Te has cubierto las espaldas como una campeona.
Dicho esto, advierto que en mi caso, este post está única y especialmente dedicado a ti. Ya te he manifestado mi costernación tras leer tu escrito, pero ahora ahondaré en mis sentimientos. Primero, quiero reprocharte el aviso, dado que parece que no conozcas a tus amigas y que creas que tus amigas no te conozcan a ti. Y segundo y mucho más importante: desgraciadamente tú en tu despedida de soltera no tienes ni voz ni voto. Y punto. Es lo que manda la tradición y las tradiciones se respetan.
Una despedida de soltera es, creo, algo mucho más importante de lo que aparenta; ya no es que sea el momento en el que te despides de tu soltería, sino que es el punto y final de tu vida tal y como la conocías. Duro, pero cierto. Será como aquello de los Adioses y Bienvenidas que decía Benedetti. Habrá lágrimas por lo que dejas atrás y habrá júbilo por lo que te espera. Será una celebración tan íntima haya dos, cinco o cincuenta personas. Será algo tan tuyo, tan por ti y tan para ti que no deberías ni pensar en ello hasta que llegue.
Si te queremos disfrazar lo haremos, pero tranquila que no pensaremos más que en ti. Si queremos viajar, viajaremos, pero tranquila que será uno de los mejores viajes de tu vida. Si queremos ponerte algo en la cabeza, no dudes que también lo haremos, pero tranquila que sólo será un sombrero (uno que te quepa). Y todo lo que queramos hacerte se hará, pero tranquila porque siempre estaremos pensando que tiene que ser la mejor fiesta de tu vida. Obviamente, la mejor antes de tu boda.
Y habrá aspectos de tu no tan sutil amenaza anterior que obedeceremos y otros que ni se nos pasaran por la cabeza tenerlos en cuenta. Si quieres bailar, estaremos presentes en tu último baile como soltera y si quieres jugar, estaremos presentes en tus últimos juegos como soltera. Y si pretendes que por alguna casualidad te vamos a dejar ganar por ser la homenajeada y por mucho que te guste la victoria , te lo tendrás que ganar a pulso. Ese trivial, ese póquer, esos bolos, ese futbolín o esos dardos a los que jugaremos tendrás que ganarlos con sangre y sudor. Pero ten siempre en cuenta que tus rivales van a ser tus mejores amigas, las que, igual que tu marido, estarán toda la vida a tu lado; cerca o lejos, pero siempre contigo. Y que lo importante no es ganar o perder, lo importante será, como en tu futuro matrimonio, PARTICIPAR. Pero no creas que la cosa queda ahí, porque para jugar cualquier partida hay que luchar, hay que sufrir, hay que enfadarse y gritar y hay que reirse y saltar. Hay, sobre todo, que arriesgar.
Así que piensa que de todas las partidas de tu vida, la más importante aún no ha llegado y en esa, en la gran partida que te espera no va a haber perdedores. Y es eso lo que vamos a celebrar el día de tu despedida de soltera.

Cosas de sabios

In 600 on 4 febrero 2012 at 2:58

Llevo días dándole vueltas a algo y aún no estaba decidida a escribirlo, pero como mi compañera de página me mete prisa -parece haber olvidado sus meses de sequía literaria-, creo que es hora de ordenar ideas. Todo empezó, para no variar en mis rutinas, hace un par de domingos. En el País Semanal había un reportaje sobre Stephen Hawking por su 70 aniversario; un tío muy listo, muy físico, muy cosmólogo y muy divulgador científico y es esto último lo que me interesa, lo de sus divulgaciones. Ese mismo domingo, en XLSemanal, el pensamiento de Eduardo Punset también versó sobre su colega Hawking; reflexionaba sobre la respuesta del británico a lo siguiente: “¿El estudio de la teología y la filosofía es hoy una pérdida de tiempo?”. La contestación: “Sin duda”.

Cualquier otro día este hecho me habría enfadado tanto que habría dejado de leer, como bien intuirán los que me conocen. Sin embargo, aparqué las emociones y dejé mis ideas en la retaguardia. Llevan tiempo luchando por salir y he decidido darles la libertad. Mi tesis es sumamente prepotente, mas no creo superar la soberbia de Hawking. Podría alegar que igual que hay científicos como los médicos que salvan vidas, también hay teólogos como los sacerdotes que salvan almas. A más de uno no le hará falta más argumento; pero me sobra espacio y me voy a dar el gusto.

Los científicos en su importantísima labor investigadora han logrado hazañas que nos hacen la vida fácil, cómoda y segura y no es mi intención restar méritos. Pasan la vida intentando conseguir un objetivo y surgen dos opciones: los casos extraordinarios en los que se logra y llueven los premios y florecen las publicaciones, -ojo que no venga otro y mande al traste la teoría… pensemos en aquel átomo indivisible-. La otra opción, la mayoritaria, es que nunca se consiga llegar a meta y la frustración sea inmensa. La idea es que tras gastar sumas ingentes de dinero, tras robar horas al sueño y tras pasar una vida en el laboratorio, nunca podrá estar seguro de lo indiscutible de su tesis. He aquí el gran problema de la ciencia, que, salvo las matemáticas, no es exacta ni, menos, absoluta y es esto lo que pocos científicos admiten: su premisa básica de universalidad no siempre se va a cumplir.

La ventaja de la fe (cualquier fe) es que no se sabe algo, sino que se cree en algo y esa creencia profunda e individual es la que la hace universal y absoluta. Sin gastar un céntimo y pensando con el mismo afán de trascendencia que el físico más laureado. Y lo más importante: el filósofo admite abiertamente las ideas de la ciencia, de hecho, le interesan y las estudia porque no le suponen amenaza alguna. Y hay científicos como Hawking que no tienen otra arma contra lo que no entienden que la deslegitimación porque les es imposible asumir que puede haber algo universal sin explicación científica. Los hay listos, pero también los hay sabios. Y como no estoy hablando exclusivamente de Dios, sino del amor, de la belleza o de la justicia, qué pena me da Hawking porque sabe que todo sus sistema de “creencias” se puede desmoronar en cualquier momento; de hecho, en su defensa hay que decir que admite la incertidumbre, ¡hasta en eso hay altivez! Yo nunca tendré ese miedo y en mi sistema filosófico de “creencias” tampoco hay incertidumbre. Ergo, gano yo.

Nota: Menos mal que no todos los científicos son como Hawking. Punset piensa más o menos como yo. O yo, más o menos como Punset…

Odio al castañero

In 600 on 18 noviembre 2011 at 5:15

El otoño llegó hace un rato, un largo rato. Se coló en las casas en forma de calefacción y de calcetines gordos, tiñó de gris y marrón cielo y suelo, llegó con lluvias bajo las que no es tan bonito cantar y trajo la prohibición de enseñar los pies al salir de casa. Y es que es la estación más cruel porque llega sin avisar cuando aún robas pequeños rayos al sol para intentar conservar ese bronceado que tanto trabajo costó conseguir; cuando aún se pasan las madrugadas fuera de casa al resguardo único de las estrellas y una fina rebeca. Es ese momento en el que ya te acostumbras -te malacostumbras- al verano y su rutina, cuando, de repente, la luna decide cambiar la temporada. Y hay que olvidar los bañadores en el fondo de un cajón escondido y comenzar a descubrir jerséis de cuello alto y calzado que oculta el interior.

Toda estación tiene unos rituales inconscientes que ayudan a caer en la cuenta de que ya llegaron. El invierno aparece con los guantes, las bufandas de mil colores, los gorros de lana y las orejeras y se asienta con los árboles de Navidad y el Belén, con Papá Noel y las luces de El Corte Inglés -para qué engañarnos si es así-. Y si hay suerte y el clima lo permite, el invierno llega, indiscutiblemente, con la nieve. Sin embargo, la primavera se va haciendo camino poco a poco, pidiendo permiso y sin querer asentarse del todo; se manifiesta en forma de camisas de colores, de faldas con flores, de hormonas juveniles y de un sol que realmente calienta la piel. Y, como quien no quiere la cosa, pasa sin pena ni gloria entre las vacaciones de Semana Santa y los exámenes de fin de curso para dar paso al maravilloso verano. El momento es aquel en el que uno se baña al aire libre, da igual que sea en la piscina, en la playa o, simplemente, mojando los pies en el lago del parque más cercano; pero cuando te mojas y no tienes frío al salir, es que ya se lograron las verdaderas vacaciones.

Como he dicho, el otoño muta el tiempo con ferocidad y malicia, y por eso, puede que sea la estación más difícil de encuadrar en un instante concreto. Para algunos es la mudanza de armario; para otros, el comienzo del colegio; también puede llegar con ese maldito cambio de hora que hace que los días sean demasiado cortos. Para mí, el otoño llega con las castañas. Con el encuentro con el castañero del centro de la ciudad, ese personaje que no defrauda y vuelve año tras año al mismo lugar, a la misma caseta verde oscuro en la que debe de pasar una época muy calurosa entre humo y brasas. Un otoño muy distinto al del resto. (Si alguno de mis profesores de redacción me descubriera escribiendo sobre castañeros, tendríamos algunas palabras; pero no lo he podido evitar. Pido perdón. Esto pasa por prohibirlo en su momento.)

Ya está acabando noviembre y aún no he encontrado al castañero. Por eso, todavía no me siento verdaderamente otoñal aunque lleve jerséis de cuello alto y calzado cerrado y aunque ya haya olvidado los bañadores hasta dentro de mucho tiempo. Sin el castañero y su docena de castañas en un cono de papel, vivo en una especie de limbo estacional en el que creo que me he quedado atrapada. Ni las luces de El Corte Inglés ayudan a que lo supere. No digo más. Parece que este año, el invierno será más largo para mí.

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