Son las palabras que llenan una hoja

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A los hijos que nunca tuve

In 600, A tinta fría on 28 agosto 2017 at 18:39

A veces uno tiene hijos planificados. Son como el sueldo que te llega a fin de mes, que recibes con ilusión y necesidad, pero esperándolo. Otros vienen inesperados, quizá como un billete de 500 euros que te encuentras en la calle o como un cheque que se cobra más adelante. Otras veces no llegan, bien porque no terminan la primera etapa de la vida o bien porque nunca la empiezan. Dios sabe qué le pide a cada familia, aunque nosotros pocas veces lo entendamos. Todos son hijos, aunque solo algunos acaben entre nuestros brazos.

¿Cuándo empieza la vida? Es una pregunta comprometida. A mí me gusta compararlo con un campo recién sembrado. Aunque nosotros solo veamos la planta cuando sobresale de la tierra, la semilla germina escondida del sol, de los pájaros que se las comerían.

A nuestros ojos, un hijo llega después de nueve meses de embarazo, pero la verdad es que un hijo se tiene nueve meses antes del parto. Desde que descubres que esperas un bebé, te sientes madre y subordinas tu bien al de la criatura. Dejas de tomar alcohol, o moderas su consumo, te abstienes de los embutidos, o los tomas con cautela, refríes la carne, vigilas los esfuerzos, tomas suplementos alimenticios, llevas la cuenta de las semanas, lo tienes siempre en la cabeza. De hecho están en ella antes siquiera de desearlos.

Uno pone nombre a sus hijos cuando es adolescente o hasta de pequeño. Sin embargo, no todos los hijos pensados acaban en nuestros brazos.  Es doloroso buscarlos y no encontrarlos o dar con ellos solo los primeros pasos.

Recuerdo los meses que estuve ingresada con el embarazo de Daniel. Compartí habitación con muchas mujeres. Me viene a la cabeza una chica rumana, de nombre Alina y de apellido Pop, como la música. Su novio también era rumano y trabajaba en el campo. A veces traía fruta recién cogida para compartir. Esperaban un chico, Iker, “como el portero de la selección”. Alina rompió aguas y dio a luz una noche cuando estaba de 24 semanas. Los ginecólogos le preguntaron si quería que reanimaran al bebé, aunque era probable que creciera con secuelas. Alina y su novio prefirieron que decidiera la naturaleza. Iker vivió unos minutos y luego dejó de respirar. A los dos días me enseñó una foto del pequeño. Era moreno y como un adulto en miniatura. No pesaba ni medio kilo. Ingresaron a Alina un tiempo en la tercera planta. Semanas más tarde pasó por la habitación a verme. Me traía una caja de bombones con forma de corazón.

Otros hijos se pierden en las primeras semanas de embarazo. Algunos sin darte cuenta. A veces con mucho dolor. Son abortos naturales fruto de una naturaleza bien pensada, aunque se sientan como un robo.

Yo a esos hijos míos que no he tenido entre mis brazos les diría que siempre hubiesen sido bien recibidos en casa, viniesen como viniesen. Fuesen deseados o inesperados. Les diría que también habría dejado de comer por ellos carne y bebido menos cerveza. También les hubiese cantado durante los meses de embarazo. Les hubiese bañado en el lavabo los primeros días y les hubiese dado el pecho los primeros meses, como he hecho con sus hermanos. Aunque no nos hayamos conocido, les diría, os he querido igual, desde el primer día, desde que supe que erais parte de nuestra familia. Esos hijos nos miman desde el cielo y esperan con ilusión a que me reúna con ellos allí para poder contarles cuentos.

Ellos ya saben porqué Dios pide sacrificios a todas las familias, aunque nosotros pocas veces lo aceptamos.

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A quién le importan los sirios

In 600 on 18 febrero 2017 at 12:03

“Voy a contar un chiste. Una vez hablé en la Universidad Católica de Murcia y conté como mi sobrino, estudiante de ingeniería, había muerto al salir de su universidad en Siria por la explosión de un coche bomba. La UCAM consiguió una beca para traer a mi otro sobrino a estudiar a España. Le dije, ‘vamos a ver Madrid’. Yendo a Sol, en la calle Fuencarral, vio a unos jóvenes con chaleco amarillo y 10-15 perros, carteles…y me preguntó, ‘¿qué es?’. ‘Defienden los derechos de los perros, que son perseguidos, tienen sed, nadie les alimenta…’. ‘Tío’, me dijo, ‘y nosotros, como sirios, ¿no tenemos los derechos de los perros en Europa?'”. Las estatuas llenaban los bancos de la iglesia. Algunos fieles se habían quedado después de misa y otros menos fieles llegaban al segundo sermón: “Ver a un sirio es sinónimo de ver a un terrorista”. En el púlpito, un hombre vestido de clero, con un medallón dorado y un gorro tejido de cruces: el arzobispo de la Iglesia Siria Ortodoxa de Antioquía, “la primera sede puesta por Pedro, que continuó su viaje a Roma”.

“Los árabes no son sirios ni al revés. Lo hablan, pero son otro país. Los árabes son de Arabia, de otra cultura. Nosotros aprendimos árabe hace 1.400 años. En España también tenéis muchas palabras en árabe. De Norte a Sur, de Este a Oeste, miles de aldeas, pueblos, con nombres árabes”. Me vinieron a la cabeza ‘alfombra’, por ejemplo, ‘almohada’ y ‘ojalá’, o ‘Algeciras’, ‘Albacete’ y ‘Almería’. “Siria es la madre de las civilizaciones. El mundo tiene que agradecerle a Siria el alfabeto. Si eres cristiano, tienes que agradecerles a los sirios que fueran los primeros cristianos”. Cristo le escuchaba de cerca, desde atrás, dentro del tabernáculo. En silencio.

“Los cristianos en Siria viven la fe de verdad. Tienen esperanza y no viven pensando en mañana porque no existe para ellos. Si hoy sale uno de su casa a trabajar, se tiene que despedir porque no sabe si va a volver. Las madres se despiden de los hijos por si mueren en la escuela o por si ellos al volver no encuentran su casa. En Siria nos hemos acostumbrado a ver sangre”.

Mientras, Occidente mira: “El 90% de miembros del DAES no son sirios. Por eso no se puede decir que sea una guerra civil sino una guerra contra el pueblo sirio. DAES es una ideología que nació de otras ideologías terroristas de Arabia y de lo que han pensado Estados Unidos y algunos países europeos. Quieren castigar al gobierno sirio y matar el cristianismo en Oriente Medio”.

Describió Alepo, donde sobreviven 4.000 de 40.000 fábricas. Y de Damasco, donde llueven bombas sobre barrios cristianos. “No somos mendigos. No venimos a hacer turismo. Pero hemos perdido todo”.

Citó a Juan Pablo II: “Si uno es cristiano, le escucha. La Iglesia tiene dos pulmones: Oriente y Occidente. Si a uno le falta aire, el cuerpo tiene problemas”. También se acordó de Francisco: “Dijo que cada parroquia acogiera a una familia siria. En Madrid hay 15 familias y 2.000 parroquias”.

Levantó una mano y se cogió el pulgar. “Como miembros del cuerpo de la Iglesia, si un miembro nos duele, lo sentimos y ayudamos a curarlo. Hay que dar hasta que duela, como la vieja del evangelio”.

Un niño repartía cuartillas con un escrito parecido al árabe. ‘Padre nuestro en Arameo‘ ponía debajo. En el reverso, una transcripción. El arzobispo cerró los ojos y le cantó a Dios: “Di loj malcuzo hailo tuschbuhto lolam olmin”, y todos le entendimos: “líbranos del mal”.

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Nicolaos Matti Abd Alahad, Arzobispo de la Iglesia Siria Ortodoxa de Antioquía. FIRMA: Matt Kolf

 

 

 

Quiero estar casada y contigo

In 600 on 9 octubre 2015 at 12:31

Volvería a reconocerte aunque nunca te hubiese visto y aunque te mezclasen entre mil hombres. Ni siquiera tendría que hablar con todos ellos para distinguirte del grupo. Si no me hizo falta la primera vez tampoco me haría falta ahora. Te diferenciaría por la altura, la delgadez, por unos ojos claros y serenos. También por la sonrisa y por algún defecto discreto. Incluso sabría reconocerte por las zapatillas. Y cuando te hubiera descubierto, me toparía en tu camino. Tú me buscarías en los sitos donde yo me hubiese puesto como de imprevisto. Nos iríamos juntos a perder el tiempo fingiendo que no hay nada más importante que hablar de cualquier cosa. Seguro que iríamos a comprar un café en vaso de cartón para tomárnoslo a medias sobre la hierba de una plaza donde nunca antes hubiésemos estado. Todavía fumamos. Yo sacaría un cigarro de la caja metálica donde antes había caramelos y tú lo cogerías de la cajetilla que hemos compartido y te levantarías a pedirle a alguien fuego. Y así, calada tras calada, irían pasando las clases sin que nos diésemos cuenta. Te arrimarías a mi lado y nos tumbaríamos juntos sobre el césped hasta que hiciera frío. Siempre iríamos de la mano. A veces con tu brazo rodeando mi cuello y yo cogida de tu cintura. La calle sería testigo de nuestro amor y de nuestras riñas. Hablaríamos de qué pasaría si estuviésemos juntos para toda la vida. De si vivir aquí o allí. Del estilo de casa que compraríamos. De amarnos en mil sitios. Del nombre de nuestros hijos.

Hablaríamos de todo, de Literatura, de Filosofía, de Historia; también de Antropología, de Dios y de la creación del Universo; de nuestros amigos, de tu perro y de mi ropa nueva; de mis virtudes y de tus defectos; con mi madre, de la tuya…Tú me acompañarías de compras y yo a ti a la Iglesia. Haríamos excursiones a todos los bares de la ciudad. A veces discutiríamos con razón y la mayor parte del tiempo sin ella. Pero siempre me pedirías perdón y me perdonarías aunque yo no lo hiciera. Si nos hubiesen preguntado cuánto aguantaríamos así, habríamos respondido que toda la vida. Aunque tuvieras que marcharte lejos un tiempo para darte cuenta de que solo ibas a ser feliz compartiendo conmigo tus problemas. Entonces volverías desde la otra parte del mundo a buscarme. Yo no fingiría todo lo que te hubiera echado de menos, porque no nos gustaría guardar las formas y aún menos, deformarlas. Después de unos años llegaría el día de mañana, sin rodilla ni fotos, apenas sin luz; en nuestro escenario favorito, escondidos entre la gente. Te diría que sí con un beso de esos de película antigua. Y te hubiese dicho que sí a los pocos días de conocerte, la vez que viniste a buscarme en bicicleta a clases  de Latín para invitarme a cenar un bocadillo. Y es que te reconocí desde el primer instante, cuando aún tenías piel de adolescente. Desde el principio fuiste hecho para mí y yo para fundirme contigo.

Por eso siempre querríamos ser uno, una sola carne y un solo espíritu, una pieza indisoluble, seguir comiendo bocadillos y tomando cafés hasta más allá de la muerte. Con el primer beso, de noche, en la parada de un taxi, prometimos sernos fieles. Por todo eso acabaríamos siendo tres, en lugar de dos. Y cuatro, en vez de tres, y cinco incluso, aunque eso no se vea. Te diría que sí ayer, anteayer y mañana. Pero solo a ti, porque solo tú fuiste hecho para “amarme a la orilla de la chimenea”.

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23F, con ‘f’ de falso

In 600 on 28 febrero 2014 at 0:33

Trato de meterme en la cama pronto, antes de las doce. Así me aseguro de que oigo el despertador y me cuesta menos ponerme en pie. Pero hay veces que merece la pena dejar la cocina sin recoger o retrasar un favor porque otra cosa merece más la pena. Esta noche iba a ser el reportaje de Jordi Évole, “Operación Palace”.

Lo he cogido casi al principio. Salían ellos, todos ex asesores, ex diputados, ex periodistas, revelando que el 23F fue todo un engaño, una ficción para afianzar la Monarquía y la Democracia. No me lo podía creer. He llamado a mis hermanos, les he dicho que encendieran la televisión. En casa todos nos hemos sentado en el sofá como si nada más importara en ese momento. Daba igual que el niño llorara. En los anuncios me he metido en El Mundo y en El País y no salía nada. ¿Dónde estaban los periodistas? ¿Aún no se habían enterado?

Era raro verles a todos hablar. A Gabilondo llamar la atención sobre detalles que durante años todos hemos pasado por alto o a Garci describiendo que en el discurso del Rey, la cámara hacía zoom para intensificar su mensaje. ¿Dónde estaba Juan Carlos mientras se hacía ese reportaje? ¿Por qué no le habían entrevistado a él? Todo el mundo iba a volverse anarquista después de “Operación Palace”. Vaya timo de Democracia. Y Estados Unidos, implicado. ¡A cambio de que España entrara en la OTAN! Menudas confabulaciones. ¿Y si el caso Mónica Lewinsky también era mentira? ¿Qué pasó, en verdad, con el 11s?

Casi había empezado a dudar de la autenticidad de las pinturas en las Cuevas de Altamira cuando van y confiesan que todo el reportaje es un montaje, una sombra, una ficción. ¿Pero, y qué pasaba con Tejero? ¿También él estaba implicado en la operación o no? Entonces, ¿Suárez dimitió por la Democracia? Todo había sido una farsa. ¿Cuál va ser, a partir de ahora, la verdad sobre el 23F?

Tengo que confesar que, por un lado, me ha dado paz saber que se trataba de un montaje. Me estaba sentando muy mal verles a todos mirar a la cámara como si tal cosa, como si no hubieran escondido esa mentira durante décadas. Por otro lado, en cambio, siento un escalofrío al comprobar lo fácil que se puede manipular a la audiencia. Eso ya lo sabemos, porque se estudia en las facultades de Comunicación. Pero otra cosa es experimentarlo. ¿Está bien que una cadena juegue con sus espectadores? ¿Qué hubiera ocurrido si al comienzo se hubiera explicado que el reportaje era la simulación de algo posible, incluso probable?

La gente ya ha dejado de creer lo suficiente en los políticos como para que esto ocurriera ahora, un jueves por la noche. Insinuar que el Golpe de Estado fue un complot de los todos los partidos con escaño en el Congreso de los Diputados, que el 23F es como un Judas de plástico, es sugerir que nuestra Democracia puede ser un montaje. Una película española para no matarnos. Y, si no, que le pregunten a Garci. Ahora, cada vez que los españoles pensemos en él lo veremos como director de grandes falacias. Todos los personajes de su película, ¿actúan también en el desempeño de sus funciones? El periodista, los portavoces, los jefes de seguridad, los políticos. El Rey de España.

Ya me lo ha dicho mi hermano cuando le he llamado. “Paula, no te creas todo lo que sale en los reportajes”. ¿Deberíamos pensar que a los periodistas, como a los políticos, se les ha olvidado su compromiso con la verdad?

Las tardes de TVE

In 600 on 14 noviembre 2013 at 20:00

Lo mejor de ‘Entre Todos’ es Toñi Moreno. Quienes vemos el programa de TVE desde que se inauguró en agosto conocemos bien a su presentadora, soltera, andaluza y cuarentona.

Entre Todos

Entre Todos

A pesar de su apellido, Toñi es rubia, como cualquier otra española a la que se le antoje ese color de pelo. A veces piensa que está más guapa cuando se lo riza. Toñi ni sabe ni le gusta cocinar, aunque siempre viste con camisas anchas. Cuando un espectador llama por teléfono al programa y ofrece 1.000 euros grita ¡toma! Y flexiona una pierna en el aire como un guitarrista de rock en concierto. Si ofrecen 3.000 ó 6.000 euros se le escapa un ¡madre mía! Y trata de hacerle entrar en razón al donante. “¡Es mucho dinero María/Eva/Antonio!”, pero ninguno recula. Algunos incluso añaden ceros a la cifra. En una ocasión un hombre asturiano dueño de dos bares pasó de dar 1.000 a ofrecer 10.000 euros para ayudar a una familia que ese día salía en el programa. Así, poco a poco, una vez se consiguieron 146.000 euros para que una joven recuperara sus manos y sus pies gracias a unas prótesis biónicas.

He perdido la cuenta de cuántas sumas de 15.000 y 20.000 euros se han recabado para abrir pequeños negocios. Tiendas de alimentación, de ropa y accesorios, una churrería y un bar especializado en tortillas, una zapatería low cost, una pescadería, una tienda de congelados, otra de vestidos de novia… Y la de terapias que van a poder recibir niños con problemas cerebrales gracias a la caridad de los españoles. Toñi llama a las tardes de TVE la “fiesta de la solidaridad”. Además de abrirle a los emprendedores las puertas que les cierran los bancos, más allá de conseguir puestos de trabajo para familias que sobreviven con la pensión de los abuelos, con las tardes de TVE, sobre todo, son una lección de humanidad. Demuestran que se puede ser feliz sin manos y sin pies, que es posible conseguir un trabajo con 56 años o arreglárselas con un hijo que vive atado a una silla. ‘Entre Todos’ te enseña a perderle miedo a la parálisis cerebral, a los defectos congénitos, a la pobreza. Porque el amor suple todas esas carencias.

Hasta ahora he leído pocas críticas del programa y todas han sido negativas. El día después de su estreno, caí en una columna especializada que le achacaba el fracaso en la audiencia. Sean pocas o muchas las personas que lo siguen, son suficientes para que todas las tardes se ayuden a nuevas familias. Esta semana dos estudiantes de Trabajo Social hablaron con Toñi en directo para expresar su desprecio por una forma sensacionalista y caritativa de ayudar. Quizá ya te hayas enterado de eso porque todos los medios de comunicación de España, salvo la televisión pública, le han dedicado unas palabras al asunto. Bien podían haber empleado ese espacio y ese tiempo para alabar algunas de sus acciones. Estoy convencida de que esos lanzagranadas no han visto  ‘Entre Todos’ más de una hora. Cuanto menos, como explica mi madre, deberían alegrarse de que las tardes de TVE le quiten audiencia a otras cadenas.

Hay espectadores que confiesan haber recuperado la fe en la sociedad española desde que Toñi grita “¿Qué tengo?” y un público septuagenario contesta eufórico “¡Llamada!”. Así han entrado al programa sacerdotes y jubilados, jóvenes, empresarios, famosos como Los Morancos; gente importante, como el subdirector de no recuerdo qué aerolínea, y personas que ni siquiera dan su nombre para no desviar el protagonismo.  Un detalle que tendría alguien a quien de verdad le preocupan los demás.

Ellos también emigraron

In 600 on 21 junio 2013 at 12:43

Mi abuela materna siempre dice que cumplir años sólo sirve para tener experiencia. Y que la experiencia sólo es útil como escarmiento. Con esa idea busqué a Emillio en Zaragoza, a Javier y a su hermana María, a María Jesús, a quien todo el mundo llama Maruja, a los esposos Cándido y Pilar y a Pedro, natural de Salamanca. Porque todos estos abuelos españoles tienen algo que enseñarnos a los jóvenes de ahora, sobre todo a los que salen del país, ya que ellos hicieron lo mismo cuando apenas tenían 20 años.

Fotos: CEDIDAS

Fotos: CEDIDAS

Emilio nos recibió en su casa a las afueras de Zaragoza, en un barrio fantasma, retrato de la crisis española. Al final del pasillo estaba el salón, donde nos contó sus idas y venidas de Francia para las cosechas, su terrible año en Alemania y lo bien que le trataron en Holanda. Mientras, su mujer y uno de sus tres hijos, el sacerdote, nos prepararon una merienda con bollos, distintas clases de tartas y un fuerte café con leche sobre una bandeja. Allí nos pasamos media tarde, mientras la excavadora rugía fuera y el cierzo azotaba las ventanas. Nos marchamos con el estómago, la grabadora y la cámara de fotos rebosantes de tesoros.

Con Maruja todo fue más sencillo. Le entrevistamos en la cocina donde invierte la mayor parte del día. Nos invitó a tomar un café que casi me derritió la lengua. Después se sentó en la cabecera y respondió largamente a nuestras preguntas. Ita, como le llaman las nietas con las que vive, nos relató su viaje de ida a Venezuela con 19 años y su vuelta a España después de más de 50. Se rió recordando cómo el de su madre era un “negocio redondo” porque le encargaban coser prendas que luego nadie pagaba. También lloró la muerte de sus hermanos y se enfadó con los que se conforman con estar en paro.

María y Jesús solo nos cedieron una imagen de sus años en la Gran Manzana. En la foto, en blanco y negro, los hermanos pasean agarrados por Central Park. Debe de ser otoño. En el fondo asoman árboles pelados y ellos dos caminan alegres con abrigos largos. Su padre había sido borreguero en Virgina a principios de siglo y ellos repitieron la aventura “para ganarse el garbanzo” unas décadas más tarde, pero en Nueva York. Nos recibieron varias veces, siempre en domingo, cuando se reúnen en casa de ella al calor de la chimenea.

A los mayores no les gustan las fotografías. Lo corroboramos con Pedro, el salamantino que trabajó como relojero en Suiza, y con Petra, una anciana costurera en París que, después de dos largas visitas, acabó por cerrarnos la entrada a sus recuerdos y a su vida.

Cándido y Pilar, un matrimonio de 80 años, nos invitaron a un café en su bar de Pamplona. Nunca hubiera adivinado su edad. Ella hablaba rápido, sin que le temblara la voz, y él se levantaba a cada rato para atender con su hijo la barra del bar. Se habían conocido en Australia en los años 60 y volvieron juntos a España para casarse. Asentados en Navarra, de donde es él, fundaron una asociación de emigrantes en Australia que acabó por desaparecer.

Sus experiencias, recogidas en el reportaje “Yo también emigré”, sirven de lección a los españoles entre 16 y 64 años que se marchan ahora al extranjero para ganarse el garbanzo. A pesar de las diferencias, hay rasgos que comparten las distintas generaciones de emigrantes, como el país de destino, que se emprende desde aquí como una ruta hacia el Dorado.

En clase con el profesor Alvira

In 600 on 13 junio 2013 at 9:14

Me enteré de que el profesor Alvira había dado su última clase leyendo una noticia en la web de la Universidad. Cuando me lo crucé en el antiguo edificio de Bibiliotecas, yo bajaba las escaleras y él hacía lo contrario. “Don Rafa -le dije. Nunca he sabido cómo llamarle, así que siempre mezclo el protocolo con la amistad- he leído que ya no dará más clases”. Él tenía un poco de prisa, así que no recuerdo bien qué me contestó. De pronto me acordé de cuántas veces llegaba un poco tarde para darnos clase. Aunque la mayoría de días llegase antes que yo.

La primera vez que le vi entrar en el aula me pareció un hombre muy mayor. Yo tenía 18 años y él podía cumplir 70. Al dar un brinco sobre la tarima de madera para apoyar sus libros en la mesa se me antojó menor y más joven aún cuando observé sus manos, sus dedos largos y regulares que tantas veces veríamos sobrevolar su busto para ilustrar algún pensamiento.

Su voz era baja, como afónica. Como si no le quedara fuelle tras décadas avivando el fuego de los pupilos que tenía enfrente. ¿Cómo íbamos a coger apuntes? Siempre había que girarse para ver si había pillado algo el de al lado, agobiado con el mismo problema. A la hora de estudiar, pequeños huecos en blanco representaban aquellos silencios y complicaban los argumentos.

Rafael Alvira fue el primer profesor en darnos clase en el césped del Campus. Luego he visto a muchos otros imitarle. Nos sentaba en círculo entre los árboles y junto al pozo que decora el césped de camino al edificio Central. Él se sentaba sobre una pila de libros, aunque perdía el equilibrio y acababa en la hierba. A partir de sus clases, aquel sería para siempre el pozo de Tales, en memoria del primer filósofo de la Historia quien, embebido con la contemplación de las estrellas, se cayó en él ante las risas de una esclava tracia que no se sabía muy bien que hacía por ahí. “¿Sabéis por qué Tales fue el único que se cayó dentro del pozo?”- preguntó una vez Alvira sin darnos tiempo para que ofreciéramos una respuesta. “¡Porque todos los demás ya estaban dentro!”. Como dentro, pero de la caverna, estábamos todos nosotros y adonde el profesor venía a rescatarnos.

Lo que mejor recuerdo de sus clases es el pensamiento de Platón, heredado de Sócrates; ese mito de la caverna, La República, el logos y la praxis, la segunda navegación… Aprendimos que las cosas son lo que son, aunque se nos representan de falsa manera. El ser de Parménides o el fluir de Heráclito se mezclaban con amplias sonrisas o enfados de un profesor que nos hablaba como a alumnos de Primaria. Y es que estábamos muy dentro de la caverna. También sus ejemplos eran sencillos: hablaba de una gran tarta de fresas con nata o de una foca con corbata para desmenuzar no sé qué.

En primero de carrera nos descubrió a los Filósofos Antiguos y, más adelante, impartió un bloque de Textos Filosóficos. Me acuerdo muy bien de no haberme leído ni uno sólo de los textos que nos trajo fotocopiados. Había tantos folios que se retorcían dibujando varias eses en el plástico del que nunca salieron. Creo que saqué un 8 en esa asignatura. Y es que, por encima de buen maestro, el profesor Alvira es una genial persona.

Guardamos frases de sus clases en nuestra sección de FILORIODISMOS, como que “El saber es esa salsa que está en el fondo del plato de la vida”.

Foto: MANUEL CASTELLS

Harta de los viejos verdes

In A tinta fría on 18 diciembre 2012 at 20:44

He llegado a la conclusión de que esta es la única forma, quedándose ciega con el brillo de la pantalla, descubriendo las teclas del teléfono y removiéndoseme el estomago conforme el autobús atraviesa como una lanza las montañas, he decidido que esta es la única manera de mantener vivo Seiscientas; escribiendo las columnas en los ratos que voy y vengo de San Sebastián a Pamplona. Así que, además de estos viajes, estoy harta de los viejos verdes.

Hace unos días me acercaron en coche a la estación de autobús de la capital guipuzcuana, si es que puede decirse que lo que tienen en Donosti es una estación y no un tejado con cuatro asientos. Con razón me decía un amigo que había visto marquesinas más lujosas que la estación de autobuses de San Sebastián. Ese día había llegado media hora antes y hacía un frío aterrador. Por suerte no llovía. Me había puesto la capucha y el pelo rodeándome el cuello a modo de bufanda cuando se me acercó un buen hombre. “¡Hace un frío que pela!”, me dijo encogiendo el cuello como una tortuga. “¡Además con esta porquería de estación!”, protestaba. Era un abuelo bastante alto. “Yo tengo que esperar al autobús media hora, con el frío que hace…”, comenté, por decir algo.
– ¿De dónde eres bonita?
– De Pamplona
– ¡Ya sabía yo, te lo había notado, menudo acento tienes! -me molestó con una sonrisa. Su boca parecía un bosque de raíces húmedas y peladas. Me pellizcó el pómulo derecho.
– ¿Te molesta que te coja del carrillo?
– No – mentí.
– Tú también puedes cogerme, mira, ¡cógeme, cógeme! -insistió el señor. Dejé caer su moflete rápidamente. Se me removió el estómago. Cambié de tema.
– De dónde eres.
– De La Rioja, pero vivo aquí.
– Tengo que irme, hace mucho frío-. Lo hacía, pero sólo quería una excusa para largarme.
– Voy contigo -soltó el viejo.
– No.
– Pero si tengo mucho tiempo… anda, vamos.
– No, tengo que hacer llamadas personales -. Se me acercó para darme dos besos. Fue algo lento. Aún le quedaba en las comisuras saliva de la frase anterior. Primero me dio un beso en el póulo izquierdo. Sentí ganas de patearle en la entrepierna. Luego me besó la mejilla derecha.

Cuando el viejo acabó, cogí mis bártulos y me fui sin girarme a mirar si se había ido. Aún sentía sus besos. Me froté la cara con las mangas del abrigo.

Al día siguiente me acompañó esa imagen hasta el bar donde desayuno cuando llego a Sanse. Abrí el periódico y vi a Berlusconi en una foto vertical que ocupaba cuatro columnas. El artículo barajaba la imposibilidad de su vuelta al gobierno italiano y recordaba sus casi 80 años. Seguí leyendo el diario. Unas páginas después leí otro artículo. “La novia de Berlusconi”, se titulaba. Dos pequeñas columnas que ocuparían seis módulos en total y una foto del mismo tamaño. El texto daba casi igual. La imagen mostraba a una joven seria y descamisada. Se intuía una falda de tubo. Tenía las uñas largas y 29 años. Cuatro más que yo. Me volvieron a la cabeza esos besos que me arranqué la tarde anterior. Y me pregunté si podían llegar a ser agradables para alguien. Cuánto valdrian las caricias de esa joven. Vamos, el precio del asco.

Una batalla de cristal

In A tinta fría on 15 octubre 2012 at 16:10

Entré en la sucursal de ING por el escaparate. Dentro olía a vino. Uno de los jóvenes cruzó el cristal después de romperlo a patadas y desbarató la oficina. El teclado del ordenador que atendía a los clientes en la entrada estaba a punto de caerse por una esquina de la mesa. El disco duro se asomaba hacia el vacío a su lado. En el suelo, la pantalla se tumbaba boca abajo, como un aspirador a punto de comerse los cristales que inundaban como gotas de agua la oficina. Cerca de la puerta encontré una pelota de los antidisturbios. Una bola de caucho verde parecida a las de tenis. Por uno de sus lados se abría un pequeño agujero. Pensé que se lo habría hecho el cartucho de pólvora al propulsarla desde la escopeta. Me pareció bastante pesada. Esto debe de hacer daño, imaginé. Mucho daño. Ahora sé que esas bolas han dejado 23 tuertos en las últimas dos décadas y que Europa quiere que España las retire, algo que quizá haga a finales de este año. Mientras tanto, se siguen utilizando, aunque los agentes disparan primero al suelo para que pierda fuerza en el bote hacia el objetivo. El miércoles la diana era grande. Una masa de jóvenes encapuchados y enmascarados con el cuello estirado de sus camisetas. No vi cómo empezó la batalla. Un miembro del sindicato LAB pronunciaba un discurso agitador desde la estatua de los Fueros cuando se vio aparecer fuego al final del Paseo Sarasate. En pocos minutos se revolvió el ambiente. Varios contenedores aparecían volcados de camino hacia el Parlamento de Navarra desde la estatua. Agentes y huelguistas se enfrentaron en una batalla donde por un lado saltaban pelotas verdes  y, de otro, llovían botellas de cristal. Un gran grupo de jóvenes y adolescentes lanzaba vidrios de toda clase. Botellines, litronas de cerveza, botellas de vodka volaron por los aires hacia la policía. A Iván le dio una en la cabeza. Se nos habían acercado unos agentes y los vidrios estallaban en el coche tras el que nos resguardábamos. Salimos de ahí hacia otro refugio. En esa carrera, una botella alcanzó a Iván, que se quedó inmóvil en el suelo aferrado a su cámara de fotos. Los botellazos en la cabeza pueden provocar la muerte. En la primera página de Google encuentro una decena de casos. Una botella de vino o una litrona de cerveza vacía pesa casi medio kilo. Como las escopetas, el lanzamiento de vidrios no es muy preciso. Y, desde luego, requiere fuerza en el lanzamiento. Sobre todo porque los antidisturbio solo pueden disparar pelotas desde una distancia mínima de 50 metros, lo que les deja lejos del arma enemiga. Aún así, en la huelga del 26S en Pamplona, cuatro policías resultaron heridos por cortes y contusiones. También hubo heridos entre los huelguistas. Recuerdo al joven que señalaba su cabeza, donde parecía haber recibido un porrazo, antes de entrar en la ambulancia que trasladó a Iván. Y también hubo comercios heridos que no hicieron sino estar ahí. Casi todo fueron sucursales bancarias. Como si todos los bancos tuvieran la culpa de los recortes, la subida del IVA y la bajada de salarios. Como si Fernando López o Jaime García Pons, responsables de dos sucursales agredidas, fueran culpables del rescate público a la banca. El vandalismo no trae soluciones. Resta credibilidad al resto de miles de personas que hacen huelga. Ojalá no hubiera habido disturbios.

La lección del profesor Arterton sobre el debate entre Romney y Obama

In 600 on 5 octubre 2012 at 15:52

Vino a Pamplona con una corbata roja, azul y blanca, los colores favoritos de los americanos. Seguro que ni habría reparado en que esos tres bajaban de un cuello enemigo: el de su camisa rosa. El profesor de Administración Política en la Universidad George Washington, en cambio, había analizado la noche anterior las corbatas que ahogaron a Mitt Romney y a Barack Obama en el primer debate presidencial. Esa noche, parecía que los políticos se habían intercambiado los colores. El azul siempre se ha asociado con los republicanos, mientras que el rojo es el color de los demócratas. Pues bien, en el debate el presidente llevaba una prenda azul con puntos blancos y el aspirante una roja de rayas también blancas. Un detalle significativo, como las tomas que grabaron las cámaras de televisión. El profesor del GSPM descubrió que los primeros planos le mostraban a Romney con una cabeza mucho mayor que la de su oponente. Esa diferencia sugería que el republicano estaba lleno de ideas sustanciales en comparación con el demócrata, menos corpulento en general. El propio Christopher Arterton se mostró “impresionado” con las diferencias físicas entre ambos candidatos.

El profesor de la Universidad George Washington, Christopher Arterton

El profesor de la Universidad George Washington, Christopher Arterton. Foto: CHALMETA

Dentro de la puesta en escena, el profesor confesó –contra su interés, porque él se declara demócrata- que Romney estuvo “más preparado, enérgico, organizado y sin miedo”. Los analistas dicen que el republicano lleva mucho tiempo con este tipo de discursos; desde que le nombraron cabeza del partido hace seis meses. Obama, en cambio, está… “oxidado”. Se mostró cabizbajo, desganado. “Cuando eres presidente no te hace ilusión este tipo de debates”, esgrimía el profesor. Por eso en 1992 Bush se negó al debate presidencial con Clinton, algo de lo que pronto se arrepentiría. Y es que, según Arterton, los debates de este estilo favorecen sobre todo al aspirante porque lo ponen en situación de igualdad ante el presidente. Quizá por eso hasta ahora en los debates el candidato se dirigía al presidente por su nombre. Se trataban de “míster”. Esta vez, como parte del respeto que reinó a lo largo del encuentro, Romney llamó a Obama “president Obama”.

Esos factores forman parte de una estrategia. Por ejemplo, que el demócrata no se refiriera a las últimas declaraciones polémicas de Romney sobre la población dependiente no es casualidad. Quizá la réplica del republicano habría acabado por perjudicarle. Cualquiera sabe que los preparativos de un debate son, como lo calificó Arterton, “un arte”. Aunque al experto no le gusta hablar de vencedores y vencidos, por mucho que las encuestas del día siguiente le dieran la victoria al republicano situándolo, por primera vez en la campaña, por encima del presidente. No le gusta hablar de victorias porque “cada parte tiene sus objetivos y las dos pueden ganar si los consiguen”. En ese sentido, ninguno de los candidatos hizo nada llamativo, pero tampoco cometieron grandes errores, como lapsus; “Gaps” los llamaba el profesor. Eso sí, aunque hasta el miércoles apostaba sin duda por la reelección de Obama, ahora dudaba de si estaría “alegre el día de las elecciones”.

Sobre la utilidad de este tipo de encuentros, Chris –que es como todo el mundo le llama- se mostró escéptico: “La gente está predispuesta y el debate refuerza posiciones, pero no cambia la forma de pensar”. A pesar de todo, explicó cómo había observado que, con el tiempo, un juicio acaba por convertirse en un hecho. En ese sentido, las encuestas de valor que ahora son favorables a Romney pueden convertirse en una victoria electoral. Lo haga o no, la actuación del republicano en el debate fue, confesó el demócrata, “la mejor intervención de su vida”.

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