Son las palabras que llenan una hoja

Crítica de la razón marina

In 600, Calamares en su tinta on 20 septiembre 2017 at 0:01

“Tengo que plantearos una cuestión: ¿los peces en el agua están mojados?” Y los rostros alrededor de una mesa mudaron a una extraña y previsible mezcla entre la sorna, la incredulidad y, me atrevería a decir, la estupefacción. Acabábamos de pedir unos refrigerios, porciones de tarta para ser más exactos, después de un día de trabajo esperando, oh ilusos, un momento de relax y desconexión. Pero tengo un amigo que las suelta así, sin anestesia. No diré su nombre ni procedencia ni profesión ni adscripción política, moral o humana. Por privacidad y, por si acaso, por su bien.

Reacción inicial de risa que en algún instante tornó en carcajada. Pero todos entramos al trapo. Sin excepción y hasta el fondo, como esas criaturas marinas feas feas que vagan por las profundidades. ¿Mojadas? Veremos.

  • ¡Pues claro que están mojados!
  • ¿Por qué? ¿Tú cuando buceas puedes decir que estás mojado o es más bien cuando sales del agua?
  • … el agua moja
  • Mojar es una reacción entre fuerzas intermoleculares. Cohesión y adhesión. El mercurio no moja el metal porque tiene más de la primera que de la segunda. El agua moja el algodón por lo contrario.
  • ¿Veis? ¿Están mojados o no? ¿Es un estado? ¿Es una cualidad?

La conversación, tras un video ilustrativo muy recomendable, acabó en unas tablas representadas en sobrecillos de azúcar moreno que anduvieron de un extremo a otro de la mesa hasta acabar enfrentados. Dos a dos. “He buscado en el diccionario los significados a ver si lingüísticamente llegaba a una conclusión válida”, llegó a decir. Sin embargo, la reflexión fue que el dato de si los peces se mojan, o están mojados o secos, no iba a cambiar nuestra vida; pero hacerse esas preguntas (y otras peores que ya tendré tiempo de comentar) sí que es significativo. ¿Por qué pensamos eso? ¿Cómo pensamos? ¡Eureka! “¡El método es la clave!”, se advirtió. Y nos vinimos arriba, mucho.

  • ¿Los peces saben que nadan?
  • ¿Los pájaros saben que vuelan?
  • Los pájaros ven que el resto de animales no levantan un palmo del suelo…
  • Entonces, si los peces ven a los cangrejos caminar ¿los peces creen que vuelan?
  • ¿Los peces saben?, ¿creen?, ¿piensan?

Y la charla duró lo que duraron las tartas. Poco. Pero hablando de peces, en el fondo y en la superficie, por aquello de seguir en el ámbito marino, y sin ser conscientes de ello, hablamos del ser y del estar, del acto y la potencia y de la sustancia y del accidente, si nos ponemos exquisitamente aristotélicos. Nos hicimos cartesianos con nuestro cogito y nuestro sum. Tanteamos el Principio de No Contradicción de forma elegantemente leibniziana. Caminamos con Frege con nuestra deducción y luchamos contra Russell con la inducción, o incluso puede que llegáramos a la abducción de Peirce. Y con conceptos, significantes y significados rondamos a Wittgenstein. Y pienso en éstos como podían haber sido otros, igual que fue el agua, como podía haber sido el fuego.

Y así, he descubierto varias cosas: que aquellos estudiantes de filosofía que fuimos no estamos solos. Que hay algo llamado ángulo de humectancia (el que forma la superficie de un líquido al entrar en contacto con un sólido, según me cuenta Wikipedia). Que el término hidrófobo se aplica a aquellos materiales a los que el agua no moja, lo contrario, por tanto, a hidrófilo; liófobo y liófilo si hablamos de otros líquidos. Y que sería una fantástica paradoja que, al final, los peces fueran hidrófobos o, peor, hidrofóbicos.

Pero sobre todo, he constatado, una vez más, que toda buena conversación aparece alrededor de una mesa. Con tarta, a poder ser.

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A los hijos que nunca tuve

In 600, A tinta fría on 28 agosto 2017 at 18:39

A veces uno tiene hijos planificados. Son como el sueldo que te llega a fin de mes, que recibes con ilusión y necesidad, pero esperándolo. Otros vienen inesperados, quizá como un billete de 500 euros que te encuentras en la calle o como un cheque que se cobra más adelante. Otras veces no llegan, bien porque no terminan la primera etapa de la vida o bien porque nunca la empiezan. Dios sabe qué le pide a cada familia, aunque nosotros pocas veces lo entendamos. Todos son hijos, aunque solo algunos acaben entre nuestros brazos.

¿Cuándo empieza la vida? Es una pregunta comprometida. A mí me gusta compararlo con un campo recién sembrado. Aunque nosotros solo veamos la planta cuando sobresale de la tierra, la semilla germina escondida del sol, de los pájaros que se las comerían.

A nuestros ojos, un hijo llega después de nueve meses de embarazo, pero la verdad es que un hijo se tiene nueve meses antes del parto. Desde que descubres que esperas un bebé, te sientes madre y subordinas tu bien al de la criatura. Dejas de tomar alcohol, o moderas su consumo, te abstienes de los embutidos, o los tomas con cautela, refríes la carne, vigilas los esfuerzos, tomas suplementos alimenticios, llevas la cuenta de las semanas, lo tienes siempre en la cabeza. De hecho están en ella antes siquiera de desearlos.

Uno pone nombre a sus hijos cuando es adolescente o hasta de pequeño. Sin embargo, no todos los hijos pensados acaban en nuestros brazos.  Es doloroso buscarlos y no encontrarlos o dar con ellos solo los primeros pasos.

Recuerdo los meses que estuve ingresada con el embarazo de Daniel. Compartí habitación con muchas mujeres. Me viene a la cabeza una chica rumana, de nombre Alina y de apellido Pop, como la música. Su novio también era rumano y trabajaba en el campo. A veces traía fruta recién cogida para compartir. Esperaban un chico, Iker, “como el portero de la selección”. Alina rompió aguas y dio a luz una noche cuando estaba de 24 semanas. Los ginecólogos le preguntaron si quería que reanimaran al bebé, aunque era probable que creciera con secuelas. Alina y su novio prefirieron que decidiera la naturaleza. Iker vivió unos minutos y luego dejó de respirar. A los dos días me enseñó una foto del pequeño. Era moreno y como un adulto en miniatura. No pesaba ni medio kilo. Ingresaron a Alina un tiempo en la tercera planta. Semanas más tarde pasó por la habitación a verme. Me traía una caja de bombones con forma de corazón.

Otros hijos se pierden en las primeras semanas de embarazo. Algunos sin darte cuenta. A veces con mucho dolor. Son abortos naturales fruto de una naturaleza bien pensada, aunque se sientan como un robo.

Yo a esos hijos míos que no he tenido entre mis brazos les diría que siempre hubiesen sido bien recibidos en casa, viniesen como viniesen. Fuesen deseados o inesperados. Les diría que también habría dejado de comer por ellos carne y bebido menos cerveza. También les hubiese cantado durante los meses de embarazo. Les hubiese bañado en el lavabo los primeros días y les hubiese dado el pecho los primeros meses, como he hecho con sus hermanos. Aunque no nos hayamos conocido, les diría, os he querido igual, desde el primer día, desde que supe que erais parte de nuestra familia. Esos hijos nos miman desde el cielo y esperan con ilusión a que me reúna con ellos allí para poder contarles cuentos.

Ellos ya saben porqué Dios pide sacrificios a todas las familias, aunque nosotros pocas veces lo aceptamos.

A quién le importan los sirios

In 600 on 18 febrero 2017 at 12:03

“Voy a contar un chiste. Una vez hablé en la Universidad Católica de Murcia y conté como mi sobrino, estudiante de ingeniería, había muerto al salir de su universidad en Siria por la explosión de un coche bomba. La UCAM consiguió una beca para traer a mi otro sobrino a estudiar a España. Le dije, ‘vamos a ver Madrid’. Yendo a Sol, en la calle Fuencarral, vio a unos jóvenes con chaleco amarillo y 10-15 perros, carteles…y me preguntó, ‘¿qué es?’. ‘Defienden los derechos de los perros, que son perseguidos, tienen sed, nadie les alimenta…’. ‘Tío’, me dijo, ‘y nosotros, como sirios, ¿no tenemos los derechos de los perros en Europa?'”. Las estatuas llenaban los bancos de la iglesia. Algunos fieles se habían quedado después de misa y otros menos fieles llegaban al segundo sermón: “Ver a un sirio es sinónimo de ver a un terrorista”. En el púlpito, un hombre vestido de clero, con un medallón dorado y un gorro tejido de cruces: el arzobispo de la Iglesia Siria Ortodoxa de Antioquía, “la primera sede puesta por Pedro, que continuó su viaje a Roma”.

“Los árabes no son sirios ni al revés. Lo hablan, pero son otro país. Los árabes son de Arabia, de otra cultura. Nosotros aprendimos árabe hace 1.400 años. En España también tenéis muchas palabras en árabe. De Norte a Sur, de Este a Oeste, miles de aldeas, pueblos, con nombres árabes”. Me vinieron a la cabeza ‘alfombra’, por ejemplo, ‘almohada’ y ‘ojalá’, o ‘Algeciras’, ‘Albacete’ y ‘Almería’. “Siria es la madre de las civilizaciones. El mundo tiene que agradecerle a Siria el alfabeto. Si eres cristiano, tienes que agradecerles a los sirios que fueran los primeros cristianos”. Cristo le escuchaba de cerca, desde atrás, dentro del tabernáculo. En silencio.

“Los cristianos en Siria viven la fe de verdad. Tienen esperanza y no viven pensando en mañana porque no existe para ellos. Si hoy sale uno de su casa a trabajar, se tiene que despedir porque no sabe si va a volver. Las madres se despiden de los hijos por si mueren en la escuela o por si ellos al volver no encuentran su casa. En Siria nos hemos acostumbrado a ver sangre”.

Mientras, Occidente mira: “El 90% de miembros del DAES no son sirios. Por eso no se puede decir que sea una guerra civil sino una guerra contra el pueblo sirio. DAES es una ideología que nació de otras ideologías terroristas de Arabia y de lo que han pensado Estados Unidos y algunos países europeos. Quieren castigar al gobierno sirio y matar el cristianismo en Oriente Medio”.

Describió Alepo, donde sobreviven 4.000 de 40.000 fábricas. Y de Damasco, donde llueven bombas sobre barrios cristianos. “No somos mendigos. No venimos a hacer turismo. Pero hemos perdido todo”.

Citó a Juan Pablo II: “Si uno es cristiano, le escucha. La Iglesia tiene dos pulmones: Oriente y Occidente. Si a uno le falta aire, el cuerpo tiene problemas”. También se acordó de Francisco: “Dijo que cada parroquia acogiera a una familia siria. En Madrid hay 15 familias y 2.000 parroquias”.

Levantó una mano y se cogió el pulgar. “Como miembros del cuerpo de la Iglesia, si un miembro nos duele, lo sentimos y ayudamos a curarlo. Hay que dar hasta que duela, como la vieja del evangelio”.

Un niño repartía cuartillas con un escrito parecido al árabe. ‘Padre nuestro en Arameo‘ ponía debajo. En el reverso, una transcripción. El arzobispo cerró los ojos y le cantó a Dios: “Di loj malcuzo hailo tuschbuhto lolam olmin”, y todos le entendimos: “líbranos del mal”.

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Nicolaos Matti Abd Alahad, Arzobispo de la Iglesia Siria Ortodoxa de Antioquía. FIRMA: Matt Kolf

 

 

 

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