Son las palabras que llenan una hoja

Hay que filosofar más

In 600, A tinta fría on 12 febrero 2018 at 21:32

El otro día me tocó organizar la prueba regional de la Olimpiada de Filosofía de Navarra. Llegué dos horas antes que los alumnos para preparar una exposición de fotografía y los diplomas, el aula, un café y todas esas cosas que adornan cualquier evento. Luego fueron llegando los bachilleres en pequeños grupos, algunos con sus profesores. Con todos allí, sacamos la foto de familia de los 120 que a continuación se examinarían con un ensayo en torno a la Revolución y la Utopía.

Un párrafo en la web de la competición justifica el noviazgo entre esos conceptos, que se citan sobre todo en la política: “Las revoluciones surgen porque se busca algo mejor, un ideal de vida perfecta que las guía e inspira, un no-lugar feliz que no se encuentra en la realidad que conocemos, un lugar que no está en ningún lugar pero sin el que quizá ninguna lucha tenga sentido”. Y te plantea: ¿Existen condiciones y límites para las revoluciones? ¿Son necesarios los ideales utópicos para poder vivir? Y dime, ¿existen? ¿Son necesarios?

Al día siguiente de la prueba, me encontré con amigos de hace más de diez años y nos enredamos hasta pasadas las cuatro de la mañana. No teníamos coca cola, ni un cubata. Solo pude invitarles a crema de orujo y un Catán. Pero es que no hay sed cuando solo se habla, porque no hay tiempo de pararse a beber cuando uno está pensando.

Dialogar con amigos es la mejor forma de darse cuenta de qué piensa uno. Ya no sólo de qué piensa el que tienes enfrente, sino de qué piensas tú mismo.

Así las cosas, acabamos en el relativismo, o ahí acabé yo, diciéndome por dentro cuánto daño hace eso de añadir por sistema en cualquier juicio un ‘para mí’ o ‘en mi opinión’. Con eso no quiero decir que esté mal manifestar la opinión sobre las cosas pero, dime, ¿es todo opinable? ¿Que tú seas persona, es opinable? Contéstame.

Hace casi cien años, en Alemania, los judíos no eran personas. Hoy, en España, un feto no es una persona. ¿Lo era hace cien años y ahora no lo es? ¿Ha cambiado tanto la realidad para convertirse en su cosa opuesta solo porque ha pasado el tiempo, solo porque ha cambiado la ley? Las leyes, ¿cambian la realidad en su esencia o la reconocen, condenan, protegen…? ¿Cómo surge la realidad, ¿por la ley o está creada? Y, si está creada, ¿desde cuándo?, ¿por quién?, ¿con qué fin? Y si no existe y ésta solo se crea y se destruye por las leyes, ¿qué somos?, ¿personas?, ¿de qué tipo? Y si las leyes entre los países se contradicen, ¿un feto es persona en Polonia y no es persona en Estados Unidos? Osea que, si yo, embarazada, vivo en Polonia, soy madre, y si vivo en Estados Unidos, soy solo yo, ¿o eso es algo que cada uno decide? ¿Yo sería madre si yo lo decidiera o sería madre porque llevo a otra persona dentro? ¿Qué es ser madre, desear al bebé o tenerlo dentro? Y, si no lo deseo pero lo tengo dentro, ¿soy madre?

Con esas, llegué por dentro a la conclusión de que, si todo es relativo, si no hay una realidad, el círculo nunca se cierra. Y aparecen contradicciones aquí y allá. La verdad se sostiene por sí misma. No porque sea evidente, sino porque siempre está ahí, dispuesta a desvelarse a quien quiera entenderla. A ella se llega uniendo las dos fuentes de conocimiento humano, que son razón y fe, y que nunca pueden contradecirse. Piénsalo, quizá llegas a entenderlo.

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Crítica de la razón marina

In 600, Calamares en su tinta on 20 septiembre 2017 at 0:01

“Tengo que plantearos una cuestión: ¿los peces en el agua están mojados?” Y los rostros alrededor de una mesa mudaron a una extraña y previsible mezcla entre la sorna, la incredulidad y, me atrevería a decir, la estupefacción. Acabábamos de pedir unos refrigerios, porciones de tarta para ser más exactos, después de un día de trabajo esperando, oh ilusos, un momento de relax y desconexión. Pero tengo un amigo que las suelta así, sin anestesia. No diré su nombre ni procedencia ni profesión ni adscripción política, moral o humana. Por privacidad y, por si acaso, por su bien.

Reacción inicial de risa que en algún instante tornó en carcajada. Pero todos entramos al trapo. Sin excepción y hasta el fondo, como esas criaturas marinas feas feas que vagan por las profundidades. ¿Mojadas? Veremos.

  • ¡Pues claro que están mojados!
  • ¿Por qué? ¿Tú cuando buceas puedes decir que estás mojado o es más bien cuando sales del agua?
  • … el agua moja
  • Mojar es una reacción entre fuerzas intermoleculares. Cohesión y adhesión. El mercurio no moja el metal porque tiene más de la primera que de la segunda. El agua moja el algodón por lo contrario.
  • ¿Veis? ¿Están mojados o no? ¿Es un estado? ¿Es una cualidad?

La conversación, tras un video ilustrativo muy recomendable, acabó en unas tablas representadas en sobrecillos de azúcar moreno que anduvieron de un extremo a otro de la mesa hasta acabar enfrentados. Dos a dos. “He buscado en el diccionario los significados a ver si lingüísticamente llegaba a una conclusión válida”, llegó a decir. Sin embargo, la reflexión fue que el dato de si los peces se mojan, o están mojados o secos, no iba a cambiar nuestra vida; pero hacerse esas preguntas (y otras peores que ya tendré tiempo de comentar) sí que es significativo. ¿Por qué pensamos eso? ¿Cómo pensamos? ¡Eureka! “¡El método es la clave!”, se advirtió. Y nos vinimos arriba, mucho.

  • ¿Los peces saben que nadan?
  • ¿Los pájaros saben que vuelan?
  • Los pájaros ven que el resto de animales no levantan un palmo del suelo…
  • Entonces, si los peces ven a los cangrejos caminar ¿los peces creen que vuelan?
  • ¿Los peces saben?, ¿creen?, ¿piensan?

Y la charla duró lo que duraron las tartas. Poco. Pero hablando de peces, en el fondo y en la superficie, por aquello de seguir en el ámbito marino, y sin ser conscientes de ello, hablamos del ser y del estar, del acto y la potencia y de la sustancia y del accidente, si nos ponemos exquisitamente aristotélicos. Nos hicimos cartesianos con nuestro cogito y nuestro sum. Tanteamos el Principio de No Contradicción de forma elegantemente leibniziana. Caminamos con Frege con nuestra deducción y luchamos contra Russell con la inducción, o incluso puede que llegáramos a la abducción de Peirce. Y con conceptos, significantes y significados rondamos a Wittgenstein. Y pienso en éstos como podían haber sido otros, igual que fue el agua, como podía haber sido el fuego.

Y así, he descubierto varias cosas: que aquellos estudiantes de filosofía que fuimos no estamos solos. Que hay algo llamado ángulo de humectancia (el que forma la superficie de un líquido al entrar en contacto con un sólido, según me cuenta Wikipedia). Que el término hidrófobo se aplica a aquellos materiales a los que el agua no moja, lo contrario, por tanto, a hidrófilo; liófobo y liófilo si hablamos de otros líquidos. Y que sería una fantástica paradoja que, al final, los peces fueran hidrófobos o, peor, hidrofóbicos.

Pero sobre todo, he constatado, una vez más, que toda buena conversación aparece alrededor de una mesa. Con tarta, a poder ser.

A los hijos que nunca tuve

In 600, A tinta fría on 28 agosto 2017 at 18:39

A veces uno tiene hijos planificados. Son como el sueldo que te llega a fin de mes, que recibes con ilusión y necesidad, pero esperándolo. Otros vienen inesperados, quizá como un billete de 500 euros que te encuentras en la calle o como un cheque que se cobra más adelante. Otras veces no llegan, bien porque no terminan la primera etapa de la vida o bien porque nunca la empiezan. Dios sabe qué le pide a cada familia, aunque nosotros pocas veces lo entendamos. Todos son hijos, aunque solo algunos acaben entre nuestros brazos.

¿Cuándo empieza la vida? Es una pregunta comprometida. A mí me gusta compararlo con un campo recién sembrado. Aunque nosotros solo veamos la planta cuando sobresale de la tierra, la semilla germina escondida del sol, de los pájaros que se las comerían.

A nuestros ojos, un hijo llega después de nueve meses de embarazo, pero la verdad es que un hijo se tiene nueve meses antes del parto. Desde que descubres que esperas un bebé, te sientes madre y subordinas tu bien al de la criatura. Dejas de tomar alcohol, o moderas su consumo, te abstienes de los embutidos, o los tomas con cautela, refríes la carne, vigilas los esfuerzos, tomas suplementos alimenticios, llevas la cuenta de las semanas, lo tienes siempre en la cabeza. De hecho están en ella antes siquiera de desearlos.

Uno pone nombre a sus hijos cuando es adolescente o hasta de pequeño. Sin embargo, no todos los hijos pensados acaban en nuestros brazos.  Es doloroso buscarlos y no encontrarlos o dar con ellos solo los primeros pasos.

Recuerdo los meses que estuve ingresada con el embarazo de Daniel. Compartí habitación con muchas mujeres. Me viene a la cabeza una chica rumana, de nombre Alina y de apellido Pop, como la música. Su novio también era rumano y trabajaba en el campo. A veces traía fruta recién cogida para compartir. Esperaban un chico, Iker, “como el portero de la selección”. Alina rompió aguas y dio a luz una noche cuando estaba de 24 semanas. Los ginecólogos le preguntaron si quería que reanimaran al bebé, aunque era probable que creciera con secuelas. Alina y su novio prefirieron que decidiera la naturaleza. Iker vivió unos minutos y luego dejó de respirar. A los dos días me enseñó una foto del pequeño. Era moreno y como un adulto en miniatura. No pesaba ni medio kilo. Ingresaron a Alina un tiempo en la tercera planta. Semanas más tarde pasó por la habitación a verme. Me traía una caja de bombones con forma de corazón.

Otros hijos se pierden en las primeras semanas de embarazo. Algunos sin darte cuenta. A veces con mucho dolor. Son abortos naturales fruto de una naturaleza bien pensada, aunque se sientan como un robo.

Yo a esos hijos míos que no he tenido entre mis brazos les diría que siempre hubiesen sido bien recibidos en casa, viniesen como viniesen. Fuesen deseados o inesperados. Les diría que también habría dejado de comer por ellos carne y bebido menos cerveza. También les hubiese cantado durante los meses de embarazo. Les hubiese bañado en el lavabo los primeros días y les hubiese dado el pecho los primeros meses, como he hecho con sus hermanos. Aunque no nos hayamos conocido, les diría, os he querido igual, desde el primer día, desde que supe que erais parte de nuestra familia. Esos hijos nos miman desde el cielo y esperan con ilusión a que me reúna con ellos allí para poder contarles cuentos.

Ellos ya saben porqué Dios pide sacrificios a todas las familias, aunque nosotros pocas veces lo aceptamos.

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