Son las palabras que llenan una hoja

A quién le importan los sirios

In 600 on 18 febrero 2017 at 12:03

“Voy a contar un chiste. Una vez hablé en la Universidad Católica de Murcia y conté como mi sobrino, estudiante de ingeniería, había muerto al salir de su universidad en Siria por la explosión de un coche bomba. La UCAM consiguió una beca para traer a mi otro sobrino a estudiar a España. Le dije, ‘vamos a ver Madrid’. Yendo a Sol, en la calle Fuencarral, vio a unos jóvenes con chaleco amarillo y 10-15 perros, carteles…y me preguntó, ‘¿qué es?’. ‘Defienden los derechos de los perros, que son perseguidos, tienen sed, nadie les alimenta…’. ‘Tío’, me dijo, ‘y nosotros, como sirios, ¿no tenemos los derechos de los perros en Europa?'”. Las estatuas llenaban los bancos de la iglesia. Algunos fieles se habían quedado después de misa y otros menos fieles llegaban al segundo sermón: “Ver a un sirio es sinónimo de ver a un terrorista”. En el púlpito, un hombre vestido de clero, con un medallón dorado y un gorro tejido de cruces: el arzobispo de la Iglesia Siria Ortodoxa de Antioquía, “la primera sede puesta por Pedro, que continuó su viaje a Roma”.

“Los árabes no son sirios ni al revés. Lo hablan, pero son otro país. Los árabes son de Arabia, de otra cultura. Nosotros aprendimos árabe hace 1.400 años. En España también tenéis muchas palabras en árabe. De Norte a Sur, de Este a Oeste, miles de aldeas, pueblos, con nombres árabes”. Me vinieron a la cabeza ‘alfombra’, por ejemplo, ‘almohada’ y ‘ojalá’, o ‘Algeciras’, ‘Albacete’ y ‘Almería’. “Siria es la madre de las civilizaciones. El mundo tiene que agradecerle a Siria el alfabeto. Si eres cristiano, tienes que agradecerles a los sirios que fueran los primeros cristianos”. Cristo le escuchaba de cerca, desde atrás, dentro del tabernáculo. En silencio.

“Los cristianos en Siria viven la fe de verdad. Tienen esperanza y no viven pensando en mañana porque no existe para ellos. Si hoy sale uno de su casa a trabajar, se tiene que despedir porque no sabe si va a volver. Las madres se despiden de los hijos por si mueren en la escuela o por si ellos al volver no encuentran su casa. En Siria nos hemos acostumbrado a ver sangre”.

Mientras, Occidente mira: “El 90% de miembros del DAES no son sirios. Por eso no se puede decir que sea una guerra civil sino una guerra contra el pueblo sirio. DAES es una ideología que nació de otras ideologías terroristas de Arabia y de lo que han pensado Estados Unidos y algunos países europeos. Quieren castigar al gobierno sirio y matar el cristianismo en Oriente Medio”.

Describió Alepo, donde sobreviven 4.000 de 40.000 fábricas. Y de Damasco, donde llueven bombas sobre barrios cristianos. “No somos mendigos. No venimos a hacer turismo. Pero hemos perdido todo”.

Citó a Juan Pablo II: “Si uno es cristiano, le escucha. La Iglesia tiene dos pulmones: Oriente y Occidente. Si a uno le falta aire, el cuerpo tiene problemas”. También se acordó de Francisco: “Dijo que cada parroquia acogiera a una familia siria. En Madrid hay 15 familias y 2.000 parroquias”.

Levantó una mano y se cogió el pulgar. “Como miembros del cuerpo de la Iglesia, si un miembro nos duele, lo sentimos y ayudamos a curarlo. Hay que dar hasta que duela, como la vieja del evangelio”.

Un niño repartía cuartillas con un escrito parecido al árabe. ‘Padre nuestro en Arameo‘ ponía debajo. En el reverso, una transcripción. El arzobispo cerró los ojos y le cantó a Dios: “Di loj malcuzo hailo tuschbuhto lolam olmin”, y todos le entendimos: “líbranos del mal”.

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Nicolaos Matti Abd Alahad, Arzobispo de la Iglesia Siria Ortodoxa de Antioquía. FIRMA: Matt Kolf

 

 

 

Rowling, Tolstói y compañía

In 600 on 27 mayo 2016 at 21:40

¡Estamos que lo tiramos, señores!

¿Los votos?

No, ¡los libros!

Otro año más ha llegado la feria del libro. Mi favorita. Bueno, después de la de Abril… y de las Fallas… y de San Fermín… Hay acontecimientos cíclicos muy especiales para periodistas, columnistas, escritores y demás fauna literaria: la Navidad con el encendido de las luces del Corte Inglés y las cabalgatas de Reyes, las rebajas, el día que nieva, el día que deshiela con sus obvias inundaciones, el debate sobre el estado de la nación, el día del padre, el del libro, el de la madre, Semana Santa con sus procesiones y la disminución del paro, las rebajas otra vez, el verano con los abuelos y sus sombrillas en Benidorm y las vacaciones del Rey en Mallorca, el fin de las rebajas, las fiestas de los pueblos, la llegada del frío, los presupuestos generales y un largo etcétera. O sea, que si los políticos no dieran ruedas de prensa, tampoco pasaría nada; siempre hay algo más para escribir porque una vez entrado en el ciclo es complícadísimo salir. Pero en toda esta vorágine, la feria del libro ocupa un lugar diferente, al menos personalmente. Estos días en los que España parece que lee. Pero no.

Hace unos años, mi madre fue seleccionada para realizar un estudio a nivel europeo. Es una encuesta anual, lleva cuatro, y en todas las ocasiones, después de dos horas de preguntas, siempre me comenta lo mismo: “Cuando le he dicho que había leído 8 o 10 libros en un año se ha quedado asombrado”. A lo que añade: “Y eso que han sido pocos”. Primero, si mi madre lleva cuatro años diciendo lo mismo será porque su media de lectura está en 8 o 10 libros, así que que no vaya de literata diciendo que son pocos. Segundo, la lección número uno del encuestador es no mostrar sus opiniones durante una entrevista de este tipo, así que si lleva cuatro años poniendo cara de póker, mal entrevistador es. Tercero, y lo más importante, tenemos dos problemas, uno de cantidad y otro de calidad.

Con la regla de la cantidad otorgamos un sistema cualitativo: cuánto más mejor. Absurdo disparate. Porque no es mejor leer El Quijote que El Principito, aunque el primero pese el máximo del equipaje permitido en Iberia y el segundo sea más fino que el último móvil del mercado. Tampoco es mejor devorar en un mes los siete de Harry Potter que acabar a duras penas después de un largo verano Guerra y Paz, y me sabéis fan incondicional de Harry y sus amigos. Pero hay que ir más allá y una vez conscientes de esto también hay que ser consecuentes y saber que hay auténticos bodrios de libros. Los hay y muchos. Dicho esto, no me meto a juzgar el tema de la calidad literaria, que levanta ampollas, lo único que quiero apuntar es que no solemos saber diferenciarla y nos guiamos por cifras. Craso error. Los lectores somos el sustento de una industria complicada donde las joyas literarias se relegan a pequeñas editoriales que luchan por sobrevivir mientras otros se hacen de oro pseudoescribiendo, y entre medias están todos los demás, buenos, malos, pésimos y alguna excelente excepción. También aprovecho para incidir en el tema de la literatura fácil y difícil. “Es un libro muy fácil de leer”, he oído como argumento de defensa de algunos autores. Bueno, no estoy convencida de que sea una buena razón para comprar dicha obra, al menos para mí. Ya comenté en una ocasión que yo leo mucho, pero me faltan vidas para leer todo lo que me gustaría, además de estar muy pez en los clásicos. Algunos me dirán que es un sacrilegio, aunque opino que me estoy leyendo los que serán clásicos dentro de 100 años. O no. No estoy muy segura, y esto es a lo que quiero llegar, del criterio para denominar la grandeza de un libro. Lo único que pido es que tengáis alguno, para elegir, para leer y, sobre todo, para juzgar.

Jornada de reflexión

In 600 on 18 diciembre 2015 at 21:30

Hoy es lo que toca: reflexionar. Estas elecciones se presentan extrañas, parecen las definitivas para acabar con un bipartidismo atrofiado, pero persiste un ambiente escéptico sobre un verdadero cambio. La calidad importa más que la cantidad y este caso puede que siga sin ser una excepción. Se verá.

Hay muchos tipos de votantes, ni mejores ni peores, tan sólo guiados por objetivos e ideales diferentes. Si no hay una ley, norma o prescripción para decidir el voto, tampoco hay que juzgar las razones de nadie; para eso, entre otras cosas, somos libres.

Serán muchos los que no se van a plantear nada, votarán a quien siempre han votado, precisamente porque lo han hecho así invariablemente convencidos por tradición y firmes creencias. Por otro lado, están los que, por primera vez o como norma, razonarán las cosas en cada momento porque son conscientes de que cuatro años son cuarenta y ocho meses y mil cuatrocientos cincuenta y nueve días, o sea, muchas horas para cambiar de parecer. Ante esta perspectiva, elegirán dar un voto de castigo para todos los que han llevado este país a la situación actual; aunque en el fondo, seguirán votando lo mismo porque aún habiendo más partidos sigue habiendo muy pocas ideas nuevas. Otros, más optimistas, querrán una nueva España llena de promesas y leerán los programas electorales escrupulosamente buscando una chispa de esperanza; o los habrá que buscarán en esos cientos de páginas (aburridas y enrevesadas, en su mayoría) la plasmación de sus propias ideas. Éstos parecen iguales, pero hay una diferencia abismal; los primeros terminarán votando al menos malo; los segundos votarán en consonancia con una o dos convicciones tan fuertes que omitirán todo lo demás, sea lo que sea. También hay que tener en cuenta que unos votaran según sus internes individuales; otros, según los de sus descendientes; y algunos, tan excepcionales como necesarios, buscarán el bien general.

Sea el tipo de votante que sea, vaya a votar. O no lo haga. Pero reflexione, que el nombre no está de adorno. Piense en lo que va a hacer aunque su opción sea no hacer nada. Piense en el porqué de sus decisiones para el voto de mañana y para la vida de pasado. Piense que unas elecciones son un logro democrático de hace dos días y participe en ello.

No haga caso de lo que dicen a su alrededor. Votar es un privilegio y una obligación, pero no hacerlo también dice mucho políticamente, la abstención puede ser muy significativa. Dudar es humano y el 41% de indecisos que daban las encuestas hace una semana es signo de sensatez, así que dude mucho. Y vote a quien le dé la gana, aunque el partido en cuestión sólo se conozca en su pueblo, porque si todos hubiéramos hecho caso a eso del voto útil, los que hoy compiten por la Moncloa seguirían en su piso del centro. Y si no le convence nadie o no se fía de ninguno, vote en blanco; ya no hay bipartidismo electoral aunque sólo sea una mera cuestión numérica, así que haga oídos sordos a aquello de que el sobre vacío favorece a la mayoría. Y para terminar, tiene la opción de meter un trozo de papel higiénico en el sobre o poner el nombre de su primo en la papeleta; sin embargo, aunque no dudo de que sería el mejor presidente que este país hubiera tenido jamás, personalmente no le recomiendo el voto nulo. No sirve para nada. Ahórrese el paseo.

Yo, como he votado por correo, ya tuve mi jornada de reflexión. Pero a ustedes les conceden veinticuatro horas más. Aprovéchenlas.

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